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Análisis y Opinión

La competencia por los puestos de trabajo será mundial

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Recientemente se han publicado distintas opiniones que mencionan cambios en el entorno laboral derivados de la cuarentena. Uno de los más mencionados es que el trabajo a distancia llegó para quedarse e, incluso, muchas organizaciones han comenzado a negociar sus contratos de arrendamiento para reducir sus espacios de oficinas bajo la premisa de que una parte de su personal trabajará desde casa.

Efectivamente, las empresas se han dado cuenta que mucho del trabajo se puede realizar a distancia sin importar dónde se encuentre el personal. Esto ha hecho también que algunas personas durante la cuarentena hayan dejado de rentar departamentos cercanos a sus lugares de trabajo para regresar a vivir a sus lugares de origen o, incluso, con sus seres queridos. Algunos han estado trabajando desde otras ciudades y lo han hecho con éxito, dando buenos resultados de negocio.

Tras comprobar que, para algunos puestos y funciones específicas, el lugar físico donde se desarrolle el trabajo resulta irrelevante en realidad, junto con la problemática y el alto costo que ha resultado despedir a personal durante la pandemia por las distintas regulaciones que se han impuesto en los diferentes países, algunas empresas han comenzado a pensar en la conveniencia de contratar a empleados basados en el extranjero para substituir a empleados locales y nacionales. Sin duda es porque están seguros de encontrar talento que pueda hacer el mismo trabajo, incluso mejor, por un salario más bajo y, sobre todo, sin las responsabilidades laborales legales que un empleado representa, es decir, que les permita dejar de ser un pasivo laboral para la empresa.

Creo que tienen razón. Me parece que en los próximos meses comenzaremos a ver a nivel mundial que este fenómeno comienza a crecer. Hace algunos años, algo similar se presentó con los call centers o centros de soporte a clientes, que se comenzaron a mover a cualquier parte del mundo donde resultara más conveniente. Le siguieron los servicios offshore como, por ejemplo, los equipos de desarrolladores de sistemas y de mantenimiento de soluciones tecnológicas. Pues hoy, gracias a la cuarentena, se han comenzado a agregar a esta lista muchísimos puestos de trabajo en distintas industrias.

Eso significa que si bien ya no tengo que migrar a otra ciudad para obtener un mejor trabajo acorde a mis objetivos profesionales, la competencia por ese puesto se ha abierto no solo a la gente local y nacional, sino a todo el mundo.

Ya no importa en qué parte del mundo las empresas encuentren al talento que necesitan; ya han probado y aceptado los mecanismos de trabajo y de coordinación a distancia. Así que la combinación del mejor talento al mejor costo será la mejor opción para contratar, y esto se convertirá en una tendencia organizacional a nivel mundial.

De la misma manera, ahora tu talento puede ser de interés para empresas fuera de México y esto no significa necesariamente que tendrás que migrar. En el futuro inmediato, podrías tener un trabajo a distancia y pertenecer a cualquier empresa en el mundo, siempre y cuando tu talento y competencias así te lo permitan.

Aprender idiomas, además del inglés, se convierte ahora en una buena estrategia para fortalecer tu perfil. El inglés es algo que se da por sentado a nivel mundial: no hay manera de competir y aspirar a lograr una carrera exitosa si no hablas y escribes perfectamente el inglés.

Debemos adaptarnos a la multiculturalidad y aprovechar las oportunidades que se están abriendo para competir con nuestro talento individual y de empresa en el mundo. Esta pandemia nos ha demostrado que no existen barreras físicas que impidan el crecimiento y desarrollo de profesionales ni de empresa.

No te quedes esperando a que tu trabajo se lo den a un extranjero; por el contrario, prepárate no para defenderte, sino para competir y conquistar esa empresa o ese país en el que siempre has querido trabajar.

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Análisis y Opinión

El mundo organizacional tiene miedo

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

El miedo es parte inherente del ser humano. Todos tenemos miedos y son ellos los que en ocasiones nos permiten salir adelante en nuestras vidas. A nivel organizacional por supuesto que no es la excepción: como individuos organizacionales, y sin importar el nivel que tengamos en nuestra empresa o el tiempo que llevemos trabajando en la misma, todos generamos miedos con los que convivimos día con día.

Todos en algún momento hemos sentido miedo a fallar en nuestras funciones o a no alcanzar los resultados que se esperan de nosotros y, por consecuencia, correr el riesgo de ser despedidos. Algunos viven con el temor de estancarse en su crecimiento y desarrollo, o a terminar acostumbrándose a un trabajo rutinario disfrutando de su zona de confort. También podemos vivir con temores más profundos, por ejemplo, a sentirnos poco incluidos en un equipo de trabajo o a descubrir que no somos tan competentes como pensábamos para desempeñar determinada actividad.

Estoy seguro de que en este momento podrías hacer un honesto y profundo ejercicio de reflexión y encontrar aquellos miedos que te han acompañado a lo largo de tu carrera profesional; también estoy seguro que nunca te imaginaste tener el temor que hoy se ha generado y propagado con mucho mayor agresividad, velocidad y efectividad que el mismo virus del COVID-19: el miedo a interactuar físicamente con la gente.

Por más ganas que una persona tenga de regresar al lugar de trabajo que tenía antes de la pandemia, estoy seguro de que lo hará con algo que no tenía cuando se fue: miedo por la convivencia con los demás.

Hoy en día nos asusta tener contacto físico con la gente que saludamos, aun y cuando sean nuestros más entrañables compañeros. Percibir a una persona ligeramente cerca de nosotros al caminar nos genera inquietud. Esperar un elevador y ver que hay más personas en su interior cuando se abren las puertas, también nos provoca temor.

Entrar o participar en una sala de juntas concurrida ya no resulta agradable y, por más cuidados y cubrebocas que utilicemos, nos sentimos inseguros. Recibir un documento físico, compartir y prestar una carpeta o una pluma a un compañero nos resulta estresante y ni se diga cuando tenemos que utilizar los baños de las mismas oficinas.

Las estaciones de café en las que seguramente más de una vez nos equivocamos de taza sin saberlo, hoy se clasifican como zonas de alto riesgo para todos. De hecho, en la gran mayoría de las oficinas que han comenzado a abrir sus puertas, este tipo de estaciones ha desaparecido.
Calentar la comida en el microondas de la compañía y sentarme a comer con los compañeros puede resultar para muchos un momento de mucha tensión por todos los miedos que nos han marcado a lo largo de más de un año.

El mundo definitivamente cambió y hoy tiene más miedo que antes. Me pregunto, ¿qué resulta más dañino para la humanidad? El virus, que en más de un año ha cobrado la vida del 0.04% de la población mundial, o este miedo que ha provocado la muerte de un porcentaje mucho mayor de fuentes de empleo.

Por este miedo al contacto físico, muchos proyectos de innovación, planes de desarrollo e investigaciones sobre nuevos productos y servicios han muerto. Muchas empresas de reciente creación o industrias completas han desaparecido o están desahuciadas.

Muchas carreras de ejecutivos que prometían llegar muy lejos se han visto truncadas por el miedo que todo esto ha generado.

Con profundo respeto a todos los que han tenido que sufrir la pérdida de un ser querido por esta enfermedad, les extiendo mis condolencias; sin embargo, quisiera exhortarlos a no dejarnos paralizar más por el miedo que ya en este extremo puede resultar todavía más perjudicial.

La vida no la tenemos comprada y no sabemos si tenemos poco o mucho tiempo para vivirla, pero me parece que merecemos hacerlo motivados por nuestros sueños y nuestros proyectos profesionales y no frenada por el miedo, que pudiera resultar mucho más mortal que cualquier virus en la historia.

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Análisis y Opinión

Voto presencial, templos virtuales

Felipe Monroy

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La semana pasada se realizó de manera virtual la asamblea plenaria semestral de los obispos católicos mexicanos con una agenda llena de actividades, preparativos para eventos y algunos espacios para el análisis de acontecimientos y fenómenos contemporáneos. Sobre estos últimos vale destacar la reflexión sobre la posibilidad de que las votaciones de los cargos, servicios y responsabilidades del órgano colegiado de obispos se realice de manera electrónica y a distancia; y la dura realidad sobre la virtualidad de la vida ritual de los católicos y el futuro de los templos y recintos religiosos.

En el primer asunto, la Santa Sede es tajante: las elecciones de la presidencia, tesorería, secretaría general, consejos, comisiones, dimensiones y delegados de la Conferencia del Episcopado Mexicano deben ser presenciales; ni digitales ni virtuales ni a distancia. La decisión se respalda en el canon 119 del Código de Derecho Canónico que a la letra dice “hallándose presente” y “mayoría de los presentes”. Además, preferir la votación presencial de estos cargos tiene un principio de sentido común: Si hubiere un desacuerdo, malestar o reclamo por parte de algún obispo durante el proceso, las reclamaciones deben hacerse de frente y ‘en la cara’, como justo les dijo el papa Francisco a los mitrados mexicanos.

También hay un prurito de cautela sobre algo que nos advirtió sagazmente Stalin: “No importa quién vota sino quién cuenta los votos”. En un tradicional mecanismo de votación cerrado, los escrutadores llevan esta responsabilidad; pero en un sistema electrónico, la mediación tecnológica de la plataforma y su operario son un factor que podría o no incidir en la fidelidad de las opciones de los electores en el resultado final.

El segundo tema requiere aún muchísimo más análisis: la virtualidad de la vida religiosa de los católicos. La pandemia que impuso cuarentenas y distanciamiento social impidió la presencia física de los fieles en los templos para las asambleas y celebraciones. Como respuesta, los pastores utilizaron las herramientas digitales para llevar misas y otros servicios.

La digitalización de los rituales religiosos y las experiencias de fe fue una respuesta que ofrecieron diversos sacerdotes y comunidades religiosas ante la imposibilidad de tener los templos abiertos al culto público. La respuesta fue ciertamente improvisada al principio, pero poco a poco ha buscado carta de ciudadanía como un vehículo esencial para la vida espiritual de los fieles y creyentes. De esta experiencia hay varias consideraciones: hay pastores que, con pequeñas inversiones en herramientas tecnológicas, han encontrado toda una nueva veta de oportunidad para atender comunidades a las que jamás hubiera podido llegar, al tiempo de generar dinámicas de apoyo económico para el sostén del ministro, de los técnicos y la obra social de su iglesia.

Existe el riesgo, por otro lado, de que los imperativos tecnológicos condicionen la experiencia religiosa. Durante la pandemia, por ejemplo, una diócesis grabó misas y peregrinaciones que transmitió días más tarde como si fuesen en vivo, generando no sólo confusión entre los asistentes digitales sino la desconfianza de los fieles. Otro riesgo ya sabido: La fascinación por la digitalización total de la vida puede conducir al olvido de lo impreso, del testimonio físico. La propia conferencia de obispos comprende este fenómeno pues durante el boom de las páginas web, muchos documentos oficiales e interesantes de los pastores mexicanos se diluyeron hasta perderse entre los recambios de operadores de páginas y sistemas anacrónicos de almacenaje de datos.

La reflexión sobre las elecciones digitalizadas y a distancia no es un tema menor; como tampoco lo es la virtualidad de la vida espiritual de los creyentes; y no sólo es una preocupación para la Iglesia católica. Es claro que la pandemia de COVID-19 trastocó profundamente muchas dinámicas sociales y grupales; y, aunque el desarrollo de tecnologías y herramientas virtuales facilitaron que diversas relaciones personales, laborales, económicas, educativas, culturales y hasta religiosas no quedaran absolutamente paralizadas, aún falta mucho análisis respecto a si estas dinámicas virtuales a distancia pueden suplir de manera permanente lo que alguna vez fue exclusivamente presencial.

Lo anterior se resume en una pregunta necesaria: ¿Los cambios impondrán sus criterios a las dinámicas relacionales pragmáticas o trascendentes de las organizaciones? ¿O deben ser las instituciones y los grupos humanos los que deban ir reglamentando, administrando, controlando las fuerzas del cambio? Si algo hemos aprendido como civilización, es que la esfera social no es un conjunto de diques impenetrables sino una porosa construcción donde la vida cotidiana fluye conteniéndose y transformando el mundo.

LEE El problema de las campañas de contraste

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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