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Análisis y Opinión

Resistir, también es periodismo de paz

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“Ah, la prensa -dijo en tono obsequioso un altísimo dignatario ante un puñado de periodistas-. Ustedes son el cuarto o quinto poder… no recuerdo”. Uno de ellos, sin solemnidad pero sí con gravedad, le respondió de inmediato: “El segundo, excelencia; el segundo”. Todos rieron, la tensión se disipó y la posterior conversación no sólo fue agradable, sino útil, constructiva.

Ojalá todo fuera así; sin embargo, bien sabemos que la rispidez entre la prensa y los actores sociales que controlan de facto o legalmente algún tipo de poder es mayúscula. El poder terrenal, como sabemos, es limitado y finito; la lucha por controlarlo, mantenerlo o heredarlo es la narración de la humanidad misma.

En los últimos siglos, la prensa ha estado allí para relatarlo o para participar de ese poder, pero también para denunciar las injusticias que se crean a raíz de los juegos del poder. Este último servicio, por ejemplo, guarda una nobleza pocas veces valorada. Sin embargo, hay todavía una cualidad que hace del periodismo un servicio imprescindible para nuestra época: la capacidad de participar en la resolución de los conflictos.

El llamado ‘periodismo de paz’ no sólo se limita a denunciar las opresiones que, desde el poder legal, legítimo o fáctico, se ejercen contra los inocentes y miembros vulnerables de la sociedad. También puede cooperar en la resolución de las tensiones, del conflicto, de las polarizaciones y de la violencia provocada por ignorancia o mera perversión.

La fuerza del periodismo no reside sólo en las palabras -porque entonces sería pura retórica- sino en los hechos y en la realidad del ser humano, en su inalienable y compartida dignidad. Bien apunta María Ressa: “Sin hechos, no se puede tener verdad; sin verdad, no hay confianza. Sin confianza, no tenemos una misma realidad compartida, no hay espacio para la democracia y se vuelve imposible atender nuestros problemas mundiales y existenciales”.

La materia prima del periodismo son los hechos, los acontecimientos; pero también la inamovible mirada puesta en el bien común, en la justicia, la libertad y la dignidad humana. Cualquier periodismo que se aleje de tales principios o bien busca su propio beneficio y privilegio o pone sus servicios al poder de su interés; en todo caso, no se encamina hacia la paz.

En estos días, la paz es urgente. El periodismo de paz, también. La pregunta, no obstante, es cómo hacerlo, cómo promoverlo o patrocinarlo. Y, si el mundo está obsesionado en el poder, el privilegio, la manipulación, la división, la polarización y el mesianismo político, el ambiente en sí para el periodismo de paz es adverso; por tanto , la primera respuesta que viene en mente para favorecer este servicio es la resistencia. Resistencia frente a las dominaciones económicas, políticas, ideológicas, fanáticas.

La resistencia es hoy uno de los rostros más necesarios del periodismo de paz. Resistir no como simple oposición sino para proponer caminos que nadie parece desear emprender; resistir no sólo para combatir al poder sino para rearmar el sentido de poder y dignidad desde los últimos y vulnerables; resistir no es mero sinónimo de lucha sino de tomar una posición y ser consecuentes con ella.

Volvamos con María Angelita Ressa, co-ganadora del premio Nobel de la Paz 2021; ella es una periodista filipina que ha resistido durante años el asedio gubernamental en contra de ella y de su medio. La comunicadora es evidentemente incómoda para el poder en turno y el acoso que los poderosos realizan contra ella, su medio y sus colaboradores puede ser insistente e inmisericorde pero no obtuso.

Ressa y su medio han sido acusados de recibir fondos extranjeros (penado en Filipinas), de evasión de impuestos, de difamación cibernética y otros; en total, once investigaciones judiciales contra el medio. Por si fuera poco, operadores, partidarios o ‘fanáticos’ del presidente en turno no cesan de agredirla a través de las redes sociales, desde insultos hasta amenazas de muerte.

Ressa y el periodista ruso Dmitri Murátov -también ganador del Nobel de Paz 2021- confirman la íntima relación que puede existir entre la paz y el periodismo. No por la tradicional confrontación o disputa por el poder en nuestra época, sino por la resistencia a que, desde el poder, se limiten las dinámicas sociales que garantizan la dignidad de todo ser humano.

En el fondo, no es importante en qué posición se ubique la prensa como ‘poder’; su verdadero poder está en el servicio al bien común y en el cuidado de la dignidad humana. Hoy, este servicio y cuidado están muy lejos de la realidad política, ideológica y económica que impera en casi todos los rincones del planeta; por ello, resistir a los embates que desean convencer al periodismo a ceder a este poder es apenas un camino hacia la construcción de la paz.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Tres muertes ante Dios

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Hincado de cara al templo de ‘Nuestro Padre el Señor de los Trabajos’, abatido ante una jardinera de cantera, con su frente postrada sobre la piedra y sus manos secas y rígidas cuyo último esfuerzo fue una plegaria; así murió de hambre ‘El abuelo’, un indigente de 65 años, el pasado 17 de mayo en la capital de Puebla.

La gente del lugar reconocía al hombre, lo veían día tras día mendigar mendrugos de pan sobre la calle Norte 11, dormir sobre cartones bajo el frondoso jardín y rezar ante la efigie de la Alegoría de la Fe.

Resulta difícil no coincidir con quienes afirman que el anciano murió por la indiferencia y el egoísmo del prójimo; pero no fue la única escena estremecedora que trajo la semana: Un niño, huyendo de las ráfagas de bala, suelta las flores que vendía frente al templo de ‘Nuestra Señora de Guadalupe’ en Fresnillo, Zacatecas; algunos proyectiles lo alcanzaron y le dan muerte; en la tibia noche, los únicos testigos de piedra son la estatua del indio Juan Diego y las rosas que, como el niño, el santo deja caer sus brazos.

Las autoridades afirmaron que el jueves 19 un comando armado perseguía a un sujeto que buscó refugio tras el portón de la moderna iglesia de la avenida Plateros, los sicarios dispararon sin importarles la vida del inocente niño vendedor de flores.

“Un niño inocente, traspasado como criminal y muerto por las balas como un delincuente. Un templo sagrado que fue testigo de la tragedia y el horror. Un pueblo que sólo permanece impactado y sin palabras porque no encuentra ningún tipo de ayuda… estamos consternados e indignados”, me escribió el obispo de Zacatecas, Sigifredo Noriega, al día siguiente del crimen.

La mañana anterior, tuve oportunidad de charlar en la sacristía de la Catedral de Toluca con el arzobispo de Tijuana, Francisco Moreno Barrón, me acerqué a darle el pésame por uno de sus curas, asesinado el fin de semana anterior. Moreno aseguró que las autoridades ministeriales le entregarían ese mismo día el cadáver del sacerdote José Guadalupe Rivas Saldaña, director de la Casa de Migrantes de Tecate, quien fuera brutalmente ultimado junto a otra persona el fin de semana pasado.

En sólo una semana, las muertes de dos inocentes al pie de recintos sagrados y un tercer crimen contra un agente religioso promotor de la acción social revelan parte de un rostro de la cruda realidad que experimenta el país. La inseguridad y la carestía asfixian hasta la muerte a no pocos mexicanos y, para desgracia, quienes dan un paso al frente para auxiliar las fronteras más dolorosas de la realidad, también resultan ultimados cuando no intimidados o despreciados por sus convicciones religiosas que sustentan su humanitarismo.

No son sólo estos casos; prácticamente no hay rincón en el país donde no se vean ejemplos del desmoronamiento del tejido social y comunitario. Hay problemas evidentes de violencia e inseguridad; y, por si fuera poco, la intensa polarización ideológica pseudo-política desvía la mirada de la profunda y sistemática indiferencia ante la ingente cantidad de descartados, precarizados, despreciados, víctimas y damnificados de un modelo social que no coloca como referente la dignidad humana.

Ante estas muertes, ¿no parecen absurdamente ociosos los conflictos partidistas, las confrontaciones ideológicas de azules y guindas, de chairos y fifís, de progres y fachos? ¿No acaso esa misma polarización tiende a enaltecer a los necios que apuestan por la ‘radicalidad’ subversiva como única vía de cambio? ¿No acaso sólo los desesperados propondrían violar los márgenes de la ley para ‘acabar con sus enemigos’, con ‘el mal’, con ‘los otros’?

El radicalismo y la polarización ni siquiera se cuestionan sobre los actos moralmente válidos que se deben emprender para enfrentar el crimen y la descomposición social; los polarizados prefieren nombrar culpables de aquellas tres muertes en lugar de mirar hacia el bien y la justicia.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Expertos hacen llamado a México para regular alternativas

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El dicho “no hay peor sordo que el que no quiere oír” es aplicado por el Gobierno federal al aferrarse a prohibir las alternativas al cigarro, pese a que hay cientos de voces que claman por una regulación de estos productos.

Entre las voces que piden un verdadero trabajo legislativo están las de científicos, autoridades de salud y expertos quienes participaron en la Cumbre de cigarros electrónicos: Ciencia, Regulación y Salud Pública, que se llevó a cabo en Washington, Estados Unidos.

El mensaje es claro, en México hay un vacío legal que se intenta llenar con leyes prohibicionistas que permiten que el mercado ilícito crezca con productos de mala calidad, sin entender que regular ayuda a que los fumadores adultos accedan a alternativas que disminuyen su exposición a sustancias peligrosas para su salud y minimiza que los no fumadores y jóvenes comiencen a usarlos.

México debe comenzar a escuchar las voces de los expertos en el tema sobre los beneficios que podrían traer en la reducción de daños por el tabaco en el país.

Por Gerardo Rivadeneyra

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