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Análisis y Opinión

Vacunas contra COVID-19 traen un mundo nuevo

Felipe Monroy

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Todo el 2020 ha sido un largo e intenso camino para los laboratorios de investigación biomédica en todo el mundo, los muchos trabajos para encontrar respuestas ante dolencias y enfermedades conocidas en el mundo entraron en pausa para enfocar todo el ingenio humano en la lucha contra el SARS-Cov2. Finalmente, poco a poco salen a la luz noticias sobre los avances en el diseño y análisis de las vacunas que podrían dar un respiro a un orbe apertrechado por los temores del COVID-19.

La noticia sobre el acuerdo de los Estados Unidos para la producción de 100 millones de dosis de la vacuna contra COVID-19 de Pfizer y Biotech parece dar atisbos de luz en un largo túnel de incertidumbre. Pero no sólo aquella: el primer ministro ruso, Mikhail Mishustin, confía en que alguna vacuna de los 26 diseños y ensayos clínicos que se realizan en su nación pueda estar lista para otoño. Desde el Reino Unido, la vacuna desarrollada por la Universidad de Oxford y el laboratorio AstraZeneca ya ha mostrado respuestas inmunitarias contra el COVID; y China anunció que sus laboratorios Cansino Biologics tienen vacunas que en estos momentos están en ensayos clínicos y evaluación de su utilidad.

Así que, bienvenidas las vacunas. Son necesarias. Han sido imprescindibles en el desarrollo social, cultural y económico del planeta entero, de la humanidad misma. Es cierto que no han faltado los intereses perniciosos para usar estos avances médicos y tecnológicos para ahondar situaciones de injusticia, dependencia o sumisión de pueblos enteros. Pero las temerarias afirmaciones de los admiradores de la conspiración que desde ya acusan sin pruebas que las vacunas que se pondrán en circulación en los próximos meses contra el COVID-19 son parte de un complejo y entreverado plan de control genético para definir la geopolítica y la biotecnología antihumana de los próximos 50 años son, por decirlo gentilmente, fruto de la ignorancia y el miedo.

Muchas de las teorías de conspiración que aprovechan cada coyuntura para nutrir sus fantasías parten de la supuesta existencia de uno o varios grupos conformados por archipoderosos sin escrúpulos que, si pudieran, barrerían toda la vida de la Tierra sólo por ganar más bienes de los que ya tienen. Sin ingenuidad, se podría afirmar que -por desgracia- es posible que esos grupos existan y que, en efecto carezcan de todo escrúpulo por la dignidad humana, pero ni en el periodo más oscuro de la geopolítica contemporánea, las vacunas han llegado a ser armas bioterroristas que diezmaran o condenaran a naciones enteras.

Quizá el momento más complejo en nuestra historia contemporánea siga siendo la Guerra Fría en la segunda mitad del siglo XX. En ella, dos superpotencias usaron todas sus argucias y recursos para intentar moldear el mundo bajo su visión ideológica y económica: patrocinaron guerrillas y golpes de estado, llenaron de armas y conflictos al mundo, enemistaron a los viejos amigos, dividieron naciones y obraron como si su supervivencia dependiera de la aniquilación de sus adversarios.

Y, sin embargo, en ese mundo lleno de reales amenazas e infinita desconfianza, nació la primera vacuna contra la poliomielitis (1952) y paulatinamente las naciones fueron introduciendo campañas de vacunación entre los años 60 y 70 hasta que finalmente, al final de la Guerra Fría, se asume la erradicación de esta enfermedad viral como desafío global.

La vacunación contra la polio creció con silencioso pero generoso servicio a la humanidad en una época en la que los bloques eran capaces de cualquier atrocidad. Las vacunas contra la poliomielitis son hijas de la Guerra Fría y cambiaron para siempre a la humanidad. Todos los niños y adultos del siglo XXI (excepto aún en tres países) no conocen el riesgo de sufrir las parálisis, las graves secuelas o la posibilidad de morir por polio. Si hoy hay personas cercanas a la ideología antivacuna expresando sus opiniones sin ton ni son es porque la vacunación de su generación, la de sus padres y abuelos se los permite, porque le quitó a la humanidad el miedo a una enfermedad viral altamente contagiosa y demoledora en secuelas.

Sí, las vacuna contra el COVID-19 traerán un mundo nuevo para la humanidad, lleno de desafíos y oportunidades, pero la mera posibilidad de que sean utilizadas como arma en una estrategia de bioterrorismo genético global es, francamente, alucinante.

*Director de VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

¿Tu objetivo es hacer o lograr?

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Sin duda alguna los cambios internos siguen a la orden del día en cualquier organización que está tratando de adaptarse a esta nueva realidad. Muchas iniciativas, proyectos y esfuerzos internos nacen todos los días listos para consumir gran parte de nuestro tiempo y energía mental. Algunos de estos proyectos son impuestos por nuestros jefes y otros propuestos por nosotros mismos, siempre con una voluntad genuina de buscar algún beneficio para nuestras organizaciones; sin embargo, cada vez más nos encontramos con la falta de claridad sobre lo que se quiere lograr con estos proyectos.

Estoy seguro de que si en este momento haces una pausa a esta lectura y revisas la última presentación que tengas de cualquier proyecto en el que estés o hayas participado recientemente, te darás cuenta que los objetivos están redactados en función de lo que se va a hacer y no de lo que se va a lograr. Es por ello que leerás cosas como: “Desarrollar un modelo…” en lugar de cosas como: “Contar con un modelo…”

Pareciera un detalle irrelevante; sin embargo, a lo largo de mi carrera he podido darme cuenta del impacto tan poderoso que puede tener en la mente de las personas de un equipo de trabajo la manera en que se redacta el objetivo. Programamos a nuestra mente para trabajar y hacer un gran esfuerzo, pero no para conseguir logros.

En mi opinión, redactamos así los objetivos por un miedo inconsciente a asumir el compromiso por el resultado sin tener control de todas las variables asociadas y preferimos comprometernos tan solo a esforzarnos.

“Definir e implementar acciones de mitigación…” (que pueden o no funcionar), no tiene el mismo grado de responsabilidad que “Mitigar…”. Es muy fácil comprometerse a tratar, a trabajar y a echarle muchas ganas sin sentir el compromiso de lograrlo porque cuando vemos una redacción contundente que plantea un objetivo a manera de logro, sentimos de pronto un escalofrío que nos recorre todo el cuerpo por el peso tan grande que se siente la responsabilidad de cumplirlo.

El objetivo debe ser un destino y no un camino. El camino es la estrategia, el plan de trabajo y las actividades a desarrollar mientras que el objetivo es el premio, el producto final, el entregable, el resultado, el logro. Es una condición final del estado en que deseamos o necesitamos ver a la organización después de haber realizado el esfuerzo.

Debemos acostumbrarnos a definir nuestros objetivos a partir de lo que necesitamos lograr y dejar de utilizar verbos que describan tan solo el esfuerzo que vamos a realizar. Mentalmente nos programamos para conformarnos con el esfuerzo de “rediseñar procesos”, sin exigirnos a que ese mismo esfuerzo dé como resultado procesos eficientes que logren los objetivos del negocio.

Seguramente algunos de ustedes estarán pensando en la metodología SMART, cuyas siglas en inglés define las características que debe reunir un objetivo bien formulado (específico, medible, alcanzable, relevante y con tiempos definidos). Sin embargo, en mi opinión una acción puede cumplir con estas características y aun así no sería un objetivo.

México es considerado uno de los países en el mundo donde más se trabaja, pero donde somos menos productivos. Nos encanta presumir todo lo que hacemos sin importar si logramos con ello algo o no. Pareciera que culturalmente nos da miedo comprometernos al logro.

Debemos cambiar de una vez nuestra mentalidad enfocada al esfuerzo y asumir que si queremos tener éxito en lo que hagamos a nivel profesional, debemos comenzar desde el momento en que planteamos los objetivos de nuestro trabajo y de nuestros proyectos, para enfocarlos al resultado y al logro.

Comienza por modificar la redacción de los objetivos de los documentos y presentaciones de proyectos que tienes, elimina los verbos y redáctalos nuevamente enfocándote solo en los resultados. Léelos nuevamente y acostúmbrate a sentir la adrenalina del compromiso que ello implica. Ahora simplemente lógralos.

LEE ¿Sabemos realmente hacer un análisis FODA?

ebv

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Análisis y Opinión

La perspectiva religiosa en la elección de EU

Felipe Monroy

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Nunca como antes, la perspectiva religiosa de los votantes será decisiva en el proceso electoral en los Estados Unidos. No me refiero al credo en sí (católico, cristiano, evangélico, pentecostal, etcétera); sino a la perspectiva que cada creyente tenga sobre la responsabilidad moral que le imprime su religión a la hora de elegir un candidato a la máxima magistratura.

En un escenario menos polarizado, los procesos electorales en las naciones democráticas suelen enfocarse en áreas de discusión muy generales; básicamente los electores esperan que los contendientes contrasten sus modelos de gobernanza y las propuestas económicas de su prioridad: seguridad pública, promoción del empleo, atención de sectores marginados, política exterior y conservación de la estabilidad en el clima social.

Por desgracia, no estamos en aquellos escenarios y la polarización social obliga tanto a candidatos como a electores a llevar más profundamente sus preocupaciones sobre sus certezas y sus prejuicios. Tomemos el caso de los Estados Unidos, aunque buena parte de Europa y América Latina viven procesos semejantes. Independientemente del credo al que pertenezcan, los norteamericanos viven un cuestionamiento sobre qué tanto sus convicciones morales deben reflejarse en su voto y, por tanto, en las políticas públicas promovidas por sus candidatos preferidos.

Quizá como expresión, la ‘polarización’ muestra sólo los negativos del distanciamiento irracional incapaz de diálogo, pero también revela -a la mala- las ideas que se asientan en el fondo de la conciencia social, las acalladas por la prudencia o por la corrección política. Quizá no nos guste, pero la polarización conduce indefectiblemente a un estrato más profundo del razonamiento que no debemos minimizar.

Los electores polarizados ya no quieren escuchar propuestas de la ‘mejora en la educación’ sino de la ‘naturaleza de la educación’; no quieren ideas sobre el ‘bienestar económico’ sino del ‘tipo de justicia en la distribución de los bienes’; no les bastan propuestas de ‘seguridad pública’ sino sobre la ‘identidad de la justicia’. Es decir, las campañas tradicionales que se mantenían en el margen de lo políticamente correcto son trágicamente superficiales para un votante que busca, como nunca, que los políticos se comprometan más allá de su función pública, que hundan sus pies en el mismo fango de su existencia.

Y allí es donde no sólo las instituciones religiosas sino la apropiación individual del credo tiene mucho que ver en los procesos electorales. En las actuales elecciones presidenciales de los Estados Unidos, tanto el partido Demócrata como el Republicano han querido utilizar esta dimensión específica en los votantes que -independientemente de su identidad partidista- podrían decantarse por un candidato en las antípodas de su opción política pero tolerable respecto a su apropiación religiosa.

Hay que mencionar que apenas un puñado de católicos han sido candidatos a la presidencia de los Estados Unidos; por ello, se hace evidente que Joe Biden (Demócrata) no sea afecto a usar esa carta de presentación con regularidad. Sin embargo, cuando los temas polarizantes para los norteamericanos salen a flote (migración, aborto, justicia social), Biden apela a la tradición institucional católica para tratar de convencer a ese 59% de católicos blancos que apoyan a Trump. Quizá por eso, entre los católicos hispanos, a Biden le vaya mejor: 65% de católicos latinos se decanta por el demócrata.

Biden parece tener segura la elección en el sector de protestantes afroamericanos (92% de las preferencias) y, aunque también tiene una alta aceptación entre los evangélicos blancos, un gran porcentaje de ambos grupos parece que no le dará su voto principalmente por la política proabortista del Partido Demócrata. En un estudio del Pew Research Center se asegura que más del 61% de los ciudadanos identificados en alguna denominación cristiana no católica definirán su voto por aquel que defienda la vida de los no nacidos; mientras que un promedio del 40% de los católicos les costaría votar por su correligionario Biden precisamente por la cercanía de su partido con las empresas y organizaciones promotoras de abortos.

Esto lo sabe muy bien el equipo de Donald Trump quien, más allá de la campaña, durante su gestión presidencial no ha traicionado al sector antiaborto pues ha facilitado los recortes presupuestales a empresas dedicadas a la promoción y realización de abortos; aunque, a todas luces, su identidad anticristiana con el prójimo (migrantes, mujeres, descartados, pobres, etcétera) también le resta apoyos de muchas instituciones religiosas, de los católicos, de los cristianos con perspectiva social y, principalmente, por los afectos al humanismo agnóstico o no religioso.

El voto religioso contra Trump puede emerger de otras preocupaciones morales de los creyentes: el racismo, la crisis ambiental, la pobreza, la pena de muerte y las amenazas a la dignidad humana. Temas en los que a Trump se le califica como ‘u mal cristiano’. Y por ello no es coincidencia que el mismo mandatario critique Joe Biden (‘Quizá sea católico, pero no es cristiano’) por apoyar el aborto.

En conclusión, la polarización muestra descarnadas las fibras morales de los votantes; pero, más que la pertenencia a una institución religiosa, su decisión electoral se fundamentará en cómo interpretan su identidad religiosa en las coincidencias identitarias con el candidato más afín a sus certezas y a sus prejuicios.

Lo explican en un párrafo los obispos católicos norteamericanos en su subsidio de ‘Formación de Conciencias para una Ciudadanía Creyente’ del 2015: “Puede haber ocasiones en las que un católico que rechaza por principio las inaceptables posiciones de un candidato, incluso en políticas que promueven un acto intrínsecamente maligno, pueda razonablemente votar por ese candidato debido a otras razones moralmente graves. Votar de esta manera sería permisible sólo por razones morales verdaderamente graves, no para avanzar intereses mezquinos, preferencias partidistas o ignorar un mal moral fundamental”. La verdadera elección hoy en Estados Unidos reside en ese profundo sustrato que no veríamos sin polarización: ¿Cuál de los candidatos representa el mal moral fundamental?

LEE Felipe Arizmendi, el cardenal constructor de puentes

*Analista y consultor de información religiosa. Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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