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Análisis y Opinión

Y hubo templos sobre el llano

Felipe Monroy

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Ya había muerto el viernes, pero para los futbolistas de llano en el populoso barrio de El Rosario la tibia madrugada sólo les ofrecía una certeza: la reta continuaba. Casi dos centenas de pamboleros amateurs celebraban una especie de liturgia; sobre el revuelto terregal se realizaba el baile hipnótico de 22 servidores del balón mientras el resto, detrás de la metafísica línea de cal, exclamaba las preces conocidas: ‘¡Sube! ¡Pasa! ¡Guárdala! ¡Ya lo viste! ¡Tira! ¡Tira!”

El barrio está mal iluminado, pero cada centímetro de la cancha tiene luz, color y definición, por eso se ven con claridad las playeras repetidas de la selección de Argentina, del Boca o del Nápoles que han sacado los aficionados y que portan con orgullo. Tienen -en pecho y espalda- el nombre de Maradona, de ‘D10S’, y parece que, nada más ponérsela, el jugador se cree más hábil, más audaz, más eficiente, pletórico. Conmueve más quizá aquel niño desvelado que ha puesto con cinta adhesiva el número diez en el dorso de la única armadura que vale para el héroe que busca la epopeya mítica de llevar el balón a la portería.

Es el primer fin de semana después de Maradona. El astro argentino falleció en miércoles y muchos de los devotos tuvieron que esperar al viernes por la tarde para celebrar la liturgia futbolera. Quizá la iglesia maradoniana sea una parodia religiosa; pero a ras del futbol llanero, la pasión por ese humildísimo deporte no es ninguna simulación.

La experiencia sería sumamente atractiva para la profesora en antropología y religión, Sabina Magliocco, quien considera que las características fisiológicas y neurológicas de las experiencias espirituales son una parte fundamental y compartida de la naturaleza humana: “Todas las percepciones humanas de la realidad material pueden documentarse como reacciones químicas en nuestra neurobiología… No es racional asumir que la realidad espiritual de las experiencias centrales es menos real que la realidad material más científicamente documentable”. El gol o la derrota, se sabe, guardan un sentido de trascendencia superior al de las endorfinas que segrega el cuerpo y por eso, el llano pambolero festivo y trágico, se hace templo.

Había apuntado el escritor Eduardo Sacheri: “Somos tan ingenuos que seguimos viendo el futbol como un juego”. La muerte de Maradona nos lo ha recordado con un balonazo en la cara con los ‘Diegos metafísicos’ centuplicados en la cancha de barrio. Cierto, con la mercadotecnia y el acceso tecnológico han crecido las hazañas del ‘Pelusa’ en el césped; sin la televisión -o el internet- las fenomenales habilidades del argentino se reducirían a un par de líneas y una fotografía en los diarios deportivos o en la siempre inexacta narrativa oral de quienes pudieran decir: ‘Yo estuve allí y esto fue lo que viví’.

El genial Fontanarrosa en su cuento ‘¡Qué lástima Cattamarancio!’ nos comparte la narración apasionada y febril del cronista de un partido que se interrumpe con los odiosos patrocinios publicitarios mientras en el cielo comienzan a verse los fulgores desastrosos de una guerra nuclear; esto último, no obstante, es irrelevante para el fanático, no importa mientras el partido siga caliente. En el futbol llanero, sucede igual, la pandemia se suspende hasta que alguien tosa y caiga de fiebre días más tarde, en silencio y culpando a todo menos al juego: “Porque se equivoque uno no tiene que pagar el futbol… la pelota no se mancha”, dijo Maradona.

¿Es el futbol una religión? Me atrevo a opinar que no. Pero esto no les debe importar a los hinchas apasionados de veras. Les debe interesar a los fieles de las religiones cuyos signos, más profundos y reales, se diluyen en reglas y no en experiencias personales y comunitarias. Para los predicadores y exégetas del juego-comunidad, del equipo-congregación, el futbol es una experiencia cuya plenitud es grupal, gremial, compartida: “Si perdemos seremos los mejores, si ganamos seremos eternos” (Pep Guardiola), “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos” (Alfredo Di Stefano).

No son sólo palabras; forman parte de una realidad que comprenden los jugadores y aficionados al balompié junto a la certeza interpelante de que un partido sin goles es como un domingo sin sol.

En el barrio se jugó todo el sábado, hubo una pausa para ver el partido de la noche, y se continuó con la fiesta la mañana del domingo. Maradona había muerto y hubo quienes dijeron que estaban allí por él, por el futbol; y brillaron el sol y los goles; y hubo llanos que se transformaron en templos.

LEE Un cierre doloroso pero necesario

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Los dichos del Presidente

Cristian Ampudia

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Conversando

Que Andrés Manuel López Obrador tenga Covid-19 no es un tema menor. Afortunadamente y por lo que informó a través de Twitter, los síntomas que padece son leves, sin embargo deben extremarse las precauciones para que su salud salga adelante.

A nadie conviene que el Presidente enfrente dificultades durante su enfermedad, por ello cualquier persona sensata desea su recuperación, quien opine lo contrario, seguramente no es consciente de las graves consecuencias que podría tener para el país o simplemente hace gala de su mezquindad.

Por ello, también es importante saber cómo es que se llegó hasta este punto. Si bien es cierto que los deseos apuntan a un restablecimiento pleno de López Obrador, también lo es que el Presidente debe hacer una autoreflexión sobre la forma en cómo ha decidido manejarse durante la pandemia, pues todo queda reflejado en los dichos del presidente… veamos:

“Hay quien dice que por lo de coronavirus no hay que abrazarse. Pero hay que abrazarse, no pasa nada”.

12 de marzo del 2020

“El escudo protector es la honestidad, eso es lo que protege, el no permitir la corrupción. Miren, este es el detente. Esto me lo da la gente. Miren, aquí hay otro detente. ‘Detente, enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo”.

18 de marzo del 2020

“No apanicarnos, vamos hacia adelante y no dejen de salir. Todavía estamos en la primera fase (…) sigan llevando a la familia a comer, a los restaurantes, a las fondas”.

22 de marzo 2020

“No me pongo el cubrebocas porque no me lo recomienda Hugo (López-Gatell), le pregunté y él ya tiene una explicación sobre eso, pídansela. Entonces yo le hago caso”.

29 de abril 2020

Ayer usé por primera vez el término crisis transitoria (por el Covid 19), esto no va a tardar y vamos a salir fortalecidos, y vamos a salir fortalecidos porque no nos van a hacer cambiar en nuestro propósito de acabar con la corrupción y que haya justicia en el país. Por eso vamos a salir fortalecidos, o sea, que nos vino esto como anillo al dedo para afianzar el propósito de la transformación”.

2 de abril 2020

“Comer saludable, no comer productos chatarra, pero también eso es voluntario, no puede ser obligatorio. Y estar bien con nuestra conciencia, no mentir, no robar, no traicionar, eso ayuda mucho para que no de el Coronavirus”.

4 de Junio 2020

“Estaba yo viendo que los del PAN ya presentaron una denuncia porque quieren que me ponga cubrebocas, me voy a poner un tapaboca cuando no haya corrupción, entonces me pongo”.

31 de julio 2020

“Me dice el doctor Hugo López-Gatell, que es el que me orienta, y el doctor Alcocer, que no es indispensable (usar cubrebocas), que hay otras medidas. Y yo pienso que lo mejor es la sana distancia y el cuidarnos nosotros”.

2 de diciembre 2020

Sí, el Presidente debe recuperar su salud a cabalidad, pero también es momento de hacer una pausa y tomar con seriedad la pandemia pues, a juzgar por los dichos de López Obrador, desde Palacio Nacional no se ha hecho y hasta se ha tratado de politizar el tema… algo que es francamente desconcertante.

Siempre habrá tiempo para corregir el rumbo, pero ¿con qué discurso regresará López Obrador a sus actividades luego de la enfermedad? Ya se verá…

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Análisis y Opinión

Pendencieros y belicistas, la libertad del lenguaje

Felipe Monroy

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Entre el alud de noticias cotidianas parecía escabullirse la sanción que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) impuso al siempre provocador Gerardo Fernández Noroña, debido a los insultos y llamados a la agresión realizados por el legislador contra la diputada federal Adriana Dávila; pero el asunto merece que le prestemos toda la atención porque en él se juega buena parte del escenario democrático futuro.

No es una exageración. La denuncia contra Fernández Noroña surge tras una serie de insultos y llamados a la agresión física contra la diputada en octubre pasado; el TEPJF resolvió y confirmó que el legislador debe ofrecer una disculpa pública y cumplir con acudir a talleres de sensibilización contra la violencia de género. Como era de esperarse, el político criticó al tribunal y aseguró que este episodio es un acto de las autoridades electorales para afectarlo políticamente.

La asesora legal de la diputada fue aún más lejos y aseguró que si Fernández no cumple con la sanción, se solicitará que se ingrese al político en el registro nacional de agresores; lo que sí impediría que este contendiera en el proceso electoral en marcha.

Sin embargo, este caso va más allá de un simple affaire político. Revela la importancia que tiene y tendrá el lenguaje y su regulación en las dinámicas sociales y culturales. Se equivoca, por supuesto, el legislador Noroña al creer que sus expresiones no conllevan riesgos de violencia o que simplemente se inscriben en el marco de la normal tensión política en una campaña electoral. Pero también hay que preguntarse hasta dónde llegan las facultades de las instituciones para sancionar el lenguaje de terceros.

En el caso narrado, parece obvio decantarse a favor de Dávila y, junto con ella, con las miles de mujeres que son víctimas de incontables y muy diversas violencias, incluidas las del lenguaje; pero no parece tan obvia la facultad del tribunal de exigir una reeducación del lenguaje sobre un ciudadano como condicionante para dotarle o restringirle sus derechos ciudadanos.

El lenguaje, se sabe, es más que su mera regulación formal; su maleabilidad o mutación no depende ni de las voluntades de los expertos ni de las pretensiones de los constructores de ideologías; pero sí depende en mucho de la promoción masiva de su uso. Las herramientas de comunicación masiva (cine, televisión, radio e internet) han logrado cambios vertiginosos sobre la fisionomía del lenguaje en todos los pueblos.

Son famosos los estudios europeos sobre el lenguaje sensacionalista y estigmatizador en el tratamiento noticioso de los episodios de infracción de la ley cometidos por jóvenes y adolescentes en los años 90; al parecer, la opción por cierto lenguaje de desprecio contra los jóvenes terminó reafirmando y perpetuando estereotipos agresivos y violentos en una sociedad que distanció aún más las búsquedas comunes entre generaciones. Con la aparición de las redes sociales, este problema sólo se agravó: pequeños guetos de certezas infalibles son los configuradores de nuevos lenguajes que, a su vez, reordenan las dinámicas sociales.

Para muestra, un botón: ¿No le parece raro que prácticamente todos los medios de comunicación utilicen el lenguaje bélico para referirse a la pandemia de COVID-19? ¿Por qué desde las grandes cadenas hasta las más humildes publicaciones siempre se ha definido esta grave situación que atraviesa la humanidad como una ‘guerra’? ¿Y no quizá esta fascinación por el lenguaje militar ha provocado radicalidades incoherentes en las teorías conspirativas frente a un virus que se considera un ‘arma’ más que un ‘fenómeno’? ¿No quizá por ello sea más sencillo para la gente asimilar conceptos como ‘enemigo’ y ‘combate’ respecto al coronavirus en lugar de ‘enfermedad’ y ‘cuidados’?

En conclusión, el lenguaje no es un animal inasible que se deba dejar completamente desbocado y salvaje. Para eso están las relaciones culturales, la dinámica educativa formal e informal; pero tampoco podemos dotar a las instituciones políticas temporales o ideológicas, del derecho o las herramientas para sancionar, censurar o limitar las expresiones (por necias que sean, como las hechas por Noroña).

Que no se malinterprete: El legislador debe asumir consecuencias por las expresiones de violencia contra una mujer; no creo, sin embargo, que sea una institución política la que deba definir su castigo. No es positivo dotar de esas atribuciones a organizaciones que pueden mudar de principios ideológicos sin ruborizarse.

Las respuestas ante el lenguaje pendenciero y belicista deben ejercerlas, en primerísimo lugar, los inmediatos interlocutores, los miembros participantes y consumidores de la cultura del diálogo. Usted y yo, nosotros; porque hablamos para entendernos, no para pelear.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

LEE Censura y sollozos desde la investidura

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