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Análisis y Opinión

Y la otra epidemia ¿para cuándo?

José Luis Arévalo

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A casi mes y medio de haber iniciado el confinamiento a causa de la pandemia de Covid-19, la cifra de muertes por esta enfermedad supera las dos mil víctimas; es decir, un promedio de entre 40 y 50 personas que han muerto cada día en nuestro país por la cepa de Coronavirus.

Luego de haber conseguido aplanar la curva epidémica, las autoridades sanitarias del gobierno empiezan a echar las campanas al vuelo. Ojalá y lo logremos y este 1 de junio podamos reiniciar nuestras actividades; de ser así, le puedo asegurar que la Presidencia de la República se sentirá muy orgullosa de haber apaleado de mejor manera, y seguramente dirán que a menor costo, que en países desarrollados, cuyo número de muertes y contagiados es inmensamente superior.

Pero de igual manera que el gobierno, con el apoyo de aquellos que han hecho caso al llamado de “Quédate en casa”, ha trabajado para frenar al Coronavirus, debería hacerlo para combatir la otra pandemia que vivimos y que es mucho más mortífera: la de la violencia que no ha cesado y que da muestras de ser mucho más poderosa que el Covid-19.

Con una inversión en este primer año de gobierno de 101,498 millones de pesos, se registraron 34,579 homicidios dolosos; es decir, 2,881 personas murieron cada mes durante 2019 (96 diarias), bajo la gestión de la 4T.

Si comparamos esta cifra con la del primer año de gobierno de Enrique Peña Nieto, hay una diferencia abismal, siendo que en aquel 2012, EPN invirtió 118 millones de pesos (más que AMLO) y se registraron 18,432 homicidios dolosos; es decir, casi la mitad de los que se registraron en esta administración. Pero no sólo esto, el primer año de gobierno de la 4T ha sido el más violento en los últimos 4 sexenios, ni más ni menos.

Y la fórmula es clara, se invierte menos en seguridad, hay mayores problemas económicos, mayor desempleo, mayor tolerancia a los delincuentes y por consiguiente, un incremento notable en homicidios… en violencia generalizada en nuestro país. Pero lo peor es que las cosas no pintan para mejorar. Simplemente, este mes de abril superó cualquier expectativa. El día 20 del mes pasado se registraron 114 homicidios, lo que ayudó a que el primer trimestre de este 2020 mostrará un incremento del 3.6% de asesinatos en comparación con el mismo periodo del año pasado. Cifras dadas a conocer por el mismo gobierno de la 4T.

¿Entonces, qué puedo decirle? ¿En qué momento la 4T dejará de ignorar las cifras, de mandar abrazos y se pondrán a trabajar en materia de seguridad? Es entendible el espíritu de evitar derroches, de ahorrar dinero, de cumplir con la prometida austeridad republicana, pero ¿este es el sector indicado en donde se debe ahorrar?

En todo este tiempo de pandemia no he visto por lado alguno al Secretario de Seguridad Pública y Protección Ciudadana, Alfonso Durazo. Desconozco si se esté “guardando” para evitar ser contagiado, desconozco si a él no le preocupen estas cifras o si tiene órdenes superiores de no tomarlas en cuenta; ya que “abrazos y no balazos” es, en teoría, la fórmula que nos ”curará” de esta otra pandemia que vive nuestro país. Pero lo que es un hecho es que el México que saldrá a las calles a partir de junio será muy distinto. Un México con mayor número de desempleados, con una economía desgarrada y que tardará mucho tiempo en curarse.

Ingredientes suficientes como para que la delincuencia se pueda desbordar, aún más, y en dónde la gente de bien -que estoy seguro que somos la mayoría-, estamos indefensos ante un grupo de personas que delinquen ante la mirada pasiva de las autoridades. Pero eso sí, delincuentes que también, seguramente, extenderán la mano para recibir los apoyos prometidos por la 4T desde antes de llegar a Palacio Nacional. Ellos, los delincuentes, ganarán por ambos lados. ¿Habrá cura para esta otra pandemia?

José Luis Arévalo
Periodista
www.siete24.mx
@jlanoticias
@jarevalop



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Análisis y Opinión

AMLO y Trump: Desastre conjurado

Felipe Monroy

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La expectativa de los maliciosos no conoce límites: si caen un par de gotas, anuncian el diluvio, y si un discurso diplomático se mantiene diplomático, lo acusan de pusilánime. Es cierto que la visita de López Obrador a Donald Trump arrastraba toneladas de mutuas acusaciones y agresiones de baja intensidad; sin embargo, poco saben de política quienes esperaban un incendio a la mitad del jardín de las rosas de la Casa Blanca.

Para nadie es desconocido que la política interior y exterior de Trump tiene profundas motivaciones integristas; y que su narrativa ha provocado polarización social principalmente en temas raciales, migratorios y supremacistas. Del otro lado, la narrativa lopezobradorista apela permanentemente a una insalvable tensión entre ‘conservadores y liberales’, al tiempo de descargar las justificaciones de su mandato mediante el señalamiento de sus antagonistas.

Sin embargo, en este punto de la historia, ambas naciones que representan están anudadas más allá de una relación histórica y un complejísimo intercambio comercial del cual ambas partes buscan sacar provecho; ahora también los une un escenario de inmensa incertidumbre debido al coronavirus y sus efectos, y a la pérdida de su influencia en la geopolítica contemporánea.

Ambos mandatarios tienen deudas por atender con sus respectivas ciudadanías sobre sus discursos y la radicalidad de sus opiniones porque ambos han emprendido ambiciosas cruzadas con el ideal de su propia nación en mente. De hecho, es justo lo que Trump afirmó en su discurso: “Ambos honramos la dignidad de nuestras grandes naciones… cada uno de nosotros fue elegido en el compromiso de luchar contra la corrupción, devolver el poder a la gente y en el interés de poner a nuestras naciones en primer lugar. Yo hago eso y usted hace eso, señor presidente”.

López Obrador, por su parte, no dejó de mencionar la importancia de los trabajadores en las economías de ambas naciones, los objetivos centrales del nuevo tratado, las diferencias históricas y la manera formal de evitar mayores conflictos. No omitió tampoco señalar las críticas que se le hicieron por el viaje y las diferencias ideológicas que sostiene con el propio mandatario norteamericano. Trump también habló sobre sus compatriotas que ‘apostaron en contra’ del encuentro. Hubo diplomacia de elogios, como era de esperarse; y, sin embargo, si se leen con cuidado y sin prejuicio, en ambos discursos también se encuentran apreciaciones concretas sobre lo que desean ambos mandatarios como mínimos comunes para una buena relación de las naciones: dignidad, orgullo, soberanía, valores familiares y tradiciones.

En este justo instante hay millares de periodistas y opinólogos en México y Estados Unidos que diseccionan con fruición las breves horas de visita del mandatario mexicano a Washington y la Casa Blanca. Desde las palabras hasta las corbatas, nada escapará al juicio de la comentocracia. Sabemos que ambos líderes gozan de abundante mala prensa, no hay día en que no sean juzgados como imprudentes, pendencieros, obsesivos, manipuladores, mentirosos, inexpertos, antidemocráticos o polarizantes, y quizá lo merezcan. Pero también cuentan los dos con extensos grupos de simpatizantes que querrán encontrar los positivos en una reunión que no habían imaginado ni esperado celebrar.

Al final, cada sector asumirá su propia certeza que satisfaga sus obsesiones respecto al singular encuentro; sólo quizá sea bueno recordarles las palabras del escritor argentino Alejandro Dolina: “Para quienes dicen que todos los políticos son lo mismo; les contesto que, para un analfabeto, todos los libros son iguales”.

*Director de VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

¿Cuál es la mejor cultura organizacional?

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

El día de ayer me invitaron a dar una plática con alumnos de una de las mas prestigiadas Universidades del País sobre el tema de cultura organizacional. Les pregunté a los alumnos que para ellos, cuál pensaban que era la mejor cultura organizacional. Inmediatamente me respondieron con el nombre de empresas como Google o Facebook y les pedí me indicarán por qué pensaban así, la mayor parte de los argumentos estuvieron apuntando a que eran culturas donde la gente se la pasaba bien, o porque eran culturas que fomentaban la creatividad de la gente. 

En mi opinión, esta concepción de cultura organizacional es equivocada y es por ello por lo que muchos ejecutivos confunden los estudios de clima organizacional con los estudios de cultura organizacional. Esta confusión los hace incluso pensar que medirse con base en instrumentos y parámetros estándares, desarrollados por empresas o instituciones externas, les puede indicar si tienen la cultura organizacional adecuada.

En mi experiencia, la cultura adecuada para una organización es aquella en la que se producen los comportamientos que le permiten a esa empresa lograr sus estrategias de negocios y alcanzar sus objetivos. La cultura organizacional es un elemento que influye en el comportamiento del personal y por ende en la manera en que se trabaja, que es por lo que se obtienen o no los resultados. En mi opinión, no existe una cultura organizacional “adecuada” a nivel estándar que sea buena para todos. Por ejemplo, la cultura de control que puede favorecer a una empresa que busca asegurar la calidad en el detalle de sus productos, puede matar a otra empresa que requiere ofrecer servicios de rápida respuesta a sus clientes.

La cultura organizacional es el conjunto de prácticas, normas y creencias compartidas por el personal de una organización y que influye en su comportamiento.  La cultura es generada en gran medida por la filosofía y valores de los fundadores y directivos, misma que se va viendo reflejada a lo largo del tiempo, en la manera en que se define la forma de trabajar, las políticas, la estructura organizacional, la manera de evaluar y pagarle a la gente, etc. Eso con el tiempo genera distintas prácticas que se arraigan a manera de normas no escritas y que determinan la manera de trabajar del personal.

El clima organizacional por su parte, es el estado de ánimo generalizado entre el personal de una organización en un momento determinado y que influye en su actitud en el trabajo. Al ser un estado de ánimo, el clima es cambiante, mientras que la cultura es algo más permanente y por ende difícil de cambiar.

Hoy por ejemplo, ante la situación que estamos viviendo con esta pandemia, es la cultura organizacional de una empresa la que ha determinado las acciones y ha influido en las decisiones que se han tomado sobre la manera en que la organización ha enfrentado esta situación. Las consecuencias de estas decisiones han influido en el ambiente y en el clima de trabajo que se está viviendo.

Los dos, son factores que le afectan al personal e influyen en su trabajo y en sus resultados, pero son factores que se deben trabajar con estrategias distintas.

Sin duda es momento de reflexionar en cada organización, si su cultura actual es adecuada para impulsar el tipo de comportamientos que requerirán de su personal para poder llevar a cabo con éxito las estrategias de retorno a la nueva normalidad, y rápidamente alcanzar los objetivos de negocio planteados. Si no es así, considero fundamental comenzar a identificar los cambios que su cultura organizacional requiere, identificar los factores que la provocan, determinar las acciones necesarias y los cambios que se deben hacer para iniciar la transformación de esa cultura y comenzar de inmediato.

Por otro lado, medir el clima organizacional solamente, utilizando algún instrumento estándar, o alguno de estos rankings donde comparan los resultados de unas empresas contra otras y las ordenan, solamente le permitirá conocer a la organización el estado de ánimo con el que el personal enfrentará este trabajo, pero recuerda, tener un ambiente de trabajo padre, no es suficiente para enfrentar los retos por venir.

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