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Análisis y Opinión

El sembrador de esperanzas

Agustín Guerrero

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La victoria del pueblo del 1 de julio de 2018, es el resultado de cientos de miles de millones de historias diversas, personales y colectivas, acumuladas a lo largo de varias generaciones confluyendo todas hacia un mismo fin, tener y vivir en un país mejor.

La gente se cansó de tanta corrupción, de tanta impunidad, del saqueo permanente a los recursos públicos. La gente se cansó de vivir un presente de crisis permanente y un futuro sin futuro.

Se cansó de mirar como crecía a su alrededor la delincuencia, la inseguridad y la violencia. Se cansó del contubernio entre el poder económico y los políticos, que hicieron del chanchullo, los moches, los contratos bajo el agua, las condonaciones de impuestos, una forma de vida.

La gente se cansó de la simulación. De escuchar año tras año los discursos de que todo iba bien, de que toda iba a estar mejor, cuando en realidad todo se estaba yendo al carajo.

Se cansó de una justicia al servicio del dinero, o sea que no es justicia. A su entender se cansó de ver como crece la desigualdad, de ver que la distancia entre los que tienen todo y los que nada tienen es cada vez mayor, y que uno está entre los segundos.

La gente se cansó de tanto fraude. De Salinas el usurpador, de Fox que prometió el cambio y terminó siendo más de lo mismo, de Calderón que se robó la presidencia, de Peña que la compró.

Se cansó de que le vieran la cara, de que no respetaran su voluntad, hasta llegar casi a la impotencia. La gente se cansó de que el abuso, el cinismo y la falta de escrúpulos fueran un forma de gobierno.

Cada uno de los 30 millones de mexicanas y mexicanos que votamos hace 2 años por el cambio verdadero tiene sus razones y motivos, pero todos coincidimos en un punto, el país ya no podía seguir igual.

A lo largo de estas tres décadas, un hombre sencillo y patriota se dedicó a sembrar esperanza por todos los rincones de la Patria. Yo lo he visto y le he acompañado en reuniones con casi nadie y en actos ante más de un millón de personas. Y siempre es el mismo. Un hombre de ideas claras y de convicciones firmes.

En ese andar por los pueblos más abandonados, entre los olvidados de la tierra, fue leyendo en el rostro de las mujeres y hombres el por qué las cosas eran como eran. De las manos curtidas por el trabajo supo que la riqueza no es sino sudor de horas mal pagadas.

Conoció lo fantasmal de pueblos y pueblos que se fueron convirtiendo en páramos cuando se fueron primero los jóvenes, luego los niños, familias enteras hasta quedar solo los viejos.

Así le fue tomando el pulso a la nación, llenándose los ojos de pobrezas, angustias, desencantos pero también de anhelos y de buenos deseos. Lo que vio lo escribió. Varios libros son el resultado de esas reflexiones.

Entre borradores, correcciones, enmendaduras fue elaborando de a poco una propuesta, un proyecto alternativo de nación. Hoy lo conocemos como el programa de la Cuarta Transformación de la República.

El carácter se templa en la lucha social no en el escritorio. Militante de las causas del pueblo, estuvo en la defensa de la soberanía y del patrimonio de la nación, declaró la resistencia civil pacífica en contra de las altas tarifas, lo vi levantar la voz y organizar un movimiento para evitar que las deudas de unos cuantos se convirtieran en deuda pública y al lado de millones de mexicanos se opuso a que se privatizaran nuestros recursos. A fuerza de estar siempre ahí, junto al pueblo, se ganó el respeto de la gente.

En noviembre de 1999 fue electo para representar a la izquierda al gobierno de la ciudad de México. Surgió entonces, primero como consigna, luego como lema y después como política de gobierno las ocho palabras más poderosas de la política en el país: Por el bien de todos, primero los pobres.

Como gobernante puso en práctica los principios y valores que lo caracterizaron a lo largo de la lucha.

Un gobierno honrado, austero, con alto sentido social, eficiente y ordenado, respetuoso de las diferencias y de los derechos y las libertades, hizo del contraste con los gobiernos de la derecha una fortaleza.

A los ojos de todos, a golpe de congruencia, fuimos construyendo un nuevo proyecto y la fuerza social que lo sustentaría. Como dice él, había mucho pueblo y líder no iba a faltar.

A través del fraude, la manipulación, la guerra sucia, autoridades electorales vendidas y dinero mucho dinero para comprar conciencias y silencios, la derecha conculcó la voluntad popular. A la mala nos robaron la presidencia en el 2006 y a la mala la compraron en el 2012. Antes nos la habían robado en 1988 cuando la izquierda dejó de ser marginal y se convirtió en una alternativa real de poder.

La terrible experiencia de tener más votos en las urnas y que nos voltearan el resultado en la mesa, no hizo mella en nuestro ánimo, templó los principios. La inmensa mayoría se quedó en el movimiento y decidimos empezar de nuevo.

El hombre volvió a caminar nuevamente por todo el país, explicando con paciencia musulmana las razones del movimiento, la necesidad de mantener viva la esperanza, organizando de a cinco, de a diez, de a cien personas, comités en cada pueblo, en cada región. Como quien va sembrando semillas en la generosa tierra.

Esa tenacidad fue despertando primero simpatías y luego poco a poco, sumando voluntades. Comprendimos entonces que nuestro movimiento era una inmensa casa, donde podrían estar todos aquellos que aspirarán a un mejor país, sin corrupción y con justicia. La experiencia nos había enseñado que solo así, construyendo una arrolladora mayoría podíamos vencer a los que siempre nos ganaron a la mala.

El gobierno en México ha sido durante el neoliberalismo un comité al servicio de los dueños del dinero. Una asociación para saquear legalmente al erario. Con privilegios que ofenden la moral pública y la pobreza de millones de personas. Sus partidos el PRI y el PAN han sido fieles defensores de sus intereses. Un buen día, a finales del 2012 pensaron que estaban en el umbral del fin de la historia.

Anunciaron con bombos y platillos, un pacto para subastar al país y para repartirse los sobrantes. No cabían de gusto los Peña, los Madero, los Zambrano, la comparsa, los saltimbanquis, los matraqueros con semejante firma. Decidieron cambiar las leyes para poner al país a remate. Pusieron en la constitución las reglas de su acomodo en el poder, le llamaron eufemísticamente Gobiernos de Coalición.

Abajo en silencio, con sigilo, un inmenso movimiento comenzó a formarse, a agruparse, a reconocerse, a juntarse, a darse razones, a hacerse uno. Los marxistas le llamamos proceso de acumulación de fuerzas, el nombre es lo de menos, lo cierto es que estábamos en marcha y nada nos iba a detener esta vez. Con la moral en alto, iniciamos el camino hacia el primero de julio de 2018. Convencidos de que la tercera es la vencida.

Como dice Alfredo Zitarrosa, les voy a dar a mi modo las razones que colijo.

La izquierda en la que me formé, no creía en las elecciones. Nos imaginábamos nuestro “asalto al cielo” a través de una revolución armada dirigida por el proletariado, más o menos rápida, como un rayo de luz cruzando el cielo.

La verdad es que esa izquierda era testimonial, culta pero testimonial. Con presencia e influencia en espacios sociales muy acotados. Una izquierda crítica con una profunda vocación a atomizarse permanentemente y por lo tanto, a ser intrascendente. Y así hubiéramos seguido, si para 1988 no ocurre la salida de Cuauhtémoc Cárdenas del PRI y el puñado de simpatizantes que le acompañaron. No era el número lo importante, era la significancia.

Con Cárdenas la izquierda salió de la marginalidad. Un sentido de unidad desconocido para nosotros nos iluminó el pensamiento. Y comenzamos un nuevo camino, esta vez, “el asalto al cielo” lo íbamos a realizar a través de las urnas, pacíficamente, con el voto de la gente. Después ya sabemos lo que pasó.

Se “cayó el sistema”, nos robaron la elección y la presidencia. Nos fuimos a lamer las heridas y a rumiar la “derrota”. Pero descubrimos dos cosas importantísimas, que el PRI no era invencible y que fuimos mayoría.

Y aquí estamos, en el zócalo nuestro la noche del primero de julio. Con un júbilo que no nos cabe en el cuerpo. Alegre hasta las lágrimas. Por mi memoria pasan las imágenes de compañeras y compañeros que hubieran querido estar aquí y que no llegaron.

Militantes de la vida con los que fuimos a las fábricas, a los salones de clase, a los ejidos a las comunidades, a las explanadas, a repartir furtivamente nuestra propaganda, a pintar de consignas las paredes. Sus rostros están aquí, para ellos también es esta Victoria.

Arropado por su pueblo, envuelto en el grito de Presidente, Presidente, Presidente, el hombre llega a este acto de alta comunión. Nos dice con la emoción de un niño, ¡sí se pudo!  Y traza con su mano en el aire, lo que será nuestra patria a partir de ahora.

Ya dimos el primer paso, ahora esta en nosotros que el país que soñamos se vuelva realidad. Que la gente viva bien, que tenga todo lo necesario. Y que no le falte nada a nadie.

[La opinión de las columnas son de sus autores y no coincide necesariamente con la posición de Siete24.mx]



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Análisis y Opinión

Escarnio religioso con fines políticos

Felipe Monroy

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Justo quince horas después de que líderes de una docena de diferentes religiones en México se reunieran para orar por la paz; el presidente de la República -desde el púlpito moral de su individual certeza- volvió a arremeter contra las prácticas religiosas, particularmente contra la grey católica y sus actos de fe. No ha sido la primera vez; de manera sistemática mezcla, confunde y politiza a propósito la dimensión espiritual de millones de personas.

Algo ha pasado en el fuero interno del presidente. A partir del 2020, sus críticas a lo que él identifica como ‘hipocresía católica’ se han tornado recurrentes y socarronas. Hasta antes de la campaña presidencial y en los primeros meses de gobierno, López Obrador siempre había aderezado con conceptos religiosos su ideario político; pero -quizá la pandemia, quizá la incertidumbre- ha revelado en el presidente ese discurso anticatólico moralizante de un rancio protestantismo para-cristiano que fue sumamente popular a finales de los setenta y hasta los años noventa en México.

A diferencia del anticlericalismo secular (que se enfoca en una crítica a la institución católica), el anticatolicismo cristiano contemporáneo es un estilo discursivo, especialmente utilizado por distintas ramas de protestantismo, que a través de estereotipos negativos y lenguaje peyorativo critican a los católicos, a sus prácticas religiosas y a las fallas de sus miembros que aseguran son una ‘hipocresía moral’ intrínseca a la religión católica. La reacción católica a esta discriminación indirecta ha sido también una desvaloración de la identidad cristiana de evangélicos, protestantes y otras comunidades religiosas.

Sin embargo, el acercamiento entre líderes cristianos, el diálogo interreligioso, el ecumenismo y la vasta producción de fraternas reflexiones espirituales han favorecido el respeto, la tolerancia y hasta la amistad entre referentes y miembros de religiones otrora enemistadas. El encuentro interreligioso de oración por la paz, el pasado 10 de junio, es símbolo de este esfuerzo de entendimiento y madurez entre creyentes.

Pero el presidente no abandona el discurso moralizante: “mi cristianismo, lo que yo practico… si todos fuésemos así viviríamos en una sociedad mejor”. Y, con frecuencia -especialmente para eludir algún tema álgido- utiliza la fórmula que su inmejorable cristianismo es superior por no parecerse al cristianismo hipócrita del prójimo.

En la primera conferencia presidencial del 2020, López Obrador espetó la fraseología que ya ha hecho leitmotiv recurrente: “Los conservadores van a misa y olvidan los mandamientos; van a la iglesia, comulgan, confiesan, van a dejar en cero el marcador y el domingo vuelven a lo mismo”.

Al inicio de la pandemia, el presidente mostró un par de imágenes del Sagrado Corazón de Jesús (sumamente veneradas por católicos) y las comparó con un trébol de cuatro hojas y un billete de un dólar como amuletos de buena suerte. En julio 2020, durante la presión por el famoso ‘aplanamiento de la curva’ de contagios por COVID-19 en México, el presidente volvió a calificar a los creyentes: “Son sectores reducidos, pero con mucha pasión. Es obvio, amenazas y al mismo tiempo por eso es irracional, muchos de ellos van a los templos, confiesan y comulgan, pero olvidan los mandamientos”.

El 8 de marzo, con motivo de las movilizaciones feministas; y el 5 de mayo, como respuesta a la tragedia del metro capitalino donde fallecieron 26 personas, López Obrador aplicó el mismo epíteto a los que identifica como adversarios, pero los ejemplifica como católicos: “Son clasistas, son racistas, son partidarios de la discriminación. Pueden ir a los templos los domingos y confiesan y comulgan, y dejan el cero marcador, eso es hipocresía”, dijo el día de la Mujer y en el aniversario de la Batalla de Puebla insistió: “Son muy perversos y estos conservadores son también muy hipócritas. Porque estoy seguro de que hasta van a misa los domingos y confiesan y comulgan”.

¿Por qué el presidente ridiculiza y adhiere sistemáticamente la imagen de sus enemigos a las prácticas religiosas sacramentales de la Confesión y la Comunión, de la asistencia a Misa y el estudio de los Mandamientos?

Es una verdadera pena que el mandatario de una República laica no sólo no valore ni respete las identidades religiosas de todos los ciudadanos, sino que las politice e identifique a algunos perfiles religiosos como potencialmente adversos a su movimiento político. López Obrador, no hay que olvidarlo, ganó con un margen amplísimo las elecciones del 2018 y su personalidad política aún convoca a millones de partidarios de su ideología. Con certeza, el 95% de todos sus apoyos sociales profesa alguna fe o es miembro de alguna institución religiosa; lo mismo se puede decir de la clase media que lo ha llevado al poder.

¿Por qué continúa denostándolos? ¿Qué es lo que en el fondo busca reclamar a esa dimensión espiritual de una vasta porción de la sociedad mexicana que, en principio, no sólo goza de la libertad de culto, sino que también está llamada a participar desde su identidad espiritual, personal, familiar y comunitaria en la transformación necesaria del país?

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

No naciste líder, pero te crees uno

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Si de algo he visto que se ha escrito más en los últimos 25 años es sobre liderazgo. También podría apostar que es el tema del que más cursos y talleres existen, y sobre el que más libros se han escrito.

La mayoría de los grandes líderes nacieron con las condiciones biológicas necesarias para que sus comportamientos innatos les facilitaran influir en las personas que los rodearon a lo largo de sus vidas. Esas mismas condiciones biológicas determinaron sus emociones y fueron la fuente de sus actitudes y de su capacidad para adquirir los conocimientos y desarrollar las habilidades necesarias para ser líderes. En pocas palabras, nacieron líderes.

No dudo que alguno que otro de los grandes líderes de la historia y del mundo organizacional no haya nacido con esas mismas condiciones biológicas, pero lo lograron gracias a mucho trabajo, preparación y esfuerzo constante a lo largo de muchos años. Es decir, se hicieron líderes aunque estoy seguro de que fueron los menos.

En mi opinión ser un buen líder es un proceso constante que requiere mucha preparación, disciplina y sacrificio, y aun así, nada te garantiza que lo logres. Lamentablemente sigo viendo todos los días a grandes ejecutivos con posiciones estratégicas en compañías muy importantes que carecen de esta competencia lo cual, por supuesto, repercute negativamente en los resultados de negocio de sus organizaciones. El problema es que ni se dan cuenta ni les agobia.

Si no tienes la suerte de nacer líder, lamento decirte que para llegar a serlo no te bastará con leer todos los libros sobre liderazgo que encuentres; tampoco te serán suficientes varios cursos o incluso un diplomado o postgrado sobre liderazgo. Mucho menos te lo dará una promoción o el simple título de tu puesto, por más que diga Gerente, Sub Director o Director. Tampoco te lo dará tu apellido.

No estoy de acuerdo con las instituciones educativas y las empresas de capacitación que siguen vendiendo castillos en el aire, ofreciendo a los ejecutivos cursos, talleres y programas de liderazgo cuando, en realidad, se requiere mucho más que eso para que una persona que no nació líder lo llegue a ser.

El liderazgo requiere, en primer lugar, adquirir una serie de conocimientos de aspectos de negocio, psicológicos y del comportamiento humano. No puedes liderar si no conoces técnicas para mantener una buena comunicación, para ofrecer retroalimentación, para establecer objetivos, para identificar el estilo de trabajo de cada persona a tu cargo. No puedes influir en las personas si no conoces los fundamentos del comportamiento humano, las emociones, las motivaciones y la manera de impulsarlos y gestionarlos.

También necesitarás desarrollar y perfeccionar distintas habilidades para persuadir, influir, convencer o negociar. Recuerda que debemos partir de la idea de que no nacimos con esas habilidades instaladas, por lo tanto, debemos entrenarnos todos los días para lograr los niveles que requerimos para liderar.

Finalmente necesitarás trabajar mucho en el manejo de tus emociones, comenzando por aprender la auto observación y hacerte consciente de tus sentimientos ante determinados estímulos para posteriormente lograr controlar las reacciones y fortalecer tu inteligencia emocional. Solo así podrás asumir las actitudes requeridas para poder ejercer un buen liderazgo.

Adquirir los conocimientos, desarrollar las habilidades y lograr las actitudes adecuadas es un proceso que lleva tiempo, disciplina y mucho trabajo; solo así podrá alguien desempeñar de una manera decorosa una posición de liderazgo en una empresa, sobre todo cuando no nacimos líderes.

El problema es que muchos ejecutivos se creen líderes por el simple puesto que ocupan y se conforman, en el mejor de los casos, con leer un libro o tomar un programa de liderazgo en algunos de los institutos de moda, donde más que a aprender van a socializar y a ampliar su red de contactos.

Las empresas, y en general el país, requieren de mejores líderes, capaces de llevar a sus equipos de trabajo a utilizar al máximo su potencial y lograr mejores resultados de negocio. Líderes que logren y gestionen equipos de alto desempeño conformados por personas con un equilibrio emocional adecuado y con los alicientes necesarios para sacar lo mejor de sí mismos día con día.

Me parece muy soberbio y una falta de respeto que un ejecutivo con el título de Jefe, Supervisor, Gerente, Director o cualquiera de sus variantes, deje de trabajar todos los días en seguir preparándose y fortaleciendo sus conocimientos, habilidades y actitudes para servir como líder a su equipo de trabajo. Pero tranquilo, estoy seguro que no es tu caso.

LEE ¿Por qué no hacemos un Onboarding adecuado?

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