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Análisis y Opinión

El silencio de los jueces

César Ruiz

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Para ser un buen juzgador se necesita vocación de servicio, aceptación de una vida decorosa y sencilla, y sobre todo, un abnegado silencio.

Vale la pena recordar a Piero Calamandrei, quien en su perenne obra El Elogio de los Jueces escrito por un abogado, señala que: “el juez, antes de decidirse, tiene necesidad de una fuerza de carácter que puede faltar al abogado; debe tener el valor de ejercitar la función de juzgar, que es casi divina, aunque sienta dentro de sí todas las debilidades y acaso todas las bajezas del hombre. Debe tener el dominio de reducir a silencio una voz inquieta que le pregunta lo que habría hecho su fragilidad humana si se hubiese encontrado en las mismas condiciones del justiciable, debe estar tan seguro de su deber, que olvide, cada vez que pronuncia una sentencia, la amonestación eterna que le viene de la Montaña: No juzgar”.

La justicia es quizás la mayor distinción entre el estado de naturaleza bárbaro y una sociedad humana. Impartir justicia, es la función más heroica y noble a la que un ser humano se puede dedicar. ¡Vaya peso que deciden llevar sobre sus hombros!

Esta entrega, sacrificio y compromiso institucional son encumbrados en el caso de la justicia federal.

La mayoría de sus integrantes se han formado en la carrera judicial, han crecido profesionalmente desde un escritorio de profesional operativo con el anhelo de un día ser juez, magistrado y ¿por qué no?, ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

La brillante trayectoria de la ahora ministra en retiro, Margarita Luna Ramos, es el sueño de todo aquel que tiene aspiraciones dentro de la carrera judicial federal.

Y todos ellos tienen una misión común: PROTEGER NUESTROS DERECHOS HUMANOS. Mientras los servidores públicos electos democráticamente tienen afinidades y agendas políticas; los jueces federales protegen los derechos humanos de todos los que acuden en búsqueda de justicia; no tienen adjetivos ni divisiones para los gobernados; ante el juez imparcial, todos somos iguales.

Quien en su núcleo familiar tiene a un miembro del Poder Judicial, sabe de sus intensas cargas de trabajo, de sus presiones para sacar la cuenta, de las largas noches en el escritorio, de las vacaciones cortadas, de las guardias, de las quejas de 48 horas, de los fines de semana cortos y de su compromiso con la institución.

¿Todos son excepcionales? No. Pero a diferencia de lo que sucede en otras instituciones públicas, el Poder Judicial cuenta con el Consejo de la Judicatura Federal, que desde su creación ha investigado y sancionado a todo servidor público que no cumple con los altos estándares que la justicia federal demanda.

La administración del ministro Arturo Saldívar Lelo de Larrea ha sido implacable con aquellas conductas que se desvían del ideal del juzgador federal.

Y a pesar de ello, los jueces federales constantemente se enfrentan a la ingratitud y a la agresión sin sentido.

Los jueces se sientan a dirimir una controversia que rara vez admite empate; en el mayor de los casos habrá un vencedor y un vencido. En el mayor de los casos habrá uno que salga satisfecho de la Corte y otro que saldrá diciendo que ha sido víctima de una injusticia, de un juez inepto, ciego y quizás hasta corrupto.

Pero el juez no responderá a esa agresión hacia su persona y hacia su dignidad. En estoico silencio, abrirá el siguiente expediente, tratando nuevamente de hacer respetar los derechos humanos de quienes acuden a ellos.

La agresión no acaba ahí. También habrá quien los señale por sus “altos salarios”, pensando solamente en un número frío que no refleja la responsabilidad que pesa sobre sus hombros ni las horas efectivas de trabajo que cumplen a la semana, las cuales fácilmente exceden las 8 horas diarias y abarcan los días de descanso. Pero ellos permanecen callados.

Habrá quien los critique por “liberar delincuentes”, sin entender que los jueces federales han jurado defender los derechos humanos de todos (por eso son humanos), preservando con ello el Estado de Derecho y sobre todo la justicia; pues no debemos olvidar que una justicia mal aplicada es injusticia.

Permitir la aplicación de una sanción a costa de derechos humanos del procesado no es justicia, es mera venganza institucionalizada. Pero los jueces permanecerán callados.

Habrá quien los quiera comprar, corromper o presionar, para salir victorioso en una controversia jurisdiccional; pero se encontrará con las palabras del ministro en retiro Sergio Salvador Aguirre Anguiano: “las personas que presionan en realidad no saben de lo que estamos hechos…

Por cumplir nuestras encomiendas no pagamos costo político, estamos prestos a desahogarlas sin ideologización ni politización partidista, sino simplemente conforme a nuestra convicción, imparcialmente, sin estridencias, tal como está previsto en la Constitución, sin preocupaciones de otras políticas”. Y no se vanagloriarán de su rectitud; por el contrario, permanecerán callados.

Habrá quien los amenace por cumplir con su deber, incluso quien los agreda cobardemente, molesto porque perdió el juicio. Si acaso, los jueces solicitarán protección, pero no se esconderán ni renunciarán a su labor; arriesgarán hasta su propia vida con tal de seguir impartiendo justicia, porque ésa es su vocación. Eso sí, en una férrea disciplina institucional, permanecerán callados.

Desafortunadamente, un juez federal y su esposa fueron cobardemente asesinados frente a sus hijos el pasado martes 17 de Junio. Los jueces tímidamente reaccionaron. En realidad, permanecerán callados. Pero nosotros como sociedad no podemos permanecer callados.

Debemos exigir que ese acto de violencia sea castigado, porque no es un atentado contra una persona: es un atentado contra la impartición de justicia y contra la institución que día a día vela por la salvaguarda de los derechos humanos de todos los mexicanos. ¡Sí, de todos!

EN EL ÁGORA: Los titulares de distintos poderes y dependencias se han pronunciado condenando el acto cobarde desde sus respectivos cuarteles; pero ¿qué harán para proteger a todos los policías, ministerios públicos, jueces y demás actores del sistema de impartición de justicia que día a día están en la trinchera?

*La opinión es la posición del autor y no refleja necesariamente la de Siete24



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Análisis y Opinión

Discurso para un entremés sexenal

Felipe Monroy

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¿Por qué la comunicación de López Obrador parece cada vez menos eficiente? ¿Qué ha pasado con ese orador absoluto que motivaba, cautivaba y convencía a millones de mexicanos desde el podio? A dos años de su triunfo electoral, el presidente ofreció nuevamente un informe sobre el estado de la administración federal en lo que ha denominado Cuarta Transformación de la vida pública de México, y vale la pena analizar lo que sucede en materia comunicativa presidencial.

Debido a la pandemia y a la incertidumbre, el mensaje de este primero de julio sufrió obvias limitantes: El escenario, aunque simbólico, resultó más sombrío que solemne; en el proscenio, una inquietante silla vacía sin propósito tensaba la atención al orador; y el público (Beatriz Gutiérrez más un puñado de miembros del gabinete), apenas se hizo notar por sus aplausos de reciedumbre. Lejos del pueblo y de la base social que lo llevó al poder, López Obrador sólo tenía su discurso para brillar.

Y, sin embargo, nada destacó en la base del discurso. El presidente se mantiene en sus trece respecto a su mensaje. El texto es idéntico en estructura a los ofrecidos los últimos cinco primeros de julio y diciembre. Todos están construidos de la siguiente manera: 1. La identidad de la 4T; 2. Los nobles principios que le caracterizan; 3. Los logros y avances de la administración; 4. La naturaleza y resistencia de los adversarios; y 5. El legado histórico al que se aspira.

No es una mala estructura; de hecho, guarda una cualidad pedagógica eficiente. Pero algo sucede con estos mensajes (que en realidad son muy altas oportunidades de comunicación por su expectativa): cada vez se asemejan más a un inocuo ruido de fondo, un sonsonete prescindible cuyo sentido se ha diluido. ¿Por qué?

Hay un riesgo en este tipo de discursos, suelen provocar vacío en el oyente honesto, en el ciudadano que dispone su atención sin fanatismo ni prejuicio. Es un hecho que al partidario no le interesa el contenido del mensaje sino la forma y la retórica de la victoria; mientras, el malqueriente sólo espera con malsana fruición las fallas y las ofensas para señalarlas. Pero ¿qué hay para esa franja ciudadana que escucha con criterio y expectativa razonables? ¿Cómo volver a ganar su interés?

Para muchos, el modelo de comunicación presidencial de López Obrador está ya agotado debido a la permanente y extensa conferencia matutina junto a los profusos y reiterados informes a la nación. La identidad de la 4T requiere más hechos que palabras; sus principios exigen ejemplos y no sólo promesas; los mencionados avances esperan el imprescindible contraste periodístico; los adversarios evidencian sus credenciales por sí mismos; y corresponderá a la historia juzgar si esta administración deja o no buen legado.

Sin embargo, hay una explicación más simple: el mensaje presidencial ya no interpela ni a la imaginación ni a la expectativa de las audiencias. Los ciudadanos, ávidos de teorizar, interpretar y participar activamente en la comunicación (los llamados ‘prosumidores’, productores y consumidores de información), no reciben estímulo alguno para construirse narrativas sociales futuras, para animarse a la esperanza o para sentirse partícipes de una ilusión.

En el pasado, el discurso lopezobradorista conseguía esa esperanza: motivaba narrativas en millones de mexicanos que eran capaces de imaginarse en escenarios distintos a la podredumbre política imperante; detonaba en la mente de los ciudadanos la idea de su papel crucial en la urgente necesidad de un cambio radical; despertaba en ellos la necesaria confianza para depositar en él la misión de acabar con la corrupción que mantenía sumida en la pobreza y la violencia a toda una nación.

El futuro, no obstante, será de quien hoy siembre en las historias personales de los ciudadanos, una narrativa que le conmueva o apasione hasta la diligencia participativa. Por desgracia, el discurso presidencial parece ahora apelar a la pasividad, a la paciencia del respetable; más que partícipe, el ciudadano se reduce a espectador de conferencias y mensajes.

Si se pone atención, López Obrador colocó en posiciones equidistantes (justo antes y después de enumerar los avances de su administración) dos ideas aparentemente distintas pero que cumplen un mismo propósito: “Nunca, en más de un siglo, se ha insultado tanto a un presidente de la República…” y “sostengo que para el 1° de diciembre de este año estarán ya establecidas las bases de la nueva forma de hacer política”. En concreto, dice que, a pesar de las resistencias, buscará cincelar su oportunidad histórica. Es un bello pensamiento dicho en voz alta, pero nada más.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

El sembrador de esperanzas

Agustín Guerrero

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La victoria del pueblo del 1 de julio de 2018, es el resultado de cientos de miles de millones de historias diversas, personales y colectivas, acumuladas a lo largo de varias generaciones confluyendo todas hacia un mismo fin, tener y vivir en un país mejor.

La gente se cansó de tanta corrupción, de tanta impunidad, del saqueo permanente a los recursos públicos. La gente se cansó de vivir un presente de crisis permanente y un futuro sin futuro.

Se cansó de mirar como crecía a su alrededor la delincuencia, la inseguridad y la violencia. Se cansó del contubernio entre el poder económico y los políticos, que hicieron del chanchullo, los moches, los contratos bajo el agua, las condonaciones de impuestos, una forma de vida.

La gente se cansó de la simulación. De escuchar año tras año los discursos de que todo iba bien, de que toda iba a estar mejor, cuando en realidad todo se estaba yendo al carajo.

Se cansó de una justicia al servicio del dinero, o sea que no es justicia. A su entender se cansó de ver como crece la desigualdad, de ver que la distancia entre los que tienen todo y los que nada tienen es cada vez mayor, y que uno está entre los segundos.

La gente se cansó de tanto fraude. De Salinas el usurpador, de Fox que prometió el cambio y terminó siendo más de lo mismo, de Calderón que se robó la presidencia, de Peña que la compró.

Se cansó de que le vieran la cara, de que no respetaran su voluntad, hasta llegar casi a la impotencia. La gente se cansó de que el abuso, el cinismo y la falta de escrúpulos fueran un forma de gobierno.

Cada uno de los 30 millones de mexicanas y mexicanos que votamos hace 2 años por el cambio verdadero tiene sus razones y motivos, pero todos coincidimos en un punto, el país ya no podía seguir igual.

A lo largo de estas tres décadas, un hombre sencillo y patriota se dedicó a sembrar esperanza por todos los rincones de la Patria. Yo lo he visto y le he acompañado en reuniones con casi nadie y en actos ante más de un millón de personas. Y siempre es el mismo. Un hombre de ideas claras y de convicciones firmes.

En ese andar por los pueblos más abandonados, entre los olvidados de la tierra, fue leyendo en el rostro de las mujeres y hombres el por qué las cosas eran como eran. De las manos curtidas por el trabajo supo que la riqueza no es sino sudor de horas mal pagadas.

Conoció lo fantasmal de pueblos y pueblos que se fueron convirtiendo en páramos cuando se fueron primero los jóvenes, luego los niños, familias enteras hasta quedar solo los viejos.

Así le fue tomando el pulso a la nación, llenándose los ojos de pobrezas, angustias, desencantos pero también de anhelos y de buenos deseos. Lo que vio lo escribió. Varios libros son el resultado de esas reflexiones.

Entre borradores, correcciones, enmendaduras fue elaborando de a poco una propuesta, un proyecto alternativo de nación. Hoy lo conocemos como el programa de la Cuarta Transformación de la República.

El carácter se templa en la lucha social no en el escritorio. Militante de las causas del pueblo, estuvo en la defensa de la soberanía y del patrimonio de la nación, declaró la resistencia civil pacífica en contra de las altas tarifas, lo vi levantar la voz y organizar un movimiento para evitar que las deudas de unos cuantos se convirtieran en deuda pública y al lado de millones de mexicanos se opuso a que se privatizaran nuestros recursos. A fuerza de estar siempre ahí, junto al pueblo, se ganó el respeto de la gente.

En noviembre de 1999 fue electo para representar a la izquierda al gobierno de la ciudad de México. Surgió entonces, primero como consigna, luego como lema y después como política de gobierno las ocho palabras más poderosas de la política en el país: Por el bien de todos, primero los pobres.

Como gobernante puso en práctica los principios y valores que lo caracterizaron a lo largo de la lucha.

Un gobierno honrado, austero, con alto sentido social, eficiente y ordenado, respetuoso de las diferencias y de los derechos y las libertades, hizo del contraste con los gobiernos de la derecha una fortaleza.

A los ojos de todos, a golpe de congruencia, fuimos construyendo un nuevo proyecto y la fuerza social que lo sustentaría. Como dice él, había mucho pueblo y líder no iba a faltar.

A través del fraude, la manipulación, la guerra sucia, autoridades electorales vendidas y dinero mucho dinero para comprar conciencias y silencios, la derecha conculcó la voluntad popular. A la mala nos robaron la presidencia en el 2006 y a la mala la compraron en el 2012. Antes nos la habían robado en 1988 cuando la izquierda dejó de ser marginal y se convirtió en una alternativa real de poder.

La terrible experiencia de tener más votos en las urnas y que nos voltearan el resultado en la mesa, no hizo mella en nuestro ánimo, templó los principios. La inmensa mayoría se quedó en el movimiento y decidimos empezar de nuevo.

El hombre volvió a caminar nuevamente por todo el país, explicando con paciencia musulmana las razones del movimiento, la necesidad de mantener viva la esperanza, organizando de a cinco, de a diez, de a cien personas, comités en cada pueblo, en cada región. Como quien va sembrando semillas en la generosa tierra.

Esa tenacidad fue despertando primero simpatías y luego poco a poco, sumando voluntades. Comprendimos entonces que nuestro movimiento era una inmensa casa, donde podrían estar todos aquellos que aspirarán a un mejor país, sin corrupción y con justicia. La experiencia nos había enseñado que solo así, construyendo una arrolladora mayoría podíamos vencer a los que siempre nos ganaron a la mala.

El gobierno en México ha sido durante el neoliberalismo un comité al servicio de los dueños del dinero. Una asociación para saquear legalmente al erario. Con privilegios que ofenden la moral pública y la pobreza de millones de personas. Sus partidos el PRI y el PAN han sido fieles defensores de sus intereses. Un buen día, a finales del 2012 pensaron que estaban en el umbral del fin de la historia.

Anunciaron con bombos y platillos, un pacto para subastar al país y para repartirse los sobrantes. No cabían de gusto los Peña, los Madero, los Zambrano, la comparsa, los saltimbanquis, los matraqueros con semejante firma. Decidieron cambiar las leyes para poner al país a remate. Pusieron en la constitución las reglas de su acomodo en el poder, le llamaron eufemísticamente Gobiernos de Coalición.

Abajo en silencio, con sigilo, un inmenso movimiento comenzó a formarse, a agruparse, a reconocerse, a juntarse, a darse razones, a hacerse uno. Los marxistas le llamamos proceso de acumulación de fuerzas, el nombre es lo de menos, lo cierto es que estábamos en marcha y nada nos iba a detener esta vez. Con la moral en alto, iniciamos el camino hacia el primero de julio de 2018. Convencidos de que la tercera es la vencida.

Como dice Alfredo Zitarrosa, les voy a dar a mi modo las razones que colijo.

La izquierda en la que me formé, no creía en las elecciones. Nos imaginábamos nuestro “asalto al cielo” a través de una revolución armada dirigida por el proletariado, más o menos rápida, como un rayo de luz cruzando el cielo.

La verdad es que esa izquierda era testimonial, culta pero testimonial. Con presencia e influencia en espacios sociales muy acotados. Una izquierda crítica con una profunda vocación a atomizarse permanentemente y por lo tanto, a ser intrascendente. Y así hubiéramos seguido, si para 1988 no ocurre la salida de Cuauhtémoc Cárdenas del PRI y el puñado de simpatizantes que le acompañaron. No era el número lo importante, era la significancia.

Con Cárdenas la izquierda salió de la marginalidad. Un sentido de unidad desconocido para nosotros nos iluminó el pensamiento. Y comenzamos un nuevo camino, esta vez, “el asalto al cielo” lo íbamos a realizar a través de las urnas, pacíficamente, con el voto de la gente. Después ya sabemos lo que pasó.

Se “cayó el sistema”, nos robaron la elección y la presidencia. Nos fuimos a lamer las heridas y a rumiar la “derrota”. Pero descubrimos dos cosas importantísimas, que el PRI no era invencible y que fuimos mayoría.

Y aquí estamos, en el zócalo nuestro la noche del primero de julio. Con un júbilo que no nos cabe en el cuerpo. Alegre hasta las lágrimas. Por mi memoria pasan las imágenes de compañeras y compañeros que hubieran querido estar aquí y que no llegaron.

Militantes de la vida con los que fuimos a las fábricas, a los salones de clase, a los ejidos a las comunidades, a las explanadas, a repartir furtivamente nuestra propaganda, a pintar de consignas las paredes. Sus rostros están aquí, para ellos también es esta Victoria.

Arropado por su pueblo, envuelto en el grito de Presidente, Presidente, Presidente, el hombre llega a este acto de alta comunión. Nos dice con la emoción de un niño, ¡sí se pudo!  Y traza con su mano en el aire, lo que será nuestra patria a partir de ahora.

Ya dimos el primer paso, ahora esta en nosotros que el país que soñamos se vuelva realidad. Que la gente viva bien, que tenga todo lo necesario. Y que no le falte nada a nadie.

[La opinión de las columnas son de sus autores y no coincide necesariamente con la posición de Siete24.mx]

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