Connect with us

Laboratorio de Ideas

Actitud + aptitud, tu seguro de empleo

Gerardo Medina Romero

Publicada

on

Derivado de la crisis, muchas personas han perdido su trabajo y otras tienen temor de perderlo si la situación no mejora. Si tienes un puesto ejecutivo, quizá has tenido que decidir la separación de una persona de tu equipo o tendrás que hacerlo pronto.

Independientemente de la antigüedad y costo de la liquidación, en mi opinión los factores que deberían determinar la decisión entre una y otra persona tendría que basarse en dos criterios: su aptitud y su actitud.

Yo sé que existen distintos entendimientos sobre todos estos conceptos relacionados a la capacidad o competencias del personal; eso complica su aplicación en este tipo de situaciones, así que les compartiré el enfoque que en lo personal me ha funcionado mejor.

Primero hablemos de aptitud. Para mí la aptitud se basa en los conocimientos y habilidades que una persona tiene y que representan su capacidad instalada para trabajar. 

Los conocimientos nos permiten tener distinciones en algún dominio del conocimiento humano, y se obtienen a través de la experiencia, la formación académica o instruccional y de investigar en distintas fuentes de consulta, es decir, el conocimiento es algo que se adquiere y se transmite. La capacitación es para transmitir y adquirir conocimiento, por ejemplo.

Por otro lado, las habilidades nos dan la destreza para ejecutar algo de una manera más efectiva y se adquieren a través de la práctica y de la repetición, es decir, las habilidades son algo que se desarrolla y a diferencia de los conocimientos, no se pueden transmitir o adquirir en un curso o capacitación, las habilidades se desarrollan a través de la práctica y el entrenamiento.

Aquí podemos ya entender la diferencia de capacitación que se ofrece a través de los cursos y el entrenamiento que se ofrece a través de los talleres o de la asignación de una persona para realizar determinadas funciones.

Algunas responsabilidades en el trabajo requieren más habilidades que conocimientos y viceversa, pero al final se requieren ambas.

Un pianista para tener la aptitud de tocar el piano requiere conocimientos de música y muchas horas de práctica.

Un ingeniero en sistemas para ser apto, requiere conocimientos en lenguajes de programación y habilidades para crear y desarrollar programas efectivos de una manera ágil.

Un vendedor debe conocer todas las características de los productos, beneficios, ventajas y desventajas pero a la vez, debe tener habilidades para convencer y cerrar la venta para poder decir que tiene las aptitudes necesarias.

La suma de los conocimientos y habilidades que tengamos nos hace aptos, pero no necesariamente competentes.

La competencia se logra cuando además de aptitud, las personas tenemos la actitud para usar esos conocimientos y habilidades para ejecutar una serie de actividades y lograr un objetivo determinado.

La actitud tiene que ver con mis comportamientos y el reflejo de mi estado de ánimo a través de los mismos. Y aquí entramos a un tema mucho más profundo que habla del porqué nos comportamos como nos comportamos y particularmente, del por qué nos comportamos así en nuestra organización.

Hay muchas teorías sobre el comportamiento humano, pero más allá de querer explicarlas, al final estoy convencido que la actitud es decisión de cada persona.

Podemos culpar a mil y un factores externos y autoconvencernos de que tenemos toda la justificación para tener una mala actitud; podemos señalar todas las fallas de la organización, pero al final, la actitud es algo que nosotros podemos modificar en el momento que queramos. 

Por ello, si quieres tener mayores posibilidades de mantener tu trabajo, pregúntate si estás logrando los resultados que se esperan de ti, usando al máximo tus aptitudes y si has elegido tener la actitud adecuada. Si no, estas en el mejor momento para cambiarlo.

Si a ti te toca decidir a quién de tu equipo necesitas separar, toma en cuenta las aptitudes y sus actitudes, y siempre recuerda que, es más fácil substituir la aptitud que la actitud.



Dejanos un comentario:

Análisis y Opinión

La intención cuenta… pero no es suficiente

Javier Chávez de Icaza

Publicada

on

Padre de verdad

A lo largo de nuestra vida como padres, tenemos que ir tomando decisiones en cuanto a la educación y formación que queremos para nuestros hijos y siempre tratamos de hacerlo pensando en que será lo mejor para ellos(as) o para cada de ellos(as), que sería lo más correcto.

Yo estudié Ingeniería en la UNAM y ahí aprendí un concepto matemático que se puede aplicar perfectamente a este tema, el concepto es: Hay condiciones necesarias pero que por sí solas no son suficientes para conseguir resultados y así pasa con la intención, es importante que para la toma de decisiones en cuanto al desarrollo de nuestros hijos, nuestra intención es que sea lo mejor para ellos, pero no por eso, los resultados serán los que esperábamos

Así que en un escrito anterior (¿Hay reglas para ser un buen Padres?) explicaba que, al ser cada ser humano diferente del resto resultaba imposible que pudiéramos tener reglas universales para la relación padre-hijo, de la misma manera, cuando tomamos decisiones acerca del presente o futuro de nuestros hijos, no solo basta con tener una buena intención. Incluso cuando la hemos visto algo que le ha funcionado a otros padres o familias, actuamos con la intención de que a nosotros también nos funcione, pero no siempre conseguimos los mismos buenos resultados.

Cuando estaba definiendo lo que iba a incluir en este artículo, les pregunté a mis hijos, que me contaran anécdotas en las cuales ellos creían que yo había actuado con buena intención, pero que el resultado no había sido el esperado y me llamó la atención, que incluso entre nosotros, las anécdotas que pensábamos, no eran las mismas.

Por ejemplo, mi hija me comentaba que una anécdota que debería incluir bajo este escrito es cuando, por que nos cambiamos de casa a otra zona de la ciudad y que nos quedaba muy lejos su escuela actual y además había terminado la primaria y empezaría secundaria, yo busqué la escuela que desde mi punto de vista mejor se adecuaba a lo que yo quería para ellos, contaba con primaria, secundaria y preparatoria.

Mi hija entraría a primero de secundaria y su hermano a primero de primaria. Como decía, busque de las opciones cercanas al nuevo domicilio y escogí la que, desde mi punto de vista, era la mejor opción. El ambiente de la escuela para ella no era lo que ella esperaba y desde su punto de vista, esos dos años que pasó ahí, fueron muy poco agradables, sin embargo y como ella me lo estuvo comentando durante esos dos años, para tercero de secundaria, la cambié a una escuela que tenía un sistema y ambiente mucho más acorde a sus intereses.

En el caso de mi hijo, la anécdota que él me comentó fue que por tener muy bajas calificaciones, le quité temporalmente las clases de guitarra eléctrica, que era lo que más disfrutaba y que eso no lo motivó a ser mejor en la escuela y además una vez que el castigo había terminado, ya no quiso tomar más clases y que si le hubiera gustado, pero al final, esa fue más su decisión que mía, pero el tema es que no funcionó la estrategia.

Sin embargo, cuando yo pienso en las cosas que hice con una buena intención pero que al final no resultaron como lo esperaba, no incluiría ninguna de esas dos anécdotas, pero para ellos si fueron relevantes y ahora que me lo comentan, les doy la razón. Fueron malas decisiones tomadas con buenas intenciones. Esto muestra de que la interpretación de las cosas no solo depende de quién la hace o dice sino que también depende de quién las recibe.

Como padres siempre actuamos con la mejor intención, pero por más que estudiemos o planeemos los posibles resultados, en muchos casos, no logramos lo que buscamos y esto normalmente nos genera una insatisfacción e incluso frustración, pero no tenemos más remedio que seguir tomando decisiones con la ilusión que las próximas si nos funcionen tal cual las pensamos.

El problema importante está en que vamos desarrollando un sentimiento de culpa que lejos de superarse se va a acumulando y esto hace que la relación con nuestros hijos se vaya condicionando, ocasionándonos, a veces, sobrecompensaciones y el hecho de ir perdiendo nuestra función esencial que es la de ser guía y tendiendo a ser más “amigos” de nuestros hijos, lo que en muchas ocasiones, puede incluso restarnos autoridad ante ellos.

Sin querer caer en la categoría de mártir, si creo que a los padres de hijos que tengan menos de 30 años, nos tocó un etapa muy difícil en la gestión de la educación y formación de nuestros vástagos, porque nos tocó el auge de la información a través del internet y la globalización y las técnicas que usaban nuestros padres no nos funcionaban a nosotros.

Recuerdo que una mirada de mi papá bastaba para que entendiéramos su postura y no hacer más grande el tema y a nosotros esas mirabas no nos daban más que resultados opuestos. Sin embargo creo que los padres que hoy en día tienen hijos menores de 10 años, sufrirán más que nosotros, porque ahora las brechas generacionales son más cortas que en el pasado.

El tema de la intención también va de la mano con el del conocimiento. Hoy en día los hijos tienen tanta información, incluso en algunos casos más información que los padres, pero sin la experiencia de estos, por lo que el tratar de explicar las decisiones que tomamos, incluso cuando lo hacemos al nivel de entendimiento que la edad de cada hijo tenga, no hace más fácil la aceptación de la decisión tomada.

Pero como padres, esa es nuestra función y a pesar de los errores que comentamos, con buena o mala intención, tendremos que seguir tomándolas y esperar que resulten bien.

La sociedad hoy en día, exige de la formación familiar (de la que somos responsables los padres y madres) que sea de criterio muy amplio, de fácil adaptación al cambio, de preservar valores reales y no los impuestos por tradiciones, religiones o costumbres. Esto resulta más complicado cuando nosotros mismos crecimos y apreciamos esos valores que nos impusieron nuestros padres.

Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que el que nuestros padres, abuelos y demás antecesores o la sociedad en la que ellos vivían marcara, por ejemplo tantas injustas diferencias en los géneros, nos haya hecho llegar a la violencia de género que hoy estamos viviendo y que ha provocado en la actualidad este movimiento  feminista, que como hombre aunque digamos apoyar, no entendemos del todo, porque como leía en días pasados, los hombres no tenemos que luchar porque se nos reconozca y las mujeres sí.

En fin, que cuando se trata de formar y educar a nuestros hijos, debemos considerar primero que nada, que cada hijo, es un individuo diferente a su(s) hermano(s), es decir que aunque sean del mismo género, no son iguales.

Adicionalmente tenemos que ser conscientes que durante toda la primera etapa de su desarrollo las decisiones serán tomadas por los padres y conforme vayan creciendo los iremos involucrando más en los procesos de la toma de decisión, pero seguirá siendo responsabilidad de nosotros hasta que ellos ya sea capaces de ir tomando algunas decisiones en las cuales deberemos participar, por tener una mayor experiencia en la vida y por seguir tratando de ayudarlos a conseguir cumplir sus sueños y expectativas, las de ellos, no las de nosotros.

Y en todo este periodo, tendremos que ser conscientes que aunque nuestra intención sea la mejor, no siempre será suficiente para conseguir los resultados esperados, pero seguiremos corriendo riesgos en aras de que consigan lo mejor para sus vidas.

Como siempre, agradezco su lectura del blog y agradezco aún más sus comentarios que siempre son enriquecedores

Ya está lista la publicación de esta semana, titulada: LA INTENCIÓN CUENTA PERO NO ES SUFICIENTE, en la que hablo de como los Padres tomamos decisiones con buena intención pero los resultados no siempre son los esperados.

Espero que lo disfruten!

*Del Blog Padre de Verdad
https://www.padredeverdad.com/post/la-intención-cuenta-pero-no-es-suficiente

Seguir leyendo

Análisis y Opinión

¿Malos hábitos laborales en la Cuarentena?

Gerardo Medina Romero

Publicada

on

El Mundo Interno de las Organizaciones

Los primeros estudios indicaban 21 días de repetir un patrón de comportamiento para que se convirtiera en un hábito, los más recientes señalan que se requieren más de 60, lo cierto es que muy probablemente, a partir de que cambiamos nuestras rutinas de trabajo por la pandemia, a estas alturas hemos desarrollado ya, nuevos hábitos relacionados a la manera en que trabajamos.

Algunos de estos hábitos son muy visibles, como el ritual matutino que substituyó el traslado a las oficinas por otras rutinas como despertar más tarde, hacer ejercicio o desayunar con la familia, sin embargo, seguramente hemos desarrollado otros hábitos de los que ni siquiera nos hemos dado cuenta.

De la misma manera en las organizaciones, algunas prácticas de trabajo nuevas pueden haberse convertido en cambios permanentes en la dinámica laboral, sin que se hayan percatado todavía de ello, algunos para bien pero otros seguramente comenzarán muy pronto a cobrarles la factura.

Una de estas prácticas que he observado recurrentemente y que quizá sin darnos cuenta se ha convertido en un hábito es la extensión de la jornada laboral, sobre todo, para los que trabajan desde sus hogares. He observado como la mayoría de los ejecutivos han asumido que el tiempo que el personal ahorra en el traslado, lo pueden tomar como parte de la jornada laboral y por ello, las llamadas, correos, chats e incluso video conferencias de trabajo se han estado programando cada vez más temprano y se han extendido muy tarde e incluso pasado a fines de semana.

La hora de comida prácticamente desapareció porque se asume que era solo para tomar alimentos y dado que tampoco hay traslado, el tiempo efectivo puede ser ahora de 15 minutos. El abuso de las videoconferencias en el día, orilla al personal a realizar su trabajo individual hasta la noche, incluyendo atender llamadas y mensajes que pueden nunca terminar. El problema que esto se haya convertido ya en un hábito es que ya no permite hacer otras cosas que resultaban fundamentales, tanto para nosotros como individuos, como para nuestras organizaciones como un todo.

Para empezar, el tiempo de traslado no formaba parte de la jornada laboral, en ese tiempo la gente podía dormir, leer, escuchar música o simplemente descansar la mente y pensar en cosas que no fueran del trabajo, hoy, la gente piensa 7 x 24 en el trabajo. La hora de comida también servía como distractor, descanso y además como espacio de desahogo y conversación de temas personales que servía para generar vínculos sociales y de confianza entre compañeros de trabajo.

Estos y otros nuevos hábitos adquiridos durante este período, pueden en el corto o mediano plazo deteriorar el equilibrio emocional de las personas e incluso su salud. Los seres humanos necesitamos variar el estímulo a lo largo del día, el cerebro, los ojos y la columna vertebral necesitan períodos de descanso por ejemplo, mientras que las piernas necesitan activación. Lamentablemente las consecuencias negativas no son visibles de manera inmediata.

Además, la organización necesita equipos de trabajo donde sus miembros se conozcan y confíen unos a otros, y esto solo se logra a través de espacios donde se den interacciones informales y pláticas sobre temas personales. En este sentido, existe el riesgo que estos vínculos se estén poco a poco deteriorando también sin que pueda ser visible para nadie.

Por todo esto, me parece crítico que tratemos de identificar los nuevos hábitos que pueden tener consecuencias negativas y busquemos en conjunto con nuestros compañeros la manera de evitarlos. De la misma manera, identifiquemos las prácticas que nos aportaban valor y enriquecían la dinámica del equipo y que por la situación se hayan estado perdiendo y encontremos la manera de revivirlas.

Es importante generar nuevos espacios y mecanismos para promover interacciones personales entre los colaboradores y se deben hacer como parte de la jornada laboral, porque de no ser así, en mi opinión en pocos meses, comenzaremos a sufrir las consecuencias.

Te invito a platicar y conversar con tus jefes, subordinados y colegas para diseñar e implementar en su dinámica de trabajo, mecanismos para recuperar esos espacios que se han perdido y aprovechar para generar acuerdos y compromisos para respetar una jornada laboral más adecuada.

Programen sus reuniones en ciertos horarios convenientes para todos y el horario para el resto de la jornada laboral que pueda ser decisión de cada persona en el horario que mejor les acomode.

Es momento de aprovechar para eliminar malos hábitos y desarrollar buenos hábitos en beneficio de la organización y de cada uno de sus colaboradores.

Seguir leyendo

Te Recomendamos