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Opinión

Es un niño… no un producto

César Ruiz

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Los crímenes más atroces contra la humanidad han involucrado la cosificación de la víctima. Por muy retorcida que esté una mente, no puede atentar contra un igual. Por ello, los esclavos, los siervos, los judíos, los afroamericanos, las mujeres, extranjeros, migrantes, cristianos; en diferentes puntos y lugares de la historia han sido considerado objetos, animales o de menos, seres humanos inferiores. No podría ser de otra manera.

Afortunadamente, todos esos grupos han tenido la oportunidad de organizarse, de defenderse, de manifestarse. Todos han logrado en mayor o menor medida, mejorar sus condiciones y gozar de los derechos humanos que todos debemos tener.

Hoy sin embargo, hay un grupo que algunas personas sin escrúpulos insisten en hacer invisible: los seres humanos en el vientre de su madre.

Contrario a los demás, este grupo tiene la peculiaridad de que no puede organizarse ni manifestarse. No puede defenderse, no puede ser escuchado. No es consciente de su entorno ni de las amenazas que sobre él se ciernen. Su defensa depende de sus progenitores, de todos los que creemos en los derechos fundamentales.

Los grupos que quieren asesinar al menor en el vientre de su madre lo quieren despojar de su humanidad sobre la base de si es querido o no por sus padres. Si es querido, su vida vale y es un ser humano. Si no es querido, su vida no vale y no es un ser humano.

¡Imagínense ese criterio aplicado a los niños fuera del vientre de su madre! Quienes así piensan, tendrían que aceptar y promover el maltrato infantil. La madre tranquilamente podría decir: ¡no lo quiero! Y sobre esa base pisotear sus derechos más elementales y hasta quizás, disponer de su vida.  

La realidad es que la humanidad es intrínseca a cualquier individuo de nuestra especie. No se nos puede despojar de ella por el mero arbitrio o capricho de otro ser humano, aún cuando éstos sean nuestros padres.

Esa condición tampoco cambia en función de nuestra etapa de desarrollo. Ancianos, adultos, jóvenes, adolescentes, niños, bebés, fetos, embriones, cigotos…TODOS pertenecemos a la misma especie de Homo Sapiens Sapiens. TODOS somos seres humanos. Queridos o no, somo seres humanos.

Así, defensoras y defensores del lenguaje preciso, DEJEMOS DE LLAMAR PRODUCTO AL INDIVIDUO QUE ESTÁ GESTANDOSE EN EL VIENTRE DE SU MADRE. Él o ella no son un producto, no son una cosa. Son seres humanos.

No existe en la biología un fenómeno que permita dotar de humanidad a un objeto; la única forma en que ésta ocurre es mediante su transmisión, de padres a hijos.  Así, un ente no puede pasar de producto a ser humano. Es ser humano desde el inicio de su existencia.

Algunos dirán “no son personas según el código Civil”. A ellos les respondería: ¿desde cuándo los derechos humanos están supeditados a una definición contenida en una norma secundaria que regula las relaciones entre particulares?

¿Desde cuándo la universalidad de los derechos humanos queda sujeta a la definición de un concepto contenido, como es persona? Me explico: toda persona es ser humano, pero no todo ser humano es persona. Ser humano es el continente, persona el contenido.

El primero, ser humano, es el único relevante para definir a un titular de derechos humanos. Cualquier otra postura sería INCOMPATIBLE con la universalidad de los mismos. Si es persona o no para el derecho civil, no es parámetro para definir su humanidad.

Otros dirán: “es que no tiene sistema nervioso, no tiene terminales neurológicas, no tiene conciencia”

A ellos les preguntaría: ¿desde cuándo un ser humano necesita de condiciones físicas específicas para ser considerado como tal? ¿estas interrogantes se plantean fuera del contexto de aborto? ¿O sólo se plantean cuando se quiere justificar ese cruel asesinato?

Un ser humano lo es desde el inicio de su existencia, sólo va progresando en su desarrollo hasta su muerte. Como decía Don Sergio Salvador Aguirre Anguiano: “todos somos un ser humano en desarrollo, desde nuestra concepción hasta el momento de nuestra muerte”.

El ser humano que se gesta en el vientre de su madre no puede ser despojado de su humanidad. Es un ser vivo, miembro de nuestra especie. No es un producto. No es una cosa. Su vida no le pertenece a otro.

Es un ser humano. Y como tal, es titular de los mismos derechos que cualquier otro ser humano; quizás incluso con primacía, dada su alta vulnerabilidad y dependencia. Es más joven e indefenso que un niño, que un bebé.

La agenda pro-muerte quiere crear un conflicto entre este ser indefenso y su madre. Quiere contraponer el derecho a la vida de un ser humano con el derecho a la libertad de decidir, a la planificación familiar y a un plan de vida de otro.

Pero el derecho a la vida no se opone al goce de los derechos de los demás. El derecho a la vida solamente dibuja límites a las conductas externas sobre el individuo, protege su existencia.

Por ello, entre los ya nacidos, no hay un sólo derecho oponible al derecho a la vida. No se puede alegar que los hijos interfieren con el plan de vida para matarlos impunemente. El Derecho no permite matar de inanición a un bebé que requiere de la leche materna bajo el argumento del derecho a decidir sobre su propio cuerpo. No se puede alegar que no se quiere a la decendencia o que sólo se desea una familia de un hijo, no de dos, para matar a uno de ellos.

Pero la agenda pro-muerte sí quiere que estas aberraciones tengan lugar en el momento en el que el ser humano afectado es mudo y completamente vulnerable: cuando está en el vientre de su madre.

La agenda pro-muerte quiere, necesita cosificar al ser humano en gestación. Necesita llamarlo producto. Así nos resultaría más fácil aceptar las atrocidades que jamás aceptaríamos cuando el sujeto afectado está fuera del vientre de su madre, con voz. A nosotros nos corresponde no caer en esa trampa perversa.

Pronto, y a insistencia de un Ministro que quiere blindarse por su desempeño al frente del Máximo Tribunal, la Suprema Corte de Justicia tendrá que resolver sobre la constitucionalidad de preceptos que defienden la vida desde el momento de la concepción.

Como un verdadero Tribunal Constitucional, estamos seguros que resolverán en favor de esa constitucionalidad; haciendo valer la primacía de los derechos fundamentales, su universalidad y su progresividad.

Quien considere constitucional matar a un bebé en el vientre de su madre, lo está cosificando. Lo está desconociendo como ser humano. Tal y como hicieron Hitler, Nerón, Calígula, la inquisición, los señores feudales, y los comerciantes de esclavos con otros grupos vulnerables.

¿Que harán Arturo Zaldívar Lelo de Larrea, Luis María Aguilar Morales, Fernando Franco, Juan González Alcántara Carrancá, Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, Norma Piña Hernández?

Al votar, ¿verán seres humanos, niños y niñas, o sólo verán productos? Pronto lo sabremos.

En el ágora:  Sólo una de las tres Ministras en activo simpatiza con los grupos feministas radicales. ¿sabrá que esos grupos no representan a la mayoría de las mexicanas y que su visión “progresista” es minoritaria? ¿Le importarán más los aplausos y reconocimientos de esas asociaciones que la vida de los menores en gestación?



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Análisis y Opinión

Indiferencia corrosiva

Felipe Monroy

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Ayuda a la Iglesia Necesitada presentó esta semana su reporte sobre la Libertad Religiosa en el Mundo; y, si bien, en la amplia fotografía global resulta indignante la deteriorada condición de libertades en buena parte de los países africanos y asiáticos, hay casos preocupantes como el de México donde las agresiones contra creyentes y la indiferencia de las autoridades para sancionar estos actos anticipan el debilitamiento mismo de los derechos humanos.

Por una parte, el informe de la fundación pontificia distingue claramente a las naciones donde regímenes autoritarios, nacionalismos étnico-religiosos y el terrorismo fanático discriminan y persiguen a los pueblos. A pesar de que la mayoría de los países han aceptado la Declaración de los Derechos del Hombre que garantiza la libertad de credo, pensamiento y conciencia, la organización asegura que, por lo menos, dos terceras partes de la población mundial vive bajo estas adversas condiciones.

Y aunque México no se encuentra formalmente en la lista negra de las naciones donde los creyentes son perseguidos o discriminados, los investigadores y directivos de la fundación miran con preocupación el aumento en agresiones a los fieles, a los templos y a los derechos humanos de ciertos grupos sociales sin que las autoridades mexicanas ejerzan lo que la ley les mandata para mantener el orden, procurar la paz y la sana convivencia social.

En especial, la inquietud es por el fenómeno de las movilizaciones vandálicas pseudofeministas integradas por milicianos encapuchados que, sea por ideología o por interés económico, han perpetrado agresiones a personas, bienes muebles e inmuebles bajo la indiferencia de las autoridades cuya responsabilidad es garantizar la sana convivencia en el espacio público.

Un verdadero régimen de libertad religiosa no sólo procura la protección de los fieles contra actos de agresión o discriminación de terceros, también debe velar por el respeto a los centros de culto formalmente erigidos pues muchas veces es impredecible la reacción o la capitalización de la indignación comunitaria avivada por indeseables liderazgos religiosos.

La indiferencia y la inacción de las autoridades mexicanas ante la destrucción de centros religiosos o agresiones criminales contra creyentes (en las movilizaciones pseudofeministas de marzo pasado hubo testimonios de católicos que fueron atacados con gas pimienta y tasers paralizantes por encapuchadas) lamentablemente normaliza la agresión ideológica en el espacio público. Realidad que no sólo afecta a los creyentes sino también a ateos y agnósticos.

Para la fundación, México ha entrado en el listado de países ‘en observación’ por el deterioro de los derechos humanos y religiosos verificado por el aumento en la hostilidad hacia organizaciones religiosas, los ataques contra lugares de culto, la discriminación a la posición de los creyentes en los debates sobre el laicismo, los desplazamientos internos agravados por conflictos religiosos y la falta de diálogo en la codefinición de un enfoque unificado entre las autoridades civiles y religiosas para actuar frente a la pandemia de Covid-19.

Sin embargo, hay un elemento más que también preocupa a los investigadores consultados por la fundación: la banalización de la dimensión religiosa y espiritual de los mexicanos desde la esfera del poder público. Esa minusvaloración de la complejidad y pluralidad religiosa creciente en el país descompone la convivencia formal, legal y fraterna en el espacio público y fomenta el brote de células fundamentalistas amparadas por la indiferencia del Estado.

Una sana laicidad, por tanto, no es absoluta indiferencia a las dinámicas religiosas ni tampoco una graciosa concesión a grupos ideológicos o religiosos específicos sino un compromiso para que los verdaderos derechos humanos promuevan diálogo, tolerancia, participación y bienestar en todos los ámbitos de la sociedad.

LEE Los diferenciadores electorales

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Columna Invitada

El Dilema Educativo

¿Por qué SÍ deben regresar los niños y jóvenes a las aulas?

Jorge Francomárquez

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Me podrán sacrificar por lo que voy a escribir. He leído cientos de comentarios de madres y padres de familia diciendo un rotundo “No” respecto a la posibilidad del regreso a las aulas de sus hijos. El argumento principal es porque ellas y ellos aman a sus hijos, que porque como los quieren mucho entonces no resultan ser un estorbo en casa, porque no los van a exponer a la enfermedad, que no permitirán que regresen hasta que los vacunen y dejen de estar en riesgo de contraer el virus y un largo etcétera.

Sin embargo, aquí mis razones para no estar de acuerdo en que los niños y jóvenes permanezcan aislados en casa.

1.- De las pocas cosas que tenemos la certeza es que la vida es un cambio permanente. Debemos aceptar la transformación buena o mala, como venga, pero aceptarla aunque no nos guste. Hace poco más de un año ni remotamente nos podríamos imaginar la terrible realidad que estaríamos viviendo, en donde no sólo hemos perdido conocidos, amigos y familiares, sino que en muchos casos, nuestros cercanos tendrían que vivir por meses o de por vida con las secuelas que el Covid-19 les causó en el organismo. No tenemos alternativa más que aceptar que nos encontramos en una nueva realidad y aprehender a vivir con eso. El virus no se va a ir, y aunque afortunadamente ya tenemos una vacuna que nos está llegando de manera paulatina, con enormes esfuerzos que está haciendo nuestro país por vacunarnos, el virus no va a desaparecer, por lo tanto nuestra única opción es adaptarnos a vivir con esta nueva realidad.

2.- Las niñas y los niños infectados menores de 10 años son menos contagiosos que las personas adultas. De acuerdo con la UNICEF, los niños y niñas menores de 18 años representan alrededor del 8.5% de casos contagiados de COVID-19, con relativamente pocas muertes en comparación con otros grupos de edad. Así que las niñas y los niños infectados menores de 10 años son menos contagiosos que las personas adultas; los estudios sobre contextos educativos en donde las escuelas reabrieron, sugieren que las escuelas no se asocian con un aumento de contagios a nivel comunitario. La mayoría de los casos las escuelas han reabierto junto con la implementación de varias medidas para eviatar la propagación del virus.

3.- No se puede vacunar a niños menores de 16 años. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la vacuna sólo se ha probado en niños mayores de 16 años, por lo tanto, no se puede vacunar a niños menores de 16, incluso si pertenecen a un grupo de alto riesgo, esta es una de las razones por las que en México el Gobierno Federal está priorizando vacunar a docentes. Y aunque en Estados Unidos ya se autorizó vacunar a niños entre 12 y 16 años, la Organización Mundial de Salud todavía no ha dado luz verde para que esto ocurra de manera global, pero si así lo autorizara ¿acaso los niños menores de 12 años no podían regresar a las aulas?

4.- Riesgos en la economía y otras razones. A mediados de abril, la UNICEF urgió a México a abrir las escuelas, alguna de las razones que menciona, son el retroceso en los avances alcanzados, la gran posibilidad de que la desigualdad aumente, además de los graves riesgos que la economía sufrirá durante las generaciones futuras que tomará años en recuperarse: antes de la pandemia existía una crisis de educación en nuestro país. De acuerdo con las evaluaciones de aprendizaje PLANEA 2018, casi el 80% de las niñas y niños mexicanos no alcanzaban los aprendizajes esperados en las áreas de comprensión lectora y matemáticas.

La evidencia del impacto de la pandemia en el mundo también demuestra que con el cierre prolongado de escuelas, el riesgo de abandono escolar se incrementa.

5.- El confinamiento ha agravado los niveles de violencia, que ya de por sí sufrian nuestros niños y jóvenes en el hogar. Por lo que su permanencia prolongada en casa, crea un contexto de aislamiento social, sin posibilidad de recibir apoyo de un docente o de una persona de confianza para poder pedir ayuda. Además, estudios existentes han demostrado que el ciberacoso en línea contra niñas, niños y adolescentes en la pandemia, ha aumentado a niveles alarmantes, dejándolos en un estado de profunda vulnerabilidad.

6.- Las consecuencias que pueden tener nuestros niños y jóvenes de pasar horas frente a una pantalla de televisión son múltiples. El aprendizaje se está viendo terriblemente afectado ante la falta de socialización tanto con sus compañeros como con sus docentes. Está demostrado que el aprendizaje debe estar de la mano con estímulos emocionales que son prácticamente imposibles de obtener a través de una pantalla de televisión o digital. Adicional a esto, el sedentarismo y la falta de actividad física también están permeando la salud de niños y jóvenes. Factores físicos y psicológicos como el sobrepeso, la obesidad, la ansiedad y la frustración están alterando la vida de los más jóvenes.

Es cuestión de derechos humanos fundamentales. Por lo tanto, con todas las medidas necesarias que deben implementar las instituciones académicas para poder llevar a cabo esta nueva normalidad, como lo son estrictos controles de limpieza, sana distancia, evaluaciones médicas de manera rutinaria, etc. Nuestros niños y adolescentes deben regresar a las aulas para preservar su libre desarrollo y sus derechos humanos fundamentales.

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