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Felipe Monroy

Asamblea del Episcopado Mexicano: dos elecciones

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La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) sostendrá en días próximos su 116 Asamblea Plenaria en medio de un momento especialmente agitado y relevante para la sociedad mexicana. Como cada semestre, los obispos católicos se reúnen para escuchar, discernir, dirimir y votar las cuestiones que el Consejo de Presidencia y la Comisión Permanente han preparado para la reunión.

Estas asambleas plenarias por regla general abordan cuestiones de índole interno respecto a la estructura, operación, proyectos y programas de mediano y largo plazo para la Iglesia católica peregrina en México. De hecho, desde el trienio 2015-2018 se comenzó un largo itinerario tanto reflexivo como operativo para responder a los desafíos sociales y religiosos del siglo XXI; el documento denominado Proyecto Global de Pastoral (PGP 2031+2033) fue aprobado por el voto mayoritario de los obispos y ha sido puesto en acción (con no pocas dificultades) a través de seis opciones pastorales y más de treinta compromisos concretos en los últimos años.

Sin embargo, para esta próxima reunión, los obispos de México llegan a la asamblea con una agenda eminentemente aderezada tanto por los recientes acontecimientos sociales como por los inminentes político-electorales. Como cada seis años, la CEM programa la visita de los aspirantes a la presidencia de la República para conocerlos, escucharlos y para plantearles inquietudes tanto personales como respecto a los planes y programas de trabajo que, de ser electos, implementarían desde el Ejecutivo.

Hay que recordar que –hasta el momento y fuera de los debates programados por el INE– la Iglesia mexicana ha sido la única instancia intermedia de la sociedad que ha logrado reunir presencialmente a los tres candidatos a la presidencia de la República en el mismo evento y con un objetivo común: la firma del Compromiso por la Paz resultado del itinerario de trabajo organizado por el propio episcopado, los superiores de congregaciones religiosas presentes en el país y los jesuitas de México en el que se convocó a liderazgos del sector empresarial, activistas de derechos humanos, representantes de medios de comunicación y de diversas organizaciones de la sociedad civil y participación ciudadana.

Sin duda, la participación pública de los líderes eclesiásticos en México respecto a la situación de violencia y criminalidad ha sido la más visible y activa desde que la llamada ‘Guerra contra el Narco’ –iniciada en el sexenio de Felipe Calderón– provocó el crecimiento exponencial en los homicidios dolosos, desplazamientos forzados, desapariciones, secuestros y ejecuciones extrajudiciales. Tras tres gobiernos de signos políticos distintos, la situación se agravó hasta permanecer en una especie de ‘estancamiento’ que normaliza e inscribe en la cultura los niveles de agresividad, violencia, desprecio por la vida y abuso.

La preocupación de los obispos por el tema de la violencia y la falta de resultados claros de las tres distintas estrategias ha sido expresada permanentemente a través de los comunicados oficiales de la CEM pero ha sido especialmente importante la función del vocero del organismo y obispo de Morelos, Ramón Castro Castro, quien ha revelado la vinculación del crimen organizado con el ejercicio de la política, tanto con los partidos como con los líderes políticos: “Algunas organizaciones de delincuentes están pidiendo: ‘Te dejo de pedir el derecho de piso, pero tú me tienes que votar por tal partido’… Eso nos preocupa, ¿cómo es posible que haya esta alianza y que los partidos pidan a estos grupos que les apoyen?”

No ha sido el único; obispos en Michoacán, Guerrero, Estado de México y Guanajuato han declarado explícita o implícitamente que los grupos criminales operan en sus territorios gracias a la connivencia, corrupción o interés de las autoridades civiles.

Al episcopado no le ha convencido la respuesta del presidente López Obrador sobre los resultados de su estrategia contra la violencia, la cual –como asegura el mandatario– si no ha disminuido por lo menos no ha continuado la tendencia de crecimiento de los sexenios anteriores. Y no los ha convencido porque, como le dijeron en la última oportunidad en la que se reunieron con el tabasqueño en noviembre pasado, ellos constatan “otros datos” en sus territorios y cuentan con los testimonios de sus sacerdotes, religiosas y fieles.

Por ello, el encuentro con Gálvez, Sheinbaum y Álvarez resulta crucial para la toma de actitud de los obispos frente al próximo sexenio: no se pueden recomendar viejas estrategias que provocaron el vertiginoso incremento de la criminalidad pero tampoco se pueden aceptar fatuos triunfalismos en esta materia. Y una última cosa esperarán los obispos: que la próxima gestión de la federación mantenga abiertos los canales de diálogo y trabajo conjunto, respetuoso e integrador, sin autosuficiencias ni indefiniciones ideológicas.

Porque en esta próxima Asamblea Plenaria no sólo está el análisis de la elección de la Presidencia de México sino de la próxima elección del presidente de la CEM. La asamblea será una aduana para valorar los perfiles más idóneos para representar a los obispos en el Consejo de la Presidencia para el cual se evaluará el temple, las habilidades, la prudencia y la fortaleza de los candidatos, requerirá de perfiles esencialmente dialogantes, atemperados en sus pasiones políticas y con probadas cualidades de gestión; pues la próxima presidencia de la CEM tendrá que acompañar el arranque de un sexenio intensamente complejo sin dejar de mirar que, desde el Vaticano, la condición de salud del papa Francisco (uno de los pontífices más longevos de la historia) supondrá desafíos para la estructura y funcionamiento de la Iglesia católica universal.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe



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Felipe Monroy

El voto de Dios y la Virgen

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Durante el tercer y último debate de los candidatos a la presidencia de la República, destacó una peculiar (y riesgosa) estrategia de vincular las expresiones de fe, la apologética integrista, la pertenencia e identidad religiosa así como la devoción personal con el ejercicio de la política, del poder y de la representación popular.

La utilización política y mercadológica de los símbolos religiosos arraigados en el pueblo mexicano no es una novedad para nadie; como siempre, es relevante analizar por qué el tema siempre termina manifestándose en un proceso político o electoral aunque, en esta ocasión, como no se había visto en más de un siglo, el discurso político-religioso subió de tono ya que se sugirió que un representante popular “debe” dar explicaciones a un líder religioso de sus actos y se afirmó, desde el prejuicio, que la profesión de una fe diferente o la ausencia de la misma denota valores negativos de la persona.

La ley en México es clara: No se puede sugerir ningún tipo de discriminación a nadie por profesar o no una religión. De hecho, el artículo tercero de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público exige que ningún documento oficial de identificación debe contener información sobre la orientación religiosa de las personas. La razón es simple: la identidad religiosa no determina ninguna cualidad de la identidad mexicana. Aún más, en el artículo 394 de la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales es terminante con las candidaturas ciudadanas: “Abstenerse de utilizar símbolos religiosos, así como expresiones, alusiones o fundamentaciones de carácter religioso en su propaganda”.

No obstante, existen voces (entre las que me incluyo) que recomendamos una profunda reflexión sobre los efectos que estos principios esquizofrénicos provocan en un pueblo al que el Estado le exige dividirse permanentemente como ‘persona política’ y ‘persona religiosa’. Una adecuación moderna sobre el ejercicio pleno de la libertad de conciencia, libertad de pensamiento y libertad religiosa no sólo apela a tener mejores condiciones para los creyentes de cualquier credo sino especialmente para quienes eligen el agnosticismo y el ateísmo como expresiones válidas de su vida individual, social y política.

Lo que ocurrió en el debate y el postdebate en el que las vocerías de uno de los partidos políticos cuestionó desde un integrismo seudorreligioso “la falta de fe” de una de las candidatas es ejemplo suficiente del porqué, mientras no haya armonización entre las dimensiones de la República laica y la libertad religiosa, el que alguien tenga una fe o la ausencia de la misma seguirá siendo utilizado como arma discursiva de prejuicio, sectarismo y fanatismo religioso.

En México ya sabemos qué sucede cuando este tema se relativiza y se intenta resolver por medio de arreglos cupulares. José C. Valadés nos recuerda cómo se ‘dirimieron’ los conflictos político-religiosos en el Porfiriato tras la Reforma: “En lugar de combatir con el alto clero, en vez de suscitar la violencia contra la Iglesia, como lo habían hecho los viejos jacobinos mexicanos, el general Díaz, se propuso y lo logró con creces, poner bajo el ala del Estado a los arzobispos y a los obispos, y serenar la conciencia religiosa con la tranquilidad y la seguridad de quien, teniendo del brazo a los jefes, nada ha de temer a la grey”. Es decir, si el poder político y económico se granjea a la jerarquía, el conflicto se suspende.

Pero también, tras la Revolución y particularmente tras la actitud de persecución abierta de la Ley Calles y la Guerra Cristera, los Arreglos de 1929 pusieron freno a la escalada de agresiones y conflictos. La Ley Calles había encendido hogueras e incendiado inúmeros pueblos orillando a los obispos de México a refugiarse en Estados Unidos, y a los sacerdotes y a los fieles a realizar su ministerio en clandestinidad; pero incluso bajo esas circunstancias realmente adversas, el episcopado mexicano con liderazgos conciliadores como Leopoldo Ruiz Flores (obispo de Tabasco refugiado en Nueva York) y Pascual Díaz Barreto (arzobispo de Michoacán exiliado en Texas) se llegó a un acuerdo moderadamente aceptable, aunque sustentado en una simulación absoluta que ofendió a los cristeros que habían literalmente derramado su sangre en una batalla por la santidad. Al final, se pactó una indiferente coexistencia entre Iglesia y Estado hasta que los intereses de uno u otro los hiciera cooperar juntos esporádica y utilitariamente por mutua conveniencia.

En conclusión, el problema con la instrumentalización de los símbolos religiosos no es por la Virgen de Guadalupe o la conciencia del pecado, lo imperdonable es el prejuicio que deja entrever esta acusación hecha desde el purismo e integrismo religioso. Dudo mucho que tanto los creyentes de los más diversos credos como los ateos y los agnósticos, deseen que la política pública los discrimine o privilegie según su credo o su libre decisión de no tenerlo. Pero también considero que las dimensiones religiosas, comunitarias y espirituales deben participar sin simulación ni conveniencias en la vida social de la nación mexicana; entender y promover la libertad del prójimo pone en una dimensión correcta, moderna y democrática sus adhesiones, sus principios y valores éticos y religiosos, así como la tolerancia ante la pluralidad.

Director de VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Itinerario 2024: Votar por justicia o por clemencia

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Martín Valmaseda (un misionero católico que ha entregado su vida en las marginalidades de Centroamérica) tiene una fabulilla que es una extensión del clásico principio moral que sugiere no sólo dar de comer pescado al hombre hambriento sino enseñarle a pescar para que deje de pasar hambre en el futuro. La reflexión del religioso, sin embargo, pone el dedo en la llaga: “Aquellos que poseen una flota de barcas y son dueños del mar y de los peces, del hilo de pescar y de las redes… prefieren ir repartiendo anzuelos con mesura, ir soltando los hilos con prudencia. Acaso entre los planes de esa gente que ‘ayuda’ no entra ayudar a que el hambriento les reclame justicia y no clemencia”.

En el corazón de esta reflexión se encuentra en gran medida el debate del proceso político mexicano. La diferenciación entre propuestas partidistas no se encuentra entre quienes son corruptos u honestos, eficientes o incompetentes, democráticos o autoritarios, como los mercaderes de las campañas electorales quieren hacernos creer. De hecho, sabemos de sobra que las corruptelas, las torpezas y el autoritarismo refulgen prácticamente en todas las opciones partidistas para este proceso electoral.

Para comprender las propuestas políticas que están hoy en juego se tiene que poner en perspectiva lo mencionado por el misionero: ¿Quiénes son los dueños de ese poder político, fáctico y económico que prefieren ir ‘soltando los hilos’ de la ciudadanía pero con prudencia? ¿Quiénes son los que hoy sólo buscan la participación ciudadana ‘mesurada’ y bajo su control discursivo? ¿Quiénes creen que la ciudadanía sólo sirve para votar por sus candidatos y sus privilegios, pero no para que el pueblo reclame justicia social? ¿Quiénes abogan por instituciones políticas y burocráticas cuya única función sea la de mantener el status quo entre los privilegiados y el resto de ciudadanos? ¿Quiénes plantean que el futuro de México debe configurarse en relaciones subordinadas de clemencia pero no en acciones disidentes de justicia?

Algunos aseguran –erróneamente– que el conflicto político en México es entre las ideologías de ‘derecha’ y de ‘izquierda’. Sin embargo, desde hace décadas, las expresiones políticas categorizadas como de ‘izquierda’ y de ‘derecha’ han perdido casi íntegramente sus fundamentos ideológicos y programáticos; y sin embargo, aún hoy continúa vigente cierta distinción analítica entre dos tipos de grupos políticos cuyos intereses colisionan y conflictúan en el espacio público.

Por un lado, están los liderazgos políticos que colocan en segundo lugar la preocupación y atención a las desigualdades sociales existentes. Dichos grupos políticos casi siempre consideran que es más importante “el orden” de las instituciones, la “estabilidad de la jerarquía burocrática” y “las libertades” entendidas exclusivamente como las facultades ganadas, adquiridas o heredadas por el abolengo o la meritocracia. Para estos liderazgos, las radicales diferencias entre las élites poderosas y la inmensa mayoría de ciudadanía desprotegida y desamparada, no son un tema urgente. Por ejemplo: si ciertas élites hiperprivilegiadas pueden acceder a exclusivas pensiones doradas mientras millones de trabajadores humildes deben pasar décadas de agotadores juicios por pensiones de miseria, no lo consideran un problema por atender, sino una realidad inmutable que debe permanecer así aunque los regímenes políticos cambien.

Por el otro lado, está otro tipo de liderazgo político que no desea establecer puntos de partida iguales sino puntos de llegada semejantes. A diferencia de la caricaturización de esta perspectiva ideológica: no se quiere obligar a toda la ciudadanía a perder los bienes que se tienen sino que, independientemente de la carencia de vacas o del emporio ganadero que puedan tener los ciudadanos, la política y la administración de los bienes públicos debe procurar que el destino común de ambas precondiciones sea igualmente digno.

A lo largo de esta campaña, una de las propuestas partidistas se reveló de cuerpo entero cuando sugirió que si el empresariado tuviera todos los apoyos, beneficios y prebendas por parte del gobierno, entonces “por clemencia” se ayudaría a los trabajadores. Aparentemente, la opción contraria implicaría que la administración pública garantice que tanto las élites económicas más encumbradas como los sectores sociales más precarizados y vulnerables puedan encontrar equilibrios que dignifiquen su vida y la de sus familias.

Pero no. Valmaseda nos ayuda a entender el sentido real de la indignación y la lucha por la justicia social auténtica que va más allá de la clemencia y de la institucionalización del orden: “¿Qué sucede si alguien, para ayudar al hombre hambriento, intenta hacer que piense por qué precisamente fue a él a quien tocó soportar el hambre y la pobreza, que se pregunte quién le quitó los peces, quiénes le arrebataron la caña y el anzuelo, por qué no hubo alguien que le hiciera aprender a pescar en su infancia? ¿Qué sucede si alguno le ayuda a darse cuenta y a informarse para que pueda él mismo ser quien conquiste al mar del que le echaron y recobre su barca y sus anzuelos, su caña y sus pescados?”

De eso se trata la toma de conciencia: de contar con información y provocar la reflexión en un pueblo que ha sido despreciado, manipulado, sojuzgado y oprimido de mil maneras. Pues, más allá de los dimes y diretes, de las maldiciones y las rabietas, de las campañas de marketing y eslóganes vacíos, lo que suceda el 2 de junio próximo revelará si la politización de la ciudadanía ha sido suficiente para que ésta reclame justicia y no sólo se conforme con la clemencia de los poderosos.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Itinerario 2024: Autoritarios vs autoritarios

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En la recta final de las campañas electorales deberíamos alegrarnos por la gran fiesta democrática que vivimos, la cual se renueva con regularidad a través de la participación de múltiples voces, de la competencia discursiva de propuestas y promesas, de la visibilización de urgencias sociales y de las expectativas de mejora permanente en el servicio público; sin embargo, los vientos autoritarios amenazan con barrer y convertir en un campo estéril la vida democrática del país.

Lo primero es analizar la realidad sin caer en simplismos: el pensamiento autoritario no es exclusivo de quien detenta el poder; también es autoritario quien busca ese poder con fundamentos exclusivamente pragmáticos. Bajo esta perspectiva podemos asegurar que tanto la cúpula del partido en el poder como las élites de los partidos que desean arrancárselo pecan de la misma actitud antidemocrática, evidentemente en contra de lo que cientos de miles de candidatos, simpatizantes y adherentes han estado haciendo en los últimos meses a ras de suelo y entre la gente que desean convencer de una idea o de una propuesta.

Hoy, el autoritarismo verifica la legitimidad de su líder o de la élite en el poder no con los valores revolucionarios o carismáticos como en el pasado, sino en órdenes finales tecnocráticos y burocráticos. En el pensamiento autoritario suele haber más orden y unidad que libertad y diversidad, pero lo que realmente lo define es que en él no cabe la utopía porque todo es pragmatismo, incluso a pesar de que los objetivos de su búsqueda de poder puedan ser situaciones ideales. Es decir, en el autoritarismo no cabe la posibilidad del ‘deber ser’ sino ‘lo que es’ y la instrumentación de todo lo ‘posible’ para convertirlo en lo ‘necesario’.

Me explico: A pocos días de que concluyan las campañas y los ciudadanos se lancen a votar como puedan y donde puedan, se han exacerbado los sentimientos autocráticos de la política desde todos los frentes: tanto del oficialismo como de la oposición.

En primer lugar, las propias estructuras del poder político con más peso administrativo y territorial están soportando en sus propias fuerzas omnímodas la elección de su candidata. Tras una campaña más bien precarizada en propuestas futuras y sustentada casi integralmente en la defensa de un gobierno que le precede y le prescinde, la candidatura oficialista nunca buscó crecer ni contagiar de ensoñaciones renovadas a la ciudadanía sino arraigar la confianza en el control, en la operación y la masiva estructura alcanzada en la última década por su partido. Más que una campaña horizontal y popular, se ha edificado una verticalidad jerárquica incólume donde todos saben qué hacer, qué decir y cómo hacerlo.

Por su parte, la oposición –debido a las imposiciones de élites que han controlado y manipulado los sentimientos anti lopezobradoristas– renunció a hacer una campaña de ideas y propuestas, sus liderazgos no consideraron importante convencer a la población de imaginarse un futuro bajo condiciones distintas de las vigentes y sólo buscaron llenar de miedo al votante respecto a sus contrincantes. El horizonte temporal de la oposición es brevísimo, es tan corto que se limita al 2 de junio; después de eso, no hay proyecto, no hay política y no hay certeza de nada; ni para ellos. El spot donde se desprecia y relativiza la existencia de la tercera fuerza política en juego (aunque en una democracia deben existir tantas opciones partidistas como la ley y libertad lo garanticen), refulge el autoritarismo al relativizar el juego democrático e imponer de forma privativa y restrictiva la participación ciudadana.

También, como el tiempo terminó de corroborar, los oleajes rosáceos y las estructuras partidistas manipularon la idea de ciudadanía y diversidad aunque estuvieran regenteados desde el inicio por un interés pragmático cupular que desprecia incluso los principios y valores de las instituciones partidistas que utiliza para sus fines.

Los rasgos del pensamiento autoritario dominan en las principales fuerzas políticas (institucionales y fácticas) y se imponen en el feliz bullicio democrático local y regional donde se viven de otra manera los debates, los recorridos, las campañas a pie de plaza, los encuentros y desencuentros, los mítines, etcétera; el autoritarismo se impone con sus búsquedas de centralizar el poder, con deseos de controlar la participación propia y ajena, y con una actitud de pragmatismo oprobioso.

Pero sobre todo, el autoritarismo que hoy se asoma en los liderazgos de las élites políticas parece intentar implantar sus objetivos utilitarios a través de una negación del componente utópico en la base de la estructura de poder. Es decir, al no alimentar la representación de una sociedad idealmente favorecedora para el pueblo mexicano, sólo pervive el miedo, el control y la instrucción militante. Ahí, ya no hay un “juego” democrático sino un autoritarismo tecnocrático.

La ciudadanía democrática por tanto implica mirar más allá de los procesos electorales como el que vivimos; porque de lo contrario sólo se hace eco a la movilización discursiva de las élites que promueven de forma intensa y sostenida sus propios intereses arbitrarios y absolutistas. O, como diría el polémico spot que le da el avión a las necesidades concretas del votante, relativizándolas e imponiendo su propio interés como la única preocupación válida: “Sí sí güey… pero ahorita lo que tenemos que hacer es…”.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Debate cósmico: la fe y la ciencia reanudan un diálogo perdido

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La ardiente búsqueda de la verdad no puede apagarse jamás con la supuesta frialdad de los datos científicos; de hecho, la ciencia es un ardor aún más intenso con el cual la humanidad no sólo ha iluminado las oscuridades más profundas de nuestra existencia sino que también ha alimentado a las mentes más brillantes a continuar explorando las lindes del cosmos y, entre ellas, la trascendencia, la fe y la existencia de Dios.

Esto es lo que nos ofrece ‘Dios – la ciencia – las pruebas’ cuyo innegable éxito en las librerías de Europa (más de 350 mil copias vendidas) revela el interés permanente de las personas –y sobre todo de los cientos de miles de lectores que se han emocionado con estas páginas– por comprender por qué la ciencia no sólo no desmiente la existencia de Dios sino que, por el contrario, la prueba.

Durante milenios, el desarrollo técnico y científico de la humanidad no estuvo distante de las perspectivas religiosas o de la existencia de Dios; sin embargo, ese diálogo permanente entre lo trascendente y lo terrenal se ha visto interrumpido apenas en las últimas dos centurias hasta llegar al punto de que una dimensión humana tan profunda como la fe parece no tener lugar en el ámbito de la ciencia.

El pensamiento occidental moderno parece poner una infranqueable barrera entre la fe y la ciencia; como si sus búsquedas particulares fueran incompatibles o, peor, irreconciliables. No obstante, los autores Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies comparten argumentos con los cuales esta distancia entre la fe y la ciencia podría no ser tan radical.

Esta falsa ruptura entre la fe y la ciencia la vemos y escuchamos en prácticamente todos los espacios de diálogo social y, en el fondo, se encuentra en los cimientos de la crisis antropológica contemporánea, la cual vuelve imposible el diálogo profundo y significativo sobre nuestra compleja naturaleza.

Por ello, se debe celebrar una audacia como las que los autores nos proponen en estas páginas; porque debaten de una manera directa y generosa, pero respetuosa y honesta, con aquellos que no piensan de la misma manera. Su propuesta es simple pero elegante y llena de argumentos que ponen a nuestra consideración: La ciencia moderna, al menos con los últimos avances científicos y tecnológicos, aportan inúmeras pruebas de la existencia de Dios.

Podemos asegurar que la tesis de este libro provoca todo tipo de reacciones, menos la indiferencia; por ello ha generado interesantes y hasta álgidos debates entre los más diversos gremios como de investigadores, académicos, filósofos, teólogos y, principalmente, en los areópagos populares, donde científicos creyentes y no creyentes, agnósticos, ateos y teístas, aportan sus propias reflexiones sobre cómo los más vanguardistas descubrimientos científicos nos obligan a repensar la existencia de Dios.

En este renovado debate, los científicos ateos y agnósticos tienen un nuevo escenario para dialogar y debatir pues, como lo demuestra el prólogo del Premio Nobel de Física, Robert Woodrow Wilson (uno de los científicos que descubrió la radiación cósmica de fondo, lo cual fortaleció la teoría cosmológica del Big Bang), los autores sólo nos ofrecen a mirar con una perspectiva fresca y apasionada todo esfuerzo humano para alcanzar la verdad y honrar lo que en su momento afirmó el otro Nobel de Física, Richard Feynman: “Los mejores científicos están abiertos a la posibilidad de que puedan estar equivocados, y están dispuestos a cambiar de opinión ante nuevas pruebas”.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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