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Felipe Monroy

El escurridizo diamante de la paz

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En El fistól del diablo, Manuel Payno relata una fabulilla sobre un peculiar y valioso diamante el cual cambia varias veces de manos en una infinita serie de crímenes, robos, traiciones, estratagemas y azarosos designios. Cada cambio de propietario casi siempre está motivado por la vulgar ambición de la posesión y ostentación de la joya; pero en ocasiones, por accidente o casualidad, cae en manos ingenuas e inocentes a las que también su breve estancia les cambia la vida.

La historia no tiene realmente un final pero se entiende la moraleja: Hay bienes inmensamente preciados que, de tanto desearlos y buscarlos para poseerlos, terminan con nuestra propia suerte; y, por el contrario, cuando esos mismos dones caen como ascuas inesperadas a nuestras manos, debemos ponerlas a servir y trabajar en lugar de resguardarlas y admirarlas, y así evitar tragedias.

México vive una auténtica crisis de violencia cuyo fin no parece vislumbrarse en el horizonte. Desde el comienzo de la cuestionable ‘Guerra contra el Narco’ instruida por el presidente Calderón Hinojosa y a lo largo de 18 años de fallidas estrategias de seguridad de Peña Nieto y López Obrador sólo nos ha quedado claro que la paz es como el diamante en esa fábula de Payno: cada quien la anhela y la usufructúa a su manera, pero en su escurridizo viaje sólo deja devastación si no se obra solidaria y desinteresadamente.

Los poderosos utilizan sus propios medios y estratagemas para conseguir “su paz” como propiedad, como riqueza intransferible e indivisible, dicen: “Mientras yo obtenga mi paz, que el resto se haga trizas”. Las víctimas sólo ven de lejos esa joya anhelada mientras caen en los campos de guerra de los poderosos que les prometieron conseguir y compartir la paz pero sólo recibieron tierra y sangre, ni ellos ni sus seres queridos volverán a ver de cerca la paz en esta vida excepto en la propaganda y en la retórica de los discursos de sus líderes y dirigentes. El resto, el pueblo, los inocentes, gozan de paz pero como un carbón ardiente: si se pone en el fogón, calienta la casa y se hace sopa para compartir; pero si se guarda en el bolsillo o debajo de la almohada, provoca desastres.

La paz es esa llama en potencia que iluminará a los ciegos y abrigará a los desposeídos; pero necesita solidaridad y estructuras comunitarias para ponerse en acción. Se construye la paz para compartir, no para poseerla ni adornarse con ella. Esa paz ambicionada en privilegio y soledad es como la advertencia ancestral: “Cavarás un pozo para mantener lejos a tu hermano, pero caerás en él”.

En el relato, Payno describe cómo el diamante pasa un tiempo como adorno en la cabellera de una jovencita que lo lleva como amoroso regalo de su padre, un campesino que encontró la roca literalmente entre cadáveres. Cierto día, la joya en la joven llama la atención de un emperador, el cual la rapta con todo y diamante. El padre, indignado y desesperado, toma la decisión de derrocar al emperador; vende sus cosas, deja su casa y se interna en el submundo de oprimidos del rey para hacerse de un pequeño ejército de miserables y abandonados que crecen inadvertidamente bajo las narices del monarca. Finalmente recupera a su hija; el diamante en realidad no le importa.

Pienso que así debe ser la búsqueda y construcción de la paz. Nace de la indignación y se pone en acción junto con los oprimidos. El verdadero valor de ese escurridizo diamante de paz está en el bienestar de los demás, especialmente de los más inocentes y los más vulnerables, en el rescate de los esclavizados o privados de su libertad, en la dignificación de un pueblo cuyo clamor rompe la falsa paz que dan las murallas de un palacio.

Bien se dice que “a la paz, sólo es posible llegar por la vía de la justicia” y la construcción de esa paz con justicia y dignidad requiere que el pueblo esté bien informado, que asuma con profunda conciencia su realidad, que no desprecie la memoria de su historia y su pasado, que ponga en sus labios ante todo palabras de dignidad, compasión y perdón.

Nadie puede ir entre lobos a buscar la paz como un diamante y volver de ahí con ella entre las manos; la construcción de paz exige que la gente se pronuncie activamente desde su realidad; que la sociedad repare relaciones humanas dañadas por la desconfianza, el temor y el odio; y finalmente se requiere que el pueblo reforme las instituciones que deben garantizar que la paz sea esa llama que mueve el motor de toda la vida social.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe



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Felipe Monroy

Claudia y Xóchitl, segunda aduana episcopal

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Tanto el ambiente como el salón de la plenaria episcopal lucieron colmados de expectativas y ansiedad política; los obispos de México recibieron a las dos candidatas a la presidencia de la República, Claudia Sheinbaum y Xóchitl Gálvez, para escrutar algo más que sus proyectos políticos. Como se sabe, este encuentro de los aspirantes con los líderes católicos de México no define el rumbo de las intenciones electorales pero sí adelanta el tipo de relación que se sostendrá entre el poder político y el poder eclesiástico durante el sexenio.

Hace seis años, los obispos comentan que Andrés Manuel López Obrador utilizó todo el tiempo del encuentro para prolongar, en su monomanía, su discurso y planteamiento político; al final quedó muy poco tiempo para el diálogo (y eso que era su tercera ocasión frente al pleno episcopal). Como se sabe, López Obrador arrasó indubitablemente en la elección pero, una vez en el poder, la falta de diálogo entre el poder civil y el eclesiástico fue construyendo una animadversión mutua; la cual, a pesar de la diplomacia, moderación y templanza del presidente del episcopado, Rogelio Cabrera, ha motivado a no pocos obispos, sacerdotes, laicos católicos y estructuras eclesiales a operar política y discursivamente contra todos los aliados del movimiento cuatroteísta.

Quizá por eso mismo y consciente de la desventaja heredada, Sheinbaum llegó con puntualidad y apertura. Intercambió un breve diálogo con el presidente de la CEM y después dirigió al pleno un discurso de alrededor de 30 minutos donde presentó los ejes principales de su plataforma y el proyecto para la Presidencia; el diálogo fue un poco más abundante pero –a decir de los presentes– no necesariamente esclarecedor. Como se ha dicho en otros foros, algunos obispos consideran que la candidata de Morena, PT y PVEM tiene dificultades para empatizar y cautivar a sus interlocutores: su discurso es estructurado y claro, pero monótono y técnico.

Con Sheimbaun había un tema ineludible: la violencia y el fracaso de las estrategias de seguridad. La candidata firmó semanas atrás, con reservas, el Compromiso por la Paz compendiado por el episcopado y las comunidades religiosas junto a varios sectores de la sociedad civil. En ese entonces dijo no compartir el panorama pesimista y calamitoso de la Iglesia; sin embargo, a pesar de tener justo frente a ella al cardenal emérito Norberto Rivera y al obispo de Orizaba, Eduardo Cervantes –primero y último de los obispos que sufrieron asaltos armados tras el triunfo de López Obrador– continuó sin reconocer la ausencia de avances en materia de seguridad ciudadana. Sin duda Sheinbaum navegó contra muchos prejuicios pero tampoco logró cimentar una nueva relación con los líderes católicos.

La historia fue muy diferente con Xóchitl Gálvez. El episcopado la recibió sin solemnidades y como a una vieja conocida; en sus diez minutos de presentación, Gálvez no habló de política ni de proyectos sino de su sabida historia personal que ha sido su principal herramienta mercadológica en esta elección. Después saludó e interactuó con algunos obispos periféricos con los que ya había establecido contacto durante el sexenio de Vicente Fox y también con el arzobispo de Tulancingo con quien se presentó como candidata estatal al gobierno de Hidalgo en 2010.

Los cardenales activos se acercaron solícitos a saludarla y la única pregunta incómoda que recibió fue por parte del obispo emérito, Raúl Vera, por la supeditación de su campaña y potencial gobierno no sólo a las estructuras del PRI, PAN y PRD sino a los acuerdos de sus dirigencias para colocarse de forma ominosa a ellos mismos en las principales curules plurinominales. Gálvez respondió como siempre, desmarcándose de los partidos cuyas cúpulas la colocaron en la candidatura; de ese modo, la oficina de prensa del Episcopado le hizo justo el favor de no mencionar en su comunicado a sus partidos políticos que, se ha demostrado, son algunos de los principales lastres que afectan sus intenciones de voto.

Finalmente, en ambos encuentros, emergió un tema que los obispos cuestionaron a las dos candidatas: el asunto de la libertad religiosa y en particular de la libertad de expresión política de los ministros de culto. Tanto a Claudia como a Xóchitl se les cuestionó especialmente sobre este derecho ya que, debido a la falta de actualización de las leyes reglamentarias sobre asociaciones religiosas y culto público, aún existen mecanismos poco claros respecto a los márgenes de censura y sanción contra los ministros religiosos que participen indirecta o disimuladamente en el juego político. La candidata de Morena, PT y PVEM se comprometió a garantizar la libertad religiosa pero continuó diferenciando las esferas de actuación del Estado y de las organizaciones religiosas.

Por su parte, la candidata del PRI, PAN y PRD acusó la falta de libertad de expresión política de los ministros en México con un dato que ni siquiera la propias instituciones religiosas han divulgado o confirmado: dijo que sesenta ministros de culto son investigados directamente por el Estado debido a actividades políticas propagandísticas explícitas o tácitas. Delitos que aún permanecen en la legislación mexicana y que no se persiguen de oficio sino a través de querellas y denuncias de terceros.

Respecto al candidato Maynez de Movimiento Ciudadano: su visita al plenario episcopal quedó agendada un día más tarde e incluso después que se realizó el conversatorio entre obispos sobre las plataformas políticas. No es, sin embargo, sólo una visita de cortesía; en el fondo –como explica a esta columna un destacado diplomático y hombre cercano al papa Francisco– la Iglesia católica debe eludir la tentación de operar a favor o en contra de opciones o facciones políticas concretas en una democracia; debe evitar hacer propaganda política directa o indirectamente, puesto que en el pueblo reside la decisión de quiénes van a gobernar y ahí debe estar la Iglesia para “acompañar a quienes van a ser servidores del pueblo, ayudarlos en esa difícil labor que no está exenta de compromisos y presiones”. Veremos.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Asamblea del Episcopado Mexicano: dos elecciones

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La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) sostendrá en días próximos su 116 Asamblea Plenaria en medio de un momento especialmente agitado y relevante para la sociedad mexicana. Como cada semestre, los obispos católicos se reúnen para escuchar, discernir, dirimir y votar las cuestiones que el Consejo de Presidencia y la Comisión Permanente han preparado para la reunión.

Estas asambleas plenarias por regla general abordan cuestiones de índole interno respecto a la estructura, operación, proyectos y programas de mediano y largo plazo para la Iglesia católica peregrina en México. De hecho, desde el trienio 2015-2018 se comenzó un largo itinerario tanto reflexivo como operativo para responder a los desafíos sociales y religiosos del siglo XXI; el documento denominado Proyecto Global de Pastoral (PGP 2031+2033) fue aprobado por el voto mayoritario de los obispos y ha sido puesto en acción (con no pocas dificultades) a través de seis opciones pastorales y más de treinta compromisos concretos en los últimos años.

Sin embargo, para esta próxima reunión, los obispos de México llegan a la asamblea con una agenda eminentemente aderezada tanto por los recientes acontecimientos sociales como por los inminentes político-electorales. Como cada seis años, la CEM programa la visita de los aspirantes a la presidencia de la República para conocerlos, escucharlos y para plantearles inquietudes tanto personales como respecto a los planes y programas de trabajo que, de ser electos, implementarían desde el Ejecutivo.

Hay que recordar que –hasta el momento y fuera de los debates programados por el INE– la Iglesia mexicana ha sido la única instancia intermedia de la sociedad que ha logrado reunir presencialmente a los tres candidatos a la presidencia de la República en el mismo evento y con un objetivo común: la firma del Compromiso por la Paz resultado del itinerario de trabajo organizado por el propio episcopado, los superiores de congregaciones religiosas presentes en el país y los jesuitas de México en el que se convocó a liderazgos del sector empresarial, activistas de derechos humanos, representantes de medios de comunicación y de diversas organizaciones de la sociedad civil y participación ciudadana.

Sin duda, la participación pública de los líderes eclesiásticos en México respecto a la situación de violencia y criminalidad ha sido la más visible y activa desde que la llamada ‘Guerra contra el Narco’ –iniciada en el sexenio de Felipe Calderón– provocó el crecimiento exponencial en los homicidios dolosos, desplazamientos forzados, desapariciones, secuestros y ejecuciones extrajudiciales. Tras tres gobiernos de signos políticos distintos, la situación se agravó hasta permanecer en una especie de ‘estancamiento’ que normaliza e inscribe en la cultura los niveles de agresividad, violencia, desprecio por la vida y abuso.

La preocupación de los obispos por el tema de la violencia y la falta de resultados claros de las tres distintas estrategias ha sido expresada permanentemente a través de los comunicados oficiales de la CEM pero ha sido especialmente importante la función del vocero del organismo y obispo de Morelos, Ramón Castro Castro, quien ha revelado la vinculación del crimen organizado con el ejercicio de la política, tanto con los partidos como con los líderes políticos: “Algunas organizaciones de delincuentes están pidiendo: ‘Te dejo de pedir el derecho de piso, pero tú me tienes que votar por tal partido’… Eso nos preocupa, ¿cómo es posible que haya esta alianza y que los partidos pidan a estos grupos que les apoyen?”

No ha sido el único; obispos en Michoacán, Guerrero, Estado de México y Guanajuato han declarado explícita o implícitamente que los grupos criminales operan en sus territorios gracias a la connivencia, corrupción o interés de las autoridades civiles.

Al episcopado no le ha convencido la respuesta del presidente López Obrador sobre los resultados de su estrategia contra la violencia, la cual –como asegura el mandatario– si no ha disminuido por lo menos no ha continuado la tendencia de crecimiento de los sexenios anteriores. Y no los ha convencido porque, como le dijeron en la última oportunidad en la que se reunieron con el tabasqueño en noviembre pasado, ellos constatan “otros datos” en sus territorios y cuentan con los testimonios de sus sacerdotes, religiosas y fieles.

Por ello, el encuentro con Gálvez, Sheinbaum y Álvarez resulta crucial para la toma de actitud de los obispos frente al próximo sexenio: no se pueden recomendar viejas estrategias que provocaron el vertiginoso incremento de la criminalidad pero tampoco se pueden aceptar fatuos triunfalismos en esta materia. Y una última cosa esperarán los obispos: que la próxima gestión de la federación mantenga abiertos los canales de diálogo y trabajo conjunto, respetuoso e integrador, sin autosuficiencias ni indefiniciones ideológicas.

Porque en esta próxima Asamblea Plenaria no sólo está el análisis de la elección de la Presidencia de México sino de la próxima elección del presidente de la CEM. La asamblea será una aduana para valorar los perfiles más idóneos para representar a los obispos en el Consejo de la Presidencia para el cual se evaluará el temple, las habilidades, la prudencia y la fortaleza de los candidatos, requerirá de perfiles esencialmente dialogantes, atemperados en sus pasiones políticas y con probadas cualidades de gestión; pues la próxima presidencia de la CEM tendrá que acompañar el arranque de un sexenio intensamente complejo sin dejar de mirar que, desde el Vaticano, la condición de salud del papa Francisco (uno de los pontífices más longevos de la historia) supondrá desafíos para la estructura y funcionamiento de la Iglesia católica universal.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

El problema de los tres cuerpos, la ciencia y Dios

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En vísperas de la Semana Santa, fue estrenada en la famosa plataforma de streaming la serie ‘El problema de los tres cuerpos’, una nueva adaptación a la televisión de la novela de ciencia ficción del mismo nombre escrita por Liu Cixin en 2006. La historia es compleja y está construida sobre todavía más difíciles teoremas de la astrofísica; sin embargo, tanto la novela como la serie televisada toman como uno de sus marcos referentes lo acontecido durante la Revolución Cultural china cuando los grupos paramilitares de estudiantes denominados Guardia Roja sometían o eliminaban cualquier pensamiento fuera de su doctrina científica y política.

La escena es cruda pero inteligente porque evidencia algo contraintuitivo: el pensamiento científico no sólo ha sido perseguido por dogmas religiosos o ideológicos sino principalmente por dogmas de cierta ciencia “consumada” que se consideran pilares de la realidad absoluta. De hecho, tanto en la novela como en la serie se repite como un absoluto la imposibilidad de tener pensamiento científico y, al mismo tiempo, ser creyente. En un momento, uno le pregunta a otro: “¿Crees en Dios?” y el aludido sólo responde: “Soy científico”. En su respuesta está implícita la negativa: no se puede ser científico y ser creyente; pero ¿debería ser así de simple? ¿Quién lo ha sentenciado así y por qué?

Durante muchos siglos, los avances tecnológicos y científicos fueron aparentemente revelando una distancia insalvable entre lo natural y lo teológico. La ciencia, toda la ciencia (la natural, la social, la biológica y hasta la humanística), y su tecnología con todos sus prodigios podían avanzar sin necesitar la idea de lo divino o de lo trascendente; es más, estos pensamientos espirituales, casi siempre dominados bajo narrativas religiosas específicas, eran los principales obstáculos para el desarrollo del pensamiento. ¿Quién no ha escuchado, por ejemplo, que la Edad Media cristiana ‘detuvo’ el desarrollo científico de la civilización occidental durante siglos, sin reparar en que tanto la reproducción del conocimiento como su instrucción en universidades se debió esencialmente al trabajo de monjes y clérigos?

Y aunque hay algo de cierto, esa ‘distancia absoluta’ o esa relación inversamente proporcional (“más ciencia, menos fe; más fe, menos ciencia”) se radicalizó en formas insospechadas en los últimos dos siglos, como la expresada no sólo en la Revolución Cultural sino en la indolente secularización occidental, en la proscripción de la moral, la ética y la espiritualidad del espacio público, en el descrédito humanístico de la reflexión teológica y hasta en la desnaturalización de las religiones modernas. Estas últimas, religiones cómodas y asépticas que no son sino ficciones narrativas lógicas que viven separadas de las experiencias naturales más ineludibles de la existencia humana como su ser histórico, sexuado y libre, que goza y padece del amor, la enfermedad y la muerte.

Y, a pesar de ello, la indomable curiosidad de la humanidad sigue ofreciendo abismos para nuestro insaciable vértigo. Lo explica así Cortada Reus en su análisis filosófico sobre los avances científicos del siglo pasado (la mecánica cuántica, el modelo espacio-tiempo relativista, la radiación cósmica de fondo, el cambio de comportamiento onda-partícula con la observación experimental, etcétera): “La Ciencia natural llegó a penetrar en aquella zona fronteriza en que los fenómenos muestran su doble faz y empieza a perfilarse la posibilidad de integrarlos en una síntesis… La física nueva estaba descubriendo contrariedades donde la física clásica sólo alcanzaba a ver identidades”.

En un punto de la novela, una mujer hace la siguiente plegaria: “Buda, permite a mi Dios escapar del mar de la miseria”; quien la escucha pide consejo a un abad para explicar si puede existir una religión cuya deidad necesita que sus adoradores hagan plegarias a los dioses de otras religiones para salvarla. Y el abad responde que sólo hay una respuesta: que esa deidad exista, aunque Buda no.

De hecho, ese es el corazón del “problema de los tres cuerpos”. Según han explicado los científicos: cuando dos cuerpos celestes orbitan relativamente cercanos, sus respectivas fuerzas gravitacionales hacen predecibles sus movimientos en el cosmos (como el sol y la tierra; o la tierra y la luna); sin embargo, cuando a esa relación dual se inserta un “tercer cuerpo”, los movimientos se vuelven caóticos, impredecibles, prácticamente incalculables. Por eso cobra sentido la fábula anterior: El ser humano –como único ser consciente de su absoluta contingencia– puede estar en relación con la divinidad plena, infinita y eterna; y esa relación se agota en la narración lógica (en su mecánica clásica). Sin embargo, la mera posibilidad de la existencia de otro ser idénticamente infinito y eterno, pleno y absoluto, vuelve caótico el destino de sus interacciones tanto en lo contingente como en lo trascendente.

Pero esa dificultad no tiene por qué reducirse a dos entidades reales mutuamente excluyentes (fe-ciencia) sino a una realidad sintética integradora de funciones antagónicas. Una realidad inasible pero anhelada, comprobable pero casuística; el ‘espíritu absoluto’ hegeliano para quien “lo verdadero es el todo. Pero el todo es solamente la esencia que se completa mediante el desarrollo. De lo absoluto hay que decir que es esencialmente resultado, que sólo al final es lo que es en verdad, y en ello estriba su naturaleza, que es la de ser real, sujeto o devenir de sí mismo”.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

La luna, el cosmos y la fe astronómica

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Con cierta recurrencia, surge entre creyentes y no creyentes la inquietud sobre cómo son definidas las fechas de algunas fiestas religiosas, especialmente la Semana Santa, la Pascua o el Ramadán. Es bien sabido que año con año, estos momentos de profunda religiosidad caen en fechas distintas y, para el orden secularizado occidental al que estamos acostumbrados, no es fácil seguirles la pista.

El cálculo y la forma de vivir estas fiestas religiosas tiene una explicación realmente sencilla pero sus implicaciones son más interesantes de lo que aparentan: están ligadas a la ciencia, a la naturaleza, a la observación del cosmos, al uso de la imaginación y de la conciencia de que la humanidad es apenas un espectador efímero y privilegiado de una danza cíclica y eterna la cual merece ser relatada tanto con el lenguaje de las palabras como con el lenguaje de la fe.

Para el mundo judío, la Pascua es la celebración de la liberación del pueblo hebreo; se festeja el día 14 de Nisán y comienza justo en la noche de luna llena después del equinoccio de primavera. El relato histórico-religioso es por supuesto fascinante: conmemora los auxilios que Yahvé hace para que Moisés y Aarón liberen de la esclavitud a su pueblo y lo conduzcan, no sin arduas tribulaciones, rumbo a la tierra prometida.

En el mundo cristiano, la Semana Santa y la Pascua de Resurrección son la culminación de un largo itinerario de preparación espiritual. La Pascua cristiana se calcula casi igual que la Pascua judía; sin embargo, la celebración se mueve al primer domingo –día del Señor para los creyentes cristianos– después del primer plenilunio (la luna llena astronómica) después del equinoccio de primavera. A diferencia de la cultura hebrea, el cristianismo se nutrió inmensamente de la cultura astronómica griega y romana durante siglos y por ello el cálculo del Domingo de Resurrección ha convivido largamente con los calendarios lunisolares ancestrales que buscaron comprender los ciclos orbitales del sol y de la luna. Durante siglos fue el calendario alejandrino y hoy, el gregoriano.

Para los cristianos, la Pascua es la celebración de la Resurrección de Cristo; se conmemoran los días previos a su muerte (la Pasión) y también se cuentan hacia atrás los 40 días de preparación espiritual hasta el Miércoles de Ceniza que reflejan la consonancia de la ‘cuadragésima’, un número recurrente en la historia salvífica judeo-cristiana (cuarenta días de diluvio universal, cuarenta años del peregrinar hebreo en el desierto, cuarenta días de ayuno de Jesús en el desierto y un largo etcétera).

Finalmente, el mundo islámico también observa a la luna y define sus celebraciones junto a sus fases. El primer día del Ramadán -noveno mes del calendario islámico- comienza al día siguiente del avistamiento directo de la luna nueva y sigue el curso de la luna creciente (que incluso está en el símbolo nuclear del islamismo). Aunque en nuestros días hay esfuerzos por unificar el calendario islámico y así anticipar cíclicamente cuándo será Ramadán en los próximos años, aún hoy, la única manera de conocer el inicio de este mes sagrado musulmán es con la observación directa de la bóveda celeste y asentarlo en el calendario lunar Hijri, que tiene 12 meses lunares en un año de 354 o 355 días. Los musulmanes conmemoran todo este mes sosteniendo el ayuno mientras el sol está en el cielo para celebrar las revelaciones que Alá, a través del ángel Gabriel, hizo al profeta Mahoma para escribir el libro sagrado del Corán.

En nuestros días es importante recordar que prácticamente las tradiciones religiosas primitivas y trascendentales no son exclusivamente relatos arbitrarios de símbolos surgidos de la imaginación. Aquellos que comparan los relatos religiosos con meras ‘fantasías’ pecan de ignorancia y soberbia; y aún más: es probable que el hiperconsumismo capitalista esté sustentado en más ficciones que los relatos monoteístas ancestrales. En fechas recientes, por ejemplo, han sido publicados estudios sobre por qué las generaciones urbanizadas piensan que los envases de leche chocolatada proviene de vacas cafés y los empaques de leche natural, de las vacas blancas; y es famoso aquel relato de una joven que, teniendo un sano y fecundo limonero en casa, seguía comprando limones en el supermercado “porque creía que los limones venían de una fábrica o necesitaban algún proceso industrial para hacerlos consumibles al ser humano”. Es decir, el consumismo capitalista nos distancia de la naturaleza de formas jamás vistas bajo las concepciones religiosas ancestrales.

De esto también tienen algo de responsabilidad las instituciones religiosas que, en el afán de unificar criterios (como ahora lo están intentando en el mundo islámico), olvidan quizá una de las principales fuentes de la espiritualidad y la religiosidad humana: la contemplación de la naturaleza. El asombro que produce en el corazón humano nuestra capacidad de comprender designios cosmológicos y astronómicos, propios lo infinito y lo eterno, desde nuestra diminuta pequeñez y nuestra efímera existencia.

Pensémoslo de esta forma: Resulta anticlimático preguntar a un sacerdote, a un imán o un rabino cuándo comienzan los días sagrados y que éste responda mirando un calendario sobre su escritorio; imaginemos, por el contrario, que estos hombres –vínculos entre Dios y los hombres– contemplaran el firmamento, nos mostraran la luna y el sol, las constelaciones y los astros, y nos dijeran: “Contempla el día y la noche; el cosmos habla de nuestra historia y en ella estamos viviendo”. O como diría fray Luis de León: “¡Ay!, levantad los ojos / a aquesta celestial eterna esfera: / burlaréis los antojos / de aquesta lisonjera / vida, con cuanto teme y cuanto espera. // ¿Es más que un breve punto / el bajo y torpe suelo, comparado / a aqueste gran trasunto, / donde vive mejorado / lo que es, lo que será, lo que ha pasado?”.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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