Los tres hombres que participaron en esta apoteósica misión son hombres generosos que han sabido anteponer el bien común y los objetivos antes que ellos mismos y sus propias aspiraciones

Columna Invitada

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Recordamos con asombro que hace 50 años uno de los acontecimientos más extraordinarios sucedía; el hombre llegaba por primera vez a la Luna.

Era el verano boreal de 1969, un verano como muchos otros, en donde cientos de miles de familias estando de vacaciones miraban por las noches a la luna con curiosidad, que después en ese preciso año se convertía en asombro. Ocho años de preparativos y el vehículo espacial Apolo 11-Saturno V -con tres personas extraordinarias a bordo: Neil Armstrong (1930-2012), Michael Collins (1930) y Edwin “Buzz” Aldrin (1930)- dejaba la tierra con dirección a su primer destino, la luna.

Volaban hacia la luna con computadoras que tenían mucho, pero mucho menos capacidad analítica y poder de procesamiento que los teléfonos portátiles que utilizamos millones de personas todos los días en la actualidad. Así de grande era el reto y así de grande era la promesa.

Millones de personas en televisores blanco y negro seguían atentas la transmisión de esta misión impactante, es por ello por lo que Michael Collins, el encargado de orbitar la luna, y que no tendría el privilegio de pisarla, decía hace pocos días que los tres tripulantes sentían que cargaban con todo el peso de la humanidad sobre sus hombros, pero con la ayuda de cerca de 4,000 personas que hicieron posible llegar a ese viaje. Dijo que estaba solo pero no se sentía solitario, ya que eran dos personas sobre la luna, él orbitando y 3 mil millones de personas en la tierra.

Tras encontrarse muy cerca con la luna, se sorprendieron, pero mayor sería su sorpresa cuando pudieron apreciar que el espectáculo principal era poder ver a la tierra con tonos azules casi imposibles de describir.

Una vez alunizado el módulo lunar “Eagle” en la región conocida como Mare Tranquillitatis, se dio el primer paso en la luna, con las célebres palabras que ya todos conocemos:” Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”. La bandera es colocada, se realizan diversos experimentos científicos, incluidos los propios del gran Isaac Newton y terminada la actividad extra-vehicular, despegan de la luna dejando atrás una placa con las siguientes palabras: “Aquí, hombres del planeta Tierra pisaron por primera vez la Luna, julio de 1969 d. C. En nombre de la humanidad, vinimos en son de paz.” A partir de ese momento, la luna, omnipresente en todas las épocas y para toda la humanidad, y siempre tan familiar para todas las personas, pero tan lejana en distancia y aparentemente imposible de alcanzar, dejaba de ser un lugar inhóspito, para convertirse en un lugar a donde llegaba toda la humanidad.

Pero esto era apenas la mitad de la misión, ahora tenían que regresar con seguridad, es por ello por lo que Michael Collins, al permanecer orbitando en el módulo de comando Columbia, tenía como él ya lo dijo, el boleto de regreso a la tierra de sus otros dos compañeros de misión. Finalmente, la misión terminó con el descenso sobre el Océano Pacífico (quizá pocas veces había sido tan oportuno el nombre de este océano), y tras una rigurosa cuarentena, regresaban al mundo que siempre habían conocido pero que ya era otra vez diferente.

Tras la misión y comenzada su gira por varios países del mundo, estos científicos y exploradores jamás reconocieron como propio este logro, sino como un logro de la humanidad, y de forma muy interesante, encontraron que en todas las naciones habían asimilado el logro como un logro de todo el género humano.

Incluso en plena Guerra Fría fue depositada en la luna una medalla conmemorativa de los cosmonautas rusos Yuri Gagarin -primer hombre en el espacio- y Vladimir Komarov, un gesto simple, pero de gran significado, sobre todo en ese momento que acechaba la guerra nuclear. También 135 fragmentos lunares y las banderas de todos los países existentes, que fueron llevadas en ese mismo viaje a la luna, al regreso, fueron repartidas a cada uno de ellos como símbolo de unidad.

Neil Armstrong hasta el último de sus días fue discreto y humilde con sus logros, siempre tratando de no recibir los reflectores y dando contadas entrevistas. Michael Collins hasta el día de hoy ha pasado en muchos lugares a un tercer plano por no haber pisado la luna, sin embargo, cuando le fue ofrecido como recompensa participar en otra misión y tener la oportunidad de caminar sobre la luna, él lo rechazó, no quería alterar los planes de las próximas misiones al espacio; tenía muy claro cuál había sido y cuál era ahora su papel, y eso era lo importante, cumplir con la misión en el sitio donde podía servir mejor.

Los tres hombres que participaron en esta apoteósica misión son hombres generosos que han sabido anteponer el bien común y los objetivos antes que ellos mismos y sus propias aspiraciones. En la actualidad, misiones multinacionales de cooperación en la Estación Espacial Internacional, incluso entre países con grandes rivalidades y antagonismos como Estados Unidos y Rusia, -con fuertes tensiones entre ellos en la tierra-, realizan misiones en conjunto y en perfecta cooperación. Hasta hoy lo único que ha podido conseguir este logro de paz y cooperación son las misiones en el espacio, y nos están dejando un legado, que va más allá del conocimiento científico que ha sido su objetivo principal. Sin duda en el espacio hay más de lo que vemos y registramos con instrumentos.

Hemos leído palabras como: en nombre de la humanidad, tranquilidad -como el mar que recibió esta misión en la luna-, pacífico -como el océano que recibió esta misión de regreso-, paz, pequeño para un hombre, pero grande para la humanidad, generosidad, cooperación; todas estas palabras estrecha y perpetuamente relacionadas con este viaje sin igual que nos marcan un camino, a cada uno en su sitio y responsabilidad.

En este día 20 de julio de MMXIX en que se cumplen 50 años de este portentoso viaje, tendremos una luna casi en fase llena, y si el clima nos lo permite, podremos admirar la luna y recordar todo lo obtenido tras este viaje, para después dejar por un momento la fatiga de las reflexiones y mirar de nuevo en vivo la luna y solo asombrarnos por el prodigioso viaje y la magnificencia de la luna.

Quien hoy presencie este espectáculo de la luna cuasi-llena, -que se repite mes tras mes-, no podrá ser inmune ser asombrado y sorprendido. Si ese no fuera el caso, es porque parecería que lamentablemente ha perdido la capacidad de asombro. La buena noticia es, que en el ser humano ese vacío y esa pérdida de la capacidad de asombro no existen, aunque a veces así lo perciba en su interior, por eso, con frecuencia hay que seguir mirando hacia arriba.

Por: Sebastián Haddad Ríos

[La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx]