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Opinión

Juventud sitiada entre la precariedad y los falsos atajos

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Cada 12 de agosto, en el marco del Día Internacional de la Juventud, se hace relevante reflexionar sobre las condiciones de los jóvenes mexicanos que, más que celebrar, se encuentran en una verdadera encrucijada ética y de mirada al futuro.

Los 30.4 millones de jóvenes que tiene nuestro país entre 15 y 29 años —el 23.3% de la población— enfrentan un panorama donde las promesas de desarrollo chocan contra muros de precariedad, desesperanza y falsas salidas. El problema no es que haya desafíos –siempre los ha habido– sino que en el mundo contemporáneo, parece que la dignidad humana es la moneda de cambio con la que se hipoteca el futuro de las jóvenes generaciones.

A pesar de las diferencias socioeconómicas, paradójicamente, los problemas de la juventud mexicana son semejantes: la violencia en su derredor (que los hace igualmente víctimas como destinatarios de sus seducciones) y el cambio cultural en el que su dignidad personal se ha convertido en un bien de cambio económico.

Son 4 millones de jóvenes en México los que trabajan entorno a las 50 horas semanales (el promedio de horas por semana en los países de la OCDE es de 37) y gran parte de ellos (el 67%) no reciben un ingreso suficiente para cubrir dos canastas básicas que rondan alrededor de 9 mil pesos mensuales.

Tanto el rezago educativo en los jóvenes (22%) como su acceso a bienes y servicios sociales dignos (58%) colocan a este sector en una alta probabilidad de perpetuar la pobreza truncando cualquier proyecto de familia o vida independiente.
Por si eso fuera poco, existen dos fenómenos complejos que ponen más presión en la juventud: el clima de inseguridad y violencia, así como una cultura que les seduce a intercambiar su dignidad por fama, éxito, dinero y placeres.

En esta nueva cultura suena el canto de falsos atajos para la juventud: la violencia y la venta de sí mismos. Es decir, cuando la dignidad se negocia por supervivencia o lujos. La seducción del dinero fácil es una respuesta a situaciones de alta precarización o de estilos de vida ‘exitosos’ inalcanzables. Así, el comercio ilegal y la explotación corporal aparecen como “opciones” ante salarios de hambre, gentrificación y ambiciones desmedidas. Esta situación también viene acompañada de una salud mental cada vez más fracturada.

Según datos oficiales, uno de cada siete jóvenes padece trastornos mentales. Muchos de ellos agravados por la falta de perspectivas al futuro. El denominado Proyecto Hombre alerta sobre el uso problemático de nuevas tecnologías (plataformas digitales donde se ‘vende’ la intimidad, la imagen y la dignidad) y el consumo de sustancias adictivas crecen como un escape a la incertidumbre de la juventud.

Y todo esto sucede no solo al amparo de las instituciones tradicionales sino también intensamente promovido por los medios y la cultura digital. La glorificación del “éxito rápido” en redes y narco-series normaliza vías que destruyen vidas. Frente a esto, apenas un puñado de organizaciones exigen contranarrativas que dignifiquen el trabajo formal, el esfuerzo paciente y la lenta construcción de una vida segura y digna.

¿Qué hace falta para que el país no hipoteque el futuro de los jóvenes a la violencia o la mercantilización de su dignidad personal? Las respuestas se dicen rápido pero requieren un involucramiento social transversal: reformas laborales donde se ofrezcan mínimos de certeza a los jóvenes trabajadores, pactos educativos en los que se involucren todas las instancias sociales, asistencia temprana en materia de salud mental y cuidados, y finalmente el fomento a la participación ciudadana desde organizaciones juveniles independientes.

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