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¿Resultados o clima laboral?, he ahí el dilema ¿Resultados o clima laboral?, he ahí el dilema

Análisis y Opinión

El valor real de un entregable

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El Mundo Interno de las Organizaciones

¿Para qué sirve un entregable de un proyecto, realmente? ¿Te has cuestionado eso alguna vez? Los consultores de empresas hemos vivido influenciados por ese concepto todo el tiempo, pero también aplica para cualquier ejecutivo. Afortunadamente en los últimos años eso se ha flexibilizado en muchas empresas que han comprendido que el valor del trabajo no siempre se puede reflejar en un documento y, por el contrario, su elaboración puede desviar el tiempo y energía de una persona y con ello, impactar negativamente en su desempeño.

Un entregable es un producto tangible que se produce o se desarrolla como parte de nuestro trabajo. En la mayoría de las ocasiones es algo que se debe realizar de manera natural como parte de la esencia misma del trabajo; por ejemplo, al planear una estrategia comercial seguramente terminaremos por documentarla en una presentación; o para capacitar a un equipo, claro que tendremos que generar algún tipo de material o presentación.

La mayor parte de nuestro trabajo quedará plasmado en algún documento o presentación que entregamos a nuestro jefe o a un cliente; sin embargo, estos documentos –a los que podemos denominar “entregables” — no siempre reflejan exactamente la calidad y efectividad del trabajo realizado. Una excelente presentación, muy bien estructurada y completa, que contiene datos y cifras sobre el comportamiento del mercado, no significa necesariamente que quienes la revisaron y analizaron, la interpretaron de manera adecuada y con base en esa información diseñaron la mejor estrategia comercial posible; viceversa, un documento muy pobre no necesariamente significa que debemos demeritar el trabajo realizado por quienes la utilizaron y para quienes, independientemente de la presentación, la estrategia diseñada pudo ser super exitosa.

Durante los primeros quince años – de mis poco más de 25 años como consultor de empresas–, la mayoría de mis clientes puso muchísimo énfasis en la elaboración de entregables, al punto que en lugar de usar consultores parecía que contrataban escribanos. En la mayoría de esos clientes, no les importaba mucho el resultado real del trabajo ni el impacto en los resultados de la empresa, solo les interesaba que se generarán carpetas y carpetas con la documentación y evidencia del trabajo que se había hecho, para justificar el pago. Si, por ejemplo, contrataban a un consultor para hacer una reingeniería, se le medía y pagaba con base en el tamaño y calidad de sus entregables en lugar de valorar el grado de eficiencia que se había alcanzado al modificar la manera de trabajar de las personas en la empresa.

Los concursos y contratos de servicios con empresas de consultoría se definían y negociaban, no con base en los resultados e impacto que el proyecto debería generar en la empresa sino en el número y características de los documentos que se deberían elaborar a lo largo de los proyectos. Por esa razón, las firmas de consultoría tuvieron que dimensionar los proyectos a partir de la cantidad de trabajo que se debía realizar para elaborar más y mejores entregables, en lugar de pensar en el nivel de consultores que se debía tener para lograr los resultados y el impacto de negocio que el cliente realmente buscaba.

Los consultores jóvenes se fueron formando para aprender y desarrollar habilidades de cómo hacer mejores entregables cada vez más rápido, ya que terminar un entregables en el menor tiempo posible significaba ahorros para las firmas de consultoría y tranquilidad para los clientes a cargo de los proyectos. El problema es que ni los consultores ni los clientes buscaron formarse en aprender y desarrollar mejores habilidades para analizar y mejorar los resultados del negocio.

En mi opinión, los entregables deben ser los documentos que se deriven del trabajo y solo eso. No deben absorber ni el tiempo, talento o energía de los participantes en un proyecto cuya responsabilidad real radica en impactar el desempeño de la empresa, y sus resultados de negocio para adaptarla al mundo tan cambiante de hoy.

Afortunadamente, en los últimos 10 años de mi carrera profesional he podido observar cómo esta práctica ha ido evolucionando. Si bien por ahí todavía quedan muchas empresas o ejecutivos que se aferran a darle más importancia al entregable que al resultado del trabajo en sí, la mayoría ha podido comprender que el resultado real de un trabajo está en el impacto que tiene en los resultados de negocio y no en el peso físico o de almacenaje en disco de un documento.

Hoy, bajo la nueva normalidad donde el trabajo a distancia o híbrido debe evaluarse con base en resultados, asegúrate que los resultados no se midan por el peso de los documentos y archivos que se generan, sino en el tipo de logros reales derivados de la función y responsabilidad de cada persona.



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Análisis y Opinión

Vivir sin respuestas

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La terrible masacre de infantes y educadoras en Uvalde, Texas, vuelve a mirar a la sociedad norteamericana (y a nosotros mismos con nuestros demonios) con graves interrogantes que trascienden los debates sobre el control de armas o la presencia del ‘mal’ en los pueblos y sus hogares.

La epidemia de balaceras en colegios de EU se ha tornado, trágicamente, en parte dolorosa de la cultura de aquel país; y esto último lo digo sin ningún tipo de superioridad moral pues la narcocultura mexicana quizá extienda sus tentáculos en aún más aspectos de la vida cotidiana del mexicano promedio.

La reciente masacre en la escuela primaria Robb de Uvalde se ha colocado como el tercer tiroteo escolar en Estados Unidos con mayor cantidad de víctimas mortales (22 hasta el momento); le anteceden las 33 muertes (27 estudiantes universitarios, 5 profesores y el suicidio del perpetrador) del Tecnológico de Virginia en 2007 y la igualmente dolorosa tragedia en la Primaria Sandy Hook en Connecticut del 2012, donde se segó la vida de 21 niños de entre seis y siete años de edad, la de seis adultos y la del ejecutor.

Los cientos y cientos de tiroteos masivos y tiroteos escolares que acompañan la historia norteamericana han hecho ya una costra cultural difícil de ablandar: una cultura que sigue promoviendo la proliferación de armas, la legítima defensa patriótica sobre la vida del prójimo, la deificación de las fuerzas militares durante las inmorales invasiones de pueblos extranjeros, la justificación de la brutalidad policiaca bajo el velo de la discriminación racial o socio-económica, el nihilismo amoral de los herederos de un imperio sin fronteras, los efectos de la agresividad social y de la arrogancia dolarizada, la profunda confusión entre la tolerancia y el abandono de los pacientes con complejos trastornos psicológicos, el abismal tedio que se busca satisfacer con todo tipo de consumo y, claro, el exceso de consumo, esa lógica depredadora que avasalla y desata en cualquiera rasgos de esquizofrenia.

Se podría ahondar en estos fenómenos que petulantemente buscan obtener respuestas a la inquietante realidad de tiroteos y masacres en colegios; sin embargo, al observar -cíclicamente hay que decirlo con vergüenza- a los devastados padres de familia que han perdido a sus hijos o a las comunidades que lloran por las muertes y también por el trozo de alma que han perdido, queda claro lo inútil que es buscar respuestas. Quizá, para algunos, únicamente la dimensión espiritual puede abrazar al alma destrozada con el misterio de lo eterno y darle sosiego en esas impurezas del vacío.

Ante las tragedias, la realidad se torna insoportablemente incómoda, tan sólo mencionarla rasga la piel del alma. Sabemos de eso porque, como dije, aquí también lidiamos con nuestros propios demonios. ¿No aquí en México, con los más de 100 mil desaparecidos y los miles de homicidios, nos provoca un desagradable temblor que las madres buscadoras de desaparecidos en el desierto reconozcan el aroma de la tierra donde se descompone un cadáver? ¿Cómo se adquiere ese tipo de conocimiento? O, ¿no acaso también nos estremecen los testimonios de los padres que, yendo de morgue en morgue, revisan hasta 500 fotografías diarias de cadáveres para intentar reconocer entre ellos a sus hijos? ¿Cómo se desliga un alma de esa atrocidad?

¿Cómo se puede vivir tras dar con la fosa clandestina donde fue arrojado un ser querido buscado por días, meses o años? ¿Se puede vivir tras detenerse en la centésima fotografía que muestra alguna ropa, algún crucifijo o algún tatuaje inequívoco del ser amado asesinado?

La insondable vastedad de dolor que padecen las familias ante la muerte o la desaparición de sus seres queridos no suele hallar ni respuestas ni paz, no a corto plazo y ni siquiera mínimamente. La resignación se negocia con un tremor que permanece aún bajo la luz, la fe o la paz; un suspiro recurrente que evoca algo como lo que menciona el poeta Manuel Acuña: “¿Ves?… en aquellas paredes están cavando un sepulcro, y parece como que alguien solloza allí, junto al muro. ¿Por qué me miras y tiemblas? ¿Por qué tienes tanto susto? ¿Tú sabes quién es el muerto? ¿Tú sabes quién fue el verdugo?”.

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Discurso monstruoso

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Sucedió lo que los expertos anticiparon hace años: el modelo de comunicación del líder político finalmente se ha convertido en bestia autofágica: el discurso canibaliza a la persona frente nuestra impotente mirada y, casi exclusivamente, para divertimento y perversa satisfacción de sus estultos aplaudidores.

El discurso se ha tornado en un ente autónomo, pendenciero, monomaniaco e insaciable: prefiere el conflicto al acuerdo, está incapacitado para la escucha y para ver más allá de su nariz, utiliza todo el espacio bajo el reflector para esparcir abundante verborrea inconexa y, lo más grave, parece utilizar a la persona humana como vehículo de su voracidad.

Hay que ser claros: el discurso siempre ha sido una creación que muchas veces crece o muere lejos de la mano de su creador, y eso no necesariamente es malo. Hay discursos -los mejores- que trascienden a la persona y homenajean a su creador en voz de terceros; pero hay otros -los monstruosos- que encadenan y esclavizan al propio predicante.

No pocas veces se ilustra este fenómeno como un orador que se ata con su propia lengua larga; sin embargo, hay ocasiones en que el discurso se torna aún más oscuro: como si una gigantesca sanguijuela succionara la credibilidad o la dignidad del hablante para sobrevivir.

Esto último suele pasar muy particularmente entre las personas poderosas. Ejemplos abundan. En la cúspide de la seguridad, Trump dijo: “Podría pararme a la mitad de la Quinta Avenida y dispararle a alguien y no perdería a ningún votante”; por el contrario, cuando Clinton estaba acorralado por la realidad se defendió con: “Todo depende de cuál ‘es’ el significado de la palabra ‘es’”; fue menos creativo que Nixon cuando se respondió ante acusaciones: “Cuando el presidente lo hace, deja de ser ilegal”, dijo.

No sólo los norteamericanos son víctimas de sus lenguas, el presidente Mauricio Macri, a un policía en riesgo de perder un ojo por las protestas contra su gobierno, le dijo: “Tu mujer es muy linda para que la mires con un solo ojo”; y, si ya estamos con la insensibilidad, Sebastián Piñera dijo al atleta invidente Cristán Valenzuela: “Queremos pedirle que no sólo fije su mirada en los Juegos Paraolímpicos sino que extienda su carrera hasta los Panamericanos”. Y en un arranque de honestidad, Cristina Fernández de Kirchner confesó: “Yo nunca pude aprender más allá del ‘hache dos cero’ del agua”.

Todos estos últimos casos son anecdóticos y son producto de lo que afirma el refrán: ‘A fuerza de tanto andar, siempre han de salir callos’. Los personajes públicos -especialmente los políticos- hablan tanto que su poder y sus excesos, contaminan sus palabras y hacen más probable la pifia, el error.

Pero no es de lo que hablamos arriba: cuando el discurso canibaliza al orador ya no estamos frente a un ‘desliz’ o un lapsus. Estamos ante la agresiva autonomía del discurso ideológico que esclaviza al político. Como terribles ejemplos está aquel del expresidente ultra-nacionalista de Zimbawe, Robert Mugabe, quien llegó a afirmar que “el único hombre blanco en el que puedes confiar es en un hombre blanco muerto”; o Jair Bolsonaro cuando emergió su racismo al preguntarle sobre paridad de género: “No es una cuestión de colocar cupos de mujeres. Si ponen mujeres porque sí, van a tener que contratar negros también”.

Ni siquiera me atrevo a repetir las atrocidades que otros personajes -dictadores, criminales de guerra, autócratas- han dicho porque es claro que a ellos ya los controlaba el discurso y no ellos al discurso, como sucede con la gente en sus cabales.

Hay discursos que encadenan y someten; discursos alimentados de poder, excesos y cerrazón. Discursos monstruosos que no recuerdan que “para tapar la boca de todos, se necesita mucha comida”; hay discursos que viven engañados creyendo que satisfacen a todos sólo porque tienen indigestos e intoxicados a sus vehículos humanos.

Hay políticos que no pasarán a la historia por ser consecuentes con su discurso; quedarán como ejemplo de víctimas de las palabras que los deshumanizaron.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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