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Análisis y Opinión

Indiferencia corrosiva

Felipe Monroy

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Ayuda a la Iglesia Necesitada presentó esta semana su reporte sobre la Libertad Religiosa en el Mundo; y, si bien, en la amplia fotografía global resulta indignante la deteriorada condición de libertades en buena parte de los países africanos y asiáticos, hay casos preocupantes como el de México donde las agresiones contra creyentes y la indiferencia de las autoridades para sancionar estos actos anticipan el debilitamiento mismo de los derechos humanos.

Por una parte, el informe de la fundación pontificia distingue claramente a las naciones donde regímenes autoritarios, nacionalismos étnico-religiosos y el terrorismo fanático discriminan y persiguen a los pueblos. A pesar de que la mayoría de los países han aceptado la Declaración de los Derechos del Hombre que garantiza la libertad de credo, pensamiento y conciencia, la organización asegura que, por lo menos, dos terceras partes de la población mundial vive bajo estas adversas condiciones.

Y aunque México no se encuentra formalmente en la lista negra de las naciones donde los creyentes son perseguidos o discriminados, los investigadores y directivos de la fundación miran con preocupación el aumento en agresiones a los fieles, a los templos y a los derechos humanos de ciertos grupos sociales sin que las autoridades mexicanas ejerzan lo que la ley les mandata para mantener el orden, procurar la paz y la sana convivencia social.

En especial, la inquietud es por el fenómeno de las movilizaciones vandálicas pseudofeministas integradas por milicianos encapuchados que, sea por ideología o por interés económico, han perpetrado agresiones a personas, bienes muebles e inmuebles bajo la indiferencia de las autoridades cuya responsabilidad es garantizar la sana convivencia en el espacio público.

Un verdadero régimen de libertad religiosa no sólo procura la protección de los fieles contra actos de agresión o discriminación de terceros, también debe velar por el respeto a los centros de culto formalmente erigidos pues muchas veces es impredecible la reacción o la capitalización de la indignación comunitaria avivada por indeseables liderazgos religiosos.

La indiferencia y la inacción de las autoridades mexicanas ante la destrucción de centros religiosos o agresiones criminales contra creyentes (en las movilizaciones pseudofeministas de marzo pasado hubo testimonios de católicos que fueron atacados con gas pimienta y tasers paralizantes por encapuchadas) lamentablemente normaliza la agresión ideológica en el espacio público. Realidad que no sólo afecta a los creyentes sino también a ateos y agnósticos.

Para la fundación, México ha entrado en el listado de países ‘en observación’ por el deterioro de los derechos humanos y religiosos verificado por el aumento en la hostilidad hacia organizaciones religiosas, los ataques contra lugares de culto, la discriminación a la posición de los creyentes en los debates sobre el laicismo, los desplazamientos internos agravados por conflictos religiosos y la falta de diálogo en la codefinición de un enfoque unificado entre las autoridades civiles y religiosas para actuar frente a la pandemia de Covid-19.

Sin embargo, hay un elemento más que también preocupa a los investigadores consultados por la fundación: la banalización de la dimensión religiosa y espiritual de los mexicanos desde la esfera del poder público. Esa minusvaloración de la complejidad y pluralidad religiosa creciente en el país descompone la convivencia formal, legal y fraterna en el espacio público y fomenta el brote de células fundamentalistas amparadas por la indiferencia del Estado.

Una sana laicidad, por tanto, no es absoluta indiferencia a las dinámicas religiosas ni tampoco una graciosa concesión a grupos ideológicos o religiosos específicos sino un compromiso para que los verdaderos derechos humanos promuevan diálogo, tolerancia, participación y bienestar en todos los ámbitos de la sociedad.

LEE Los diferenciadores electorales

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

No naciste líder, pero te crees uno

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Si de algo he visto que se ha escrito más en los últimos 25 años es sobre liderazgo. También podría apostar que es el tema del que más cursos y talleres existen, y sobre el que más libros se han escrito.

La mayoría de los grandes líderes nacieron con las condiciones biológicas necesarias para que sus comportamientos innatos les facilitaran influir en las personas que los rodearon a lo largo de sus vidas. Esas mismas condiciones biológicas determinaron sus emociones y fueron la fuente de sus actitudes y de su capacidad para adquirir los conocimientos y desarrollar las habilidades necesarias para ser líderes. En pocas palabras, nacieron líderes.

No dudo que alguno que otro de los grandes líderes de la historia y del mundo organizacional no haya nacido con esas mismas condiciones biológicas, pero lo lograron gracias a mucho trabajo, preparación y esfuerzo constante a lo largo de muchos años. Es decir, se hicieron líderes aunque estoy seguro de que fueron los menos.

En mi opinión ser un buen líder es un proceso constante que requiere mucha preparación, disciplina y sacrificio, y aun así, nada te garantiza que lo logres. Lamentablemente sigo viendo todos los días a grandes ejecutivos con posiciones estratégicas en compañías muy importantes que carecen de esta competencia lo cual, por supuesto, repercute negativamente en los resultados de negocio de sus organizaciones. El problema es que ni se dan cuenta ni les agobia.

Si no tienes la suerte de nacer líder, lamento decirte que para llegar a serlo no te bastará con leer todos los libros sobre liderazgo que encuentres; tampoco te serán suficientes varios cursos o incluso un diplomado o postgrado sobre liderazgo. Mucho menos te lo dará una promoción o el simple título de tu puesto, por más que diga Gerente, Sub Director o Director. Tampoco te lo dará tu apellido.

No estoy de acuerdo con las instituciones educativas y las empresas de capacitación que siguen vendiendo castillos en el aire, ofreciendo a los ejecutivos cursos, talleres y programas de liderazgo cuando, en realidad, se requiere mucho más que eso para que una persona que no nació líder lo llegue a ser.

El liderazgo requiere, en primer lugar, adquirir una serie de conocimientos de aspectos de negocio, psicológicos y del comportamiento humano. No puedes liderar si no conoces técnicas para mantener una buena comunicación, para ofrecer retroalimentación, para establecer objetivos, para identificar el estilo de trabajo de cada persona a tu cargo. No puedes influir en las personas si no conoces los fundamentos del comportamiento humano, las emociones, las motivaciones y la manera de impulsarlos y gestionarlos.

También necesitarás desarrollar y perfeccionar distintas habilidades para persuadir, influir, convencer o negociar. Recuerda que debemos partir de la idea de que no nacimos con esas habilidades instaladas, por lo tanto, debemos entrenarnos todos los días para lograr los niveles que requerimos para liderar.

Finalmente necesitarás trabajar mucho en el manejo de tus emociones, comenzando por aprender la auto observación y hacerte consciente de tus sentimientos ante determinados estímulos para posteriormente lograr controlar las reacciones y fortalecer tu inteligencia emocional. Solo así podrás asumir las actitudes requeridas para poder ejercer un buen liderazgo.

Adquirir los conocimientos, desarrollar las habilidades y lograr las actitudes adecuadas es un proceso que lleva tiempo, disciplina y mucho trabajo; solo así podrá alguien desempeñar de una manera decorosa una posición de liderazgo en una empresa, sobre todo cuando no nacimos líderes.

El problema es que muchos ejecutivos se creen líderes por el simple puesto que ocupan y se conforman, en el mejor de los casos, con leer un libro o tomar un programa de liderazgo en algunos de los institutos de moda, donde más que a aprender van a socializar y a ampliar su red de contactos.

Las empresas, y en general el país, requieren de mejores líderes, capaces de llevar a sus equipos de trabajo a utilizar al máximo su potencial y lograr mejores resultados de negocio. Líderes que logren y gestionen equipos de alto desempeño conformados por personas con un equilibrio emocional adecuado y con los alicientes necesarios para sacar lo mejor de sí mismos día con día.

Me parece muy soberbio y una falta de respeto que un ejecutivo con el título de Jefe, Supervisor, Gerente, Director o cualquiera de sus variantes, deje de trabajar todos los días en seguir preparándose y fortaleciendo sus conocimientos, habilidades y actitudes para servir como líder a su equipo de trabajo. Pero tranquilo, estoy seguro que no es tu caso.

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Análisis y Opinión

Periferias postmodernas, perfiles para una nueva política

Felipe Monroy

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La terrible advertencia del genio Dante Alighieri: “Los confines más oscuros del infierno están reservados para aquellos que eligen mantenerse neutrales en tiempos de crisis moral”, ha suscitado incontables lecturas e infinitas reflexiones sobre la gravedad en la falta de compromiso político ante los siempre desafiantes retos de la convivencia humana. Y, si bien, la sentencia parece sencilla de entender, su sentido se enturbia cuando nos cuestionamos qué comprendemos por ‘crisis moral’.

En primer lugar, la polarización política y cultural que se experimenta casi en todos los rincones del mundo vemos que termina expresándose en agresivas campañas de odio y en mapas electorales cuyos colores evidencian la división. Los aguerridos ciudadanos seducidos por esta tensión y partícipes de dichas batallas podrían parecer satisfechos de no pertenecer a la esfera de la neutralidad porque, para ellos, la ‘crisis moral’ sería caer en el extremo opuesto de sus creencias e idiosincrasias.

Pongamos el ejemplo de la reciente tensión política en México: para un grupo de ciudadanos, el acto moral concreto significó apoyar la resistencia contra lo que creen simboliza un gobierno autoritario y dictatorial; en contraparte, otros ciudadanos consideraron que el acto moral justo era apoyar a un inusitado y largamente reprimido proyecto político por lo menos en su primer mandato. Sin embargo, la confusión entre política y moral podría estar nublando el juicio de ambos extremos.

Los actos políticos -nos recuerda Todorov en su imperdible Insumisos- tiene un fin específico y concreto, busca resultados inmediatos y tangibles; mientras, los actos morales se asocian a una dimensión universal de intenciones. Explica: “Un acto generoso, aunque no ofrezca un resultado inmediato sigue siendo un acto de virtud. En cambio, un acto político tiene un proyecto concreto que complacerá objetivamente si se realiza”.

Esta es la razón por la que las fuerzas políticas en México están tan complacidas con los resultados de la jornada electoral. Ambos extremos se congratulan de haber ganado, de sus particulares triunfos que no son sino resultados concretos de actos políticos. Por el contrario, el desazón y desconcierto de muchos de los partícipes de la polarizante batalla moral (es decir, quienes compraron y asimilaron uno u otro de los proyectos por considerar antiético o inmoral su opuesto) refleja que su pretendido ‘acto de virtud’ no fue sino la ignominiosa instrumentalización de la buena voluntad.

Los desgastados territorios políticos siguen exigiendo a los individuos fundirse con la misión que creen llevar a cabo; aunque su finalidad sea más pragmática que trascendente. Por ello, la naturaleza de las campañas y actos políticos permiten no sólo la resistencia o la promoción, sino la mentira y la agresividad, la trampa y el abuso.

Sin embargo, buena parte del electorado simplemente no desea involucrarse en dicha tensión ni por responsabilidad política ni por exigencia moral.

Y en ese gris y casi desconocido conjunto social podrían explicarse fenómenos tan peculiares como la elección de un vilipendiado humorista involuntario de la élite social y digital o el moderado éxito de un negocio político que vende integridad moral mediante ilícitos evidentes de influencers. Debemos ir reconociendo estos extraños perfiles políticos que parecen alucinantes despropósitos entre la preclara narrativa de héroes contra villanos y que, sin embargo, conectan con ese electorado que contempla de lejos la polarización.

Son, sin duda, indeseables ejemplos de la -permítase el terminajo- ‘despolarización’ que tantos anhelamos; no para reproducirlos sino para reconocer las narrativas que hablan de esa conversión política en la que los individuos opuestos y hostiles pueden integrarse en el espíritu de comunidad. Narrativas que van de la seducción a la parodia, pasando por la teatralidad, la autenticidad y el entretenimiento.

Es decir, fuera de la polarización política hay todo un horizonte de posibilidades, no sólo la dimensión de políticos tratando de obtener el poder con discursos demagógicos, hegemónicos o incendiarios. Diría el propio Tódorov: “Aún hay un lugar para una política que ofrezca un ideal que todos podamos compartir”. Concluyo con una intuición: Es sumamente probable que haya una generación de electores cuya idea de ‘crisis moral’ no se encuentra en los opuestos de las batallas políticas de sus mayores sino en la misma polarización en la que viven cómodamente sus padres y abuelos.

LEE El sentido de la nota roja

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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