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Análisis y Opinión

Lo ‘satánico’: convencional, comercial y aburrido

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Hace apenas un par de semanas cuestionamos el amparo en revisión 216/2022 que llegó a la Suprema Corte de Justicia de la Nación y que tenía potencial de sancionar la exhibición de Nacimientos navideños en espacios y edificios públicos. Todo por que un particular afirmaba que, en su calidad de no creyente o creyente no-cristiano, tenía el derecho a reclamar a la autoridad mexicana de preservarlo de todo contacto con la cultura occidental judeo-cristiana.

Aquella vez, en resumen, afirmamos que los espacios públicos son de la sociedad, no del gobierno en turno; que la cultura es del pueblo y de su historia, y no sólo de las élites en el poder o de sus exóticos deseos; y que el derecho a la libertad religiosa debe ser pública porque no sólo reconoce la libertad de pensamiento y conciencia sino de expresión, manifestación y asociación. La Corte pospuso el debate pero sus patrocinadores no dejarán de usar su dominación y privilegio para volverlo a poner en agenda.

Ahora bien, en estos días, la comunidad ‘Templo de Satán’ (una intensa promotora del amparo 216/2022) ha convocado a la instalación de un ‘Antinacimiento satánico’ en el primer cuadro de la Ciudad de México “en contra del supremacismo católico”, como dice su manifiesto. Sobre lo primero: en un Estado laico, la manifestación de su particular expresión religiosa debe estar plenamente garantizada. Claro, hay límites; y no sólo para los satanistas. No todas las expresiones o actos pueden justificarse, ampararse o validarse exclusivamente por idiosincrasias religiosas.

Es decir, que el templo de satán tiene todo el derecho de instalar lo que le venga en gana siempre y cuando no contravenga las leyes mexicanas. Sin embargo, ¿esta comunidad que se identifica como ‘religiosa’ estará debidamente registrada ante el Estado mexicano? Según una revisión del directorio de organizaciones religiosas registradas formalmente, el famoso templo satanista no tiene cédula ni registro. Es decir, que quizá no ha logrado cumplir los requisitos impuestos por el Estado para constituirse como organización religiosa formal o quizá ni siquiera lo ha intentado.

Esto es relevante, porque para el Estado (al que apelan tanto estos satanistas), las únicas organizaciones amparadas por la ley para expresar doctrina y un cuerpo de creencias espiritual-trascendentes son las asociaciones religiosas debidamente constituidas según los artículos 6 y 7 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público. Aún más, el artículo 8 pide a cada una de estas organizaciones “respetar en todo momento los cultos y doctrinas ajenos a su religión”. Así que, la mera expresión “contra el supremacismo católico” dicha por los autodenominados satanistas, viola las leyes mexicanas.

Y si esto fuera todo el tema, sería apenas ocioso. Sin embargo, hay algo que sí es interesante reflexionar: Estas manifestaciones ‘oscuras’ (muy ‘darks’ dirían los memes) suelen ingenuamente creer que su discurso es ‘antisistema’, ‘rebelde’ y ‘contestatario’; casi siempre acusan que la cultura dominante es judeo-cristiana y piensan que ellos son los ‘insumisos’, los ‘auténticos desobedientes’ al sistema. Pero nada hay más lejano de la realidad.

Estas expresiones son las promovidas por el mainstream político y económico. Son las más convencionales, las más comerciales, las más útiles al sistema capitalista, neoliberal y consumista; son también las más obedientes al modelo cultural vigente y a los gobiernos. Basta ver que las producciones de series, películas y bienes culturales artísticos con más presupuesto y difusión casi siempre tienen que ver con ocultismo y satanismo; que la censura en las más grandes redes sociodigitales se hace contra las expresiones religiosas cristianas y musulmanas pero no contra las expresiones satánicas. Una muestra del privilegio de las expresiones anticatólicas está justo en el amparo en revisión: La censura de los ministros va contra la manifestación religiosa cristiana; pero ninguna autoridad ni ONG ni medio de comunicación ha siquiera imaginado censurar las expresiones de otras idiosincrasias.

Esto es lo que ha sucedido en estos días respecto a las campañas publicitarias de la compañía de lujo y estatus de hiperconsumo, Balenciaga. La marca publicó una serie de fotografías en las que literalmente utilizó a menores de edad para sembrar mensajes ‘oscuros’. Lo peor, cuando se hizo una revisión más detallada del marketing de esta empresa de productos suntuarios, se reveló que sus imágenes contienen guiños que fomentan la legalización de la pornografía infantil y que las ‘expresiones artísticas’ utilizadas en sus campañas exaltaban la mutilación, el crimen y el abuso contra menores.

Y aquí debemos reiterar: No todas las expresiones o actos pueden justificarse o validarse exclusivamente por idiosincrasias o credos religiosos. El abuso, el odio, la discriminación y la exaltación de la violencia no pueden ampararse bajo argumentaciones doctrinales o de fe.

El hipercapitalismo y el más obediente neoliberalismo son rápidos para censurar la imagen de un rosario católico en Facebook (sucedió el 23 de noviembre pasado) pero jamás censuraron las fotografías de Balenciaga que normalizan el abuso contra menores; hay otras plataformas que incluso promueven la reducción de hombres y mujeres a bienes mercantiles o de consumo.

Facebook censuró, por ejemplo, una conferencia de libertad religiosa y cristianismo en junio del 2019, prohibió el hashtag #SavetheChildren usado en una campaña contra el abuso sexual de menores en 2020, retiró una campaña humanitaria de ayuda a mujeres y niñas de minorías religiosas en 2021 y a inicios de este año vetó a una ONG dedicada a denunciar el genocidio y persecución étnico-religioso en África. La censura más famosa contra un ‘satánico’ fue sobre Matthew Joseph Lawrence (alias E.A. Koetting) a quien no se le expulsó de Facebook por satanista sino por incitar al homicidio y por promover el crimen como medios para lograr supuestos ‘pactos satánicos’.

Todo parece indicar que los verdaderos insumisos están realmente en el espectro espiritual religioso tradicional; porque lo de moda, lo convencional, lo promovido por el mercado, los gobiernos y sus ministros es lo anti-cristiano. Es tan común, tan poco original y protegido por el poder del dinero y del Estado que llega incluso a ser trivial, insulso, aburrido.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Periferias eclesiales

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En estos días he tenido oportunidad de presentar ante un par de auditorios el reciente libro colaborativo ‘Periferias eclesiales. Reflexiones para avanzar’ (Buena Prensa, 2022), coordinado por el obispo Francisco Javier Acero Pérez y en el que participamos nueve autores de distintos orígenes y perspectivas respecto a aquellos márgenes sociales y humanos que muchas veces son acallados o invisibilizados tanto por las estructuras como por los sistemas culturales dominantes.

El libro recoge reflexiones, experiencias, historias e investigaciones sobre realidades aparentemente ‘poco vistas’, discriminadas o prejuzgadas históricamente por la Iglesia católica: las mujeres, los jóvenes, la diversidad sexual, las comunidades originarias, los marginados, las personas en condición de migración, los divorciados o las víctimas de abusos. Por supuesto, éstas no son todas las periferias materiales o existenciales de nuestro mundo contemporáneo pero sí son las que en los últimos años han cuestionado profundamente a las instituciones católicas sobre sus mecanismos de acompañamiento y atención.

Con la llegada del papa Francisco al solio pontificio en 2013, estas realidades humanas han contado con un líder espiritual que verbaliza con sencillez y respeto las cualidades de dignidad humana que permanecen (y deben ser reconocidas y protegidas) en cada una de estas personas que viven singulares desafíos; además, ha priorizado una visión eclesial de auxilio preferente a las personas heridas en lugar de una búsqueda de solidez en las estructuras eclesiásticas.

Su radical propuesta de un nuevo espíritu cristiano sin duda ha provocado varias reacciones adversas, casi siempre de autopreservación institucional o de autosuficiencia espiritual; es decir, cúpulas de superioridad moral autolegitimadas preocupadas más por las formas tradicionales de gobierno y administración que por el cambio de época que ha descristianizado al siglo XXI.

Por ejemplo, el famoso memorando ‘Demos’ –atribuido al recién fallecido cardenal Pell y que pretende influir en el Colegio de Cardenales para elegir a un próximo pontífice que revierta los cambios hechos por Francisco– básicamente es un llamado desesperado a recobrar la dureza e infalibilidad en la potestad disciplinaria y sancionadora de Roma, así como el retorno a la invariabilidad cultural de las expresiones cristianas; es decir, que la diversidad pluricultural cristiana sea nuevamente sometida a la visión particular de cierta idea de occidente europeo católico (que tampoco ya existe).

Lo grave de las reacciones a la propuesta periférica de Francisco es que parecen convocar anticipadamente a un nuevo líder católico cuyo programa responda a lo que las cúpulas eclesiásticas han perdido en las últimas décadas: volver a ser una autoridad irrebatible para la cristiandad y que su aparato de gobierno sea nuevamente una fuerza política global incontestable.

Y quizá por eso sea tan relevante una publicación como la coordinada por el obispo Acero; porque no sólo evidencia que el verdadero valor de la expresión cristiana siempre se ha encontrado en las periferias (dos autores recuerdan la marginalidad de la provincia romana donde Jesús predicó en una lengua que sería considerada ‘indígena’ por el imperio reinante) sino porque el auténtico poder de la Iglesia católica nunca ha sido la influencia política o económica de nuestra era común sino en la capacidad adaptativa y transformadora de los creyentes ante las realidades emergentes, marginales o incomprendidas de cada época.

No quiero dejar de agradecer un gesto que se ha repetido al final de las reflexiones del coordinador y los autores en las presentaciones del libro: la generosa y determinada participación de los asistentes para compartir sus propias historias respecto a lo que aún hoy es considerado periférico, invisible o silente; son prueba fehaciente de que los creyentes latinoamericanos abrazan sin regatear el presente y miran sin miedo los desafíos que la humanidad comparte.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Periodismo: bienes, riquezas y funciones

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En algo tiene razón, el tema es sumamente interesante y obliga a la reflexión. Aunque quisiera partir del inicio: el periodismo es una auténtica vocación que trasciende al oficio y a la profesión; es una inclinación singularísima a sufrir y gozar de la historia y los cambios de la vida cotidiana con el propósito de crear diálogo y construir sociedad respecto a lo que concierne al bien común.

Es ciertamente un oficio porque el periodismo tiene una cualidad artesanal, personal, no mecanizable; que nace del encuentro y del contacto con las tensiones humanas desveladas y cuestionadas por alguien que, a fuerza de ensayo y error, exhibe un imperfecto relato de sucesos al prójimo; pero es algo más.

También es una profesión no sólo porque requiere estudios formales o porque nuestra cada vez más compleja sociedad precise de mayores conocimientos especializados, sino porque es una labor que esencialmente capitaliza el conocimiento. Aún mejor: es una profesión cuya principal riqueza son las inquietudes correctas del conocimiento, las preguntas precisas del ingenio y la mirada instruida sobre el contexto. Y aún así, es algo más.

El periodismo es una pasión que puede ejercerse en la supina pobreza o en la mayor holgura pero que es imposible desempeñar desde un poder que no sea el de la demanda. ‘Demanda’ es para el periodismo –en contraste con la rigidez del derecho– una palabra compleja y llena de matices: va desde la gentil interrogación o el cordial cuestionamiento hasta el indignado requerimiento y el mordaz reclamo; pasando, eso sí, por la eficiente, neutral e imparcial solicitud o consulta.

No hay periodista, por tanto, que conserve su credibilidad intacta cuando es arropado por oscuros e inconfesables mantos de privilegios a cambio de favores o servicios en contra de esa auténtica demanda. Es verdad que, incluso mintiendo descaradamente, tanto los medios como los periodistas vendidos a la comodidad y los privilegios pueden conservar sus prestigios y respectivos negocios, pero quedará mancillada irremediablemente la confianza que alguna vez recibieron.

Ahora pasemos a lo que se ha mencionado esta semana: “Los periodistas hacen una función pública”. Sí, indudablemente; sin embargo, hay que distinguir: su labor cumple con diferentes funciones para el diálogo social y la búsqueda del bien común, pero no son subordinados del poder o funcionarios públicos. De hecho, si lo fueran, dejarían de ser auténticos periodistas; podrían ser publirrelacionistas, consultores, vendedores de contenidos, voceros o coordinadores de falanges informativas, pero no periodistas.

Ya lo dijo Kapuscinski: “El verdadero periodismo es intencional. Se fija un objetivo e intenta provocar algún tipo de cambio. El deber de un periodista es informar, informar de manera que ayude a la humanidad y no fomentando el odio o la arrogancia. La noticia debe servir para aumentar el conocimiento del otro, el respeto del otro”. Entonces ¿puede haber ‘verdadero periodismo’ si su intención es servir al poder establecido –o peor, al empíreo de la inmunidad– en lugar de promover los cambios que realmente ayuden al resto de la sociedad?

Segundo, el tema de las concesiones públicas y su usufructo. El tema es por demás espinoso pero requiere una reflexión urgente. En efecto, la nación es propietaria del espacio radioeléctrico donde se transmiten infinidad de contenidos; las empresas privadas gestionan concesiones que el gobierno otorga para el usufructo del mismo espacio y, entre sus contenidos, usualmente se producen informativos con trabajo de periodistas.

Si bien estos periodistas son empleados de particulares, su trabajo está sujeto al bien social más que al bien privado (o al menos debería estarlo) y; de hecho, las autoridades de la nación deberían tomar con mayor seriedad el cuidado de los periodistas para que no se reduzcan a legitimadores de los intereses patronales. Y, al mismo tiempo, los periodistas deben ser intensamente protegidos por sus empleadores pues, sin su apoyo, es fácil que queden a merced de otros poderes (incluso ilícitos o fácticos) que no sólo terminan pervirtiendo la libertad de expresión sino que ponen en jaque las condiciones que toda libre empresa debe tener garantizadas.

Además, que la propiedad de los espacios intangibles de difusión esté en manos de la nación no significa que puedan ser administrados utilitaria o unilateralmente por cualquier gobierno en turno (por más legítimo que este sea); porque la propiedad no es coyuntural ni restrictiva al mandato vigente. El espacio pertenece al pueblo, en el ahora y en el futuro, bajo éste y bajo cualquier otro gobierno, aun cuando ni siquiera aspire a ser democrático.

Hubo una última inquietud planteada: ¿Con qué autoridad ética o moral los periodistas pueden sentar a la silla de los acusados a funcionarios, poderosos y personajes públicos? La respuesta es simple: Con ninguna que provenga del poder o del privilegio. La única autoridad que otorga verdadera fuerza ética y moral a los periodistas para interrogar y juzgar proviene de la debilidad. De la debilidad de sus pueblos, del silencio de los acallados, de la invisibilidad de los excluidos y del dolor de los descartados. El poder del periodismo no se encuentra sólo en el servicio, sino en el servicio a los necesitados; y la auténtica libertad de esta vocación sólo puede ser garantizada por usted y muchos otros que nos apoyan leyéndonos, escuchándonos y compartiéndonos.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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