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Análisis y Opinión

Sobre la igualdad, actitud más que ley

Felipe Monroy

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A pesar de todas las diferencias intrínsecas a la naturaleza humana, es claro que las organizaciones contemporáneas tienen la obligación de velar por garantizar idénticas oportunidades para quienes participan en ellas con idénticas responsabilidades. Esto es, que la igualdad más que una concesión de las leyes o las normas es un conjunto de actitudes y condiciones relacionales que permiten una verdadera participación horizontal hacia la justicia desde la plena dignidad y libertad de cada ser humano.

En estos días crecerá el debate en México sobre cuáles deben ser los alcances de las reformas a las leyes constitucionales propuestas en la Cámara de Diputados en materia de igualdad sustantiva y que, se anticipa, ocasionarán tensiones por la ambigüedad e incomprensión de los efectos reales de sus contenidos.

Por una parte, parece obvia la búsqueda de equidad e igualdad entre hombres y mujeres, principalmente en lo que respecta a su contribución en las esferas de participación social: en la política, la economía, la cultura y la educación; sin embargo, los márgenes de claridad se difuminan cuando los efectos de algunas de las iniciativas propuestas ponen en riesgo la misma dignidad humana y los derechos fundamentales.

Nuevamente, el riesgo no es por la búsqueda de equidad social que ha sido una de las aspiraciones más nobles de la humanidad en medio de los desastrosos siglos XX y XXI, sino por la instauración de un principio ideológico que, paradójicamente, censura la libertad humana al constreñir su naturaleza a los límites de sus obsesiones utilitarias, pragmáticas y desechables. Como reflexionó el filósofo Pascal Mercier: la dignidad se pierde cuando se pierde la autonomía como criterio.

Sobre este pensamiento, me viene a la mente la fábula del rey que guardaba en su poder un anillo de ópalo con cien reflejos y cuya piedra tenía el poder de hacer a su portador bienquisto de todos, es decir, de gozar la estima y admiración de cuantos le rodearan. Antes de morir, el rey se preocupó en quién de sus tres hijos debería dejar tal joya pues los amaba a los tres y los tres amaban a su padre igualmente.

El rey decidió mandar hacer dos anillos idénticos al primero, absolutamente idénticos, y mandó a llamar por separado a sus hijos para darles a cada uno un anillo. Al faltar el padre, los hijos notaron que cada uno tenía un anillo pero que sólo uno era el que verdaderamente podía otorgar el poder de agradar y recibir respeto de sus semejantes, así que llevaron su caso a un sabio para que resolviera la cuestión.

El sabio no lo dudó mucho, les dijo a los príncipes que ellos podían elegir creer dos cosas: que su padre los odiaba por no decir cuál de los anillos gozaba de esa cualidad mágica o que el amor de su padre hacia ellos era tal que quería que cada uno de sus hijos gozara del amor, admiración y respeto de sus prójimos. Como fuere -dijo el sabio-, cuando pasen cien años, serán los hijos de sus hijos los que deberán juzgar quién de ustedes ha sido el más amado.

La fábula deja en claro que si bien se requieren mínimos formales de igualdad (el rey mandó hacer anillos idénticos para todos sus hijos), son las actitudes y condiciones relacionales las que verdaderamente pueden hacer crecer la equidad, la justicia, la paz y el bien común. La aspiración de cada uno para ser tratado con respeto y consideración pasa indefectiblemente por la justicia, la igualdad y el amor que ofrezca a sus prójimos, porque aquellos también merecen y esperan ser tratados con altísima deferencia.

Esta complejidad no se garantiza con leyes abstractas, menos de aquellas que no perciben la dignidad del otro, de los seres humanos descartables por no ser descubiertos ni valorados en su inmensa dignidad. No importa cuánto se disfracen tras palabras nobles, las leyes sustentadas en principios ideológicos pero que no responden a la realidad humana o social terminan siempre por destruir o de-construir todo lo que consideran diferente.

Por ello es necesario que, en la siempre deseable búsqueda de igualdad y equidad social, no se pierda de vista que la política y la construcción de leyes son un servicio; uno que jamás debe ser ideológico porque no sirve a las ideas sino a las personas, a todas las personas.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

No naciste líder, pero te crees uno

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Si de algo he visto que se ha escrito más en los últimos 25 años es sobre liderazgo. También podría apostar que es el tema del que más cursos y talleres existen, y sobre el que más libros se han escrito.

La mayoría de los grandes líderes nacieron con las condiciones biológicas necesarias para que sus comportamientos innatos les facilitaran influir en las personas que los rodearon a lo largo de sus vidas. Esas mismas condiciones biológicas determinaron sus emociones y fueron la fuente de sus actitudes y de su capacidad para adquirir los conocimientos y desarrollar las habilidades necesarias para ser líderes. En pocas palabras, nacieron líderes.

No dudo que alguno que otro de los grandes líderes de la historia y del mundo organizacional no haya nacido con esas mismas condiciones biológicas, pero lo lograron gracias a mucho trabajo, preparación y esfuerzo constante a lo largo de muchos años. Es decir, se hicieron líderes aunque estoy seguro de que fueron los menos.

En mi opinión ser un buen líder es un proceso constante que requiere mucha preparación, disciplina y sacrificio, y aun así, nada te garantiza que lo logres. Lamentablemente sigo viendo todos los días a grandes ejecutivos con posiciones estratégicas en compañías muy importantes que carecen de esta competencia lo cual, por supuesto, repercute negativamente en los resultados de negocio de sus organizaciones. El problema es que ni se dan cuenta ni les agobia.

Si no tienes la suerte de nacer líder, lamento decirte que para llegar a serlo no te bastará con leer todos los libros sobre liderazgo que encuentres; tampoco te serán suficientes varios cursos o incluso un diplomado o postgrado sobre liderazgo. Mucho menos te lo dará una promoción o el simple título de tu puesto, por más que diga Gerente, Sub Director o Director. Tampoco te lo dará tu apellido.

No estoy de acuerdo con las instituciones educativas y las empresas de capacitación que siguen vendiendo castillos en el aire, ofreciendo a los ejecutivos cursos, talleres y programas de liderazgo cuando, en realidad, se requiere mucho más que eso para que una persona que no nació líder lo llegue a ser.

El liderazgo requiere, en primer lugar, adquirir una serie de conocimientos de aspectos de negocio, psicológicos y del comportamiento humano. No puedes liderar si no conoces técnicas para mantener una buena comunicación, para ofrecer retroalimentación, para establecer objetivos, para identificar el estilo de trabajo de cada persona a tu cargo. No puedes influir en las personas si no conoces los fundamentos del comportamiento humano, las emociones, las motivaciones y la manera de impulsarlos y gestionarlos.

También necesitarás desarrollar y perfeccionar distintas habilidades para persuadir, influir, convencer o negociar. Recuerda que debemos partir de la idea de que no nacimos con esas habilidades instaladas, por lo tanto, debemos entrenarnos todos los días para lograr los niveles que requerimos para liderar.

Finalmente necesitarás trabajar mucho en el manejo de tus emociones, comenzando por aprender la auto observación y hacerte consciente de tus sentimientos ante determinados estímulos para posteriormente lograr controlar las reacciones y fortalecer tu inteligencia emocional. Solo así podrás asumir las actitudes requeridas para poder ejercer un buen liderazgo.

Adquirir los conocimientos, desarrollar las habilidades y lograr las actitudes adecuadas es un proceso que lleva tiempo, disciplina y mucho trabajo; solo así podrá alguien desempeñar de una manera decorosa una posición de liderazgo en una empresa, sobre todo cuando no nacimos líderes.

El problema es que muchos ejecutivos se creen líderes por el simple puesto que ocupan y se conforman, en el mejor de los casos, con leer un libro o tomar un programa de liderazgo en algunos de los institutos de moda, donde más que a aprender van a socializar y a ampliar su red de contactos.

Las empresas, y en general el país, requieren de mejores líderes, capaces de llevar a sus equipos de trabajo a utilizar al máximo su potencial y lograr mejores resultados de negocio. Líderes que logren y gestionen equipos de alto desempeño conformados por personas con un equilibrio emocional adecuado y con los alicientes necesarios para sacar lo mejor de sí mismos día con día.

Me parece muy soberbio y una falta de respeto que un ejecutivo con el título de Jefe, Supervisor, Gerente, Director o cualquiera de sus variantes, deje de trabajar todos los días en seguir preparándose y fortaleciendo sus conocimientos, habilidades y actitudes para servir como líder a su equipo de trabajo. Pero tranquilo, estoy seguro que no es tu caso.

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Análisis y Opinión

Periferias postmodernas, perfiles para una nueva política

Felipe Monroy

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La terrible advertencia del genio Dante Alighieri: “Los confines más oscuros del infierno están reservados para aquellos que eligen mantenerse neutrales en tiempos de crisis moral”, ha suscitado incontables lecturas e infinitas reflexiones sobre la gravedad en la falta de compromiso político ante los siempre desafiantes retos de la convivencia humana. Y, si bien, la sentencia parece sencilla de entender, su sentido se enturbia cuando nos cuestionamos qué comprendemos por ‘crisis moral’.

En primer lugar, la polarización política y cultural que se experimenta casi en todos los rincones del mundo vemos que termina expresándose en agresivas campañas de odio y en mapas electorales cuyos colores evidencian la división. Los aguerridos ciudadanos seducidos por esta tensión y partícipes de dichas batallas podrían parecer satisfechos de no pertenecer a la esfera de la neutralidad porque, para ellos, la ‘crisis moral’ sería caer en el extremo opuesto de sus creencias e idiosincrasias.

Pongamos el ejemplo de la reciente tensión política en México: para un grupo de ciudadanos, el acto moral concreto significó apoyar la resistencia contra lo que creen simboliza un gobierno autoritario y dictatorial; en contraparte, otros ciudadanos consideraron que el acto moral justo era apoyar a un inusitado y largamente reprimido proyecto político por lo menos en su primer mandato. Sin embargo, la confusión entre política y moral podría estar nublando el juicio de ambos extremos.

Los actos políticos -nos recuerda Todorov en su imperdible Insumisos- tiene un fin específico y concreto, busca resultados inmediatos y tangibles; mientras, los actos morales se asocian a una dimensión universal de intenciones. Explica: “Un acto generoso, aunque no ofrezca un resultado inmediato sigue siendo un acto de virtud. En cambio, un acto político tiene un proyecto concreto que complacerá objetivamente si se realiza”.

Esta es la razón por la que las fuerzas políticas en México están tan complacidas con los resultados de la jornada electoral. Ambos extremos se congratulan de haber ganado, de sus particulares triunfos que no son sino resultados concretos de actos políticos. Por el contrario, el desazón y desconcierto de muchos de los partícipes de la polarizante batalla moral (es decir, quienes compraron y asimilaron uno u otro de los proyectos por considerar antiético o inmoral su opuesto) refleja que su pretendido ‘acto de virtud’ no fue sino la ignominiosa instrumentalización de la buena voluntad.

Los desgastados territorios políticos siguen exigiendo a los individuos fundirse con la misión que creen llevar a cabo; aunque su finalidad sea más pragmática que trascendente. Por ello, la naturaleza de las campañas y actos políticos permiten no sólo la resistencia o la promoción, sino la mentira y la agresividad, la trampa y el abuso.

Sin embargo, buena parte del electorado simplemente no desea involucrarse en dicha tensión ni por responsabilidad política ni por exigencia moral.

Y en ese gris y casi desconocido conjunto social podrían explicarse fenómenos tan peculiares como la elección de un vilipendiado humorista involuntario de la élite social y digital o el moderado éxito de un negocio político que vende integridad moral mediante ilícitos evidentes de influencers. Debemos ir reconociendo estos extraños perfiles políticos que parecen alucinantes despropósitos entre la preclara narrativa de héroes contra villanos y que, sin embargo, conectan con ese electorado que contempla de lejos la polarización.

Son, sin duda, indeseables ejemplos de la -permítase el terminajo- ‘despolarización’ que tantos anhelamos; no para reproducirlos sino para reconocer las narrativas que hablan de esa conversión política en la que los individuos opuestos y hostiles pueden integrarse en el espíritu de comunidad. Narrativas que van de la seducción a la parodia, pasando por la teatralidad, la autenticidad y el entretenimiento.

Es decir, fuera de la polarización política hay todo un horizonte de posibilidades, no sólo la dimensión de políticos tratando de obtener el poder con discursos demagógicos, hegemónicos o incendiarios. Diría el propio Tódorov: “Aún hay un lugar para una política que ofrezca un ideal que todos podamos compartir”. Concluyo con una intuición: Es sumamente probable que haya una generación de electores cuya idea de ‘crisis moral’ no se encuentra en los opuestos de las batallas políticas de sus mayores sino en la misma polarización en la que viven cómodamente sus padres y abuelos.

LEE El sentido de la nota roja

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe

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