Connect with us
¿Resultados o clima laboral?, he ahí el dilema ¿Resultados o clima laboral?, he ahí el dilema

Análisis y Opinión

Trabajo por objetivos y el modelo híbrido de la nueva normalidad

Publicada

on

El Mundo Interno de las Organizaciones

Recientemente platicaba con un cliente en relación con el modelo de trabajo que están diseñando para su nueva normalidad en el que, al igual que muchas otras empresas, están adoptando de manera permanente un modelo de trabajo híbrido, es decir, parte del trabajo a distancia y parte del trabajo en oficinas. La principal inquietud del equipo directivo de su empresa era cómo asegurar que la gente trabajara efectivamente desde sus casas al no estar en un ambiente controlado.

Después de casi un año de trabajar en esta modalidad me sorprendió encontrar directivos que todavía dudan de que su equipo es capaz de trabajar desde casa sin necesidad de supervisión.
En otra de mis columnas mencionaba que “no importa qué tanto sabes, sino lo que haces con lo que sabes y lo que logras con lo que haces”, es decir, dejar de enfocarnos en la cantidad de trabajo que se hace o al horario de tiempo en que una persona trabajó, y enfocarse en sus logros.
Desde mi punto de vista, para que esta nueva normalidad con modelos de trabajo híbridos funcione, no se requiere controlar ni las actividades que se realizan ni el horario de trabajo en el que se ejecutan. Más bien se debería controlar lo que se logra o no durante la semana.

Nótese que no estoy diciendo que no se requiere el control, sino que hay que cambiar lo que se controla. El control es necesario para asegurar los resultados, pero mi creo que se deben dejar de vigilar aquello que ya no son posible simplemente porque el mundo cambió con esta pandemia.
Anteriormente, el ecosistema alrededor de nuestro trabajo era muy similar para todos, al menos por un determinado período: mismas rutas de acceso, vecindario, estacionamiento, mismos horarios, vecinos, mismas oficinas, con recursos de oficina similares para todos. En una situación similar, las medidas de control pueden ser efectivas.

Hoy, el ambiente y el ecosistema en el que trabaja cada persona es completamente diferente, y por ello las necesidades también. El horario que le funciona a uno no necesariamente es bueno para el otro y pretender controlarlo, en mi opinión, resulta poco efectivo y muy desgastante para cualquier empresa.

Me parece que se debe dejar de vigilar no solo el lugar en el que la gente decide trabajar, sino también el horario en que decide hacerlo y los recursos que utiliza para ello. Los ejecutivos post pandemia deben aprender a dirigir a sus equipos de acuerdo a objetivos establecidos. No me refiero a los objetivos de alto nivel definidos en la planeación estratégica desglosados a cada puesto: me refiero a que los jefes, en conjunto con sus equipos de trabajo, deben aprender a visualizar sus responsabilidades a partir de logros que deben obtener cada semana.

Una reunión semanal en la que el líder y su equipo revisen funciones y prioridades, y acuerden los logros que deben obtener en ese lapso tomando en cuenta su carga de trabajo normal. Una vez que está claro lo que se debe alcanzar esa semana, cada miembro del equipo deberá externar cualquier petición o requerimiento que tenga para cumplir con ese compromiso, y se establecerán y coordinarán las interacciones para el periodo. Deberán definir un horario específico para llevar a cabo las reuniones que sean necesarias y respetarlo; es decir, no programar reuniones que comiencen antes o que terminen después de las horas definidas.

El resto dependerá de cada miembro del equipo. Si para algunos resulta más conveniente trabajar muy temprano para ocupar el tiempo de la tarde en otras tareas, o si para otros es más productivo incluso trabajar de noche, ni el líder o la empresa debería tratar de controlar eso. A lo que se deberían darle seguimiento es a si cada persona logra o no lo que se acordó. Es decir, evaluar resultados y no controlar el modo de lograrlos, porque ese ya cambio y es distinto para cada persona.

Al darle la libertad a la gente de gestionar su propio trabajo siempre y cuando logre lo que se le pide eliminamos sus pretextos por la injerencia los factores externos.

Si tenemos claro lo que debemos lograr en la semana y las prioridades de nuestro trabajo, si tenemos el espacio para hacer peticiones y establecer acuerdos con mis compañeros, si respetamos un horario para llevar a cabo cualquier reunión que sea necesaria y nos dan la libertad de utilizar el lugar y el horario que más se acomode a nuestras necesidades personales, ya no tenemos pretexto para fallar, el equipo se gestionará con más facilidad y el modelo de trabajo híbrido será exitoso.



Dejanos un comentario:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Análisis y Opinión

Discurso monstruoso

Publicada

on

Sucedió lo que los expertos anticiparon hace años: el modelo de comunicación del líder político finalmente se ha convertido en bestia autofágica: el discurso canibaliza a la persona frente nuestra impotente mirada y, casi exclusivamente, para divertimento y perversa satisfacción de sus estultos aplaudidores.

El discurso se ha tornado en un ente autónomo, pendenciero, monomaniaco e insaciable: prefiere el conflicto al acuerdo, está incapacitado para la escucha y para ver más allá de su nariz, utiliza todo el espacio bajo el reflector para esparcir abundante verborrea inconexa y, lo más grave, parece utilizar a la persona humana como vehículo de su voracidad.

Hay que ser claros: el discurso siempre ha sido una creación que muchas veces crece o muere lejos de la mano de su creador, y eso no necesariamente es malo. Hay discursos -los mejores- que trascienden a la persona y homenajean a su creador en voz de terceros; pero hay otros -los monstruosos- que encadenan y esclavizan al propio predicante.

No pocas veces se ilustra este fenómeno como un orador que se ata con su propia lengua larga; sin embargo, hay ocasiones en que el discurso se torna aún más oscuro: como si una gigantesca sanguijuela succionara la credibilidad o la dignidad del hablante para sobrevivir.

Esto último suele pasar muy particularmente entre las personas poderosas. Ejemplos abundan. En la cúspide de la seguridad, Trump dijo: “Podría pararme a la mitad de la Quinta Avenida y dispararle a alguien y no perdería a ningún votante”; por el contrario, cuando Clinton estaba acorralado por la realidad se defendió con: “Todo depende de cuál ‘es’ el significado de la palabra ‘es’”; fue menos creativo que Nixon cuando se respondió ante acusaciones: “Cuando el presidente lo hace, deja de ser ilegal”, dijo.

No sólo los norteamericanos son víctimas de sus lenguas, el presidente Mauricio Macri, a un policía en riesgo de perder un ojo por las protestas contra su gobierno, le dijo: “Tu mujer es muy linda para que la mires con un solo ojo”; y, si ya estamos con la insensibilidad, Sebastián Piñera dijo al atleta invidente Cristán Valenzuela: “Queremos pedirle que no sólo fije su mirada en los Juegos Paraolímpicos sino que extienda su carrera hasta los Panamericanos”. Y en un arranque de honestidad, Cristina Fernández de Kirchner confesó: “Yo nunca pude aprender más allá del ‘hache dos cero’ del agua”.

Todos estos últimos casos son anecdóticos y son producto de lo que afirma el refrán: ‘A fuerza de tanto andar, siempre han de salir callos’. Los personajes públicos -especialmente los políticos- hablan tanto que su poder y sus excesos, contaminan sus palabras y hacen más probable la pifia, el error.

Pero no es de lo que hablamos arriba: cuando el discurso canibaliza al orador ya no estamos frente a un ‘desliz’ o un lapsus. Estamos ante la agresiva autonomía del discurso ideológico que esclaviza al político. Como terribles ejemplos está aquel del expresidente ultra-nacionalista de Zimbawe, Robert Mugabe, quien llegó a afirmar que “el único hombre blanco en el que puedes confiar es en un hombre blanco muerto”; o Jair Bolsonaro cuando emergió su racismo al preguntarle sobre paridad de género: “No es una cuestión de colocar cupos de mujeres. Si ponen mujeres porque sí, van a tener que contratar negros también”.

Ni siquiera me atrevo a repetir las atrocidades que otros personajes -dictadores, criminales de guerra, autócratas- han dicho porque es claro que a ellos ya los controlaba el discurso y no ellos al discurso, como sucede con la gente en sus cabales.

Hay discursos que encadenan y someten; discursos alimentados de poder, excesos y cerrazón. Discursos monstruosos que no recuerdan que “para tapar la boca de todos, se necesita mucha comida”; hay discursos que viven engañados creyendo que satisfacen a todos sólo porque tienen indigestos e intoxicados a sus vehículos humanos.

Hay políticos que no pasarán a la historia por ser consecuentes con su discurso; quedarán como ejemplo de víctimas de las palabras que los deshumanizaron.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

Seguir leyendo

Análisis y Opinión

Imagen, reputación y los medios en la opinión pública

Publicada

on

Como bien sabemos la imagen es todo lo que se ve o se percibe de una persona u organización. Se forma con base en lo que se comunica hacia el exterior y en cómo estos mensajes son interpretados por el receptor. La imagen se construye, es la percepción individual, es la foto, se basa en lo visual e icónico y genera expectativas, por lo que cada stakeholder tiene que tener eso en cuenta al momento de generar una percepción.

Es así como, la imagen que en este mundo digital siempre termina siendo pública, o, se asocia a esa percepción, es decir, la sensación interior que resulta de una impresión hecha en los sentidos. Esa imagen es a la vez causado en la mente del receptor gracias a la cohesión de las causas que lo originaron, como consecuencia, la imagen da lugar a un juicio de valor, de donde lo percibido será aceptado como una realidad que puede tener connotaciones positivas o negativas, según el rechazo o a la aceptación de lo percibido.

Como podemos apreciar en el siguiente gráfico, la imagen es la percepción que se convierte en la identidad y con el tiempo en reputación. Se trata de una secuencia de ideas asentada llamada: Ecuación de la Imagen.

La reputación va más allá de la imagen, pues su efecto es a largo plazo. Agrega valor a la persona u organización y forma vínculos duraderos con los stakeholders. Esa reputación se gana, es la percepción colectiva, es la película, se basa en la conducta y genera valor, por lo que parte de lo que debemos aprender es entender qué queremos que el receptor reciba y con qué historia.

Por lo mismo, tanto la imagen como la reputación deben ser gestionadas por las personas u organizaciones atendiendo las audiencias convencidas firmemente de un mensaje coherente y que conecte.

Todo lo que somos debemos saber comunicarlo, porque al final consciente o inconscientemente damos un mensaje.

Samantha Alcázar Flores
Coordinadora de Relaciones Públicas en Metrics.

Twitter: @SamAlcazarF
Instagram: Sam Alcázar F
Facebook: @SamAlcazarF

Seguir leyendo

Te Recomendamos