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Análisis y Opinión

El octavo año de Francisco, prueba máxima

Felipe Monroy

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Es claro que el octavo año del pontificado de Francisco estuvo marcado plenamente por la pandemia de COVID-19; desde los primeros momentos de la incertidumbre global que rompieron toda agenda de trabajo hasta la lenta adaptación a una nueva realidad en la que se ha puesto a prueba la solidez de los planteamientos del Papa.

Pero vamos por partes. Cuando Bergoglio llegó al solio pontificio existía un mundo fuertemente dividido, aunque sólidamente asentado. Dividido entre los que buscaban lentas y progresivas mejoras en el desarrollo social sin abandonar ni un ápice de su posición privilegiada, de su consumo, su comodidad y sus aparentes derechos ‘de clase’, y los que anhelaban cambios radicales e impostergables en un sistema que a todas luces oprime al ser humano y a la sociedad mientras destruye el planeta y el bien común. El mundo contemporáneo, aunque muchos no deseaban verlo, se había descristianizado y los valores de la vida, el derecho natural y la dignidad humana estaban relegados muy detrás de los valores de la economía y del sistema financiero.

En ese mundo, Francisco -el primer Papa latinoamericano- llevó hasta la cúspide de la reflexión teológica, pastoral, social y cultural global algunas denuncias de los últimos y descartados en figuras que todos comprendimos: revolución, reforma y reconstrucción. A lo largo de sus homilías, cartas, discursos, exhortaciones y, sobre todo, sus gestos, Francisco reinscribió en ese mundo tensionado los conceptos de ‘revolución de la ternura’, ‘reforma de las estructuras’ y ‘reconstrucción del tejido social’.

Para la reconstrucción, Francisco apostó por dar ejemplo por medio del diálogo, la tolerancia y la inclusión especialmente con la convivencia interreligiosa; la reforma la inició en casa con la Curia Romana cuya dura resistencia todos conocemos; y, finalmente, para la revolución de la ternura, el Papa ha dejado un buen bagaje de magisterio pontificio que le sobrevivirá para recordar al mundo cristiano principios que suele olvidar cuando toma ventaja: Ser una Iglesia pobre y para los pobres, que arriesga su posición para acompañar a los vulnerables, que permea en la ternura con los descartados del sistema porque toca -literalmente- las heridas de quienes viven en las periferias materiales y espirituales de cada época.

Entonces llegó la pandemia.

Francisco salió a la Plaza de San Pedro a rezar y extender una singular e histórica bendición Urbi et Orbi, un magno evento cuyo simbolismo y significado durará por muchas generaciones. En él, el Papa destacó varias cosas: una enfermedad nos quitó el maquillaje del ego y de la apariencia de que tenemos todo bajo control; la pandemia evidenció nuestra vulnerabilidad y fragilidad humana; nos recordó que el mundo es una sola barca en la que vamos todos y a la que debemos preservar; finalmente, que la verdadera solidaridad, el cuidado por el otro y los gestos de amor (desde la oración hasta el consuelo) son la mejor respuesta ante las adversidades.

En su octavo año de pontificado, Francisco no contó con la presencia de los fieles en las audiencias y las misas ya habituales, no pudo realizar los encuentros cotidianos con líderes y organizaciones sociales, se cancelaron viajes y eventos, pero no dejó de externar enseñanzas concretas sobre los desafíos que enfrenta la humanidad. Así, para ‘sanar al mundo’, Bergoglio pidió a la Iglesia ‘dar curación y consuelo’, que la sociedad apueste por una ‘nueva planificación’, que mediante ‘la opción preferencial de los pobres’ se remedien las ‘raíces de injusticia social’ y se ‘contrarreste la cultura de la indiferencia’.

La pandemia a todas luces ha sido una prueba máxima pero no sólo para retornar al mundo dividido de los satisfechos y los indignados, sino para buscar nuevos caminos de fraternidad, de amistad social; por ello, en octubre, Francisco ofreció al mundo su encíclica ‘Fratteli tutti’, una carta que redescubre los principios de la doctrina social cristiana como parte de un ‘plan para resucitar’ porque ‘nadie se salva solo’. Así la defensa de la vida y la dignidad de la persona, el bien común, la opción preferencial por los pobres, la destinación universal de los bienes, la solidaridad, la subsidiariedad y el cuidado de la casa común se han convertido en imprescindibles para el rescate del mundo. Así de simple.

Y, sin embargo, el papa Francisco cerró su octavo año con algo más que palabras: hizo un histórico y claramente audaz viaje a Irak. No sólo para acompañar a las comunidades cristianas largamente perseguidas por el extremismo pararreligioso sino para renovar una actitud que le conocimos al inicio de su pontificado: para arriesgar, para aventurarse a lo que venga con la confianza en que es preferible una Iglesia en salida que llegue a accidentarse en lugar que enferme de encierro.

Desde esa audaz posición, el Papa nuevamente criticó los intervencionismos políticos, ideológicos y económicos; abrió puentes de diálogo entre religiones terriblemente enemistadas; denunció las políticas de descarte social; y, sobre todo, retomó su catequesis sobre el amor y la ternura. Dos palabras cuyas implicaciones superan su tradicional sentido remilgado: que son actos definitorios para un mundo que siempre requiere renovación. Pues no hay realidad -por nueva que sea- que no requiera desde esa compleja articulación del amor social hasta la concretísima ternura con el prójimo inmediato.

LEE ¿Ataques religiosos en México?

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Escarnio religioso con fines políticos

Felipe Monroy

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Justo quince horas después de que líderes de una docena de diferentes religiones en México se reunieran para orar por la paz; el presidente de la República -desde el púlpito moral de su individual certeza- volvió a arremeter contra las prácticas religiosas, particularmente contra la grey católica y sus actos de fe. No ha sido la primera vez; de manera sistemática mezcla, confunde y politiza a propósito la dimensión espiritual de millones de personas.

Algo ha pasado en el fuero interno del presidente. A partir del 2020, sus críticas a lo que él identifica como ‘hipocresía católica’ se han tornado recurrentes y socarronas. Hasta antes de la campaña presidencial y en los primeros meses de gobierno, López Obrador siempre había aderezado con conceptos religiosos su ideario político; pero -quizá la pandemia, quizá la incertidumbre- ha revelado en el presidente ese discurso anticatólico moralizante de un rancio protestantismo para-cristiano que fue sumamente popular a finales de los setenta y hasta los años noventa en México.

A diferencia del anticlericalismo secular (que se enfoca en una crítica a la institución católica), el anticatolicismo cristiano contemporáneo es un estilo discursivo, especialmente utilizado por distintas ramas de protestantismo, que a través de estereotipos negativos y lenguaje peyorativo critican a los católicos, a sus prácticas religiosas y a las fallas de sus miembros que aseguran son una ‘hipocresía moral’ intrínseca a la religión católica. La reacción católica a esta discriminación indirecta ha sido también una desvaloración de la identidad cristiana de evangélicos, protestantes y otras comunidades religiosas.

Sin embargo, el acercamiento entre líderes cristianos, el diálogo interreligioso, el ecumenismo y la vasta producción de fraternas reflexiones espirituales han favorecido el respeto, la tolerancia y hasta la amistad entre referentes y miembros de religiones otrora enemistadas. El encuentro interreligioso de oración por la paz, el pasado 10 de junio, es símbolo de este esfuerzo de entendimiento y madurez entre creyentes.

Pero el presidente no abandona el discurso moralizante: “mi cristianismo, lo que yo practico… si todos fuésemos así viviríamos en una sociedad mejor”. Y, con frecuencia -especialmente para eludir algún tema álgido- utiliza la fórmula que su inmejorable cristianismo es superior por no parecerse al cristianismo hipócrita del prójimo.

En la primera conferencia presidencial del 2020, López Obrador espetó la fraseología que ya ha hecho leitmotiv recurrente: “Los conservadores van a misa y olvidan los mandamientos; van a la iglesia, comulgan, confiesan, van a dejar en cero el marcador y el domingo vuelven a lo mismo”.

Al inicio de la pandemia, el presidente mostró un par de imágenes del Sagrado Corazón de Jesús (sumamente veneradas por católicos) y las comparó con un trébol de cuatro hojas y un billete de un dólar como amuletos de buena suerte. En julio 2020, durante la presión por el famoso ‘aplanamiento de la curva’ de contagios por COVID-19 en México, el presidente volvió a calificar a los creyentes: “Son sectores reducidos, pero con mucha pasión. Es obvio, amenazas y al mismo tiempo por eso es irracional, muchos de ellos van a los templos, confiesan y comulgan, pero olvidan los mandamientos”.

El 8 de marzo, con motivo de las movilizaciones feministas; y el 5 de mayo, como respuesta a la tragedia del metro capitalino donde fallecieron 26 personas, López Obrador aplicó el mismo epíteto a los que identifica como adversarios, pero los ejemplifica como católicos: “Son clasistas, son racistas, son partidarios de la discriminación. Pueden ir a los templos los domingos y confiesan y comulgan, y dejan el cero marcador, eso es hipocresía”, dijo el día de la Mujer y en el aniversario de la Batalla de Puebla insistió: “Son muy perversos y estos conservadores son también muy hipócritas. Porque estoy seguro de que hasta van a misa los domingos y confiesan y comulgan”.

¿Por qué el presidente ridiculiza y adhiere sistemáticamente la imagen de sus enemigos a las prácticas religiosas sacramentales de la Confesión y la Comunión, de la asistencia a Misa y el estudio de los Mandamientos?

Es una verdadera pena que el mandatario de una República laica no sólo no valore ni respete las identidades religiosas de todos los ciudadanos, sino que las politice e identifique a algunos perfiles religiosos como potencialmente adversos a su movimiento político. López Obrador, no hay que olvidarlo, ganó con un margen amplísimo las elecciones del 2018 y su personalidad política aún convoca a millones de partidarios de su ideología. Con certeza, el 95% de todos sus apoyos sociales profesa alguna fe o es miembro de alguna institución religiosa; lo mismo se puede decir de la clase media que lo ha llevado al poder.

¿Por qué continúa denostándolos? ¿Qué es lo que en el fondo busca reclamar a esa dimensión espiritual de una vasta porción de la sociedad mexicana que, en principio, no sólo goza de la libertad de culto, sino que también está llamada a participar desde su identidad espiritual, personal, familiar y comunitaria en la transformación necesaria del país?

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

No naciste líder, pero te crees uno

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

Si de algo he visto que se ha escrito más en los últimos 25 años es sobre liderazgo. También podría apostar que es el tema del que más cursos y talleres existen, y sobre el que más libros se han escrito.

La mayoría de los grandes líderes nacieron con las condiciones biológicas necesarias para que sus comportamientos innatos les facilitaran influir en las personas que los rodearon a lo largo de sus vidas. Esas mismas condiciones biológicas determinaron sus emociones y fueron la fuente de sus actitudes y de su capacidad para adquirir los conocimientos y desarrollar las habilidades necesarias para ser líderes. En pocas palabras, nacieron líderes.

No dudo que alguno que otro de los grandes líderes de la historia y del mundo organizacional no haya nacido con esas mismas condiciones biológicas, pero lo lograron gracias a mucho trabajo, preparación y esfuerzo constante a lo largo de muchos años. Es decir, se hicieron líderes aunque estoy seguro de que fueron los menos.

En mi opinión ser un buen líder es un proceso constante que requiere mucha preparación, disciplina y sacrificio, y aun así, nada te garantiza que lo logres. Lamentablemente sigo viendo todos los días a grandes ejecutivos con posiciones estratégicas en compañías muy importantes que carecen de esta competencia lo cual, por supuesto, repercute negativamente en los resultados de negocio de sus organizaciones. El problema es que ni se dan cuenta ni les agobia.

Si no tienes la suerte de nacer líder, lamento decirte que para llegar a serlo no te bastará con leer todos los libros sobre liderazgo que encuentres; tampoco te serán suficientes varios cursos o incluso un diplomado o postgrado sobre liderazgo. Mucho menos te lo dará una promoción o el simple título de tu puesto, por más que diga Gerente, Sub Director o Director. Tampoco te lo dará tu apellido.

No estoy de acuerdo con las instituciones educativas y las empresas de capacitación que siguen vendiendo castillos en el aire, ofreciendo a los ejecutivos cursos, talleres y programas de liderazgo cuando, en realidad, se requiere mucho más que eso para que una persona que no nació líder lo llegue a ser.

El liderazgo requiere, en primer lugar, adquirir una serie de conocimientos de aspectos de negocio, psicológicos y del comportamiento humano. No puedes liderar si no conoces técnicas para mantener una buena comunicación, para ofrecer retroalimentación, para establecer objetivos, para identificar el estilo de trabajo de cada persona a tu cargo. No puedes influir en las personas si no conoces los fundamentos del comportamiento humano, las emociones, las motivaciones y la manera de impulsarlos y gestionarlos.

También necesitarás desarrollar y perfeccionar distintas habilidades para persuadir, influir, convencer o negociar. Recuerda que debemos partir de la idea de que no nacimos con esas habilidades instaladas, por lo tanto, debemos entrenarnos todos los días para lograr los niveles que requerimos para liderar.

Finalmente necesitarás trabajar mucho en el manejo de tus emociones, comenzando por aprender la auto observación y hacerte consciente de tus sentimientos ante determinados estímulos para posteriormente lograr controlar las reacciones y fortalecer tu inteligencia emocional. Solo así podrás asumir las actitudes requeridas para poder ejercer un buen liderazgo.

Adquirir los conocimientos, desarrollar las habilidades y lograr las actitudes adecuadas es un proceso que lleva tiempo, disciplina y mucho trabajo; solo así podrá alguien desempeñar de una manera decorosa una posición de liderazgo en una empresa, sobre todo cuando no nacimos líderes.

El problema es que muchos ejecutivos se creen líderes por el simple puesto que ocupan y se conforman, en el mejor de los casos, con leer un libro o tomar un programa de liderazgo en algunos de los institutos de moda, donde más que a aprender van a socializar y a ampliar su red de contactos.

Las empresas, y en general el país, requieren de mejores líderes, capaces de llevar a sus equipos de trabajo a utilizar al máximo su potencial y lograr mejores resultados de negocio. Líderes que logren y gestionen equipos de alto desempeño conformados por personas con un equilibrio emocional adecuado y con los alicientes necesarios para sacar lo mejor de sí mismos día con día.

Me parece muy soberbio y una falta de respeto que un ejecutivo con el título de Jefe, Supervisor, Gerente, Director o cualquiera de sus variantes, deje de trabajar todos los días en seguir preparándose y fortaleciendo sus conocimientos, habilidades y actitudes para servir como líder a su equipo de trabajo. Pero tranquilo, estoy seguro que no es tu caso.

LEE ¿Por qué no hacemos un Onboarding adecuado?

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