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Análisis y Opinión

Vacunación a los vulnerables, derrota para la lógica del mercado

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El acontecimiento no es menor: la primera persona vacunada contra COVID-19 fuera de ensayos de laboratorio fue Margaret Keenan, de 90 años; el segundo, fue un hombre de 81 años, llamado William Shakespeare. Así comenzó un largo camino de la humanidad para acercar a toda la población un recurso por el que la ciencia y la administración pública trabajaron todo el 2020.

La selección de los ancianos junto al personal sanitario como primeros receptores de una vacuna que promete sacar del confinamiento al mundo entero podría pasar desapercibida, pero simboliza un gran gesto humanitario y, al mismo tiempo, una más de las derrotas a la lógica de la utilidad y la ganancia que tanto fascinan a las dinámicas de globalización económica.

Los discípulos y profetas de las leyes absolutas del mercado contemplan un fracaso más a su expectativa crematística de progreso; prácticamente todas las naciones del mundo han declarado que, en el esquema de vacunación contra COVID -que durará todo el 2021-, los sujetos prioritarios de atención serán los ancianos.

Si de decisiones orientadas a mejorar expectativas del mercado se tratase, la opción por los adultos mayores no es la más lógica. En muchas ocasiones se ha criticado que el mercado suele descartar y discriminar a los ancianos principalmente por su poca aportación a la economía y por los grandes gastos que supone su supervivencia, ya sea por los costes de jubilación como por servicios sanitarios. Para muestra, un botón:

El Informe sobre la Estabilidad Financiera Mundial del FMI en 2012 no disimulaba su preocupación por cómo este grupo etario amenaza las economías de las naciones: “La prolongación de vida acarrea costos financieros para los gobiernos… para las empresas… para las compañías de seguros… y para los particulares […] El riesgo de la longevidad es un tema que exige más atención ya, en vista de la magnitud de su impacto financiero”.

Quizá la segunda afectación más compleja de la pandemia de COVID-19 después de la sanitaria ha sido la económica; esto lo han sufrido todos los países y su búsqueda por regresar a la normalidad podría sugerir que la reactivación económica debería ser una urgencia y, por tanto, la vacunación debería priorizar a los sectores de mayor productividad y consumo.

Algo así había recomendado el Centro para el Control de Enfermedades de los Estados Unidos, priorizar las vacunas a los individuos que más contribuyen a la infección en la comunidad: los adultos jóvenes que, por otra parte, representan el mayor nivel de interacción social y de dinamismo económico.

Ligeramente más moderado, el Centro de Seguridad y Salud Johns Hopkins, que dice sustentarse en principios éticos, sugiere la ‘prioridad absoluta’ para el personal sanitario y después los “individuos componentes de los servicios esenciales”; en último lugar, las personas con mayor riesgo. La recomendación afirma que antes debería acercarse la vacuna a “trabajadores de los sectores de producción y distribución de energías, suministro de aguas, medios de comunicación, servicios postales, policía y seguridad, bomberos y fronteras” y hasta después a las personas vulnerables.

Por ello, las imágenes de Keenan y Shakespeare recibiendo las primeras vacunas son tan relevantes y aleccionadoras. Son, desde el mercado, la opción ilógica. Pero, si algo dejó en descubierto esta pandemia ha sido la debilidad de los argumentos que privilegian las dinámicas económicas antes que la dignidad de las personas y el cuidado de los más vulnerables.

Estos hechos son gestos de una economía que está en proceso de refundarse, que requiere transformarse. Quizá por ello no sea una coincidencia que, en el Vaticano, empresas tan grandes como Mastercard, Bank of America, Johnson and Jonhson, Estee Lauder o Visa se hayan sumado al “Consejo para un Capitalismo Inclusivo”, la iniciativa del Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral para unir los imperativos morales al capitalismo y construir una base económica justa, inclusiva y sostenible.

Ojalá que, en México, para los acuerdos sobre el futuro en el sistema de pensiones y la subcontratación laboral, se tomen en cuenta estos cambios radicales y no se le apueste, para variar, a modelos obsoletos de un siglo XX que ya no volverá.

LEE Legionarios para una cruzada mística

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Periferias eclesiales

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En estos días he tenido oportunidad de presentar ante un par de auditorios el reciente libro colaborativo ‘Periferias eclesiales. Reflexiones para avanzar’ (Buena Prensa, 2022), coordinado por el obispo Francisco Javier Acero Pérez y en el que participamos nueve autores de distintos orígenes y perspectivas respecto a aquellos márgenes sociales y humanos que muchas veces son acallados o invisibilizados tanto por las estructuras como por los sistemas culturales dominantes.

El libro recoge reflexiones, experiencias, historias e investigaciones sobre realidades aparentemente ‘poco vistas’, discriminadas o prejuzgadas históricamente por la Iglesia católica: las mujeres, los jóvenes, la diversidad sexual, las comunidades originarias, los marginados, las personas en condición de migración, los divorciados o las víctimas de abusos. Por supuesto, éstas no son todas las periferias materiales o existenciales de nuestro mundo contemporáneo pero sí son las que en los últimos años han cuestionado profundamente a las instituciones católicas sobre sus mecanismos de acompañamiento y atención.

Con la llegada del papa Francisco al solio pontificio en 2013, estas realidades humanas han contado con un líder espiritual que verbaliza con sencillez y respeto las cualidades de dignidad humana que permanecen (y deben ser reconocidas y protegidas) en cada una de estas personas que viven singulares desafíos; además, ha priorizado una visión eclesial de auxilio preferente a las personas heridas en lugar de una búsqueda de solidez en las estructuras eclesiásticas.

Su radical propuesta de un nuevo espíritu cristiano sin duda ha provocado varias reacciones adversas, casi siempre de autopreservación institucional o de autosuficiencia espiritual; es decir, cúpulas de superioridad moral autolegitimadas preocupadas más por las formas tradicionales de gobierno y administración que por el cambio de época que ha descristianizado al siglo XXI.

Por ejemplo, el famoso memorando ‘Demos’ –atribuido al recién fallecido cardenal Pell y que pretende influir en el Colegio de Cardenales para elegir a un próximo pontífice que revierta los cambios hechos por Francisco– básicamente es un llamado desesperado a recobrar la dureza e infalibilidad en la potestad disciplinaria y sancionadora de Roma, así como el retorno a la invariabilidad cultural de las expresiones cristianas; es decir, que la diversidad pluricultural cristiana sea nuevamente sometida a la visión particular de cierta idea de occidente europeo católico (que tampoco ya existe).

Lo grave de las reacciones a la propuesta periférica de Francisco es que parecen convocar anticipadamente a un nuevo líder católico cuyo programa responda a lo que las cúpulas eclesiásticas han perdido en las últimas décadas: volver a ser una autoridad irrebatible para la cristiandad y que su aparato de gobierno sea nuevamente una fuerza política global incontestable.

Y quizá por eso sea tan relevante una publicación como la coordinada por el obispo Acero; porque no sólo evidencia que el verdadero valor de la expresión cristiana siempre se ha encontrado en las periferias (dos autores recuerdan la marginalidad de la provincia romana donde Jesús predicó en una lengua que sería considerada ‘indígena’ por el imperio reinante) sino porque el auténtico poder de la Iglesia católica nunca ha sido la influencia política o económica de nuestra era común sino en la capacidad adaptativa y transformadora de los creyentes ante las realidades emergentes, marginales o incomprendidas de cada época.

No quiero dejar de agradecer un gesto que se ha repetido al final de las reflexiones del coordinador y los autores en las presentaciones del libro: la generosa y determinada participación de los asistentes para compartir sus propias historias respecto a lo que aún hoy es considerado periférico, invisible o silente; son prueba fehaciente de que los creyentes latinoamericanos abrazan sin regatear el presente y miran sin miedo los desafíos que la humanidad comparte.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Periodismo: bienes, riquezas y funciones

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En algo tiene razón, el tema es sumamente interesante y obliga a la reflexión. Aunque quisiera partir del inicio: el periodismo es una auténtica vocación que trasciende al oficio y a la profesión; es una inclinación singularísima a sufrir y gozar de la historia y los cambios de la vida cotidiana con el propósito de crear diálogo y construir sociedad respecto a lo que concierne al bien común.

Es ciertamente un oficio porque el periodismo tiene una cualidad artesanal, personal, no mecanizable; que nace del encuentro y del contacto con las tensiones humanas desveladas y cuestionadas por alguien que, a fuerza de ensayo y error, exhibe un imperfecto relato de sucesos al prójimo; pero es algo más.

También es una profesión no sólo porque requiere estudios formales o porque nuestra cada vez más compleja sociedad precise de mayores conocimientos especializados, sino porque es una labor que esencialmente capitaliza el conocimiento. Aún mejor: es una profesión cuya principal riqueza son las inquietudes correctas del conocimiento, las preguntas precisas del ingenio y la mirada instruida sobre el contexto. Y aún así, es algo más.

El periodismo es una pasión que puede ejercerse en la supina pobreza o en la mayor holgura pero que es imposible desempeñar desde un poder que no sea el de la demanda. ‘Demanda’ es para el periodismo –en contraste con la rigidez del derecho– una palabra compleja y llena de matices: va desde la gentil interrogación o el cordial cuestionamiento hasta el indignado requerimiento y el mordaz reclamo; pasando, eso sí, por la eficiente, neutral e imparcial solicitud o consulta.

No hay periodista, por tanto, que conserve su credibilidad intacta cuando es arropado por oscuros e inconfesables mantos de privilegios a cambio de favores o servicios en contra de esa auténtica demanda. Es verdad que, incluso mintiendo descaradamente, tanto los medios como los periodistas vendidos a la comodidad y los privilegios pueden conservar sus prestigios y respectivos negocios, pero quedará mancillada irremediablemente la confianza que alguna vez recibieron.

Ahora pasemos a lo que se ha mencionado esta semana: “Los periodistas hacen una función pública”. Sí, indudablemente; sin embargo, hay que distinguir: su labor cumple con diferentes funciones para el diálogo social y la búsqueda del bien común, pero no son subordinados del poder o funcionarios públicos. De hecho, si lo fueran, dejarían de ser auténticos periodistas; podrían ser publirrelacionistas, consultores, vendedores de contenidos, voceros o coordinadores de falanges informativas, pero no periodistas.

Ya lo dijo Kapuscinski: “El verdadero periodismo es intencional. Se fija un objetivo e intenta provocar algún tipo de cambio. El deber de un periodista es informar, informar de manera que ayude a la humanidad y no fomentando el odio o la arrogancia. La noticia debe servir para aumentar el conocimiento del otro, el respeto del otro”. Entonces ¿puede haber ‘verdadero periodismo’ si su intención es servir al poder establecido –o peor, al empíreo de la inmunidad– en lugar de promover los cambios que realmente ayuden al resto de la sociedad?

Segundo, el tema de las concesiones públicas y su usufructo. El tema es por demás espinoso pero requiere una reflexión urgente. En efecto, la nación es propietaria del espacio radioeléctrico donde se transmiten infinidad de contenidos; las empresas privadas gestionan concesiones que el gobierno otorga para el usufructo del mismo espacio y, entre sus contenidos, usualmente se producen informativos con trabajo de periodistas.

Si bien estos periodistas son empleados de particulares, su trabajo está sujeto al bien social más que al bien privado (o al menos debería estarlo) y; de hecho, las autoridades de la nación deberían tomar con mayor seriedad el cuidado de los periodistas para que no se reduzcan a legitimadores de los intereses patronales. Y, al mismo tiempo, los periodistas deben ser intensamente protegidos por sus empleadores pues, sin su apoyo, es fácil que queden a merced de otros poderes (incluso ilícitos o fácticos) que no sólo terminan pervirtiendo la libertad de expresión sino que ponen en jaque las condiciones que toda libre empresa debe tener garantizadas.

Además, que la propiedad de los espacios intangibles de difusión esté en manos de la nación no significa que puedan ser administrados utilitaria o unilateralmente por cualquier gobierno en turno (por más legítimo que este sea); porque la propiedad no es coyuntural ni restrictiva al mandato vigente. El espacio pertenece al pueblo, en el ahora y en el futuro, bajo éste y bajo cualquier otro gobierno, aun cuando ni siquiera aspire a ser democrático.

Hubo una última inquietud planteada: ¿Con qué autoridad ética o moral los periodistas pueden sentar a la silla de los acusados a funcionarios, poderosos y personajes públicos? La respuesta es simple: Con ninguna que provenga del poder o del privilegio. La única autoridad que otorga verdadera fuerza ética y moral a los periodistas para interrogar y juzgar proviene de la debilidad. De la debilidad de sus pueblos, del silencio de los acallados, de la invisibilidad de los excluidos y del dolor de los descartados. El poder del periodismo no se encuentra sólo en el servicio, sino en el servicio a los necesitados; y la auténtica libertad de esta vocación sólo puede ser garantizada por usted y muchos otros que nos apoyan leyéndonos, escuchándonos y compartiéndonos.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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