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Felipe Monroy

Ni Chaac ni Poseidón: el Cocodrilo venado estelar

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En las últimas semanas, generó una peculiar polémica la instalación de una efigie del dios griego de los océanos, Poseidón, al pie de Puerto Progreso, Yucatán. A través de redes sociales, algunos lugareños comenzaron a difundir la idea de que los graves temporales y la excesiva lluvia en la región (iniciadas con la tormenta tropical ‘Alberto’) eran expresión de la ira de Chaac, deidad maya del agua y de la lluvia. Entre broma y en serio incluso se ha convocado a la población a destruir la efigie griega para ‘apaciguar’ la furia del dios maya.

El tema pasó de lo anecdótico al interés social cuando medios de comunicación nacionales y extranjeros consignaron el conflicto entre efigies mitológicas y supersticiones mientras el primer huracán del año, Beryl, se dirige a las costas yucatecas y se prevé atraviese la península durante la madrugada del 5 de julio. El fenómeno meteorológico Beryl ha sido monitoreado exhaustivamente en su paso por el Caribe y su paso por la costa sur de Jamaica con ráfagas de viento y agua de más de 215 kilómetros por hora; y aunque el huracán ya se ha degradado a categoría uno (alcanzó la máxima categoría días atrás) aún se contempla la posibilidad de que su fuerza de vientos de 150-160 kilómetros por hora no descienda al cruzar la península, entre en el Golfo de México y nuevamente pueda llegar a golpear el norte de Veracruz o el estado de Tamaulipas.

Y aunque la convocatoria para destruir la estatua de Poseidón fue suspendida debido a la intensa polémica levantada por los noticieros locales e internacionales (se había fijado para el 15 de julio próximo); el hecho merece una especial revisión debido a cómo las redes sociales potencian ideas, creencias y supersticiones mientras exhiben formas de pensamiento cuya naturaleza no se sabe si es irónica, cáustica o formalmente educativa y cultural.

Como sea, es una buena excusa para hablar sobre mitologías religiosas y procesos de sincretismo cultural que han tenido lugar en las regiones mayenses. Chaac es una deidad maya antigua, relacionada con el agua, el trueno y el rayo. Se le representa como un hombre anciano, con una nariz larga (a veces en forma de trompa) y con colmillos prominentes; en una mano porta una hacha en forma de rayo y, en la otra, un calabazo de la que salen serpientes de agua. La mitología maya lo ubica como un habitante del inframundo que salía de las cuevas y cenotes para hacer lluvia y tormentas; por tanto, la participación de Chaac en la agricultura en esta cosmogonía es indispensable.

Con la llegada del cristianismo a la península (la primera diócesis católica en tierras hoy mexicanas fue erigida justo como Diócesis Carolense de Yucatán en 1518 y fue suprimida en 1525), la evangelización sustituyó el sistema de creencias locales por la historia de la salvación judeo-cristiana. Sin embargo, el proceso de sincretismo religioso hizo converger a la deidad mayense Chaac con el santo católico Isidro Labrador, labriego mozárabe del siglo XI cuyos milagros -casi todos vinculados a la lluvia y a la agricultura- lo hicieron sujeto de devoción popular por casi cinco siglos antes de que fuera canonizado formalmente por el Papa y la Iglesia católica.

Entre los milagros atribuidos a San Isidro están los de convocar a la lluvia, pero también hacer que los bueyes trabajen por sí solos el campo, el rescate de un niño que cayó en un pozo, la protección de los campesinos ante bestias salvajes, la multiplicación de los alimentos y la abundancia de las cosechas. Es decir, es un santo ligado al temporal, al campo y a la agricultura. Las frases populares con las que se conoce al santo madrileño son “San Isidro Labrador, pon la lluvia y quita el sol” y su reverso: “San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol”. Ambas rogativas evidencian una especie de facultad casi divina para manipular el clima a voluntad; por ello, aún en la actualidad, varias comunidades campesinas en la península yucateca mantienen una devoción sincrética a Chaac y San Isidro, con ofrendas y ceremonias. Además, a diferencia de la iconografía clásica española de San Isidro (azadón y bueyes), en México se le representa muchas veces con un hacha y un cántaro-calabazo, como a Chaac.

Sin embargo, ni Chaac ni Poseidón quizá sean las más adecuadas figuras mitológicas que representan los desastres por tormentas e inundaciones. En 1999 se descubrió una plataforma jeroglífica en el Templo 19 de Palenque que hace un relato poco conocido de la mitología maya clásica: El suceso cósmico de destrucción que dio paso a la creación de una nueva tierra. Según el relato, se trata de la decapitación de un caimán con atributos de estrella y venado (el Cocodrilo venado estelar) cuya torrente de sangre provocaría un caudal decorado de conchas, jade y huesos; así, la muerte del cocodrilo venado estelar traería un proceso de destrucción y renovación del universo, a través de un gran diluvio e inundación.

La historia no queda ahí, en otra inscripción, se muestra al ‘Señor del Maíz’ revestido con un yelmo de caimán muerto (el Cocodrilo venado estelar) y con una mazorca en la mano. Los estudiosos aseguran que es una de las mejores representaciones del sentimiento de renovación de los frutos de la tierra después de las graves tormentas e inundaciones. No sólo para afirmar que después de la tormenta viene la calma sino que, viene la vida, una vida renovada como también dice también ese poema mayense: “Bajarán abanicos del cielo, bajarán enramadas de hojas del cielo, bajarán ramilletes perfumados del cielo. Sonará el atabal, sonará la sonaja”. Ánimo a los amigos de la península.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe



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Felipe Monroy

Para entender la excomunión y su gravedad

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En las últimas semanas se divulgó ampliamente la noticia de excomunión a un alto jerarca italiano y a un grupo de monjas conventuales en España. De manera simple, la excomunión se considera la pena más grave para un bautizado y consiste en apartarlo de la comunión de los fieles de la Iglesia Católica así como del acceso a los sacramentos; sin embargo, quizá no se dimensiona enteramente lo que esta pena impone a un creyente católico.

De hecho, no pocos feligreses –con más gentileza que comprensión de la gravedad de la excomunión– de inmediato declararon que comenzarían a rezar por las ex religiosas y el ex arzobispo cismáticos. Y aunque a nadie se le prohíbe rezar y pedir la intercesión divina por un excomulgado, justo lo que habrían perdido estas personas con su excomunión es tanto la dimensión mística de pertenencia como el vínculo de unión con la Iglesia. Así, sólo auspiciados por una misericordia divina incognoscible para los mortales, los excomulgados no pueden recibir las gracias, los favores, las intercesiones ni la salvación por parte de la Iglesia. No hasta que manifiesten su arrepentimiento, la declaración pública del credo, el acto de fe y la manifestación de obediencia al sucesor de Pedro (el Papa) y a los sucesores de los apóstoles (los obispos).

Así que, para entender la excomunión es necesario comprender en qué consiste la comunión y qué es lo que pierde un bautizado cuando es declarado excomulgado (o cuando entra en excomunión de forma automática por cometer pecados graves cuya absolución está reservada al Papa o a los obispos).

Según el Catecismo de la Iglesia Católica, la comunión en la Iglesia está fundamentada en la unidad de los fieles en Cristo y con Cristo. Esta unidad se manifiesta de manera plena en la Eucaristía, el sacramento de la comunión por excelencia del que emana la unidad de toda la asamblea de creyentes (tanto de la Iglesia militante -los católicos que habitan la Tierra-, la Iglesia purgante -los fieles difuntos que purifican sus faltas en el purgatorio-, y la Iglesia triunfante -quienes están plenamente en presencia de Dios-). La comunión desde esta perspectiva habla de una relación vertical, con Dios y, al mismo tiempo, en una relación horizontal, que se verifica entre todos los miembros de la Iglesia.

Pero además, esa Iglesia vive y permanece en una comunión jerárquica donde forman parte fieles, clérigos y laicos; y en ese orden –presidido por el Papa y los obispos en comunión con él– se garantiza y mantiene la comunión. Esto último es importante porque la excomunión no sólo acontece cuando se explicita el rompimiento de los bautizados con Cristo sino también con los signos visibles de la comunión jerárquica de la Iglesia, que son el sumo pontífice y el cuerpo episcopal. Por eso Benedicto XVI no se cansó de mencionar que la comunión eclesial “es un don y una tarea”.

Entonces, ¿de qué se pierden los excomulgados? De entrada, si la comunión en la Iglesia refleja la unión con el Cuerpo Místico de Cristo, los excomulgados no pueden entrar en esa unión (salvo que les sea desatado tal impedimento), no pueden participar de ningún sacramento, especialmente la Eucaristía. También se deja de pertenecer a la comunión eclesial sin poder participar ni recibir los dones particulares de sus miembros; el excomulgado además pierde temporalmente su “sitio” en la histórica peregrinación de la Iglesia terrenal hacia la Gloria. En concreto, los efectos de la excomunión son la pérdida de los sacramentos, de los servicios públicos y oraciones de la Iglesia, el entierro eclesiástico, la jurisdicción, los beneficios, derechos canónicos e interacción social para el excomulgado.

Perder la pertenencia a dicha unidad es una forma de entender la excomunión y aquel que recibe esta pena –ya sea por vía de un juicio canónico o por realizar actos conscientes, premeditados o consuetudinarios contra los principios de esa unidad– debería, en principio, hacer lo posible por recuperarla. El auténtico creyente tendría necesidad de recuperar su lugar en esa unidad; de hecho, en el pasado, a los fieles católicos se les conminaba a no entrar en diálogo, contacto o convivencia con los excomulgados ni en temas religiosos ni en la vida cotidiana o asuntos profanos.

Ahora bien, ¿hay excomuniones injustas? La respuesta es simple: sí. Decía un pontífice que mientras “algunas personas pueden estar libres a los ojos de Dios, permanecen atadas a los ojos de la Iglesia; y viceversa: algunos pueden ser libres a los ojos de la Iglesia pero atados a los ojos de Dios. El juicio de Dios –explicaba– se basa en la verdad en sí misma; el juicio de la Iglesia se basa en argumentos y presunciones que, en ocasiones, son erróneos”. Y, sin embargo, el camino tanto para el excomulgado justamente como aquel inocente excomulgado, en el fondo es el mismo: Está obligado a obedecer la autoridad legítima y a comportarse con humildad, como quien está bajo la proclama de excomunión hasta que se rehabilite o resuelva.

El inocente quizá no ha perdido la comunión interna con la Iglesia y Dios le puede conceder toda la ayuda espiritual necesaria; pero su deseo de ser signo visible de unidad, le urgiría a recorrer el mismo camino de penitencia y humildad que uno culpable, de lo contrario, de no querer buscar solución o desde la vanidad de sus certezas, la excomunión sería el menor de sus problemas.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

El ocaso partidista

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La evolución (o degradación) de las estructuras políticas en el país tras el proceso electoral ha sorprendido por el nivel de crispación tanto en las fuerzas que recibieron el apoyo ciudadano en las urnas como en las que no alcanzaron a convencer a la población de sus intereses e intenciones políticas. Todo parece indicar que se terminó la era de la política que parecía limitarse a cierta administración de procesos de una manera aséptica sin arriesgarse a cruzar los fangos de las tensiones ideológicas.

Aún hay algunos personajes anclados en los ideales de la tecnocracia apolítica que consideran que todos los procesos del gobierno, la administración pública y la contienda electoral deben sucederse sin conflicto, bajo códigos casuísticos exhaustivamente previstos y en la falsa presunción de imparcialidad ante los grandes temas y desafíos sociales.

En los últimos comicios europeos se ha visto con más claridad que los procesos electorales no se juegan sólo bajo un cordial recambio de partidos y funcionarios sino a través de una decidida expresión política e ideológica sobre el futuro de sus naciones en varios niveles; procesos que además exigen suficiente astucia política para alcanzar acuerdos entre diversas fuerzas partidistas con mínimos y límites de valores y principios.

Esto último es importante porque si la política se ‘deslava’ de ideales sucede que los únicos acuerdos políticos posibles entre fuerzas partidistas distintas son los escaños en congresos, las posiciones en listas plurinominales, las titularidades en gabinetes y hasta el reparto de órganos descentralizados y notarías públicas, como bien quedó demostrado en el ignominioso episodio de prebendas intercambiadas entre dos fuerzas partidistas otrora antagónicas pero aliadas con el único propósito de gerenciar feudos de poder.

El contundente triunfo de Morena en el proceso electoral (no nos detendremos aquí a debatir moralismos sobre erróneos ideales escépticos de la política a ras de suelo) ha abierto frentes de confrontación evidentes en la propia estructura y organización del partido así como en los ideales discursivos del movimiento. Era de esperarse; cada victoria política está ensombrecida por soberbias y arribismos que deben ser moderadas por la disciplina que impone la estructura. Obviamente, la recompensa a fidelidades es sencilla hasta que se acaban los fondos o los escaños para distribuir.

En los partidos de oposición que resultaron desestimados por el electorado la cosa no pinta mejor. El cinismo de la dirigencia panista cuya estrategia aliancista sólo parecía perseguir el objetivo de colocar a la cúpula y a sus aliados bajo la protección del fuero legislativo plurinominal es cuestionado –a toro pasado– por la militancia del partido con justa indignación. En un programa de revista, miembros de la élite panista se acusaron mutuamente de arribismos y cálculos pragmáticos; nadie destacó, sin embargo, valores, principios, doctrina ideológica del partido o siquiera razones políticas para sumar un sólo adepto a sus filas.

En segundo lugar, lo sucedido en el otrora partido hegemónico mexicano, el PRI, durante y después de su asamblea poselectoral sólo tiene un adjetivo: calamitoso. Desde la bestial reelección de su dirigente y la reacción violenta y destructiva de sus detractores hasta el reparto de culpas históricas de priistas contra priistas en niveles alucinantes. Incluso se culpan mutuamente de haber participado en el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI en 1993, hace un cuarto de siglo. Nuevamente, entre cientos de litros de saliva, ni una palabra sobre principios, doctrina, valores o identidad de un partido político que busque nutrir o engrosar sus adelgazadas filas.

Y finalmente, en una última teatralidad de los dirigentes perredistas sobrevivientes: se busca capitalizar como identidad política algo que sólo fue marketing electoral. En la malograda convocatoria del Frente Cívico Nacional se habló de utilizar y movilizar las ‘fuerzas’ ciudadanas de la llamada ‘Marea Rosa’ para la construcción de un nuevo partido político. No existe tal fuerza porque no hay ninguna identidad política que cohesione a quienes participaron en las marchas del 2023 y 2024; en gran medida fueron grupos ciudadanos desarticulados que, claramente manipulados, siguieron una tendencia que les hacía “odiar algo” pero que jamás compartieron una sola propuesta o ideal común. Literalmente, el líder visible de ese frente arengó a convertirse en una fuerza política que pregunte a la gente “qué quiere”; no hay un solo ideal, sólo el interés de hacer una estructura política vacía y genérica con presupuesto para gastar.

Hace más de un siglo, Antonio Gramsci reflexionaba sobre la necesidad de que las naciones cuenten con partidos políticos serios y consecuentes, sustentados en ideas claras y propósitos conscientes; y advertía que: si las fuerzas políticas no están organizadas ni armadas con una voluntad clara y directa, si no persiguen un plan de acción político que se adhiera al proceso histórico, si se limitan a un frío y calculado plan abstracto, entonces no nos queda sino hacer predicciones de cómo las fuerzas en juego se tornan primitivas, impulsadas por instintos oscuros y opacos; y cómo se vuelven un fenómeno inercial determinado por pasiones y necesidades básicas: el hambre, el frío… y el miedo ciego, enloquecido, a lo incomprensible.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Señales vaticanas al episcopado mexicano

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Dice el refrán de la diplomacia vaticana que “de Roma viene lo que a Roma va”; que en el fondo sólo explica que la Santa Sede no se involucra en asuntos locales sino hasta que éstos piden consejo o apoyo al Vaticano. Es decir, es sumamente raro que de Roma surjan instrucciones u orientaciones inmotivadas, dirigidas a las Iglesias nacionales o locales; sin embargo, sí hay un instrumento de influencia y comunicación que tiene su propia naturaleza y su propio mensaje: se trata de los imprevistos nombramientos episcopales.

Desde hace décadas, la maquinaria eclesiástica mexicana ha pulido con mucha eficiencia los procesos de promoción episcopal. Gracias a una buena relación burocrática con la Santa Sede y a una sistematización en la evaluación, valoración y seguimiento de los candidatos al colegio episcopal, los obispos mexicanos han sido el principal estructurador de su propio episcopado. Cumplen la máxima: Los informes que van a Roma de sus sacerdotes candidatos a obispo (con dos evidentes aduanas: la Conferencia del Episcopado Mexicano y la Nunciatura Apostólica en México) casi siempre retornan en forma de nombramiento episcopal. Sucede igual con las promociones de obispos auxiliares a obispos diocesanos y de éstos a arzobispos metropolitanos; la carrera eclesiástica mantiene cierta disciplina en los escalafones jerárquicos.

Este mecanismo funciona, pero de vez en cuando es Roma la que sorprende con intuiciones que en ocasiones rebasan los mecanismos ya probados. El 21 de junio pasado, la Santa Sede liberó el anuncio del nombramiento del sacerdote yucateco, Luis Alfonso Tut Tún como obispo auxiliar para la Arquidiócesis de Antequera-Oaxaca. El nombramiento no es necesariamente inesperado pero sí repentino y quizá ligeramente anticipado cuyo objetivo no parece ser otro que el de apoyar en un momento clave a la Iglesia mexicana, especialmente en lo que respecta a las relaciones tanto políticas como comunicativas que el episcopado nacional estará obligado a atender con las autoridades civiles en el país.

Tut Tún es un sacerdote yucateco de 46 años, originario de Acanceh (apenas a 30 kilómetros de Mérida), recibió el orden presbiteral a los 28 años e inmediatamente fue enviado a Roma a estudiar en el Pontificio Ateneo de San Anselmo; regresó a la Arquidiócesis de Mérida y realizó un intenso trabajo como vicario parroquial, capellán, asesor de movimientos laicales y profesor de seminario. Sólo estuvo cortos meses en su patria para ser enviado nuevamente a Roma como oficial de la poderosa Congregación para los Obispos de la Santa Sede.

Durante 13 años, Tut Tún trabajó en las entrañas del Vaticano primero para el legendario cardenal Giovanni Battista Re (hoy, decano del Colegio de Cardenales) y después para uno de los más activos funcionarios vaticanos, el cardenal canadiense Marc Ouellet, quien retuvo al sacerdote mexicano durante toda una década y hasta que la reforma de la Curia Romana y su constitución apostólica Praedicate Evangelium entraron en vigor en junio del 2022. Al finalizar ese verano, Tut Tún volvió a México para ser atinadamente enviado a labores parroquiales por el arzobispo de Mérida, Gustavo Rodríguez Vega; una designación que cumplía con la preparación episcopal actual puesto que los candidatos al solideo idealmente deben cumplir con experiencia como formadores, como funcionarios y como pastores. Sin embargo, nuevamente con gran celeridad, Tut Tún es promovido por la Santa Sede como obispo auxiliar en Oaxaca.

El perfil y las altas cartas credenciales romanas del sacerdote Tut Tún como obispo auxiliar para la arquidiócesis comandada por Pedro Vázquez Villalobos (quien debe presentar su renuncia en un par de años) incluso confundieron a la prensa local creyendo que el papa Francisco marcaba la sucesión anticipada del jaliciense. Nada más lejos de la verdad y, sin embargo, el vertiginoso nombramiento de Tut Tún quizá sí conlleva un mensaje desde el Vaticano a la Iglesia mexicana.

En el último lustro, la Iglesia en México ha mostrado interés de participar en el debate público en muchos temas; y no siempre en su agenda prioritaria (dignidad humana, construcción de paz, evangelización, misión, caridad comunitaria) sino en asuntos limítrofes de lo político-partidista e incluso en lo técnico-administrativo del Estado mexicano. Ha pasado una década desde aquel discurso del papa Francisco dado el 19 de mayo del 2014 a los obispos mexicanos en visita Ad limina (“A los Pastores no compete, ciertamente, aportar soluciones técnicas o adoptar medidas políticas, que sobrepasan el ámbito pastoral”) y no se deja de caer en la misma tentación: si la agenda política mexicana es caótica, por ello parece una obligación de la jerarquía eclesiástica querer explicarla o arreglarla a fuerza de comunicados o intervenciones mediáticas. Perseguir los desenfrenados carruajes faraónicos (las agendas de poder fáctico-comunicativo) hace perder con frecuencia la perspectiva de las urgencias reales e inmediatas del pueblo creyente y de la ciudadanía.

La distancia emocional con la política mexicana y la probada experiencia del obispo electo Tut Tún en las más arduas esferas pontificias son una señal inequívoca desde la Santa Sede para que la Iglesia nacional comience a reflexionar en los perfiles de servicio y representación que requerirán las próximas elecciones en la Conferencia del Episcopado Mexicano.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Una espada cargada de demonios

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En la antigüedad se solía decir que la espada de un rey, aunque jamás hubiera sido utilizada en la guerra, guardaba los mismos demonios que la de sus generales y soldados en el campo de batalla. Y hoy sirve esa metáfora en forma de advertencia respecto a lo que ocurre en el seno de lo que siempre se ha autodefinido como “Cuarta Transformación de la vida pública de México”; pues más allá de los acuerdos o las normas alcanzadas en la cohorte morenista, los tejidos de sus blasones son inseparables de quienes aportaron en la contienda, pertenezcan o no a la nobleza partidista.

El conflicto que se cuece en el interior del movimiento político tiene dos lecturas y ambas anticipan cambios importantes: O el poder no alcanza a repartir los beneficios del triunfo a todos los aliados o el movimiento ha desaparecido para convertirse en estructura. Como sea, el ‘segundo piso’ de la Cuarta Transformación está obligado a cimentarse en redefiniciones radicales de poder y de justicia, al punto de cambiar ideales por disciplina.

Es claro que todo triunfo electoral en un contexto democrático genera euforia y renovación de confianza en los partidarios y adherentes a un movimiento político; sin embargo, cuando los principios y valores se consolidan en normas y acuerdos, reviven los Trasímacos y los Glaucos para redefinir el sentido utilitario del poder y de la justicia como se expresan en la ‘República’ de Platón.

En los diálogos platónicos, Trasímaco afirma que la justicia no es otra cosa que la “conveniencia del más fuerte”. Así, más allá de los principios o valores éticos, morales o universales que pueden revestir a la justicia, ésta se vuelve un mecanismo de interés de quienes tienen el poder. No es ninguna sorpresa que los vencedores de un proceso electoral democrático estén obligados a consolidar su poder y promover políticas que beneficien a su propio grupo incluso por encima de las búsquedas o intereses cercanos de los aliados en la contienda; sin embargo, en el proceso deben renunciar a los principios para imponer normas o acuerdos. Bajo esta lectura, el poder ya no se moviliza, se conserva; y se conceden facultades por pacto más que por intención. Este es el primer demonios de espada en el rey vencedor.

El otro personaje de los diálogos platónicos es Glauco y él plantea una reflexión complementaria a la idea de la justicia y el poder. Glauco asegura que la justicia es sólo una carga que el individuo soporta exclusivamente por temor al castigo. Al igual que Trasímaco, no considera que la justicia se ponga en práctica porque sea inherentemente buena o bondadosa; sin embargo, a diferencia de aquél, cree que no es el poder sino el riesgo de ser descubiertos o el potencial castigo el que disuade al individuo a cometer injusticias. Bajo su interpretación (y el relato del Anillo de Giges que, haciendo invisible a su portador, lo convierte en un violentador de todas las normas existentes), el único límite del poder para cometer injusticias es la visibilidad de sus actos. El segundo demonio en la espada del rey es la espada misma, la evidencia de su mal obrar.

En el fondo, el riesgo es el mismo: caer en la tentación de utilizar la justicia de manera instrumental, más para mantener orden y consolidar el poder, menos para fomentar la equidad y el respeto a valores comunes en torno a la ley y la dignidad.

Los vencedores políticos -todos- buscarán la consolidación de su poder, centralizarlo y marginar a los opositores, es parte del juego; sin embargo, si la justicia se manipula para servir exclusivamente a fortalecer al poderoso y no para abrir espacios de equidad a los débiles, no sólo se desvirtúa su propósito sino se pone en riesgo la búsqueda del bien común. Y la centralización del poder es el menor de los males para la justicia: el nepotismo, la corrupción y la instrumentalización de la misma son rasgos que pueden generar crisis no sólo de legalidad, sino de legitimidad del poder obtenido. Ello siempre deriva en la erosión de la cohesión y el tejido social y, eventualmente, en conflictos y protestas.

La conversión de un movimiento político en una estructura de poder casi siempre muta sus principios éticos y morales originales en mecanismos de control; y ahí lo único que conjura ese riesgo es el compromiso del dueño de la espada. La justicia en su uso requiere transparencia y responsabilidad. Tras un triunfo electoral, es imperativo mantener un equilibrio entre el ejercicio del poder y la promoción de la justicia, asegurando que las políticas y acciones de los liderazgos reflejen un compromiso genuino con el bienestar de toda la sociedad y no solo con los intereses de grupo o de unos pocos.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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