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Opinión

La Reforma que viene. El Poder Judicial. 

Emanuel Mendoza Cancino

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“Que todo el que se queje con justicia tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario 

Generalísimo José María Morelos y Pavón 

En México, hace mucho que la justicia se escribe con minúscula. Los ministros y los jueces, ni son autónomos, ni son independientes, con sus honrosas excepciones. 

Es práctica común que la justicia se vende, que está al mejor postor. Que los jueces se doblan ante los grandes intereses. La SCJN al legalizar el anatocismo, el cobro de intereses sobre intereses, se puso del lado de los bancos y en contra de los deudores.  

La SCJN al negar el amparo en contra de los gasolinazos, dejó a los ciudadanos indefensos ante un reclamo justo. 

El poder judicial al ponerse al servicio de los poderosos, se fue quedando solo, perdió credibilidad y respeto. Al encerrarse en su mundo, los ministros, magistrados y jueces, cometieron excesos que los han llevado a usar el poder judicial para enriquecerse. Juraron respetar y hacer respetar la ley, y han hecho  todo lo contrario. Han usado sus cargos para acomodar a sus familias, parientes, amigos. La ley les prohíbe el nepotismo, y lo practican con soberana alegría. 

Desde su publicación, el 24 de agosto de 2009, la reforma al artículo 127 constitucional establece que ningún servidor público podrá percibir remuneración mayor a la que recibe el Presidente de la República. Desde entonces ha sido letra muerta. La SCJN no hizo nada para que se cumpliera, por el contrario, gozan de sueldos y privilegios que resultan ser un agravio y una burla en un país donde el salario mínimo es de 88 pesos diarios. 

Al resistirse a perder sus privilegios, la Corte no entiende que las cosas ya cambiaron. Que el voto popular del primero de julio, es una decisión del soberano contra el derroche, la corrupción, la impunidad y los privilegios. Es un voto por la Justicia con mayúscula.  

Fue patética y reveladora la manifestación de los jueces contra la disminución de sus salarios. Nunca protestaron por nada de lo que la ha dolido al país. Nunca los hemos visto marchar al lado de las madres de los desaparecidos, de los jóvenes o maestros defendiendo la educación pública, nunca al lado de las causas de la gente. Por eso se quedaron solos.  

Nadie defiende al poder judicial, porque hace mucho tiempo que el poder judicial le dio la espalda al pueblo. 

Llegó la hora de la Cuarta Transformación. No solo es una cuestión de reducir los salarios gigantescos. Cosa que se hará y que incluye a todos los servidores públicos. De organismos paraestatales, descentralizados, empresas productivas del estado, fideicomisos, gobernadores, presidentes municipales, síndicos, regidores, alcaldes, concejales, órganos autónomos, diputados, senadores, congresos estatales, suprema corte de justicia de la nación, consejo de la judicatura, tribunales electorales. 

Cuando una institución ya no cumple con la finalidad social que le dio origen y sentido, razón de ser. Tiene que irse.   

El país reclama JUSTICIA, quienes hoy la imparten no cuentan con la calidad moral, ni la confianza de la gente. La SCJN como la conocemos hasta hoy, está tocada de muerte. 

Se necesita un nuevo diseño del Poder Judicial, con mujeres y hombres, libres y verdaderamente autónomos, que hagan de la máxima del Generalísimo Morelos, la razón de su existencia.  

Se necesitan jueces, magistrados y ministros que entiendan, que la Justicia y la Patria, son, más grandes y más importantes que sus bolsillos.  

 

Agustín Guerrero Castillo
@agustingc2012 

 



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Laboratorio de Ideas

¿Qué aprendimos de la elección del 2006?

Cristian Ampudia

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De pronto, y en medio de una pandemia mundial, nos encontramos con la madre de todas las batallas electorales: la elección del 2021 en México, por la que ya comenzamos a ver cambios en el panorama político en el país y en la vida pública.

Y no es para menos. Es probable que estemos hablando de las elecciones más importantes en la historia de México, pero pongámoslo en perspectiva: el año entrante se renovarán 15 gubernaturas estatales, de las cuales actualmente ocho son del PRI, cuatro del PAN, una independiente (Nuevo León), una del PRD (Michoacán) y una de Morena (Baja California).

De entrada esto puede pintar de una color diferente el mapa electoral del país, o de varios, ya se verá en los meses siguientes.

También se renovarán 27 legislaturas y 28 ayuntamientos de entidades federativas.

Si lo vemos en cifras, en los próximos comicios electorales estarán en disputa alrededor de 3 mil 200 cargos de elección popular, entre diputados (federales y locales), alcaldes, regidores y síndicos municipales. Además de los ya citados 15 gobernadores.

Sólo Durango y el Estado de México no tendrán comicios locales, lo que puede dar una muestra de la dimensión de estas elecciones, sin embargo, no es lo más importante de este ejercicio democrático, no.

La importancia radica en que estarán en juego dos visiones de país (difícilmente habrá una tercera), de cómo manejar las riendas de México y una sociedad polarizada al extremo, tal y como sucedió en las elecciones del 2 de julio de 2006.

Aquella jornada electoral se caracterizó, además de la marcada división entre los seguidores de Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador, por la ventaja que tuvo el tabasqueño al inicio de los conteos rápidos, misma que se fue diluyendo conforme avanzó la noche.

Fue hasta las primera horas del jueves 6 de julio, con casi el 98% de las casillas computadas, que se dio a conocer que Calderón desplazó a López Obrador en la contienda por la presidencia. El conteo finalizó aquella misma tarde y el presidente del Instituto Federal Electoral (IFE), Luis Carlos Ugalde, declaró vencedor a Calderón Hinojosa por un margen mínimo.

Desde entonces, se desataron una serie de movimientos en defensa del voto por parte de ambos bandos, los cuales parecían comenzar a ser cosa del pasado. Hoy enfrentamos un escenario muy similar en cuanto a polarización se refiere y Morena buscará demostrar que puede llevarse el carro completo y no suena descabellado. La razón es sencilla: sus oponentes no parecen estar listos ni organizados para dar pelea.

Restan muchas variables a tomar en cuenta en el futuro de esta elección. ¿Recuerdan que abrimos esta columna señalando que estamos en medio de una pandemia que aún no ha sido superada? Es muy posible que el resultado de las elecciones dependa de lo bien o mal librado que salga México de este infortunado asunto.

Una vez más la premisa dictada “estás conmigo o contra mí” (con todas las consecuencias que tuvo para el país) parece ser el común denominador para la siguiente elección. La polarización ya se respira y los partidos tienen lista la maquinaria para salir a buscar una vez más el voto… entonces, una vez más le pregunto: ¿qué aprendimos de la elección del 2006?

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Análisis y Opinión

Discurso para un entremés sexenal

Felipe Monroy

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¿Por qué la comunicación de López Obrador parece cada vez menos eficiente? ¿Qué ha pasado con ese orador absoluto que motivaba, cautivaba y convencía a millones de mexicanos desde el podio? A dos años de su triunfo electoral, el presidente ofreció nuevamente un informe sobre el estado de la administración federal en lo que ha denominado Cuarta Transformación de la vida pública de México, y vale la pena analizar lo que sucede en materia comunicativa presidencial.

Debido a la pandemia y a la incertidumbre, el mensaje de este primero de julio sufrió obvias limitantes: El escenario, aunque simbólico, resultó más sombrío que solemne; en el proscenio, una inquietante silla vacía sin propósito tensaba la atención al orador; y el público (Beatriz Gutiérrez más un puñado de miembros del gabinete), apenas se hizo notar por sus aplausos de reciedumbre. Lejos del pueblo y de la base social que lo llevó al poder, López Obrador sólo tenía su discurso para brillar.

Y, sin embargo, nada destacó en la base del discurso. El presidente se mantiene en sus trece respecto a su mensaje. El texto es idéntico en estructura a los ofrecidos los últimos cinco primeros de julio y diciembre. Todos están construidos de la siguiente manera: 1. La identidad de la 4T; 2. Los nobles principios que le caracterizan; 3. Los logros y avances de la administración; 4. La naturaleza y resistencia de los adversarios; y 5. El legado histórico al que se aspira.

No es una mala estructura; de hecho, guarda una cualidad pedagógica eficiente. Pero algo sucede con estos mensajes (que en realidad son muy altas oportunidades de comunicación por su expectativa): cada vez se asemejan más a un inocuo ruido de fondo, un sonsonete prescindible cuyo sentido se ha diluido. ¿Por qué?

Hay un riesgo en este tipo de discursos, suelen provocar vacío en el oyente honesto, en el ciudadano que dispone su atención sin fanatismo ni prejuicio. Es un hecho que al partidario no le interesa el contenido del mensaje sino la forma y la retórica de la victoria; mientras, el malqueriente sólo espera con malsana fruición las fallas y las ofensas para señalarlas. Pero ¿qué hay para esa franja ciudadana que escucha con criterio y expectativa razonables? ¿Cómo volver a ganar su interés?

Para muchos, el modelo de comunicación presidencial de López Obrador está ya agotado debido a la permanente y extensa conferencia matutina junto a los profusos y reiterados informes a la nación. La identidad de la 4T requiere más hechos que palabras; sus principios exigen ejemplos y no sólo promesas; los mencionados avances esperan el imprescindible contraste periodístico; los adversarios evidencian sus credenciales por sí mismos; y corresponderá a la historia juzgar si esta administración deja o no buen legado.

Sin embargo, hay una explicación más simple: el mensaje presidencial ya no interpela ni a la imaginación ni a la expectativa de las audiencias. Los ciudadanos, ávidos de teorizar, interpretar y participar activamente en la comunicación (los llamados ‘prosumidores’, productores y consumidores de información), no reciben estímulo alguno para construirse narrativas sociales futuras, para animarse a la esperanza o para sentirse partícipes de una ilusión.

En el pasado, el discurso lopezobradorista conseguía esa esperanza: motivaba narrativas en millones de mexicanos que eran capaces de imaginarse en escenarios distintos a la podredumbre política imperante; detonaba en la mente de los ciudadanos la idea de su papel crucial en la urgente necesidad de un cambio radical; despertaba en ellos la necesaria confianza para depositar en él la misión de acabar con la corrupción que mantenía sumida en la pobreza y la violencia a toda una nación.

El futuro, no obstante, será de quien hoy siembre en las historias personales de los ciudadanos, una narrativa que le conmueva o apasione hasta la diligencia participativa. Por desgracia, el discurso presidencial parece ahora apelar a la pasividad, a la paciencia del respetable; más que partícipe, el ciudadano se reduce a espectador de conferencias y mensajes.

Si se pone atención, López Obrador colocó en posiciones equidistantes (justo antes y después de enumerar los avances de su administración) dos ideas aparentemente distintas pero que cumplen un mismo propósito: “Nunca, en más de un siglo, se ha insultado tanto a un presidente de la República…” y “sostengo que para el 1° de diciembre de este año estarán ya establecidas las bases de la nueva forma de hacer política”. En concreto, dice que, a pesar de las resistencias, buscará cincelar su oportunidad histórica. Es un bello pensamiento dicho en voz alta, pero nada más.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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