¿Cuál sería la explicación, de concretarse esa eventualidad, que ofrecerían las casas encuestadoras por el resultado de la elección?

¿Cuál sería la explicación, de concretarse esa eventualidad, que ofrecerían las casas encuestadoras por el resultado de la elección? También, ¿qué les dirían algunos medios a sus lectores, que creyeron a pie juntillas lo que el medio les fue diciendo que no era otra posibilidad que el cuarto lugar?

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Fueren cuales fueren las respuestas, y fuere cual fuere el resultado, hay un hecho que no debe ser soslayado: Las encuestas, aun cuando usted dude de esta afirmación, no tienen -entre sus diversos usos-, la de pronosticar quién sería el ganador.

En consecuencia, si nos atuviéremos a este hecho incontrovertible, tanto las casas encuestadoras como los medios que elaboran y publican las suyas propias, ni las unas ni los otros tendrían culpa alguna.

¿De quién sería entonces la culpa, de haber alguna? De quienes ignorando todo acerca de lo que es un instrumento como las encuestas, se dejan llevar por las opiniones interesadas de quien quiere vender la idea, perversa y sin el menor sustento en alguna encuesta, que éste o ésta será el ganador este 4 de junio.

Estaríamos aquí, guardando las debidas proporciones, ante la repetición de las bromas de cada 28 de diciembre cuando, el que cayó en la broma le decimos: Inocente Palomita, que te dejaste engañar.

Pero sigamos con la pregunta del título.

¿Qué pasaría ante dicha eventualidad? ¿Qué explicaciones darían, tanto los candidatos que hubieren sido derrotados como sus coordinadores de campaña y los líderes de los partidos que los hubiesen designado candidatos?

Las explicaciones, usted bien las conoce. Se cumpliría aquella sabia sentencia de la finada María de las Heras que nos enseñó; En México no hay candidatos derrotados, solo candidatos que han sido objeto del fraude electoral o que les robaron la elección.

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Hoy, no falta por ahí aquél que, sin ser candidato, pero sí manipulador de candidata, afirme sin el menor recato que habrá un fraude para concretar, no otra cosa que la derrota de aquélla, a la que presenta como una empleada y no como la candidata de su (Nunca como esta vez ha sido más correcto y objetivo el uso del posesivo) partido.

Prepárese pues porque, al margen y por encima de la decisión de los electores, con toda seguridad tendremos un conjunto numeroso de denuncias lo cual nos llevará a reconocer -¡cuánta razón tenía María de las Heras!-, al afirmar que, en México, no hay políticos que hayan sufrido una derrota, pero eso sí, muchos fraudes electorales.

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