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Análisis y Opinión

El conspiracionismo, debilidad absoluta

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La ‘sospecha facilona’ en realidad siempre ha estado presente en nuestras vidas, pertenece casi a las propiedades de la psique y la convivencia humana. La paranoia conspirativa ha acompañado a la humanidad desde que las cosechas de los vecinos parecían más abundantes sin razón. Desde una perspectiva religiosa, si la tierra, la semilla, el cielo y el trabajo son los mismos pero la cosecha es diferente, la razón es clara, Dios ha querido dar un mensaje o, por el contrario, el príncipe del mundo literalmente ha sembrado la discordia entre hermanos.

En estos días, gracias a la inmensa cantidad de ruido y basura en el sistema informático, formativo y de entretenimiento global, la sociedad debe convivir con muchas y muy diversas teorías de conspiración que buscan explicar(se) -con cierta flojera racional, debo decir- realidades sumamente complejas. Por ejemplo, la aparición del supuesto personaje ‘QAnon’ cuyas revelaciones explicarían todos los controles de la nación norteamericana: desde el fondeo de los partidos políticos hasta los resultados electorales. El tal ‘agente Q-Anónimo’ tendría ‘pruebas’ de la existencia de un poderoso grupo de “adoradores de satanás que quieren apoderarse del mundo secuestrando niños que los violan y asesinan sólo para beber su sangre”.

Estas ideas son las que soportan la indignación de un amplio grupo social sobre los resultados electorales desfavorables a Trump, por ejemplo. Concedamos por un momento que quizá tengan razones para estar indignados, la nación norteamericana ha dado muestras de su debilitamiento democrático; pero el razonamiento no sólo es pueril, es estéril porque no ayuda a recuperar la confianza en la participación democrática, todo lo contrario.

Este fenómeno en el ámbito religioso reproduce el mismo efecto. También en estos días cundieron fantasiosas teorías sobre los engaños del mal dentro de la Iglesia y la feligresía católica. Ciertos voceros de todos los niveles de jerarquía eclesiástica no sólo cuestionaron el cierre preventivo del Santuario de Guadalupe, sino que acusaron a terceros de someterse a los planes del demonio; no sólo mostraron inquietud en la alianza de megamillonarios con la Santa Sede para ‘moralizar el capitalismo’, señalaron al Papa como un operador de los brazos financieros del maligno.

En su razonamiento, la denuncia que realizan busca despertar y alertar al incauto, al inocente; para salvarlo, para iluminarlo. Pero en sus acusaciones no sienten pudor de señalar ‘negocios perversos’, ‘intenciones homicidas’ y ‘descarados engaños’ que sólo ellos pueden ver, lógicas que sólo ellos pueden entender, asociaciones de acontecimientos que sólo ellos pueden explicar. Se autoerigen como intérpretes de una realidad inaccesible para sus destinatarios.

Se trata de predicadores de calamidades que, ante la ausencia de fieles en sus templos, utilizan toda plataforma existente como púlpito de su jactanciosa sabiduría: ministros que recriminan la prohibición de peregrinos mientras ellos esperan cómodamente tras los muros de su templo; pastores que lamentan la falta de expresiones multitudinarias de devotos mientras gozan en soledad de sus mil metros cuadrados de vivienda; profetas de ocasión que acusan a las farmacéuticas y a las naciones de planear la pandemia para vender la vacuna (que, por otro lado, dicen es el último dispositivo de control mundial) mientras han sido directa y privilegiadamente beneficiados de los oportunos avances médicos.

Si bien las teorías de conspiración en el ámbito social a veces guardan elementos narrativos ciertamente interesantes para explorar las relaciones humanas e institucionales; en el ámbito de la fe, su fascinación refleja diversos síndromes religiosos que dinamitan la relación honesta y abierta entre la humanidad y el prodigio, la certeza de que el ‘milagro’ no sólo es la interrupción de las leyes de la naturaleza sino, principal y etimológicamente, ‘lo admirable, lo digno de ser admirado’.

Los voceros de las teorías de conspiración viven un fundamentalismo de autosatisfacción que no es otra cosa que un ‘ahorro de energía psicológica’ (es decir, preferir y satisfacerse con respuestas simples antes de realizar elaboraciones complejas para intentar comprender las dudas y responder a la realidad). Podríamos decir que los creyentes divulgadores del conspiracionismo economizan en discernimiento, ciencia y sabiduría.

Sus ideas y convicciones pueden ser un riesgo para la convivencia social; porque no sólo muestran la saludable -y necesaria- actitud inquisitiva sino porque, cegados por sus intereses y su simplona explicación, no auxilian a las personas ni a las comunidades a explorar con seriedad las complejas necesidades reales: para el mundo, urgencias de supervivencia; para la espiritualidad, el hambre de fe.

Cierto, puede que en el mundo sus habitantes cometamos errores, terribles fallas; pero eso no significa que alguien, en la penumbra, se frota las manos y lanza una carcajada mientras mira maliciosamente cómo el mundo le obedece en el yerro sin conciencia. Que la vacuna contra el COVID y sus orígenes despierten duda no es el problema; el conflicto es tener certeza de su supuesta perversión sin prueba alguna.

Y para la religión, si sólo hay seguridad de que la prohibición de la concentración masiva de devotos guadalupanos fue un acto demoniaco para ‘disminuir la fe de un pueblo’ entonces se rechaza la posibilidad de que la conciencia puede convivir con la fe y que la razón no compite con la devoción.

Aun así, concedamos sus preocupaciones legítimas y hagámonos la pregunta que a los críticos al cierre mantiene inquietos: ¿Habrán perdido la fe los devotos guadalupanos por no ir al Tepeyac? Según los volúmenes de audiencia en las transmisiones y de rating me aventuraría a decir que no. Y, sin embargo, incluso si así fuera, ¿no ese es el reto que la riqueza de la fe en los creyentes tiene siempre: ‘ser luz suficiente para ahuyentar toda duda prudente’?

LEE Legionarios para una cruzada mística

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

¿Imagen venerada o reverenciada?

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En estos días se cumple una década del afortunado-desafortunado evento de la fallida restauración del Ecce Homo de Borja, obra original de Elías García Martínez e intervenido por Cecilia Giménez en aquel verano del 2012.

Como todo mundo sabe, la imagen original -un fresco de inicios del siglo XX en una columna del Santuario de la Misericordia- representaba a Jesús en el momento de ser presentado por Poncio Pilatos ante el pueblo; se afirma que la obra de García jamás fue siquiera relevante en el contexto del arte religioso español pero tras las pinceladas de Giménez, la extraña imagen de ese Ecce Homo literalmente alcanzó dimensiones planetarias.

En diez años ha pasado mucha agua bajo el puente (derechos de autor, turismo, merchandising y nuevas representaciones culturales) pero quizá valga la pena destacar que a la par de que la imagen alterada recibió inmenso interés mediático-comercial también hubo (y quizás aún las haya) profundas preocupaciones desde la perspectiva religiosa respecto a esta obra que, no debemos obviar, se trata de una imagen religiosa cuyo sentido y significado trasciende sensibilidades culturales y mundanas.

Es claro que, casi de inmediato, el malogrado repinte sobre una imagen religiosa se convirtió en meme; pero para la Iglesia, la representación aún era de Jesús (¿lo será aún?) y justo dicha iconografía muestra una de las escenas más cruentas de la Pasión del Mesías: muestra a Jesús como ‘varón de dolores’ luego de ser aprehendido, azotado, despojado de su ropa e intencionalmente humillado por un manto, un cetro y una corona de espinas por el poder político y religioso de la Judea bajo el imperio romano. El inocente flagelado queda solo, expuesto en su debilidad ante una masa ignorante pero convenenciera; y sometido ante los ministros de Dios y del imperio, crueles e indiferentes, que velan por sus propios intereses.

El párroco de Borja y las diócesis aragonesas insistieron por mucho tiempo en tapar la imagen; temían el escarnio pero también el fenómeno que, en efecto, finalmente rebasó a la humilde pero devota imagen de Cristo y la separaría radicalmente de su original propósito: reflexivo, orante, místico.

A lo largo de los siglos, la Iglesia católica ha tenido mucho cuidado en apurar juicios cuando se trata de imágenes religiosas. Temiendo que los pueblos satisfacieran la vinculación sagrada de los fieles exclusivamente a través de las imágenes (y no con la mediación de los vehículos proporcionados por los ministros de Dios) casi siempre hay una inicial prohibición de que las representaciones materiales sean veneradas. Sin embargo, cuando los teólogos finalmente confirman la trascendencia de una renovada narración salvífica junto a los elementos históricos e iconográficos de la imagen y que no alteran dogma ni principio doctrinal, entonces la imagen es digna de veneración.

Sólo las imágenes ‘novedosas’ reciben este tratamiento; por su parte, las reproducciones, interpretaciones y versiones inspiradas en obras ya ‘verificadas’ o ‘aclaradas’ formalmente por la Iglesia simplemente son usadas con dos motivos: educar y propiciar la contemplación orante. Ese fue el caso del Ecce Homo de García Martínez inspirado en la obra homónima del virtuoso (y validado incluso por el propio Vaticano) Guido Reni.

¿La imagen del Ecce Homo en el Santuario de la Misericordia sirvió alguna vez a su propósito formativo o devocional? Muy probablemente. Comenzando por la propia Giménez cuya inicial intención fue restaurar buenamente ese fresco porque le conmovía, porque deseaba que otras personas (quizá otras generaciones) pudieran contemplar con claridad a Jesús y pudieran emocionarse como ella.

Ahora bien, ¿es posible que el actual Ecce Homo reciba algún grado de veneración fuera del fenómeno cómico masivo-comercial? Esto es más difícil; porque el fenómeno ha saturado todos los poros del sentido original de la imagen. Si los inhábiles trazos de Giménez tristemente diluyeron la presencia de Jesús en ese muro, la hipermediación de la deformada obra alejó definitivamente cualquier conexión entre la representación del fragmento evangélico y la búsqueda espiritual de algún devoto.

Difícil, pero no imposible. La Iglesia católica enseña que no se adora ni venera a la imagen en sí, sino a lo que ‘está por delante de la imagen’ (Jesús, María, los santos, etcétera) y también ha defendido -en contra de otras concepciones religiosas y en muchas etapas de su historia- a las imágenes más disímbolas como ‘signos externos de la devoción’.

Por ello, en una época en donde priva la corrección política junto a la cancelación de los signos religiosos en el espacio y la conversación pública para lograr espacios casi asépticos de identidades creyentes, quizá este Ecce Homo de Borja, libre de todo prejuicio, aún tenga mucho qué decirnos. Al final, es la humilde representación de un inocente flagelado, expuesto en su infame desfiguración ante una masa ignorante pero convenenciera; sometido ante los ministros de los nuevos ídolos, crueles e indiferentes, que únicamente velan por sus propios intereses.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Entre la propaganda y el terror

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Hay que ser claros, el terrorismo es sustancialmente propaganda. Una propaganda constituida por crimen, violencia y muerte. Todo acto de terrorismo guarda un mensaje en cada bala y explosión; es un discurso de fuego y caos escrito con pólvora y odio. Su objetivo no sólo son los destrozos sino sus ecos: el miedo, la desazón y esa la terrible inquietud de que, en cualquier momento, pueda nuevamente ocurrir una desgracia.

El terrorismo no siempre tiene un sustrato político o ideológico perfectamente construido; de hecho, es altamente probable que la razón de su ira esté sustentada particularmente en su radical ignorancia, en la intolerancia criminal que sólo puede provenir del desconocimiento y en la supina confianza de sus armas y medios.

Además, los actos violentos no alcanzan categoría de terrorismo únicamente por su magnitud o por su estela de muerte sino por su intención disruptiva, por buscar constituirse claramente como un ‘espectáculo’ que quiere afectar a una audiencia mucho más extensa que a las víctimas del acto en sí; también cuando el propósito es devastar o alienar todos los niveles de relación social en el espacio público físico o simbólico donde se perpetran los crímenes.

Por ello, aunque en efecto aún hay distancia entre los disturbios y las acciones violentas desatados en los últimos días en varios estados de la República respecto a categóricos y formales actos terroristas, no es buena idea minimizar dichos fenómenos clasificándolos como ‘propaganda criminal’.

En primer lugar, resulta evidente y casi natural que opciones y movimientos políticos opositores al régimen gobernante utilicen el concepto ‘terrorismo en México’ para crear una narrativa de descrédito a las autoridades, no sólo para evidenciar las carencias, torpezas y errores de la estrategia de seguridad vigente sino también para convencer y reorientar las conciencias de no pocos sectores ciudadanos.

Es decir, no hay que perder de vista que en la peligrosa narrativa del ‘terrorismo en México’ también hay intenciones de alarmismo político utilitario -no siempre soportado por la realidad- que, por otra parte, es absolutamente legítimo en una disputa por el poder. Es algo a lo que estamos acostumbrados. Si la ciudadanía es suficientemente madura para ponderar el fenómeno en su justa dimensión, también sabrá exigir razones de su confianza y esperanza a los que hoy son agoreros de la insidia.

Lo que sí causa preocupación es la respuesta (evidentemente sopesada) de las autoridades de seguridad en México que, ante los terribles acontecimientos vividos en las ciudades del norte y occidente de México, han asegurado que corresponden a ‘actos propagandísticos del crimen’. No importa si -como intentaron explicar militares y funcionarios- se trató de una reacción de criminales ‘al debilitamiento’ de sus organizaciones y negocios (no nos imaginamos lo que harían sintiéndose sanos y fuertes), al afirmar que estos grupos tienen intenciones de prédica o propaganda de su potencial disruptivo o de sus márgenes de poder a través de actos violentos, es motivo suficiente para preocuparse; porque la propaganda es uno de los más complejos actos de racionalidad estratégica que una asociación puede tener ante intereses más grandes, idealizados y trascendentes.

Por ello es importante atender con claridad la definición del terrorismo asociada no sólo a la intimidación por medio de actos espectacularmente violentos; sino a la afectación del ‘espacio físico y simbólico’ donde se perpetran estos actos. Si se destruye enteramente el espacio donde personas, instituciones o autoridades se relacionan en dinámicas vivas, entonces es terrorismo; si esos espacios dejan de significar lo que son para la sociedad y la cultura que allí vivía, es terrorismo.

El terrorismo tiene un componente importante respecto a la manera en cómo las personas y la sociedad afectada la asumen. Por supuesto, no es tan sencillo, pero ya lo advertía Noam Chomsky, “existe una forma verdaderamente sencilla de parar el terrorismo: dejar de participar en él”.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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