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Análisis y Opinión

El Juego del Calamar: La farsa del cristal y el acero

Felipe Monroy

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No es simple coincidencia que la popular serie ‘El Juego del Calamar’ (Hwang Dong Hyuk, 2021) y la multipremiada cinta ‘Parásitos’ (Bong Joon Ho, 2019) provengan del mismo ambiente y entorno: una sociedad asfixiada por las dinámicas del capital, la desigualdad, el utilitarismo y el mercado. Son oscuras representaciones de la comedia humana esclavizada por los imperativos del dinero y la crispación.

Es cierto que ambas producciones (junto al poderoso fenómeno K-Pop) han puesto a Corea del Sur en el radar del mainstream cultural; sin embargo, sus historias no sólo reflejan los perfiles de la nación asiática; por el contrario, con sagacidad, desnudan la naturaleza más oscura del neoliberalismo ideológico sobre la persona humana: las consecuencias de una doctrina de satisfacción y autopreservación sustentada en el deseo individual.

Quizá por ello, ‘El Juego del Calamar’ ha sido tan rápidamente adoptada por la gran audiencia. Es fácil empatizar con todo lo que allí ocurre, el espectador se ha identificado tan rápido que la producción de disfraces y parafernalia de la serie se comercializa prácticamente en cada crucero citadino; niños y adolescentes practican en los patios los juegos de la historia; y, casi todas las culturas han recreado con sátira cómo serían los juegos en su propio contexto. Así, una matrioshka gigante asesina aniquila rusos en el juego ‘luz verde, luz roja’ o un mexicano casi sufre un colapso de ansiedad desenvolviendo un mazapán sin romperlo como en el juego de las galletas de azúcar y los británicos han sugerido que uno de estos juegos mortales podría ser su famoso ‘Bulldog’.

Que tanta gente se sienta identificada sólo puede significar que compartimos las angustias del mismo sistema. Un régimen neoliberal de autoexplotación que el filósofo Byung-Chul Han ha criticado ácidamente: “La explotación a la que uno mismo se somete es mucho peor que la externa, ya que se ayuda del sentimiento de libertad… La gente está volviendo su agresión contra sí misma. Esta autoagresividad hace que los explotados no estén tan inclinados a la revolución como a la depresión”.

En la serie, casi todos los personajes podrían encajar en aquella descripción: La libre elección de cada jugador los conduce una y otra vez a intentar remediar sus singulares conflictos sometiéndose a pruebas autodestructivas cuyo improbable y casi inaccesible escenario final es la cúspide de cierto privilegio que les permiten los dueños del dinero. Nadie los ha obligado, por eso no hay contra qué rebelarse; nadie habrá de morir con virtud o indignación ante el sistema, por el contrario, perecerán sorprendidos por la súbita conciencia de su deprimente existencia. Dice Byung-Chul Han: “Resulta muy difícil rebelarse cuando víctima y verdugo, explotador y explotado, son la misma persona”.

‘El Juego del Calamar’ es una pequeña muestra de lo grave y profundo que la esencia del ser humano puede ser trastocada bajo el neoliberalismo y el sistema tecno-capitalista. La desigualdad se muestra ostentosamente sin que nadie repare en ella; la muerte de uno se reduce a la acumulación de bienes en otro; al nombre lo sustituye el número y el uniforme; el éxito individual conduce inexorablemente a hacerse verdugo del prójimo; la insatisfacción provoca hartazgo en el débil y aburrimiento en el poderoso, al primero lo obliga a sobrevivir mientras el segundo crea distracciones obscenas. En todo caso, nos identificamos en la asfixia que provocan las deudas o la búsqueda de inalcanzables, en la salvaje competencia por la supervivencia, en el inconsciente y anónimo canibalismo con el que nos descuartizamos permanentemente en las redes sociales o en nuestros personales ‘campos de trabajos forzados’.

La reclusión en ‘El Juego del Calamar’ parece una prisión de cristal y acero: sólida y diáfana. Y a lo largo de la serie, estos dos elementos irán mostrándose como sutiles símbolos de este nuevo sistema de opresión. A veces evidentes y otras más figurativas, las características del acero y el cristal (versatilidad y resistencia; transparencia y pureza) irán acompañando el drama pero también revelando su farsa. Acero y cristal se encuentran en la cruel muñeca robótica y su implacable juicio a través de sus prístinas pupilas; en los cristales de azúcar que ceden ante el punzón de la aguja; en los pesados grilletes y la guillotina; en las dramáticas canicas; en el puente de vidrio; en el cuchillo homicida; en el cofre transparente donde se acumula la vida de los perdedores en forma de dinero; en el ventanal voyerista donde se asoman las desgracias ajenas o en la máscara del verdugo mayor.

La cúspide de estos elementos son, sin embargo, las máscaras de impenetrable cristal dorado que sólo los poderosos pueden usar; dueños de la cárcel figurativa, cárcel de metal y cristal donde los miserables persiguen la subsistencia de sus sueños.

Sólo dos personajes evitan casi todo el tiempo ‘jugar ese juego donde todo el mundo hace trampa’, aunque en la frontera del miedo ceden a su posición original de debilidad y de poder. El primero y el último concursantes son quienes, paradójicamente, al final de la travesía se reconocerán como último y primero del juego; reconocerán que ni el cristal es siempre transparente y ni el acero siempre sólido; y eso los conduce a su actitud final: el cinismo o la resiliencia.

La resiliencia conlleva actos heroicos tan sutiles que el héroe casi no se distingue: Un hombre que auxilia y se permite recibir ayuda, que ante la impaciencia no usa el filo del metal sino la más suave de las armas, que protege al anciano y al débil, que que confía en el liderazgo de otro sin dejar de reconocer y cuidarle sus debilidades humanas. Es un hombre que se indigna frente a la injusticia pero se comprende incapaz de ciertas decisiones morales, es un jugador que perdona, que expresa ternura, que sufre por su propia monstruosidad, que recapacita y tiende la mano. Es, será, el único personaje que se sacrificará sin cálculos ni venganzas sino con el honesto deber de ayudar al desconocido.

Frente a la farsa tecno-capitalista, el héroe promueve la colaboración; frente a la sociedad de autoexplotación, se permite la contemplación y la moderación; frente al cristal y el acero, el héroe abraza la lágrima y la piel, la sangre y el sudor; frente al miedo, la esperanza; frente a la autopreservación, el sacrificio; frente al cinismo, la caridad.

Pero, como apuntó Byung-Chul Han “la era de la prisa no tiene acceso a la belleza ni a la verdad. Sólo en una contemplación prolongada, incluso en una moderación ascética, las cosas descubren su belleza, su esencia fragante”. Por ello, el héroe requerirá un año entero para contemplar y privarse de todos los bienes para finalmente sentir el peso de su deber en la realidad que sigue sufriendo injusticias en la jungla de cristal y acero. Su última elección es esa ‘esencia fragante’ que revela el incuestionable camino hacia la ardua virtud.

@monroyfelipe

Director VCNoticias



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Análisis y Opinión

¿Qué explicarle a mis hijos sobre el vapeo?

Columna Invitada

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Por Gerardo Rivadeneyra

Todos hemos visto últimamente a los jóvenes, a los amigos de nuestros hijos, o a ellos mismos usando unos productos electrónicos. Son aparatos que parecen USBs o cilindros de colores. Son el aparatito de moda, cómo negarlo. Sacan un montón de humo. Algunos tienen luces, otros son de colores. Hay de sabores: desde los clásicos hasta frutas, pastel y galletas. Los venden en las esquinas, en los altos, en máquinas en centros comerciales y nunca con control de edad.

Estos aparatos son cigarros electrónicos, aunque algunos les dicen “vapes”, y se supone que están prohibidos en el país. Sin embargo, cualquiera los puede conseguir sin mayor problema.

Como padres o familiares, obviamente estamos preocupados y por eso quise entender qué son y por qué no hay controles. Investigué y lo que encontré fue muy interesante:

Estos productos de los que hablo son ilegales. Los importan a escondidas y no tienen licencia sanitaria, ni pagan impuestos. Su venta es parte de un mercado negro que se ha creado por una prohibición a las alternativas al cigarro.

Resulta que hay un millón y medio de personas que usan estos dispositivos. Pero como están prohibidos, y no regulados, no hay reglas.

Las alternativas al cigarro son tres. Los vapeadores, que, como su nombre indican, hacen vapor. No contienen tabaco pero sí nicotina. Los cigarros electrónicos se parecen mucho, pero a diferencia de los vapeadores son desechables. Estos son los más comunes. Por último existen los calentadores de tabaco. Se parecen al cigarro pero no se encienden.

Ningún producto es libre de riesgo. Las autoridades de Estados Unidos tienen una categoría que llaman “riesgo modificado” y para entrar en ella debe entregarse mucha evidencia científica y verificarla. Que algo sea de riesgo modificado quiere decir que causa daño pero menos que un cigarro porque no generan combustión, que es donde sale la mayoría de las sustancias tóxicas.
Hay países donde las alternativas ya han sustituido al cigarro. En Japón, donde la gente fuma mucho, la aparición de alternativas ha disminuido el consumo del cigarro drásticamente. En Reino Unido los doctores del servicio nacional de salud, el NHS, están ofreciendo alternativas a los fumadores para que dejen de consumir cigarros.

La historia nos dice que la prohibición no funciona. En Estados Unidos prohibieron el alcohol hace un siglo y la mafia se hizo rica. Hoy pasa algo similar: fabricantes de productos ilegales, que quién sabe qué contienen, están aprovechando la cerrazón de las autoridades.

Como no hay regulación, nuestros hijos están desprotegidos. Nadie revisa nada, nadie se hace cargo. Por eso hay maquinitas en centros comerciales que les venden estos cigarros electrónicos sin control de edad, por eso hay tantos productos en todos lados. Ojo, no se trata de fomentar su consumo, pero con regulación este mercado se haría chiquito y nuestros niños estarían más protegidos.

También descubrí que nos hace falta mucha más información sobre cómo funcionan y qué riesgos tiene usarlos. Ojalá las autoridades hicieran la misma investigación y regularan estos aparatos. Creo que prohibir nunca lleva a nada bueno, pero tampoco está bien que no haya reglas y que se puedan comprar en puestos de periódicos o afuera de las escuelas como si nada.

Así que, como padre, les recomiendo hablar con sus hijos para que sepan que mientras que sean menores de edad, lo mejor será que no usen estos aparatos. Y cuando sean mayores de edad, lo mejor sea no usarlos pero que tengan información de qué son.

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

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Análisis y Opinión

Senadores escuchen al doctor

Columna Invitada

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La mejor explicación de lo que es la objeción de conciencia, para mi gusto viene de Armando Fuentes Aguirre, conocido por muchos como Catón, el ilustre coahuilense escribió hace días: “La persona humana, cada mujer, cada hombre, posee un ámbito interior en el que nadie puede entrar…, ese espacio intocable es su conciencia. Obligar a alguien a faltar a ella, a violar sus convicciones, constituye un grave atentado contra la persona, pues vulnera los derechos humanos, principalmente en lo que atañe a la libertad de pensamiento”.

Con motivo de la sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, de fecha 21 de septiembre de 2021, en la que se declaró la invalidez general del artículo 10 Bis de la Ley General de Salud, que protegía la objeción de conciencia se ha ocasionado una gran preocupación y molestia entre los prestadores de los servicios de salud. En particular, en los gremios de médicos, enfermería del país, así como en varias escuelas de medicina y enfermería.

Se han publicado cinco desplegados -la voz de miles de prestadores de servicios de la salud- exigiendo que se respete su conciencia: La Declaración de la Federación Mexicana de Colegios de Obstetricia y Ginecología, de fecha 13 de septiembre de 2021; el Comunicado que suscribieron 30 Federaciones, Asociaciones y Colegios Médicos de México, de fecha 15 de septiembre de 2021; Comunicado de la Comisión Nacional de Bioética, órgano asesor de la Secretaría de Salud, de fecha 15 de septiembre de 2021; el Comunicado de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), de fecha 15 de septiembre de 2021 y finalmente un comunicado que suscribieron varias Universidades, junto con 30 Colegios Médicos de México.

El tufo que percibe el sector salud de algunos parlamentarios amigos del autoritarismo, de eliminar la objeción de conciencia, ha dado pie a la creación de La Federación Mexicana de Objetores de Conciencia https://femoc.mx/ (FEMOC), una organización que representa respalda y agrupa a todo el personal médico del sector salud, con el objetivo de salvaguardar sus convicciones éticas y morales, su libertad de pensamiento.

Son tiempos de totalitarismo, pero también lo son de libertadas, es por ello por lo que los promotores de la FEMOC piden que se convoque a un Parlamento Abierto en el Senado de la República y se escuche al sector salud que quiere garantizar la libertad de pensamiento y de conciencia consagrada en el artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

De igual manera, el sector salud hace un llamado a todos los integrantes de la Comisión de Salud de la Cámara de Senadores del H. Congreso de la Unión, para que mañana martes 30 de noviembre se abstengan de aprobar el dictamen que pretende subordinar y condicionar el ejercicio de la objeción de conciencia de los prestadores de los servicios de salud a la previa aprobación de instancias administrativas, lo que las convertiría de facto en una auténtica policía del pensamiento, solamente existente en los regímenes totalitarios.

En lo personal pienso que la calidad y el compromiso con las libertades de algunos integrantes de la Comisión de Salud, entre ellos el @Dr_AVillarreal, que la preside y otros parlamentarios como @LillyTellez, @sylbeltrones, @jalfredobotello y @MarcoGamaSLP, no darán pie a una iniciativa que ejerza violencia ilegal del Estado contra el individuo, porque ningún profesional de la salud, trabajo o no en una institución pública, debe ser objeto de coacción legal que lo obligue a actuar en contra de sus valores personales.

Por Pablo Mier y Terán @pablomieryteran

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