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Análisis y Opinión

Gobernar la incertidumbre

Felipe Monroy

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Vivimos tiempos raros. Hasta antes de la pandemia, no había espacio público en el que no se abordara la crisis ecológica. Las campañas contra los popotes y las bolsas plásticas se globalizaron al punto de que no pocas naciones modificaron sus leyes para evitar la contaminación por proliferación de estos polímeros; las tensiones geopolíticas se enrarecían debido a las responsabilidades que cada nación asumía por las emisiones de carbono de sus actividades industriales. Pero llegó el coronavirus y todo eso pasó a ser secundario.

Hoy hay un exceso de mascarillas y caretas plásticas (por cierto, de los mismos polímeros antes satanizados) que tapizan la piel del planeta sin que ningún colectivo ambientalista comente algo; además, la mayoría de los planes de reactivación económica de las naciones propone acelerar sin ningún miramiento la intensa industria contaminante para salir de la crisis global. Lo inmediato se tornó urgente; lo urgente, indispensable y el resto, prescindible. La política halló, sin buscar, su mejor aliada: la simplificación de lo perentorio; y, en un escenario dominado por la anomalía, una golondrina sí hace verano.

“Basta consolar a los desconsolados, contentar a los descontentos, castigar a los malos y premiar a los buenos. Cualquier gobernante que quiera gozar de la felicidad en la tierra y la gloria de la historia debe procurar tranquilidad y prosperidad a sus ciudadanos”. Palabras más o palabras menos, este es el corazón de la formación política clásica. Sin embargo, con la modernización de los estados, cada una de estas ideas ha logrado desprender algún constructo formal o institucional: leyes, normas, fuerza pública, procuración de justicia, administración de bienes, recaudación de impuestos, condecoraciones, concesiones, prebendas y privilegios. Lo simple se tornó complejo; hasta ahora.

En un contexto anómalo (y la pandemia nos ha confirmado esta realidad), es necesaria la gobernabilidad de las cosas raras, administrar lo inusual, servir entre lo extraño, lo atípico. Lo verdaderamente incierto, producto de contingencia, no es que lo simple se vuelva complejo, sino que lo simple resulte más simple y lo complejo, aún más simple.

La administración de la contingencia plantea que no existe un ‘modo ideal’ de organización, que más bien sólo existen aproximaciones de administración que dependan del tipo de tarea como de las condiciones en las que se desarrolla. La complejidad del escenario traído por la pandemia es que parece haber sólo una tarea, sobrevivir, y una condición, la adversidad. Los gobernantes, con aparatos enormes e hiper especializados de gobernabilidad parecen entonces usar un cañón para matar a una mosca o, peor, diez millones de globos de fiesta para derruir un edificio. No existe manera en que se satisfaga la urgencia ni liderazgo que logre mantener la confianza.

Según la tradición judeocristiana, hay tres categorías de liderazgo para situaciones según la complejidad del escenario. Cuando las cosas están claras, la mejor figura es el rey; porque es un administrador y un gobernante, erige las estructuras, se enfoca en los resultados y en los procesos. Cuando la situación se enturbia, mientras hay incertidumbre y duda, el sacerdote es la figura de comprensión, compasión y servicio que se inclina por entender y atender las relaciones entre las personas. Sin embargo, cuando los tiempos son oscuros, cuando nada parece estar en su lugar, el único liderazgo que descuella es el profeta. Desde el más despreciado de los rincones, el profeta guía bajo una radical certeza: la conversión, el cambio de comportamiento; es la anagnórisis personal la que transformará finalmente el contexto.

La simplificación de lo urgente, de lo indispensable, no lo hace -sin embargo- asequible. De hecho, lo torna casi inasible. En este modo anómalo no se busca ‘reducir cierto porcentaje en el índice de crímenes’ sino ‘obtener la paz’. Y, ‘la paz’ es más simple, pero resulta casi etérea. Así sucede con otras simplificaciones: la honestidad, el bien común, la primacía del necesitado, la salud, el servicio, la justa retribución, el bienestar.

Así que hoy pueden volver todos los popotes y bolsas plásticas; mientras la urgencia pandémica sea prioridad, los líderes buscarán ganar siquiera uno de sus desafíos, porque un triunfo sería todos los triunfos y entonces el mundo contemplaría que se acerca el verano.

LEE Víctimas, próceres de una nueva cultura

Director VCNoticias.com

@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Del memorial en la tragedia

Felipe Monroy

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Dice un proverbio tibetano que las tragedias son un percutor de la fortaleza del alma. Desde la perspectiva de los monjes budistas no hay adversidad de la que no se pueda aprender o asimilar algo positivo. Y así dicho parece simple; sin embargo, para el que siente dolor y no para el que filosofa al respecto, la tragedia suele ser una insoportable carga en el corazón que exige expresiones de luto y lamento, que requiere abrazos de compasión y consuelo. Y cuya existencia es más importante de lo que creemos.

La misma noche de la tragedia en la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México, el sacerdote católico, Juan Ortíz Magos, salía de una tienda a algunos metros del accidente. Cuando el ministro se acercó al epicentro de la desgracia no dudó un segundo en que habría personas muertas o que estaban a segundos de hacerlo, hizo entonces lo que su fe y caridad le exigían: impartir la absolución a las personas afectadas, hoy 26 fallecidos. Para aquellos creyentes que perdieron la vida y para sus familias, el sacerdote prodigó, a través suyo, la gracia del perdón de los pecados que hubieren tenido aquellas víctimas para que sus fallas no fuesen obstáculo ante el tribunal del Cielo y fuesen recibidos por el Justo Juez.

Esta dimensión espiritual, tan invisibilizada, suele demostrar una sana resistencia ante la comedia de la vida, ante el absurdo de la burocracia o la pérdida del sentido. Para los deudos y para quienes aún elevan plegarias porque sus familiares heridos salgan en una pieza de la tragedia, no hay discurso político, responsabilidad administrativa ni justicia terrenal que les llene el alma.

Ese enorme abismo de ausencia o de miedo apenas se ilumina con los actos como el realizado por el sacerdote o con las veladoras del memorial erigido al costado del accidente, en la estación Olivos de la Línea 12. Ese memorial, que comenzó minutos después de la catástrofe con una sencilla imagen de la Virgen de Guadalupe atada a un arbolito, una docena de veladoras disparejas, dos ramos de flores y -colgada al rojo listón policial perimetral del accidente- una interpelante cartulina con la leyenda ‘Ni perdón ni olvido. No fue un accidente, fue negligencia’, hoy es un indomable y extenso mausoleo popular que refleja tanto el amor por los afectados como la indignación de una sociedad herida.

Desde la espiritualidad, el memorial no sólo es el conjunto de ornatos, flores, mensajes, veladoras y fotografías de las víctimas, es el reflejo más puro de la memoria que clama por una justicia que no habrá de ser satisfecha del todo en esta vida y cuya existencia no es sino un clavo sobre la espalda de quien ha sido responsable o quien debe asumir la responsabilidad después de tal fatalidad.

A través de este memorial en el que participan los dolientes sin mayor premeditación que la que les impulsa el espíritu, los muertos y las víctimas demandan a los vivos recordar y contarlo todo; para que esos minutos de desesperación y angustia, que esas largas horas de comprensión sobre el terrible sino y que esa eternidad de ausencia por los seres queridos encuentren alguna utilidad, plena justicia y razones para paz.

Bien lo dice el periodista Fredrik Backman: “Todos tenemos mil deseos antes de una tragedia, pero sólo uno después de la desgracia”. En ese memorial y en esas expresiones de espiritualidad tan desdeñadas en nuestro pragmático mundo postmoderno se expresa claramente el personal deseo de cada deudo; pero también ese memorial nos alcanza e interpela a aquellos que, sin sentirlo personalmente, sí tenemos por lo menos un anhelo: que no vuelva a ocurrir si puede ser evitado.

LEE Liderazgos para desafíos ambientales

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Carta a mis hermanas

Ximena Céspedes

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Hoy hablé con una amiga muy querida que está pasando por un momento difícil, y de lo que más me impactó es que no pueda contar con su hermana como cuento yo con las mías.

Me quedé pensando en qué hemos hecho, como familia, para que las cosas sean diferentes, porque aunque vivimos cada una a miles de kilómetros de distancia, el amor y apoyo incondicional nos caracteriza.

Aquí una pequeña reflexión de lo que creo que ha sido el secreto del éxito:

  1. Siempre nos criaron unidas. Aunque la edad de las tres nos separa, siempre nos trataron igual, nos llevaban a los mismos lugares, nos dieron las mismas oportunidades. Los castigos y los premios eran parejos.
  2. Nos enseñaron a contar las unas con las otras. La típica frase de mamá de “cuando yo me muera solo va a contar con sus hermanas”, caló tanto entre nosotras, que lo tenemos tatuado en la piel.
  3. Somos trabajadoras incansables, buscamos lograr nuestros sueños y eso hace que no haya ninguna mejor que la otra, al contrario, cuando nos ven no saben cuál de las tres ha llegado más lejos.
  4. No existe envidia entre nosotras. Conocemos muy bien las capacidades de cada una, buscamos el consejo basados en ese conocimiento y nos apoyamos en lo que carecemos. Confiamos plenamente en la experiencia de las otras.
  5. No cuestionamos las decisiones, nos apoyamos en los momentos difíciles y sobre todo nos alegramos mutuamente de los triunfos de cada una y de sus familias.
  6. Somos transparentes entre nosotras, tenemos la capacidad de burlarnos de nosotras mismas y del entorno y somos muy sarcásticas.
  7. Sabemos que la distancia física nos marcará toda la vida, pero por lo mismo, tratamos de acortarla con llamadas, chats y uno que otro viaje juntas.
  8. Disfrutamos cada momento que pasamos juntas y tratamos de inventarnos viajes familiares para poder vernos más seguido y que nuestros hijos puedan crecer unidos como lo hicimos nosotras.
  9. Finalmente y creo que es un punto muy importante, nos une el amor incondicional y prioritario a nuestras familias y a nuestros padres.

No sería lo que soy sin mis hermanas, sin su ejemplo y su apoyo. Son de verdad, hermosas por dentro y por fuera.

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