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Análisis y Opinión

No son las ‘fake news’, eres tú

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A todos nos preocupan las ‘fake news’. Nos parece inconcebible que tantas noticias falsas circulen sin pudor entre todos los medios de comunicación a nuestro alcance; y nos parece indignante que haya gente que crea en ellas y que participe ingenuamente en su transmisión y reproducción.

Al mismo tiempo, casi todos nos sentimos seguros y correctamente informados porque nosotros sí nos mantenemos alertas y enteramente conscientes de la ‘verdadera realidad’. Una paradoja total, porque justamente esto último es buena parte del sustrato perfecto para la desinformación.

Noticias falsas siempre han existido; sin embargo, en últimas fechas se ha generado una mayor preocupación sobre éstas debido a que gracias a los avances tecnológicos que facilitan su divulgación en tiempo real, ahora hay millones de operadores, validadores y transmisores de bulos que no cesan de enviar y recibir noticias falsas. Esta situación, no sólo impacta a una persona en concreto; puede llegar a modificar comportamientos de amplios grupos sociales afectando dinámicas sociales relevantes. Las más peligrosas -o al menos las que más nos deben concernir- son aquellas que potencian los discursos de odio, de discriminación o agresividad; pero también cuando ideologizan la justicia o acallan las libertades fundamentales del ser humano.

Hay varias recomendaciones para detener el ritmo de la transmisión de las mentiras entre usuarios e incluso se le pide a los lectores que prácticamente se vuelvan peritos verificadores de información. Es un despropósito. Claro que hay que ser más críticos cuando se recibe cualquier información u opinión pero no se puede dejar todo en manos de los consumidores. La respuesta sigue siendo la más simple: construir confianza y confiar en quienes se dedican profesionalmente a las tareas informativas.

Construir confianza es una búsqueda imprescindible que los periodistas y la sociedad informada deben realizar permanentemente; labor ciertamente ingrata porque se avanza lenta y trabajosamente en la confianza pero se precipita fácil y rápidamente cuando se traiciona.

En la construcción de confianza, tanto los periodistas como la sociedad informada deben tomar en cuenta varias realidades. Primero, que la objetividad absoluta es imposible; buena parte de la veracidad de quien transmite información depende del reconocimiento de su propia subjetividad y de sus propias limitaciones. Y esto, lejos de incomodar a la audiencia, debe asimilarse con esperanza.

En segundo lugar, es importante recordar lo que bien apuntan las expertas Cherilyn Ireton y Julie Posetti: Que los periodistas corren el riesgo de ser arrastrados por la ‘cacofonía’ de la información (subirse a las tendencias, sumarse a la masiva dirección de los temas de interés); que pueden estar también manipulados por actores que utilizan su poder formal o simbólico para corromperlos y distribuir su información (aquí entran organizaciones políticas, económicas, ideológicas o religiosas); y, finalmente, que también hay mecanismos de autopreservación de las instituciones corruptoras y que buscan desacreditar a los informadores mediante rumores o falsedades utilizando sus propios medios… o a otros periodistas manipulados o corrompidos.

Es decir, nadie, ni siquiera los periodistas más prudentes son simples guardianes de la veracidad ante la avalancha de desinformación y del embuste.

Esto último obliga a una reflexión profunda en quienes se creen (o nos creemos) libres de caer en estas trampas: nadie puede salvarse de las ‘fake news’ por sí solo o junto a los miembros de su propia red. Se requiere construir confianza más allá de nuestros propios grupos, de nuestras certezas.

De lo contrario, se puede caer en el riesgo del ‘Efecto de la tercera persona’, un sesgo social-cognitivo descrito por Phillips Davison en 1983, en el que la persona considera que ‘los demás’ son más influenciables por los medios de comunicación en comparación de ella misma o de sus inmediatos interlocutores. En grupos moderadamente uniformes (grupos políticos, ideológicos o religiosos) es frecuente este sesgo; para ellos, son los ‘otros’ los que están en riesgo de dejarse engañar por la desinformación. El único remedio pasa por construir puentes, abrir diálogo y reconocer que, en muchas ocasiones, no son sólo las ‘fake news’, sino que nosotros mismos podemos ser parte del problema.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Religiones contra el terrorismo

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Esta semana, el papa Francisco acudirá personalmente a la capital de Kazajistán para participar del Congreso de Líderes de Religiones Mundiales y Tradicionales. Será una visita breve pero realmente trascendente por dos razones: por la naturaleza de la reunión y por el contexto geopolítico actual.

Comencemos por el inicio. Esta cumbre de líderes religiosos tiene su origen oficialmente en 2003, fue una convocatoria del entonces presidente de Kazajistán, Nursultán Nazarbáyev, a los líderes religiosos del orbe para celebrar los valores comunes de paz y concordia entre los diferentes cultos. Sin embargo, las motivaciones de hacer una cumbre de personajes religiosos nació mucho tiempo atrás; en septiembre del 2001, durante el viaje apostólico de Juan Pablo II a Kazajistán y a Armenia, dos de las ex repúblicas soviéticas (de hecho, tres meses antes el Papa también viajó a Ucrania, otro territorio ex soviético), y tras el encuentro interreligioso en Asís del 2002 que rebosó de representantes religiosos internacionales.

El viaje del 2001 se realizó casi en contra de todas las recomendaciones debido a que sólo habían sucedido dos semanas desde los atentados terroristas en Estados Unidos. De hecho, fue el primer viaje de Juan Pablo II sin Angelo Sodano, el cardenal secretario de Estado, pues en el peor de los escenarios, el Vaticano no quería desestabilizarlo todo.

Los discursos del Papa en el décimo aniversario de la independencia de Kazajistán fueron breves pero dejaron en claro algo: que esta nación tenía la posibilidad de ser ‘eslabón de unión entre occidente y oriente’. Una causa imperiosa porque los vientos de guerra (y peor, de ‘guerra santa’) surcaban buena parte del orbe y motivaban a las alianzas civilizatorias a responsabilizar a las religiones de la barbarie en pleno siglo XXI.

La operación diplomática de Wojtyla y Sodano era casi personal en Kazajistán, Juan Pablo II puso a dos connacionales polacos, Oles y Wesolowski, en la nunciatura apostólica de la nación centro asiática y Sodano colocó a otro polaco, Janusz Kaleta, como auxiliar y obispo en Karaganda mientras se gestaba la guerra norteamericana en Afganistán. Por cierto, Wesolowski y Kaleta fueron defenestrados del orden sacerdotal hallados más adelante culpables de graves delitos, lo que indica que quizá aquellos comprendieron que su función era política más que espiritual.

El congreso de líderes religiosos ha tenido una sola naturaleza y misión: evitar que el terrorismo y las guerras sean justificadas en el nombre de cualquier credo o religión. El encuentro se trata, en el fondo, de una cumbre de paz pero poniendo acento en la responsabilidad de los líderes religiosos mundiales y tradicionales pues aún hoy hay muchas naciones donde la religión sí forma parte constitutiva de sus leyes y su agenda social.

Han pasado 20 años desde aquella crisis geopolítica del 2001; el mundo sigue hoy en conflicto con algunas actualizadas e inquietantes realidades post pandémicas: Estados Unidos finalmente tuvo que retirar sus tropas de Afganistán en agosto del 2021 y los talibanes mantuvieron el poder político-religioso de sus territorios; la incursión militar de Rusia en Ucrania se ha prolongado ya seis meses polarizando al mundo en materia de seguridad internacional e incluso distanciando a las iglesias cristianas orientales; los conflictos étnico-religiosos en África, Medio Oriente y Asia oriental continúan siendo un polvorín para la estabilidad de no pocos Estados-Nación; y, finalmente, las tensiones ideológicas entre China y los Estados Unidos que trascienden a sus respectivos intereses comerciales, preocupan a no pocos.

El contexto geopolítico actual parece exigir la presencia de los líderes religiosos del mundo para nuevamente insistir que ninguna guerra ni ningún acto terrorista debe ser justificado en nombre de ningún credo o religión. Es un tema que impacta directamente en la guerra en Ucrania. De hecho, el patriarca Kirill, líder de la Iglesia Ortodoxa Rusa, ha bendecido la invasión de las tropas rusas en territorio ucraniano y hasta ha pedido a la Virgen María que le conceda el triunfo a los soldados del Kremlin; en contraparte, el papa Francisco ha clamado por un alto a la guerra e incluso ha telefoneado directamente al patriarca ortodoxo para convencerlo de que no incite al odio étnico mediante la religión. Así que, desde Kazajistán, nuevamente parece oportuno hacer un llamado de paz entre occidente y oriente.

Al respecto, resulta esclarecedor lo dicho por el director del Departamento de Cooperación Multilateral kazajo, Didar Témenov, a pocos días de la celebración del encuentro: “La misión del Congreso es fortalecer la armonía interconfesional e interétnica en todo el mundo… es muy importante que los líderes religiosos hagan su gran contribución a la promoción del diálogo… La religión desempeña un papel muy importante en la vida de miles de millones de personas aunque, a veces, los desacuerdos políticos incluyan elementos religiosos”.

Ojalá así sea; porque en el escenario habrá una curiosa ‘coincidencia’ más que podría distraer: el próximo 14 de septiembre, el papa Francisco coincidirá con Xi Jinping, presidente de la República Popular China, en la capital kazaja. No se ha revelado si realmente sostendrán algún encuentro pero, de tenerlo, tampoco sería propiamente oficial. En el tintero está la renovación del acuerdo entre Beijing y la Santa Sede en el mecanismo de nombramiento de obispos en la nación asiática y la peculiar situación entre la ‘Iglesia patriótica’ y la ‘Iglesia clandestina’. Otro tema, sumamente delicado.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Familias y cambio climático

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Esta semana fue presentado ante los medios de comunicación el Congreso Mundial de las Familias que se realizará este año en la Ciudad de México a final de este mes. Es un evento magno de talla internacional en el que están convocados grandes especialistas que reflexionarán las diferentes perspectivas de la realidad familiar en el mundo.

Se adelantó que los expertos y conferenciantes abordarán desde diferentes perspectivas, disciplinas y análisis los temas que atañen a la institución familiar contemporánea y que pasan por la ecología integral y la economía, por la agenda social y las políticas públicas de las naciones democráticas, la psicología y la convivencia, la antropología humana, la trascendencia y hasta la espiritualidad. Es decir, el Congreso apuesta por ser un espacio diverso e incluyente desde donde se busque reflexionar sobre las complejas realidades de las familias actuales y los desafíos que se vislumbran para todos sus miembros en los escenarios próximos.

En la convocatoria, los miembros de las organizaciones participantes afirmaron que el Congreso tratará de mirar la realidad de las familias actuales sin perder un horizonte de esperanza para los miembros de las mismas. Sin embargo, no dejaron de señalar que la ‘institución familiar’ guarda paralelismos con la delicada condición de la ecología global; y, aunque parezca extraño el paralelismo, en efecto hay dramas semejantes y vasos comunicantes entre esas dos realidades.

Las familias y el medio ambiente, en efecto, están en crisis. Es innegable la precariedad del equilibrio ecológico actual. Las diferentes acciones humanas de consumo y depredación someten al ambiente y a toda la variedad de sus habitantes vivos a graves niveles de estrés. La contaminación de sus biomas amenaza las dinámicas de desarrollo y degradación de sus especies. Los fenómenos de extrema carencia e incontenible abundancia (por ejemplo los ciclos de sequía e inundaciones) se suceden dramáticamente sin permitir la fecundidad de la tierra dejando páramos yermos.

Sobre las familias puede decirse algo semejante. Las relaciones familiares no sólo se ven contaminadas con dinámicas de consumo, individualismo, entretenimiento, distracción o aspiracionismos estériles; también los fenómenos sociales, tecnológicos y culturales contemporáneos generan gran estrés entre sus miembros.

El modelo económico neoliberal y el reduccionismo social a leyes de mercado y de ganancia hacen inviable el equilibrio entre la supervivencia y la plenitud de la convivencia familiar. El relativismo ético y la enajenante búsqueda de gratificaciones inmediatas dificultan el compromiso relacional, la responsabilidad paternal y la cooperación fraterna.

En el mundo contemporáneo se advierten hoy estructuras y tipos familiares cada vez más complejos; familias cuyas identidades y dinámicas distan mucho del pasado pero que, no dejan de requerir serias reflexiones antropológicas y acciones concretas desde las políticas públicas para integrarlas lo mejor posible a las búsquedas del bien común y sí, incluso para la conservación del medio ambiente.

Las nuevas estructuras y tipologías familiares son realidades que no deben ser ni prejuzgadas ni asumidas acríticamente, sino que dichas complejidades requieren serios análisis pues, incluso ahora, se sabe muy poco sobre los efectos de sus configuraciones y la incidencia de estas en el bienestar y salud mental de sus integrantes.

Las familias y la madre naturaleza están claramente en crisis: ambas sufren las imposiciones de innobles industrias y sistemas político-económicos que generan ganancias a costa de la explotación, la desnaturalización y la degradación de sus esencias; ambas manifiestan síntomas evidentes de daño y afectación. Ambas -por fortuna- cuentan con sectores preocupados, con ganas de activismo y defensa de sus bienes; sin embargo, tienen también detractores, ideólogos que minimizan o relativizan tanto la realidad como los datos científicos respecto a ellas.

Si uno de los problemas agudos derivados de la degradación del medio ambiente es el cambio climático; las familias viven su propio drama sistémico con mayores manifestaciones de violencia y de crueldad intrafamiliar, de desesperanza y de falta de identidad en sus miembros, de irresponsabilidad gubernamental y de taimados mercantilistas del cuerpo humano y del tiempo de convivencia familiar.

Ojalá este Congreso y otras iniciativas semejantes contemplen a todas las realidades de familia humana -estén donde estén y tal como estén- y ofrezcan los medios para alcanzar acuerdos sociales urgentes a nivel legal, cultural o de política pública para preservar su esencia antropológica así como los valores sociales que las familias aportan a cada época de la historia humana.

Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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