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Felipe Monroy

Bloqueo, recurso desesperado

Felipe Monroy

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Iluminados por los tibios rayos de un sol mediterráneo en la isla Ischia en Italia, los secretarios de Estado de las siete naciones del Grupo de los Siete se reunieron en octubre de 2017 con los titanes del nuevo mundo informático (Google, Facebook, Microsoft y Twitter) para solicitarles su cooperación en una tarea urgente:

“Reconocemos la importancia de construir confianza mutua con las compañías proveedoras de servicios de comunicación y redes sociales para alcanzar una alianza estratégica orientada a identificar y remover contenido terrorista de plataformas en línea, en congruencia con nuestros derechos fundamentales y nuestros valores.

Deseamos seguir trabajando con estos aliados del sector privado para implementar medidas necesarias en la prevención de la radicalización, el reclutamiento terrorista y la planeación operativa de estos grupos vía Internet”.

A tres años de aquella reunión, Twitter, Facebook e Instagram finalmente han decidido bloquear las cuentas del presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump. Es un acontecimiento sin precedentes, pero no está fuera de la lógica de poder que siempre busca obtener más poder, controlar más relaciones con el que tiene, participar en los mecanismos de transferencia de poderes entre quienes valida o, como recurso desesperado, bloquear las posibilidades de los oponentes.

La segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del XXI, todos los líderes norteamericanos han aceptado y ordenado intervenciones políticas, diplomáticas, militares, golpistas y económicas en todas las regiones del mundo bajo la convicción de que aquella nación es la única en el orbe que no ha padecido ni tiranías ni dictaduras. La intervención militar junto al patrocinio golpista y el bloqueo comercial han sido el lado oscuro del ejercicio del poder geopolítico cuasi imperial de los Estados Unidos.

Lo acontecido el 6 de enero en el Capitolio de Estados Unidos revela que la caída postmoderna de la democracia termina donde comenzó. Las obsesiones por el control desmedido del poder mediante los mecanismos más cuestionables que la tecnología y la ingeniería social permiten surgieron justamente en las altas esferas de la política norteamericana.

Todas las estratagemas políticas para obtener o mantener el poder fueron utilizadas por cada fracción de las altas esferas en los Estados Unidos y han sembrado correligionarios alrededor del mundo.

Fuera de todo principio ético o moral, acciones como la manipulación distrital (gerrymandering), la presión social (push polls), el hackeo psicológico del electorado en medios (marketing de segmentación psicográfica) o las acciones políticas como el miedo al extranjero, la falsa indignación social o la autopreservación de privilegios nacieron y fueron patrocinadas por los hombres y mujeres encumbrados en el poder.

El asalto al Capitolio y la muerte de civiles son solo consecuencias de un debilitamiento democrático largo, lento, progresivo y que tomó carta de ciudadanía justo el día en que murió el siglo XX: el 11 de septiembre del 2001.

Desde entonces, poco a poco, los Estados-nación en búsqueda de garantizar su seguridad y statu quo han permitido la incursión de modelos de operación que paulatinamente encumbraron sistemas de poder que trascienden regímenes o ciclos democráticos, que prescinden de la voluntad social y a los que simplemente no se les puede llamar a rendir cuentas.

Este sistema que facilitó a Trump llegar al poder ha sido, paradójicamente, el que le ha arrebatado el único poder que le quedaba: el de expresarse en sus redes sociales. El bloqueo de las cuentas del mandatario es el recurso desesperado de los titanes del nuevo mundo por controlar aquel monstruo que ellos ayudaron a crear.

Hay que dejar cosas en claro, Trump es un fenómeno que trasciende la persona y es peligroso para la convivencia social, para la cultura y para la política. Todo lo que el trumpismo ha tocado ha sido corroído por el veneno de la discordia. Y, sin embargo, quizá tengan razón aquellos (como el presidente López Obrador) que muestran su preocupación ante el bloqueo mediático impuesto al magnate: aplaudir el bloqueo a Trump es, en el fondo, una declaratoria formal de que los imperios mediáticos (donde la democracia por supuesto no tiene lugar) deben controlar el núcleo de toda organización humana.

Sería, por desgracia, la capitulación de la siempre trabajosa y controversial libertad democrática ante el idealizado mundo perfecto de los datos. Me viene a la mente la dura reflexión de Czeslaw Milosz: “Y creyeron estar a salvo sin darse cuenta de que lo que los golpeará madura en el interior de ellos mismos”.

@monroyfelipe
*Director VCNoticias.com



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Felipe Monroy

Requiem por el carnaval

Felipe Monroy

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FELIPE MONROY

Cada año, previo al Miércoles de Ceniza que abre para la Iglesia católica el tiempo de conversión, arrepentimiento, silencio y conversión evangélica, algunos de los pueblos de cosmogonía cristiana celebran singulares ritos que empatan con el momento de transición entre el fin del invierno y el inicio de la primavera. Pero el prolongado año sin nombre ha terminado por cancelar también estos gestos de transición y cambio.

De manera organizada y formal, los pueblos de la región de los volcanes en el Estado de México acordaron tanto con sus autoridades civiles como con las eclesiásticas no celebrar ni los carnavales ni las fiestas patronales verdaderamente esperadas por toda una localidad que comienza a recibir las primeras caricias del aire tibio que finalmente baja por las laderas de la majestuosa cordillera.

A través de un singular comunicado, los párrocos de las iglesias ubicadas a las faldas del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl pertenecientes a la Diócesis de Chalco junto a las mayordomías de las festividades más tradicionales y los presidentes municipales escribieron: “En medio de una crisis profunda, a causa de la pandemia de COVID-19 […] después de varios meses de experiencia, cada día somos testigos de que aumentan los contagios y las muertes […] para evitar que el virus se propague consideramos un deber suspender por este año la celebración de nuestros carnavales y fiestas patronales”.

Sin embargo, este fenómeno no es sólo local. Hay que recordar que la llegada del coronavirus a América Latina y la declaratoria de pandemia por parte de la OMS ocurrió justo en Cuaresma del 2020. Desde entonces, la Iglesia católica ha cancelado la participación masiva de fieles en prácticamente todo un año litúrgico, desde los oficios de Semana Santa hasta la pasada Navidad. Casi no hay espacio religioso que no haya asumido sacrificios con tal de auxiliar en la reducción de la crisis pandémica.

La ausencia de feligreses, peregrinos y turistas nacionales e internacionales que gustan conocer y sentir la fibra cultural de los fenómenos religiosos en Latinoamérica, junto a la suspensión de incontables celebraciones religiosas familiares ha golpeado fuertemente las limosnas, donativos y otros medios de ingresos de decenas de miles de comunidades religiosas, diócesis, parroquias y organizaciones religiosas. Y, sin embargo, resulta aún sorprendente la resiliente capacidad de las instituciones religiosas para echar el hombro y no abonar al colapso.

Para ejemplo, lo realizado por Cáritas Mexicana -de la Iglesia católica- la cual articuló entrega de despensa y medicinas con el programa ‘Familias sin Hambre’ para aquellas comunidades afectadas por la crisis económica derivada de la pandemia y, a pesar de las adversidades económicas, se realizaron esfuerzos concretos en la atención de damnificados por las tormentas en el sureste mexicano (despensas, agua potable, colchonetas, ropa, medicamentos).

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días realizó donaciones diversas: 4 toneladas de insumos contra COVID, recursos para la distribución de 38 mil despensas y, en recientes fechas, entregaron una donación de 140 mil pesos y equipo de cómputo con un costo de 37 mil 200 pesos al primer Centro de Asistencia Social para la Atención de Niñas, Niños y Adolescentes en Situación de Migración. Otras congregaciones religiosas de denominaciones cristianas y no cristianas también han auxiliado en la medida de sus posibilidades a localidades en necesidad.

Y llaman la atención estos gestos pues, en una sociedad secularizada que señala con facilidad a las iglesias como promotoras del rezago cultural o que les cuestiona su ‘indignante riqueza’, parece no tener un pequeño gesto de gratitud con estas organizaciones que, compartiendo la misma crisis, no cejan en su labor humanitaria y solidaria.

Instituciones que, sin asomo de vergüenza son atacadas como promotoras de la ignorancia del pueblo sean las que aceptan con pesar el cierre de sus templos, la suspensión de sus peregrinaciones y actos multitudinarios, para dar ejemplo de prudencia y sensatez a las poblaciones.

Está por llegar el carnaval a la vida social y política de la mayoría de los pueblos; además, están por arrancar con más recursos las campañas políticas. En este panorama, las iglesias siguen llamando a la mesura, a la paciencia y a la prudencia incluso en contra de sus propios intereses.

Así como lo hicieron esta semana los pueblos de los volcanes, acordaron cancelar las festividades, pero ¿los políticos harán lo necesario para cuidar a los ciudadanos? Quizá ese carnaval no se cancele del todo.

Felipe Monroy
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Felipe Monroy

Los bulos de un mundo desesperado

Felipe Monroy

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Felipe de J. Monroy*

Menudo fin de semana ha tenido el papa Francisco y los fieles católicos que se mantienen expectantes de su palabra, su orientación y sus decisiones sobre la Iglesia. Antes de que concluyera la semana, una cadena de televisión italiana anunciaba una entrevista con el pontífice en la que abordaba sin eufemismos (y quizá hasta con poco tacto) los tópicos más polémicos del inicio de año; y para el domingo, las fake news divulgadas en las redes sociales ya acusaban de un forzado apagón en el Vaticano para que Francisco huyera tras una acusación de pederastia en su contra. Una locura.

No hay manera de comprender este último fenómeno sin mirar el contexto, sin advertir que estos bulos y sus intenciones son parte también de los cambios de paradigma en materia de información y comunicación que se han confirmado formal y legalmente en estos días. No es una coincidencia que las mismas redes sociales que permiten el crecimiento exponencial de mentiras y engaños de cualquier naturaleza hayan tomado la decisión de endurecer sus políticas de privacidad y reclamar su derecho de palabra y admisión a personas que no se alinean a las creencias que las empresas abrazan; tampoco es casual que los ataques al pontífice sean promovidos y divulgados también a través de esas mismas redes sin que aparentemente nada se pueda hacer. ¿Qué es lo que sucede?

Sucede lo de siempre: hay una realidad que incomoda. Una realidad que tiene un potencial de indignación tremendo y la constante lucha de poderes por controlar o manipular la conciencia de la gente.

Pero vamos por pasos. En la entrevista, el Papa fue categórico contra aquellos que confunden o se dejan confundir con teorías de conspiración respecto al COVID-19 o la vacuna que -hay que señalarlo- se compra, vende y distribuye por el mundo sin más mirada que la de rescatar al mundo de una pandemia dolorosísima.

El pontífice lamentó que haya gente en este punto de “negacionismo suicida” contra la vacunación o calumniadores que inoculan ignorancia y miedo en un proceso del que la población general sabe más bien poco. Las palabras fueron muy fuertes, incluso para aquellos que, si bien confían en los esfuerzos de la ciencia y la medicina para afrontar los desafíos de la humanidad, también comprenden que el mundo se ha vuelto terriblemente complejo; tanto, que parece no ser ingenuo el mirar dos veces el tipo de relaciones sociales, humanas y económicas que se han implementado bajo la esperanza de una vacunación que nos devuelva la normalidad perdida.

El segundo tema polémico fue, invariablemente, el de los acontecimientos en los Estados Unidos. Al respeto, el Papa fue esta vez más diplomático, pero no por ello menos comprometido: “Ningún pueblo puede jactarse de no tener un día así de violento en su historia”, dijo. En el fondo, con esta pequeña reflexión, el papa Francisco le enviaba un mensaje profundo al corazón del orgullo norteamericano que ha llevado conflicto y caos por el mundo entero bajo la premisa de que son ellos los ‘guardianes de la democracia’ [sic]. El pontífice parece obligar a los norteamericanos a mirarse al espejo para descender del empíreo de su vanidad y reconocer que comparten las mismas debilidades del mundo conocido.

¿Fue esto suficiente para que los bulos se ensañaran con el papa Francisco este mismo fin de semana? Quizá no. Pero es un hecho que forman parte de una resistencia tremenda a los cambios que este viraje civilizatorio nos está obligando. Es difícil -como lo constatamos- ser la vergüenza democrática del momento cuando, con el pecho henchido y divino encargo, se enviaban tropas para restaurar el balance geopolítico; es igualmente difícil que la institución marmolea falsamente incólume al paso de los siglos se vea obligada a abrazar el fuego del cambio.

El Papa parece recordarle al mundo que, si bien el mensaje y la esencia salvadora de la fe cristiana es perenne, los estilos, las dinámicas y la construcción humana de las instituciones siempre han evolucionado junto a los desafíos de cada época. Los creyentes, si cuentan con fe suficiente, aceptan los terribles cambios civilizatorios porque saben que la esencia del mensaje y la salvación de su fe tiene respuestas para todo tipo de escenario imprevisto.

Y esto es simplemente intolerable para los viejos y los nuevos dueños de las dinámicas del mundo. Para los viejos (como los Estados nación o las potencias ideológicas político-militares), el mundo debe regresar al punto donde no se vulnere su statu quo; para los nuevos (los imperios tecnológicos de comunicación y manipulación de conciencia social), el cambio necesario es aquel donde ellos decidan la ciudadanía (o peor, la dignidad) de cada ser humano.

El mundo se encuentra en terrible desesperación y los engaños son parte de su respuesta inmunológica al cambio. La defensa a ultranza de lo que fuimos (incluso de lo inconfesable) es el síntoma invariable de la desesperanza. Lo dijo de otra manera al papa Francisco en la Solemnidad de Pentecostés del año pasado: “Peor que esta crisis, es solamente el drama de desaprovecharla, encerrándonos en nosotros mismos”.


*Director de VCNoticias.com
@monroyfelipe

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