Connect with us

Opinión

El final de la fuente presidencial

Publicada

on

En realidad, es muy probable que cada periodista de México considere que hay dos tipos de profesionales en este oficio: los periodistas críticos y aquellos que sólo se animan a cuestionar cuando tienen garantizado su estatus. Y durante décadas todo parece indicar que así fue.

Este pensamiento inercial ha sido tan fuerte y tan prolongado durante tantos sexenios que frente a nuestras narices sucedió algo que pocos han logrado ver, aunque muchos se ya han intuido: el fin de la fuente presidencial en México.

Premio o castigo, recompensa o expiación, posicionamiento o aislamiento del periodista, la fuente presidencial en México tiene una de las más inamovibles tradiciones del oficio informativo: Siempre hay espacio para ella. Sin importar lo insustancial del acontecimiento, no existía medio de comunicación alguno que no reprodujera en sus primeros titulares la frase: “El presidente de la República, Fulanito de tal…” y después el verbo que más se acomodara a la redacción.

Para los periodistas que cubrían la fuente presidencial, de las cinco interrogantes básicas del periodismo clásico norteamericano, el ‘quién’ estaba de antemano respondida. El encargado de comunicación social de la Presidencia de la República era un oficio que no había sufrido mutación alguna en muchos sexenios. Como le menciona Julio Scherer García en su clásico “Los presidentes”, para el titular de esta oficina, el trabajo siempre es una simple ecuación de relaciones públicas: hacer todo lo posible para que al presidente se le tiendan las preguntas cómodas que le permitan desplegar su talento y conocimientos, que al presidente no se le cuestione, que al presidente se le escuche solamente.

Por supuesto estas condiciones no incomodaban a todos los periodistas.  Para algunos -quizá la mayoría-, la Presidencia era una fuente periodística que les garantizaba el escaparate indispensable, cotidiano, certero y de interés, no para sus lectores o audiencias, sino para los poderes alternos que consideran a los medios de comunicación como correo político. A través de una nota fácil, casi siempre calcada de los buenos oficios del vocero presidencial, algunos miembros de este gremio de periodistas han alcanzado la satisfacción de su ego con numerosas publicaciones a lo largo de los sexenios. Piezas periodísticas que no investigaron, que no verificaron y que nunca imaginaron siquiera los propósitos para los que eran publicadas.

Para otros, sin embargo, la fuente presidencial se trataba de una camisa de fuerza que impedía el escrutinio, la creatividad o la maduración de una pieza contrastada con investigación y oficio a ras de suelo. A esta clase de periodista le llega pronto el hartazgo cuando una perorata del ejecutivo es demasiado vaga o frívola, o cuando el vocero presidencial hace elocuencia de sus artimañas pasivo-agresivas pavlovianas: “Es usted un gran periodista y representa a un importantísimo medio. Quisiéramos darle una exclusiva con le presidente, pero hay algo que me preocupa…”.

La cercanía con el titular del ejecutivo obnubila la mirada del periodista sobre las diversas realidades más allá de los muros del palacio. El presidente y la nación se confunden en un solo personaje cuyas tramas aparentemente atañen y afectan a todos y afectan. Las cuitas del presidente y la nación son todo el nutriente del apetito periodístico y, sin ellos, prácticamente no habría razón para el periodista de estar atado al régimen y el poder. Para seguir parafraseando a Scherer: “La silla presidencial transmite el poder y algunos males. Enferma la sangre o el ánimo, o el ánimo y el juicio, o el ánimo, la sangre y el juicio. No es posible ir tumbo tras tumbo, de sexenio en sexenio, sin atribuirle a la presidencia algún misterioso veneno”.

Pero algo de esto ha cambiado con el sexenio de Andrés Manuel López Obrador. La fuente periodística, herida en su egolatría y atada en sus búsquedas por la verdad, se ha visto limitada y recluida al espacio de la Tesorería del Palacio Nacional con la cotidianidad de las conferencias matutinas que, inagotables, vierten en los medios de comunicación todo el discurso que el líder del régimen deposita lo mismo a sus seguidores que a los detractores.

Ya no hay espacio para los juegos de relaciones públicas, de las promesas de exclusividad o cercanía con el presidente a cambio de matices gentiles en el ejercicio de la información publicada. En su propio terreno, el presidente ya no es el ser inalcanzable, devoto de su insustituible servicio en el despacho y esclavo de las multitudes que le idolatran, la dilución de la investidura presidencial alcanza a los periodistas de esta fuente que aún intentan reconocer qué es lo que se necesita de ellos y qué pueden ofrecer a sus medios y a sus audiencias.

Esta ansiada o despreciada fuente de información dejó de existir cuando, de manera cotidiana, el presiente responde incansable a las más inverosímiles inquietudes, demandas o preguntas de periodistas, de pseudo periodistas o, incluso, de provocadores que no han hecho sino promocionar su negocio o su persona.

¿Seremos capaces de cambiar algo a esta inercial y moribunda tradición informativa? Quizá no. Y para muestra, el alucinante diálogo entre el comunicador Nino Canún y López Obrador en una de las conferencias matutinas. El periodista le dice: “Gracias a usted, señorpresidente”. López le revira: “Gracias al pueblo”. Y, finalmente, Canún se empecina: “No. Gracias a usted, no al pueblo de México. ¡Gracias al presidente de la República!”.

Que luego no digan que no hubo oportunidad para volver al periodismo de calle, de muchas voces y muchos clamores. Que se conformen quienes sólo quieren dar gracias al jefe en turno.

@monroyfelipe

LEE TAMBIÉN: Comunidad y espada



Dejanos un comentario:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Análisis y Opinión

Entre la propaganda y el terror

Publicada

on

Hay que ser claros, el terrorismo es sustancialmente propaganda. Una propaganda constituida por crimen, violencia y muerte. Todo acto de terrorismo guarda un mensaje en cada bala y explosión; es un discurso de fuego y caos escrito con pólvora y odio. Su objetivo no sólo son los destrozos sino sus ecos: el miedo, la desazón y esa la terrible inquietud de que, en cualquier momento, pueda nuevamente ocurrir una desgracia.

El terrorismo no siempre tiene un sustrato político o ideológico perfectamente construido; de hecho, es altamente probable que la razón de su ira esté sustentada particularmente en su radical ignorancia, en la intolerancia criminal que sólo puede provenir del desconocimiento y en la supina confianza de sus armas y medios.

Además, los actos violentos no alcanzan categoría de terrorismo únicamente por su magnitud o por su estela de muerte sino por su intención disruptiva, por buscar constituirse claramente como un ‘espectáculo’ que quiere afectar a una audiencia mucho más extensa que a las víctimas del acto en sí; también cuando el propósito es devastar o alienar todos los niveles de relación social en el espacio público físico o simbólico donde se perpetran los crímenes.

Por ello, aunque en efecto aún hay distancia entre los disturbios y las acciones violentas desatados en los últimos días en varios estados de la República respecto a categóricos y formales actos terroristas, no es buena idea minimizar dichos fenómenos clasificándolos como ‘propaganda criminal’.

En primer lugar, resulta evidente y casi natural que opciones y movimientos políticos opositores al régimen gobernante utilicen el concepto ‘terrorismo en México’ para crear una narrativa de descrédito a las autoridades, no sólo para evidenciar las carencias, torpezas y errores de la estrategia de seguridad vigente sino también para convencer y reorientar las conciencias de no pocos sectores ciudadanos.

Es decir, no hay que perder de vista que en la peligrosa narrativa del ‘terrorismo en México’ también hay intenciones de alarmismo político utilitario -no siempre soportado por la realidad- que, por otra parte, es absolutamente legítimo en una disputa por el poder. Es algo a lo que estamos acostumbrados. Si la ciudadanía es suficientemente madura para ponderar el fenómeno en su justa dimensión, también sabrá exigir razones de su confianza y esperanza a los que hoy son agoreros de la insidia.

Lo que sí causa preocupación es la respuesta (evidentemente sopesada) de las autoridades de seguridad en México que, ante los terribles acontecimientos vividos en las ciudades del norte y occidente de México, han asegurado que corresponden a ‘actos propagandísticos del crimen’. No importa si -como intentaron explicar militares y funcionarios- se trató de una reacción de criminales ‘al debilitamiento’ de sus organizaciones y negocios (no nos imaginamos lo que harían sintiéndose sanos y fuertes), al afirmar que estos grupos tienen intenciones de prédica o propaganda de su potencial disruptivo o de sus márgenes de poder a través de actos violentos, es motivo suficiente para preocuparse; porque la propaganda es uno de los más complejos actos de racionalidad estratégica que una asociación puede tener ante intereses más grandes, idealizados y trascendentes.

Por ello es importante atender con claridad la definición del terrorismo asociada no sólo a la intimidación por medio de actos espectacularmente violentos; sino a la afectación del ‘espacio físico y simbólico’ donde se perpetran estos actos. Si se destruye enteramente el espacio donde personas, instituciones o autoridades se relacionan en dinámicas vivas, entonces es terrorismo; si esos espacios dejan de significar lo que son para la sociedad y la cultura que allí vivía, es terrorismo.

El terrorismo tiene un componente importante respecto a la manera en cómo las personas y la sociedad afectada la asumen. Por supuesto, no es tan sencillo, pero ya lo advertía Noam Chomsky, “existe una forma verdaderamente sencilla de parar el terrorismo: dejar de participar en él”.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

Seguir leyendo

Análisis y Opinión

Abrazos como Dios manda

Publicada

on

En medio de la indiscutible crisis de violencia e inseguridad que padece México, esta semana por fortuna hubo abrazos en un espacio necesario: entre las representaciones de la iglesia católica y de las iglesias evangélicas, confrontadas gratuita e inútilmente por mera adulación del poder. Los pastores evangélicos buscaron un encuentro que apagó incendios fatuos que innecesariamente polarizaban realidades que no deberían estar en pugna.

Se trató de un abrazo necesario no sólo porque simboliza el acuerdo y la concordia a pesar de las diferencias (o quizá gracias a ellas), sino porque refleja esperanza en el trabajo conjunto, esperanza para la paz tan urgente en el país. Los líderes religiosos reunidos se desmarcaron de declaraciones incriminatorias y pendencieras (algunas vertidas por sus propios correligionarios) y acordaron enfocarse en cinco compromisos: orar por búsquedas comunes de paz; formar conciencia de la sacralidad de la vida; dialogar y colaborar juntos; aliarse para exhortar por mejores prácticas a las autoridades civiles; y promover acciones de justicia y solidaridad.

Hay que decir que, en la formación de pastores, ministros o maestros de religión, varias confesiones estructuradas suelen recomendar a los predicadores que cumplan con algunos mínimos a la hora de explicar o interpretar los textos sagrados o los signos de los tiempos: ser honestos, sin exagerar ni prometer demasiado; ser amantes de la paz, jamás pendencieros o contenciosos; ser serenos y reflexivos; que sepan dominar sus impulsos, sus prejuicios y, sobre todo, reprimir sus intereses.

Al final, la educación de líderes religiosos trata de recordarles a predicadores y ministros de culto que comunican algo más grande e importante que ellos mismos, más amplio y trascendente que su particular contexto y sus afectos; que deben comunicar y compartir lo inefable, lo absoluto.

Por desgracia es sumamente común que el predicador anteponga sus apegos, predilecciones, cálculos y preferencias, tanto en sus sermones y discursos como en la guía espiritual de sus correligionarios. La historia está llena de ejemplos donde ministros y líderes religiosos, ya sea por supervivencia o por privilegios, adecuan -y hasta corrompen- los misterios de su fe o la omnipresencia de lo intangible a la inmediatez del contexto histórico, político o económico que les beneficie.

Y en un país como México, donde históricamente el origen de muchas de sus instituciones sociales implicó una cruenta batalla contra instituciones y organizaciones de cohesión social preexistentes, muchos ministros de culto, guías y pastores espirituales básicamente han cedido buena parte de su integridad religiosa para sobrevivir o para hacer crecer su grey en el espacio social y cultural mexicano. Los pocos indomables, prácticamente han sido mártires.

Por ello no es extraño que, con cierta frecuencia, aparezcan líderes religiosos más cercanos al poder temporal que al eterno. Líderes que, cuando no repiten, justifican los criterios del poder político o económico. Pero las crisis sirven para definir el carácter. La larga crisis de violencia que atraviesa el país desde hace ya tres sexenios obliga a definirse y posicionarse, incluso a abrazarse y a aliarse con los otros, respetando su identidad y preservando la pluralidad.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

Seguir leyendo

Te Recomendamos