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Felipe Monroy

De la agresividad a la negociación en las ficciones políticas

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En política, como dice Bidpaï, no hay cosa como “un arco de recta intención ni flecha que siempre dé en el blanco”. Es decir, que en el juego político no siempre se expresan los auténticos propósitos de los actores sociales pero tampoco hay fórmulas que resulten siempre exitosas. Además, no hay algo realmente “innegociable” aunque, al igual que la utopía anima a seguir caminando, la radicalidad de la convicción sirve para convencer a los radicalizados.

Los acontecimientos en los comicios presidenciales en Argentina ejemplifican cómo las campañas electorales tienen un discurso que pretende rasgar cercanías y ahondar distancias entre la ciudadanía. Hay que reconocer que la campaña de Javier Milei convocó a un inmenso electorado gracias a la simpleza y radicalidad de su discurso. Sólo un puñado de votantes se ha cuestionado profundamente la operatividad de las promesas y la puesta en práctica de las exóticas medidas propuestas; la gran mayoría confía en la estrategia de polarización. Sobra aclararlo: Milei arremetió contra todo, en todas partes y al mismo tiempo definiendo a sus enemigos, mientras acrecentaba una narrativa heroica sobre su persona; por ello, más que de electores, logró hacerse de hinchas identificados con su estilo y su simpleza de ver el mundo.

Sin embargo, después de las campañas, la realidad social devuelve a la ciudadanía a la complejidad. Los votos le fueron positivos para ir a la segunda vuelta contra el candidato oficialista; pero –como él mismo confesó– requería desandar la radicalidad de la agresión y tender puentes hacia otros grupos políticos afines. Así que, finalmente, se evidencia que la radicalidad siempre encuentra en la política la necesidad de negociar. Ni hubo un arco de recta intención ni flecha que siempre acierte. Y esto obliga a reflexionar sobre los juegos políticos electorales en México: aunque hoy algunos candidatos hablen en términos absolutos (“Yo o el desastre”), no hay que perder de vista las obligadas negociaciones que surgirán en su momento.

Vivimos tiempos donde las contiendas políticas se manifiestan con intensidad discursiva; entre todo el ruido informativo, los políticos deben asegurarse de hacerse notar entre el mar de noticias y distracciones, y por ello no dudan en subir los decibeles tanto en expresiones de polarización, como en discursos que bordean el odio y el denuesto. Por ello se hace indispensable que los cuartos de guerra de las y los candidatos comprendan bien la naturaleza y los límites de la diferenciación discursiva. Los procesos electorales están traspasados por la crisis de las instituciones políticas pero la ciudadanía sigue necesitando mecanismos para lidiar con la diversidad de opiniones y proyectos. Lo más sencillo, es apostar por el ruido mediático conflictualista ocultando la necesaria política deliberativa negociadora.

Esto último es relevante porque la polarización en la política ayuda a la creación de grupos afines dispuestos a movilizarse; pero candidatos y partidos no pueden dejar a sus seguidores en calidad de turbamulta. Más allá de la demonización de sus oponentes, también deben generar espacios donde se debatan ideas y se busquen soluciones. No sólo porque eso atempera la inquina social sino porque, la mera estrategia polarizante, limita la capacidad de los ciudadanos a discernir entre argumentos políticos válidos o la mera retórica incendiaria.

Una buena salud democrática no es aquella en donde no existan conflictos o donde se expresen siempre a través de medios regulados o institucionalizados; la democracia requiere de exaltaciones y dicterios que, a la postre, puedan propiciar procesos de negociación, compromisos y acuerdos. Los conflictos, las diferencias de visión y modelos de política no son problemáticas en sí; sino el ambiente tóxico en la sociedad en dónde los conflictos no encuentran medios para dialogar o remediarse.

Las estrategias enfocadas sólo en el ruido mediático tienen utilidad hasta que se convierten en distractores del ejercicio democrático; las hordas de adeptos polarizados no participan en la deliberación política ni en la discusión de las políticas públicas. Pueden quedarse extasiados o furibundos detrás de la puerta hasta que sean nuevamente requeridos porque se encuentran extasiados o furibundos. Como se ha insistido: la polarización radicaliza a quienes quieren estar radicalizados.

Pero después de las campañas y del odio verbalizado, siempre será necesaria en la democracia una política deliberativa, que busque fomentar la diferenciación constructiva, que negocie, que llegue a acuerdos complejos, donde se gane tanto como lo que se pierda. Justo ahí, gracias a las diferencias, el diálogo puede encontrar soluciones que reflejen las perspectivas en ocasiones confrontadas de la sociedad; pues los conflictos seguirán allí o evolucionarán, es una ley que los radicales jamás comprenderán.

Por cierto, Bidpaï continúa la fábula con la voz del cuervo que era pura agresividad diciendo: “Suplico a Dios que anule y aniquile esta mi forma corvina (de agresividad) y me conceda la investidura de vuestra figura (la sabiduría) y me vuelva un búho para que, por este medio, pueda recompensar a mis enemigos, tomar satisfacción de sus ofensas y alcanzar el consuelo de mi ánimo y el contento de mi corazón”. Ese cuervo, era un muy hábil político.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe



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Felipe Monroy

El escurridizo diamante de la paz

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En El fistól del diablo, Manuel Payno relata una fabulilla sobre un peculiar y valioso diamante el cual cambia varias veces de manos en una infinita serie de crímenes, robos, traiciones, estratagemas y azarosos designios. Cada cambio de propietario casi siempre está motivado por la vulgar ambición de la posesión y ostentación de la joya; pero en ocasiones, por accidente o casualidad, cae en manos ingenuas e inocentes a las que también su breve estancia les cambia la vida.

La historia no tiene realmente un final pero se entiende la moraleja: Hay bienes inmensamente preciados que, de tanto desearlos y buscarlos para poseerlos, terminan con nuestra propia suerte; y, por el contrario, cuando esos mismos dones caen como ascuas inesperadas a nuestras manos, debemos ponerlas a servir y trabajar en lugar de resguardarlas y admirarlas, y así evitar tragedias.

México vive una auténtica crisis de violencia cuyo fin no parece vislumbrarse en el horizonte. Desde el comienzo de la cuestionable ‘Guerra contra el Narco’ instruida por el presidente Calderón Hinojosa y a lo largo de 18 años de fallidas estrategias de seguridad de Peña Nieto y López Obrador sólo nos ha quedado claro que la paz es como el diamante en esa fábula de Payno: cada quien la anhela y la usufructúa a su manera, pero en su escurridizo viaje sólo deja devastación si no se obra solidaria y desinteresadamente.

Los poderosos utilizan sus propios medios y estratagemas para conseguir “su paz” como propiedad, como riqueza intransferible e indivisible, dicen: “Mientras yo obtenga mi paz, que el resto se haga trizas”. Las víctimas sólo ven de lejos esa joya anhelada mientras caen en los campos de guerra de los poderosos que les prometieron conseguir y compartir la paz pero sólo recibieron tierra y sangre, ni ellos ni sus seres queridos volverán a ver de cerca la paz en esta vida excepto en la propaganda y en la retórica de los discursos de sus líderes y dirigentes. El resto, el pueblo, los inocentes, gozan de paz pero como un carbón ardiente: si se pone en el fogón, calienta la casa y se hace sopa para compartir; pero si se guarda en el bolsillo o debajo de la almohada, provoca desastres.

La paz es esa llama en potencia que iluminará a los ciegos y abrigará a los desposeídos; pero necesita solidaridad y estructuras comunitarias para ponerse en acción. Se construye la paz para compartir, no para poseerla ni adornarse con ella. Esa paz ambicionada en privilegio y soledad es como la advertencia ancestral: “Cavarás un pozo para mantener lejos a tu hermano, pero caerás en él”.

En el relato, Payno describe cómo el diamante pasa un tiempo como adorno en la cabellera de una jovencita que lo lleva como amoroso regalo de su padre, un campesino que encontró la roca literalmente entre cadáveres. Cierto día, la joya en la joven llama la atención de un emperador, el cual la rapta con todo y diamante. El padre, indignado y desesperado, toma la decisión de derrocar al emperador; vende sus cosas, deja su casa y se interna en el submundo de oprimidos del rey para hacerse de un pequeño ejército de miserables y abandonados que crecen inadvertidamente bajo las narices del monarca. Finalmente recupera a su hija; el diamante en realidad no le importa.

Pienso que así debe ser la búsqueda y construcción de la paz. Nace de la indignación y se pone en acción junto con los oprimidos. El verdadero valor de ese escurridizo diamante de paz está en el bienestar de los demás, especialmente de los más inocentes y los más vulnerables, en el rescate de los esclavizados o privados de su libertad, en la dignificación de un pueblo cuyo clamor rompe la falsa paz que dan las murallas de un palacio.

Bien se dice que “a la paz, sólo es posible llegar por la vía de la justicia” y la construcción de esa paz con justicia y dignidad requiere que el pueblo esté bien informado, que asuma con profunda conciencia su realidad, que no desprecie la memoria de su historia y su pasado, que ponga en sus labios ante todo palabras de dignidad, compasión y perdón.

Nadie puede ir entre lobos a buscar la paz como un diamante y volver de ahí con ella entre las manos; la construcción de paz exige que la gente se pronuncie activamente desde su realidad; que la sociedad repare relaciones humanas dañadas por la desconfianza, el temor y el odio; y finalmente se requiere que el pueblo reforme las instituciones que deben garantizar que la paz sea esa llama que mueve el motor de toda la vida social.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Itinerario 2024: Epicentros de una visita pontificia

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Las inéditas audiencias privadas que Xóchitl Gálvez y Claudia Sheinbaum sostuvieron con el papa Francisco en el Vaticano no pueden limitarse a una simple lectura anecdótica. Las fotografías de las candidatas a la presidencia de la República junto a Jorge Bergoglio darán mucho de qué hablar pero, en el fondo, son vagas ondas de un eco cuyo epicentro ha sido realmente sísmico en dos materias.

La primera es estructural-diplomática: Tanto el Vaticano como la Santa Sede son sumamente cautos en lo referente a las audiencias privadas del pontífice (muy distintas a las Audiencias Públicas de los miércoles al aire libre o en algún salón inmenso) y existe una delicada operación diplomática y burocrática para conseguirlas cuando no son invitaciones que el propio Papa hace.

Las visitas privadas al pontífice responden a criterios mínimos: se otorgan a representantes oficiales de pueblos y naciones, a representantes de organismos internacionales o de comunidades religiosas, a líderes empresariales o de distintos sectores económicos, sociales, culturales o gremiales, a agrupaciones o asociaciones de fieles y, evidentemente, a representantes de organismos católicos. Cuando no se cumplen estos criterios, es evidente que la operación diplomática requirió mayor talento, más audacia y perfiles muy concretos que conozcan la maquinaria vaticana para operar con delicadeza dichos encuentros.

Por ello, la presencia de las candidatas es el final de un largo camino emprendido por personajes que aún no han salido en la escena pública y seguramente no querrán salir. En primer lugar, se debe pensar si tuvieron parte en la operación diplomática los mutuos representantes de la Santa Sede y el gobierno México, el nuncio Joseph Spiteri y el embajador, Alberto Barranco; en segundo lugar, es probable que, como sucediera en la Asamblea Plenaria de Obispos de noviembre pasado, la visita de ambas aspirantes también fuese acordada por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) dirigida por el arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López.

Pero esencialmente hay que reflexionar sobre otros personajes cercanos al Papa y con peso cardenalicio que pudieron haber apoyado a concretar las audiencias: el nuncio en Estados Unidos y viejo conocido en la representación diplomática en México, cardenal Christophe Pierre; el actual titular del Governatorato Vaticano, el cardenal Legionario de Cristo, Fernando Vérgez Alzaga (ordenado obispo y promovido por el ex nuncio en México, cardenal Giuseppe Bertello); y no hay que dejar de lado al prefecto del Dicasterio de los Obispos y presidente de la Comisión Pontificia para América Latina, el cardenal agustino de origen estadounidense y experimentado misionero en Perú, Robert Prevost, quien tiene en la secretaría de la comisión al laico mexicano Rodrigo Guerra López.

Es decir, que las respectivas visitas de Gálvez y Sheinbaum pudieron concretarse gracias al interés de no pocas instancias católicas tanto en México, en Estados Unidos y en la propia Santa Sede; y esto ya es en sí mismo positivo pues despresuriza el tradicional conflicto político por granjearse la ‘bendición’ de los liderazgos católicos durante la campaña electoral. Lo que nos lleva a la segunda materia de esta trepidante historia: La dimensión política de la fe y la participación de las instituciones religiosas en la vida pública de México.

En este contexto, se sabe que a diferencia de otras naciones, la participación política del electorado mexicano no está sustancialmente motivada ni condicionada por las instrucciones pastorales ni los valores religiosos. Esto se debe a la larga y profunda división entre el ejercicio de las instituciones públicas y la participación de los creyentes en la esfera social. Ha habido casos en los que, incluso los católicos de misa dominical asistentes a la catedral diocesana han recibido la instrucción de su propio obispo de votar por algún candidato o no votar por ciertos partidos; y, al final, los resultados electorales evidencian que los feligreses valoraron dicho juicio no sólo como cualquier otro sino ni siquiera como relevante para definir su voto.

Y, aún así, la capilaridad de la Iglesia católica no sólo en todo el territorio mexicano sino en las más hondas venas de la historia, la cultura y la identidad nacional obligan a no minimizar las cualidades socializadoras y transformadoras de sus asambleas, sus organismos y festividades; no se puede desarticular de la vida pública y la responsabilidad política el irremplazable servicio de custodia que hace la Iglesia de los recintos históricos vivos más importantes del país, ni la generosa e impagable caridad transversal que los católicos patrocinan ante cada drama humano que no puede ser atendido por las instituciones civiles (migración, pobreza, desempleo, emergencias naturales, construcción de paz, mediación, educación, defensa de la tierra y de los pueblos, etcétera).

En conclusión, las fotografías de las candidatas pueden leerse tibiamente en clave publicitaria en el contexto de sus respectivas campañas presidenciales; pero en el fondo reflejan una silenciosa revitalización: tanto del aparato eclesiástico entre México y la Santa Sede como del debate largamente postergado sobre la moderna libertad religiosa donde, más allá de la tradición y el usufructo, se debe revalorar la participación política de los creyentes y no creyentes en un país más tolerante y más democrático.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Itinerario 2024: Inmaculados fetichismos democráticos

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El juego democrático no es simple, mucho menos sencillo. No basta trasladar las responsabilidades cívicas a las instituciones, a los aparatos o a las herramientas electorales para participar proactivamente en una sociedad democrática. Corremos el riesgo de crear fetichismos democráticos a los que además les exigimos una pulcritud que no pueden garantizar.

Hace un año, en medio de la –esa sí– intensamente democrática pugna por las reformas estructurales al aparato electoral en México, surgieron campañas mediáticas y políticas que explican justo el fenómeno de la fetichización democrática: En la búsqueda por preservar un statu quo, recursos económicos y hasta mantener a personajes específicos en nómina, algunos sectores burocráticos y dirigencias partidistas lanzaron una perniciosa campaña en la que reducían la complejidad democrática al objeto mismo de la credencial de elector.

En eslóganes y discursos, dichas cúpulas aseguraban que preservar todas las condiciones del instituto electoral (incluso las cuestionables) significaba la posibilidad de dotar de una credencial de elector al ciudadano; y que el tener dicha credencial representaba la plenitud democrática para el país. Así, volvieron la ‘credencial de elector’ un fetiche, el cual pretende suplantar las muy diversas vías de participación y responsabilidad ciudadana en una democracia moderna.

Es cierto que uno de los muchos pilares democratizadores de las naciones modernas es el sistema electoral, su aparato formal y operativo, así como los mecanismos existentes para la validación y certificación de los procesos electorales recurrentes; pero no es el único y, como veremos, no puede funcionar con plenitud sin otros pilares indispensables como la transparencia, apertura y rendición de cuentas por parte del gobierno; la robustez, independencia y responsabilidad social de los medios de comunicación; la dinamizadora representación legislativa distrital y sectorial; la capilaridad partidista de grupos y sectores sociales vulnerables o minoritarios; y la libre organización de asociaciones de participación cívica y social.

La democracia más que un fin es un proceso; el cual, para disgusto de los tecnócratas, no se reduce a las leyes ni la operatividad institucionalidad electoral. Es un proceso esencialmente político en el que, sin duda deben garantizarse mínimos estructurales, pero sobre todo, debe jugarse extensamente la participación ciudadana en su pluralidad y en las fuerzas antagónicas que se enfrentan por la definición de las dinámicas sociales y las políticas públicas.

Bajo los planteamientos de la fetichización democrática, las instituciones deben estar absolutamente limitadas a sus marcos legales y a los presupuestos establecidos para su operación de manera inflexible, invariable e inmutable. Pero aquello significa no comprender ni la política ni la esencia que sostiene el ideal democrático; son precisamente las dictaduras o los regímenes autoritarios los que buscan operar bajo una firmeza inamovible, bajo el supuesto de inmutabilidad e invulnerabilidad de la ley así como en la permanencia de un orden precedente absoluto.

Las sociedades democráticas de segunda generación (es decir las que continúan con procesos de democratizadores y que no surgieron como respuesta a regímenes autoritarios) deben –como dice la máxima– remediar los males de la democracia con más democracia; y ello implica la participación del juego democrático con las múltiples voces que la dinamizan.

Es pernicioso hacer propaganda política desde el temor; el miedo es de lo más antidemocrático. Por el contrario, se requiere cierta audacia para que los grupos de la sociedad civil, los partidos políticos y las instancias democráticamente electas participen en el desarrollo democrático, en su evolución.

Las instituciones democráticas no pueden limitarse a estructuras y regulaciones; por el contrario: son condiciones y dinámicas donde se promueven los derechos y se protegen las vulnerabilidades de todos los implicados; son mecanismos que favorecen el acceso a la información; son medios de comunicación más robustos e independientes de fuerzas económicas cuyos intereses están en juego; y son las voces de los pueblos directamente afectados por las decisiones de un gobierno o de un cuerpo legislativo.

México tiene oportunidad de hacer crecer su democracia porque vive en una democracia perfectible; y para ello, se requiere, además de lo anterior, que el voto popular por los representantes se desvincule de las influencias no democráticas como el dinero o la intimidación criminal; se requiere que el cuerpo legislativo responda a las voluntades del pueblo y no sólo de las cúpulas partidistas; se requiere que los procesos legislativos sean más abiertos tanto en su deliberación como en su resolución (porque resultan odiosas y terriblemente antidemocráticas las sesiones a puerta cerrada, de madrugada y donde legisladores votan por cédula para que el pueblo y sus electores no les cuestionen su actuar, como ocurrió en el congreso de Aguascalientes en diciembre pasado).

Y sí, crece la democracia cuando los medios de comunicación se involucran en una correcta diseminación de información sobre los procesos legislativos y políticos, cuando participan solidariamente en la distribución de espacio y visibilidad a condiciones tan desiguales en el debate público; es decir cuando no sólo “dan cabida a todas las voces” sino cuando favorecen la expresión de voces alternativas y minoritarias frente a los discursos patrocinados por grandes grupos de poder político y de capital económico.

Es por ello que las instituciones democráticas no pueden estar “libres de impurezas” ni reducirse a un fetiche que suplante el complejo juego político; porque, al menos en materia política, la mera definición de “lo puro” y lo “inamovible” está más cerca del autoritarismo que de la democracia.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Bendecir o no bendecir, el ministro frente al abismo

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Aquí mismo anticipamos que el asunto de las bendiciones a las parejas homosexuales iba a generar no sólo mucha controversia sino una ruptura dramática sobre la “idea de Iglesia” que sus miembros se han hecho de sí mismos durante mucho tiempo y que el ‘cambio de época’ está modificando con y sin su ayuda.

Recapitulando: El Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó en diciembre pasado la declaración Fiducia supplicans, un texto que reflexiona sobre el sentido pastoral de las bendiciones impartidas por los sacerdotes y cuyo contenido no genera mayor problema exceptuando que faculta el discernimiento y la posible toma de decisión de los ministros de culto para bendecir –sin ritos, ni parafernalia y lejos de cualquier acto público– a parejas homosexuales que auténticamente busquen la asistencia de Dios y no pretendan ni la validación ni la autorización de su condición de vida.

La declaración ha causado un terremoto al interior de la propia Iglesia: ciertos cardenales y estudiosos eclesiásticos la ha llamado herética y sacrílega; grupos de fieles le han pedido al papa Francisco que derogue el documento; obispos han prohibido a sus sacerdotes la decisión de bendecir a dichas parejas; e incluso –en una esquizofrenia total– algunas asociaciones sacerdotales han anunciado que desacatarán un texto que es meramente reflexivo y que sólo les invita a pensar, puesto que no es medida, resolución ni ley; vaya ni siquiera llega a recomendación.

Desde el inicio, el Papa ha respaldado la declaración y a su autor, el cardenal argentino Víctor Fernández; sin embargo, ante la dureza de las críticas y al uso mediático de este tema para cuestionar su papado, Bergoglio sacó de la artillería retórica una comparación para obligar a sus detractores a mirarse en un espejo: “Los pecados más graves son aquellos que se disfrazan de una apariencia más angelical. Nadie se escandaliza si doy mi bendición a un empresario que quizás explota a la gente y esto es un pecado gravísimo. Mientras se escandaliza si se lo doy a un homosexual…. ¡Esto es hipocresía!”.

A lo largo de su pontificado, Francisco ha arremetido especialmente contra la hipocresía. Ha dicho que es la corrupción del corazón, que es difícil perdonar a quienes no sólo tienen doble cara sino doble alma, que repudia a quienes fingen santidad y a quienes usan una pretendida bondad como maquillaje. Ha llamado hipócritas a quienes “se creen justos mientras juzgan y desprecian a los demás”. Vaya, incluso ha dicho que robarle al Estado para donar a la Iglesia es corrupción hipócrita.

Con su más reciente declaración, Bergoglio plantea a la Iglesia católica salir de ese juego de ver “quién se escandaliza más”; porque escandalizarse ‘más que los demás’ no significa ni mayor bondad ni mayor santidad, quizá sólo signifique una mayor ceguera autoimpuesta o una evasión al discernimiento y a la revisión de la morada interior; es decir: hipocresía.

Me dice un amigo sacerdote: “Bueno, ya vimos que el Papa no sólo defiende el texto sino que también ahora ya tomó contra sus detractores; pero eso no me responde si puedo o no puedo, si debo o no debo bendecir a parejas homosexuales”. Y yo creo que justo esa incertidumbre es el centro de la reflexión necesaria sobre este asunto. La ruptura de “la idea de Iglesia” de la que hablamos antes pone a sus miembros ante un abismo doloroso entre asumir enteramente su misión de acompañar a la humanidad plenamente conscientes de su propias heridas y fragilidades; o persistir en defender una posición que les faculta, bajo la indemne perfección de la Iglesia, ser los únicos intermediarios del juicio entre el bien y el mal del resto del mundo.

Porque sentir desasosiego ante un misterio que escapa a la razón y al sentido común no sólo es normal sino necesario. En el fondo, todo este episodio auxilia a valorar con más cuidado (con temor y temblor, como dice Kierkegaard) la potencialidad existente detrás de una bendición: el incognoscible mecanismo que une lo celestial y lo terreno, lo eterno y lo efímero en un gesto tan simple y sencillo; la naturaleza divina e inasible de la infinita bondad y la esperanza representada en un par de palabras; y el anhelo etéreo y sobrehumano por revelar el auténtico vínculo entre Dios y la humanidad.

Porque la bendición no es una fórmula escrita en palabras mágicas que la gente no necesita comprender; y mucho menos es el fatigoso medio con el cual los ministros de culto obtienen estipendios como en las bendiciones de coches, casas, empresas y negocios; y otras ritualizaciones que se condicionan a la contraprestación. No es la validación pública de una persona y su actuación, ni la jerárquica autorización de sus futuros actos. Es, por consiguiente, una buena señal que tanto los ministros de culto como las personas en situaciones ‘irregulares’ estén ahora reflexionando sobre la profunda naturaleza de este misterio.

Recuerdo la historia de un obispo (hoy finado), sumamente diligente y confiado, que auténticamente decidía recibir, atender y acompañar a todo personaje con el que entrara en contacto, por supuesto, esto lo metía con frecuencia en situaciones peliagudas. Cierta ocasión, fue invitado a bendecir un local que estaba por inaugurarse.

El pastor tomó estola, acetre, hisopo y el agua bendita sin dudarlo. El negocio parecía igual que cualquier otro recién remodelado: alfombra, pintura y luces nuevas; relucientes mesas y sillones; algunas decoraciones de gusto cuestionable y una peculiarmente estrecha pista de baile en cuyo remate refulgía un brillante tubo de acero cromado el cual recibió una buena cantidad de agua bendita por parte del obispo pues –según dijo– creyó que se trataba de un soporte importante.

Cuando su asistente salió del estupor inicial y comprendió dónde estaban, tiró de la manga a su obispo y le dijo en voz baja: “Señor, este es un negocio non sancto”. El obispo casi se desmayó pero de inmediato dijo: “Entonces voy a bendecir a las personas que van a trabajar aquí”. No le pareció raro impartir su bendición a una decena de risueñas y avergonzadas mujeres, ni al orgulloso y estrambótico dueño del local que lo había ido a buscar. Al final, el obispo rechazó el donativo que el dueño le ofreció y dijo: “Recuerden que, incluso aquí, el Señor está con ustedes siempre. Les pido perdón por todas mis torpezas y le pido a Dios que las corrija; eso sí: no me arrepiento de venir aquí porque tuve oportunidad de verlos y decirles que Dios los ama. Nunca lo olviden”. Y yo creo, que no lo han olvidado.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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