Esta semana, el papa Francisco lanzó un mensaje a los TED Talk, organización que procura la transmisión de conocimientos mediante una comunicación simple

Esta semana, el papa Francisco lanzó un mensaje a los TED Talk, esa organización que procura una mejor transmisión de conocimientos mediante una comunicación simple, sencilla y amena. TED Talk ha alcanzado gran fama mundial por hacer que los científicos expresen con claridad sus estudios o que los artistas se quiten la careta de genios incomprensibles e incomprendidos. La decisión de Francisco para participar en este ejercicio de comunicación no sólo fue sorpresiva sino que es absolutamente imprescindible: porque el credo, el magisterio y tradición de la bimilenaria Iglesia católica puede aún transmitirse, puede aún comunicarse, sólo es preciso cambiar estilos y lenguajes.

La primera ocasión que estuve en Roma, tuve oportunidad de dialogar con un par de monseñores que trabajaban en las oficinas de la Santa Sede. Junto a una pizza capricciosa y un par de copas de vino quise saber cómo era la vida cotidiana de un trabajador del Vaticano, cómo funcionaba una de las maquinarias burocráticas más ancestrales del planeta y cómo se las arreglaban al estar tan lejos de casa, de sus compañeros de diócesis, de su obispo y sus familias en una labor tan singular y tan silenciosa.

Uno de ellos habló con claridad meridiana: “Es un trabajo como cualquier otro: llegar a la oficina, atender pendientes, seleccionar prioridades, responder cartas, investigar y escribir, escuchar y proponer opciones, echar a andar proyectos. Pero, sobre todo, dialogar, dialogar mucho”. El segundo, recuerdo bien, dijo más o menos lo siguiente: “Es un honor y un privilegio, un servicio en el cual mis pobres fuerzas son puestas a prueba todos los días. No es un trabajo sino la donación de los talentos que nos han sido prodigados para construir el reino de Jesucristo entre los hermanos; aquí en Roma converge toda la Iglesia universal y nos corresponde servir, bajo Pedro y con Pedro, en filiación con nuestros obispos y unidad con todos los cristianos, para evangelizar a todos los pueblos en todos los rincones del planeta”.

Con este ejemplo quiero dejar en claro que si el primer monseñor hablaba italiano, inglés, francés y español; el segundo, hablaba simplemente ‘vaticanés’. Esto es: un lenguaje que (independiente del idioma) envuelve las ideas sencillas en elaborados conceptos inasibles, de fraseo místico, magisterial o figurativo innecesario.

Con el primer sacerdote fue sencillo el diálogo; sin vulnerar la secrecía de su delicada labor, relató anécdotas y episodios de su vida como oficial en el Vaticano. Y, en efecto, fue más sencillo compartir y debatir ideas sobre el trabajo, la familia, la política, el descanso y la búsqueda de una vida digna.

Con el segundo ministro, no podía dejar de pensar que, a pesar de que nos encontrábamos sentados en una sencilla trattoria durante una fría noche romana, el cura permanecía revestido para Misa en su mente, como si cada frase la estuviera dando desde un púlpito o desde una clase de catecismo. Llegué a sospechar que, si le interrogaba por alguna de todas las ideas que el monseñor decía, aquel comenzaría a dar clases de cristología, mariología, eclesiología, magisterio o tradición católicas. Es decir, habría un diálogo desigual.

En mi labor como periodista he tenido la oportunidad de charlar con innumerables sacerdotes, obispos, cardenales y hasta con dos pontífices; y puedo afirmar que el vaticanés amenaza a gran parte de los ministros ordenados católicos; y también a un significativo sector de laicos católicos clericalizados.

Algunos dirían que el vaticanés no es sino un sinónimo de aquel concepto mexicano que la Real Academia de la Lengua Española incluyó en su diccionario hace más de un cuarto de siglo: ‘cantinflear’. Pero no, ‘cantinflear’ es “hablar o actuar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada con sustancia”; el vaticanés, por el contrario, es un habla calculada, sumamente congruente que expresa muchas veces las más complejas ideas concebidas por el ser humano, pero que falla en el principio básico de la comunicación: hacernos entender, provocar una respuesta que permita saber si hemos sido comprendidos.

Es por ello tan relevante que el papa Francisco haya participado en TED Talk y creo que varios monseñores pueden aprender de lo que ha sucedido allí: La disertación del pontífice llevó el título de la conferencia “El futuro tú” y desde allí construyó un mensaje que habló del amplio horizonte de la civilización pero anclado a la existencia concreta de cada persona, al diálogo que pueden entablar y a la humildad que obliga el poder de saber o de tener. Simple, sencillo, ameno; cero resabios del vaticanés.

@monroyfelipe

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