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Análisis y Opinión

La Biblia, el santuario y la indignación en tiempos de Trump: significantes vacíos

Felipe Monroy

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Indignación es una palabra fuerte o debería serlo. Representa un cúmulo de sentimientos, pensamientos y acciones que se desatan tras la injusticia. A diferencia de la simple ira, la indignación exige un satisfactor muy complejo, en ocasiones casi indescriptible pero que, cuando se tiene, se reconoce y cuando se ausenta, se siente: la dignidad.

Han resultado inquietantes las movilizaciones en Estados Unidos como efecto de la indignación social provocada por el asesinato de George Floyd, ciudadano norteamericano, bajo -literalmente- el yugo de el exceso policial; pero también ha causado inmenso revuelo la estratagema política del presidente Donald Trump al utilizar sin pudor algunos símbolos religiosos del cristianismo en medio de la crisis.

Dejemos a los especuladores del poder sus interpretaciones sobre el uso de estos guiños políticos (y de la potencial zanahoria de 50 millones de dólares para proyectos de ‘libertad religiosa’ patrocinados por EU) en la actual campaña de reelección de Trump; nos enfocaremos en los símbolos religiosos que se llevaron a un nivel de propaganda (o al menos así censurados por los líderes religiosos católicos y episcopalianos en Washington).

Primero, los asesores recomendaron y concretaron una serie de fotografías del presidente Trump sosteniendo la Biblia frente a un templo de la iglesia episcopal y frente a la Casa Blanca; pero también una visita al santuario de san Juan Pablo II donde posó junto a su esposa a los pies de una efigie del pontífice polaco y posteriormente hincados en los reclinatorios del Sagrario del recinto. En concreto: signos de muy alta estima para creyentes cristianos y católicos de los Estados Unidos; y dichos signos tenían destinatarios muy concretos y quizá no sería tan aventurado suponer que Dios no estaba entre ellos.

Más allá del sentido religioso, la cultura norteamericana popular ha convencido al mundo que en todo cuarto de hotel debe haber una Biblia y que todo proceso legal se juramenta colocando la mano sobre ella. La Biblia, como símbolo norteamericano, es una apuesta fuerte. Sin embargo, Trump no dejó en ella toda la carga simbólica: la peregrinación al santuario, la veneración a uno de los santos más amados del catolicismo y la postración ante el Santísimo ha conmovido a millones de católicos en todo el mundo y conmocionado a muchos más.

En su famosa Oración del Almuerzo Presidencial del 23 de agosto de 1984, Ronald Reagan hizo una recapitulación de la importancia de la religión y los símbolos de la fe en el origen y futuro de los Estados Unidos: “Siempre he creído que la fe y la religión tienen un papel crucial en la vida política de nuestra nación y siempre lo tendrán”. Todo mandatario norteamericano lo ha sabido y han debido operar con delicadeza en el balance de esa relación; por ello, con más o menos cautela utilizaron discursivamente los contenidos de esta compleja relación.

Sin embargo, lo hecho por Trump ha sido burdo, torpe e incluso ofensivo para los creyentes que saben que su religión es mucho más que los símbolos. Los signos (la Biblia, la peregrinación, el santuario, el Sagrario) son sólo portadores de contenido, un contenido poderoso; pero si esos signos se privan de su contenido son signos sin mensajes, significantes sin significado, enigmas huecos; objetos, escenarios o acciones vacías y confusas.

Eso es lo que molestó a los líderes religiosos y que los orilló a censurar los actos de Trump; y es lo que molesta también en otras naciones cuando, por ejemplo, mandatarios como en Bolivia y Brasil utilizan la Biblia como escudo de sus políticas racistas o clasistas; o cuando líderes en México, Chile o Colombia apelan a símbolos religiosos abajándolos a curiosidades del folclore local. Sin contenido, los signos son inútiles: significantes sin significado.

El riesgo de vivir en la superficialidad de los signos es que prácticamente la realidad comienza a perder densidad y sentido en todos los demás ámbitos, no sólo en el religioso. Quizá por ello, tras las graves escenas de disturbios, saqueos y violencia en su nación, Trump sólo haya expresado: “Ley y Orden”. Es otro caso en el que el presidente norteamericano conoce el significante ‘in-dig-na-ción’ pero le es imposible acceder a su significado.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

AMLO y Trump: Desastre conjurado

Felipe Monroy

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La expectativa de los maliciosos no conoce límites: si caen un par de gotas, anuncian el diluvio, y si un discurso diplomático se mantiene diplomático, lo acusan de pusilánime. Es cierto que la visita de López Obrador a Donald Trump arrastraba toneladas de mutuas acusaciones y agresiones de baja intensidad; sin embargo, poco saben de política quienes esperaban un incendio a la mitad del jardín de las rosas de la Casa Blanca.

Para nadie es desconocido que la política interior y exterior de Trump tiene profundas motivaciones integristas; y que su narrativa ha provocado polarización social principalmente en temas raciales, migratorios y supremacistas. Del otro lado, la narrativa lopezobradorista apela permanentemente a una insalvable tensión entre ‘conservadores y liberales’, al tiempo de descargar las justificaciones de su mandato mediante el señalamiento de sus antagonistas.

Sin embargo, en este punto de la historia, ambas naciones que representan están anudadas más allá de una relación histórica y un complejísimo intercambio comercial del cual ambas partes buscan sacar provecho; ahora también los une un escenario de inmensa incertidumbre debido al coronavirus y sus efectos, y a la pérdida de su influencia en la geopolítica contemporánea.

Ambos mandatarios tienen deudas por atender con sus respectivas ciudadanías sobre sus discursos y la radicalidad de sus opiniones porque ambos han emprendido ambiciosas cruzadas con el ideal de su propia nación en mente. De hecho, es justo lo que Trump afirmó en su discurso: “Ambos honramos la dignidad de nuestras grandes naciones… cada uno de nosotros fue elegido en el compromiso de luchar contra la corrupción, devolver el poder a la gente y en el interés de poner a nuestras naciones en primer lugar. Yo hago eso y usted hace eso, señor presidente”.

López Obrador, por su parte, no dejó de mencionar la importancia de los trabajadores en las economías de ambas naciones, los objetivos centrales del nuevo tratado, las diferencias históricas y la manera formal de evitar mayores conflictos. No omitió tampoco señalar las críticas que se le hicieron por el viaje y las diferencias ideológicas que sostiene con el propio mandatario norteamericano. Trump también habló sobre sus compatriotas que ‘apostaron en contra’ del encuentro. Hubo diplomacia de elogios, como era de esperarse; y, sin embargo, si se leen con cuidado y sin prejuicio, en ambos discursos también se encuentran apreciaciones concretas sobre lo que desean ambos mandatarios como mínimos comunes para una buena relación de las naciones: dignidad, orgullo, soberanía, valores familiares y tradiciones.

En este justo instante hay millares de periodistas y opinólogos en México y Estados Unidos que diseccionan con fruición las breves horas de visita del mandatario mexicano a Washington y la Casa Blanca. Desde las palabras hasta las corbatas, nada escapará al juicio de la comentocracia. Sabemos que ambos líderes gozan de abundante mala prensa, no hay día en que no sean juzgados como imprudentes, pendencieros, obsesivos, manipuladores, mentirosos, inexpertos, antidemocráticos o polarizantes, y quizá lo merezcan. Pero también cuentan los dos con extensos grupos de simpatizantes que querrán encontrar los positivos en una reunión que no habían imaginado ni esperado celebrar.

Al final, cada sector asumirá su propia certeza que satisfaga sus obsesiones respecto al singular encuentro; sólo quizá sea bueno recordarles las palabras del escritor argentino Alejandro Dolina: “Para quienes dicen que todos los políticos son lo mismo; les contesto que, para un analfabeto, todos los libros son iguales”.

*Director de VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

¿Cuál es la mejor cultura organizacional?

Gerardo Medina Romero

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El Mundo Interno de las Organizaciones

El día de ayer me invitaron a dar una plática con alumnos de una de las mas prestigiadas Universidades del País sobre el tema de cultura organizacional. Les pregunté a los alumnos que para ellos, cuál pensaban que era la mejor cultura organizacional. Inmediatamente me respondieron con el nombre de empresas como Google o Facebook y les pedí me indicarán por qué pensaban así, la mayor parte de los argumentos estuvieron apuntando a que eran culturas donde la gente se la pasaba bien, o porque eran culturas que fomentaban la creatividad de la gente. 

En mi opinión, esta concepción de cultura organizacional es equivocada y es por ello por lo que muchos ejecutivos confunden los estudios de clima organizacional con los estudios de cultura organizacional. Esta confusión los hace incluso pensar que medirse con base en instrumentos y parámetros estándares, desarrollados por empresas o instituciones externas, les puede indicar si tienen la cultura organizacional adecuada.

En mi experiencia, la cultura adecuada para una organización es aquella en la que se producen los comportamientos que le permiten a esa empresa lograr sus estrategias de negocios y alcanzar sus objetivos. La cultura organizacional es un elemento que influye en el comportamiento del personal y por ende en la manera en que se trabaja, que es por lo que se obtienen o no los resultados. En mi opinión, no existe una cultura organizacional “adecuada” a nivel estándar que sea buena para todos. Por ejemplo, la cultura de control que puede favorecer a una empresa que busca asegurar la calidad en el detalle de sus productos, puede matar a otra empresa que requiere ofrecer servicios de rápida respuesta a sus clientes.

La cultura organizacional es el conjunto de prácticas, normas y creencias compartidas por el personal de una organización y que influye en su comportamiento.  La cultura es generada en gran medida por la filosofía y valores de los fundadores y directivos, misma que se va viendo reflejada a lo largo del tiempo, en la manera en que se define la forma de trabajar, las políticas, la estructura organizacional, la manera de evaluar y pagarle a la gente, etc. Eso con el tiempo genera distintas prácticas que se arraigan a manera de normas no escritas y que determinan la manera de trabajar del personal.

El clima organizacional por su parte, es el estado de ánimo generalizado entre el personal de una organización en un momento determinado y que influye en su actitud en el trabajo. Al ser un estado de ánimo, el clima es cambiante, mientras que la cultura es algo más permanente y por ende difícil de cambiar.

Hoy por ejemplo, ante la situación que estamos viviendo con esta pandemia, es la cultura organizacional de una empresa la que ha determinado las acciones y ha influido en las decisiones que se han tomado sobre la manera en que la organización ha enfrentado esta situación. Las consecuencias de estas decisiones han influido en el ambiente y en el clima de trabajo que se está viviendo.

Los dos, son factores que le afectan al personal e influyen en su trabajo y en sus resultados, pero son factores que se deben trabajar con estrategias distintas.

Sin duda es momento de reflexionar en cada organización, si su cultura actual es adecuada para impulsar el tipo de comportamientos que requerirán de su personal para poder llevar a cabo con éxito las estrategias de retorno a la nueva normalidad, y rápidamente alcanzar los objetivos de negocio planteados. Si no es así, considero fundamental comenzar a identificar los cambios que su cultura organizacional requiere, identificar los factores que la provocan, determinar las acciones necesarias y los cambios que se deben hacer para iniciar la transformación de esa cultura y comenzar de inmediato.

Por otro lado, medir el clima organizacional solamente, utilizando algún instrumento estándar, o alguno de estos rankings donde comparan los resultados de unas empresas contra otras y las ordenan, solamente le permitirá conocer a la organización el estado de ánimo con el que el personal enfrentará este trabajo, pero recuerda, tener un ambiente de trabajo padre, no es suficiente para enfrentar los retos por venir.

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