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Análisis y Opinión

Noi volgliam Dio

Felipe Monroy

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El primer hecho: Los primeros sorprendidos de las manifestaciones religiosas en la movilización política del Frente Nacional Anti-AMLO han sido los pastores de esa grey católica. Los activistas político-religiosos que han llevado la oración y las imágenes devocionales a la acampada que exige la renuncia del presidente López Obrador actúan por cuenta propia, quizá apenas animados por oscuros ministros que también obran al margen de las recomendaciones de sus superiores.

Un segundo hecho: Las motivaciones religiosas de los manifestantes no son homogéneas. Si algo aprendimos de la guerra cristera del siglo XX es que los fieles católicos politizados guardan una pluralidad compleja entre ellos. Así, por ejemplo, para algunos será obra del espíritu que una mañana el presidente decida libremente renunciar; para otros, las plegarias apuntan a que el Señor recoja en sus brazos al mandatario como recompensa por sus fatigas en la tierra; y también están los que rezan por lo bajo el himno de la otrora Unión Popular: “No le temas a ese gobierno / que los templos nos viene a quemar / que la mano de Dios poderosa / con su espada lo viene a aplacar”.

Estos últimos son los que realmente inquietan. Porque su lucha exige ciertos indispensables en los que están plenamente convencidos: que el gobierno regente es obra directa del maligno; que sus acciones desde el poder atentan contra la santidad del pueblo de Dios y de la instauración de su Reino en la tierra; y, finalmente, ellos mismos se reconocen como un ‘ejército de Cristo combatiendo a los enemigos, soportando con valor las amarguras y penas de la campaña’. La dimensión política y la religiosa están tan perversamente entreveradas que no hay resolución posible, sólo hay conflicto, pugna celestial, antagonismo bíblico.

Para este grupo no hay diálogo ni orientación pastoral posible porque ya hay una certeza tan radical que incluso sus propios obispos y pastores que piden prudencia y mesura son repudiados por su ‘tibieza’ o por su ‘traición a su misión divina’. Estos fieles no esperan aprender nada, ni descubrir nada; de sus obispos sólo buscan su ‘fiat’, su “hágase, con mi bendición”. Las circunstancias son absolutamente distintas a las vividas en 1926 bajo la cruel persecución religiosa del gobierno callista, pero estos creyentes exclaman como aquellos católicos: “Esperando ansiosos oír la voz de combate de nuestros Pastores y la aprobación de lo que les ofrecemos, pedimos su bendición”.

A diferencia del pasado, más que una convicción religiosa politizada hoy estamos frente a una politización mística. No es una fe que inspira a vivir y cambiar los contextos adversos; es una opción política cuyo seguimiento otorga la recompensa divina. En estos grupos primero se reconoce su identidad política (anti-lopezobradorista, anti-izquierda, anti-comunista, ultraderecha conservadora, etcétera) y después se ajusta su dimensión moral-religiosa. Para decirlo con claridad: en la acampada de FRENAAA hay hombres y mujeres de cierta identidad política que comparten algunas prácticas católicas y no católicos que comparten perspectiva y prácticas políticas; en esto, estos creyentes tienen más cercanía con las diez tesis del Patriarca Pérez que con la fe de los cristeros.

Por ello, no hay liderazgo moral que los guíe, ni referencias terrenales que les atemperen sus pasiones sólo personalidades extremadamente politizadas que usurpan sólo algunos recursos del magisterio religioso para justificar sus obsesiones. Por ejemplo, acusan al gobierno lopezobradorista de comunismo y lo repudian tal como lo solicitó la Iglesia en el siglo XX; pero voluntariamente olvidan la severa crítica “a las carencias humanas producidas por el capitalismo” o “el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista… que rechaza incluso tomar en consideración a las ingentes muchedumbres que viven aún en condiciones de gran miseria material y moral” como apuntó el papa san Juan Pablo II en Centesimus annus y con el que, al menos en el discurso, coincide el presidente.

Estos católicos tampoco hacen eco de lo que sus obispos les enseñan. La Conferencia del Episcopado Mexicano les conminó en junio pasado: “Exhortamos a eliminar todo discurso que promueva el odio, la división, la exclusión y que ahonde en la separación, fragmentación y rencor social. Frente a los grandes retos que enfrenta el país, solo en unidad, solidaridad, comunión, paz y amor podremos salir adelante. Como Iglesia profesamos un profundo respeto por las opciones sociales y políticas que los mexicanos libremente eligen”. Esto es: el catolicismo es la identidad que nutre la opción política; no al revés.

Un tercer hecho: la libertad religiosa es un derecho humano lleno de complejidades. Por una parte, cada persona tiene el derecho a elegir libremente las dimensiones de su fe y convicción ultraterrena, a asociarse con otras personas cuyas ideas morales y trascendentes son semejantes, tiene además derecho a educarse y compartir con sus seres queridos dichas convicciones. Y los límites de estas garantías sólo son el resto de los derechos humanos fundamentales. Es decir, las convicciones religiosas de quienes repudian la administración de López Obrador no deberían utilizarse ni a favor ni en contra en el debate político planteado, no deberían ser reprimidas ni condicionadas institucionalmente. Es una libertad que debe seguir siendo garantizada.

Sin embargo, la otra cara de la libertad religiosa ocurre en la natural experiencia de la pluralidad. La libertad religiosa pone en el ágora de la tolerancia la posibilidad de juzgar los acentos, matices, fuentes y prácticas de todas las expresiones religiosas; especialmente cuando estas expresiones son utilizadas por intereses políticos. Y en ese debate, los católicos también saben cuál es su identidad; lo dice el papa Francisco: “Devolviendo mal por mal, pasando de víctimas a verdugos, no se vive bien. En cambio, el que vive según el Espíritu lleva paz donde hay discordia, concordia donde hay conflicto… Los hombres espirituales devuelven bien por mal, responden a la arrogancia con mansedumbre, a la malicia con bondad, al ruido con el silencio, a las murmuraciones con la oración, al derrotismo con la sonrisa”. Ser morigerado, se solía decir.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

Análisis y Opinión

La perspectiva religiosa en la elección de EU

Felipe Monroy

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Nunca como antes, la perspectiva religiosa de los votantes será decisiva en el proceso electoral en los Estados Unidos. No me refiero al credo en sí (católico, cristiano, evangélico, pentecostal, etcétera); sino a la perspectiva que cada creyente tenga sobre la responsabilidad moral que le imprime su religión a la hora de elegir un candidato a la máxima magistratura.

En un escenario menos polarizado, los procesos electorales en las naciones democráticas suelen enfocarse en áreas de discusión muy generales; básicamente los electores esperan que los contendientes contrasten sus modelos de gobernanza y las propuestas económicas de su prioridad: seguridad pública, promoción del empleo, atención de sectores marginados, política exterior y conservación de la estabilidad en el clima social.

Por desgracia, no estamos en aquellos escenarios y la polarización social obliga tanto a candidatos como a electores a llevar más profundamente sus preocupaciones sobre sus certezas y sus prejuicios. Tomemos el caso de los Estados Unidos, aunque buena parte de Europa y América Latina viven procesos semejantes. Independientemente del credo al que pertenezcan, los norteamericanos viven un cuestionamiento sobre qué tanto sus convicciones morales deben reflejarse en su voto y, por tanto, en las políticas públicas promovidas por sus candidatos preferidos.

Quizá como expresión, la ‘polarización’ muestra sólo los negativos del distanciamiento irracional incapaz de diálogo, pero también revela -a la mala- las ideas que se asientan en el fondo de la conciencia social, las acalladas por la prudencia o por la corrección política. Quizá no nos guste, pero la polarización conduce indefectiblemente a un estrato más profundo del razonamiento que no debemos minimizar.

Los electores polarizados ya no quieren escuchar propuestas de la ‘mejora en la educación’ sino de la ‘naturaleza de la educación’; no quieren ideas sobre el ‘bienestar económico’ sino del ‘tipo de justicia en la distribución de los bienes’; no les bastan propuestas de ‘seguridad pública’ sino sobre la ‘identidad de la justicia’. Es decir, las campañas tradicionales que se mantenían en el margen de lo políticamente correcto son trágicamente superficiales para un votante que busca, como nunca, que los políticos se comprometan más allá de su función pública, que hundan sus pies en el mismo fango de su existencia.

Y allí es donde no sólo las instituciones religiosas sino la apropiación individual del credo tiene mucho que ver en los procesos electorales. En las actuales elecciones presidenciales de los Estados Unidos, tanto el partido Demócrata como el Republicano han querido utilizar esta dimensión específica en los votantes que -independientemente de su identidad partidista- podrían decantarse por un candidato en las antípodas de su opción política pero tolerable respecto a su apropiación religiosa.

Hay que mencionar que apenas un puñado de católicos han sido candidatos a la presidencia de los Estados Unidos; por ello, se hace evidente que Joe Biden (Demócrata) no sea afecto a usar esa carta de presentación con regularidad. Sin embargo, cuando los temas polarizantes para los norteamericanos salen a flote (migración, aborto, justicia social), Biden apela a la tradición institucional católica para tratar de convencer a ese 59% de católicos blancos que apoyan a Trump. Quizá por eso, entre los católicos hispanos, a Biden le vaya mejor: 65% de católicos latinos se decanta por el demócrata.

Biden parece tener segura la elección en el sector de protestantes afroamericanos (92% de las preferencias) y, aunque también tiene una alta aceptación entre los evangélicos blancos, un gran porcentaje de ambos grupos parece que no le dará su voto principalmente por la política proabortista del Partido Demócrata. En un estudio del Pew Research Center se asegura que más del 61% de los ciudadanos identificados en alguna denominación cristiana no católica definirán su voto por aquel que defienda la vida de los no nacidos; mientras que un promedio del 40% de los católicos les costaría votar por su correligionario Biden precisamente por la cercanía de su partido con las empresas y organizaciones promotoras de abortos.

Esto lo sabe muy bien el equipo de Donald Trump quien, más allá de la campaña, durante su gestión presidencial no ha traicionado al sector antiaborto pues ha facilitado los recortes presupuestales a empresas dedicadas a la promoción y realización de abortos; aunque, a todas luces, su identidad anticristiana con el prójimo (migrantes, mujeres, descartados, pobres, etcétera) también le resta apoyos de muchas instituciones religiosas, de los católicos, de los cristianos con perspectiva social y, principalmente, por los afectos al humanismo agnóstico o no religioso.

El voto religioso contra Trump puede emerger de otras preocupaciones morales de los creyentes: el racismo, la crisis ambiental, la pobreza, la pena de muerte y las amenazas a la dignidad humana. Temas en los que a Trump se le califica como ‘u mal cristiano’. Y por ello no es coincidencia que el mismo mandatario critique Joe Biden (‘Quizá sea católico, pero no es cristiano’) por apoyar el aborto.

En conclusión, la polarización muestra descarnadas las fibras morales de los votantes; pero, más que la pertenencia a una institución religiosa, su decisión electoral se fundamentará en cómo interpretan su identidad religiosa en las coincidencias identitarias con el candidato más afín a sus certezas y a sus prejuicios.

Lo explican en un párrafo los obispos católicos norteamericanos en su subsidio de ‘Formación de Conciencias para una Ciudadanía Creyente’ del 2015: “Puede haber ocasiones en las que un católico que rechaza por principio las inaceptables posiciones de un candidato, incluso en políticas que promueven un acto intrínsecamente maligno, pueda razonablemente votar por ese candidato debido a otras razones moralmente graves. Votar de esta manera sería permisible sólo por razones morales verdaderamente graves, no para avanzar intereses mezquinos, preferencias partidistas o ignorar un mal moral fundamental”. La verdadera elección hoy en Estados Unidos reside en ese profundo sustrato que no veríamos sin polarización: ¿Cuál de los candidatos representa el mal moral fundamental?

LEE Felipe Arizmendi, el cardenal constructor de puentes

*Analista y consultor de información religiosa. Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Interpretaciones políticas al Papa

Felipe Monroy

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Debemos recordar que bastaron los dos primeros segundos del pontificado de Francisco para demostrar que su estilo y su particular método de transmitir las enseñanzas del Evangelio y de la Iglesia católica iban a provocar todo tipo de lecturas en el mundo menos una: la indiferente.

Sólo con esta certeza en mente es que se puede entender lo que sucede con su tercera y más provocadora encíclica papal ‘Fratelli tutti’ (Hermanos todos). En el texto, el Papa hace una feroz crítica a diferentes sistemas sociales, culturales, económicos y, principalmente, políticos contemporáneos que agreden y atentan permanentemente contra el ser humano, contra su naturaleza, su esencia, su dignidad y, sobre todo, contra su horizonte trascendente.

La dureza de sus palabras contra “el dogma de fe neoliberal” o el “insano populismo”, ha provocado airados comentarios de quienes justamente defienden o usufructúan algunos beneficios de ambos espectros. En algunos círculos, por ejemplo, se ha llamado ‘comunista’ al texto del Papa por insistir en el destino común de los bienes expresado con radicalidad por san Juan Cristóstomo (“No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos”) o san Gregorio Magno (“Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les damos nuestras cosas, sino que les devolvemos lo que es suyo”).

A quienes defienden el neoliberalismo como dogma, el Papa les reclama: “Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, acudiendo al mágico derrame o goteo -sin nombrarlo- como único camino para resolver los problemas sociales. No se advierte que el supuesto derrame no resuelve la inequidad, que es fuente de nuevas formas de violencia que amenazan el tejido social”.

Y, del lado de los liderazgos populistas cerrados -como los llama Francisco-, su vergonzoso silencio ante las reflexiones del Papa refleja justo la cerrazón, el endiosamiento, la arrogancia y la vanidad en la que viven los caudillos del populismo: “Hay líderes populares capaces de interpretar el sentir de un pueblo… el servicio que prestan puede ser la base para un proyecto duradero de transformación… pero deriva en insano populismo cuando se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder. Otras veces busca sumar popularidad exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de algunos sectores de la población”.

Esta tensión expresada con claridad por Francisco pudo corroborarse gracias al panel de reflexión sobre ‘Fratelli tutti’ organizado por la Conferencia del Episcopado Mexicano el 14 de octubre. En el panel participaron políticos aparentemente ubicados en las antípodas del espectro ideológico pero cuyas reflexiones revelan con claridad la defensa a ultranza de sus visiones sin la capacidad de escuchar al otro, que es por cierto el centro de toda la encíclica del pontífice.

Para unos, la incapacidad de reconocer la terrible apuesta hecha por un neoliberalismo dogmático y radical que profundiza las brechas sociales a niveles ignominiosos; para otros, la inexplicable adoración a un estilo político cuyos gestos se acercan riesgosamente al populismo insano.
Sin embargo, la encíclica no se queda en un lamento ni en una mera provocación; Francisco propone la fraternidad como un primer e indispensable paso de mutuo reconocimiento para emprender caminos de perdón, reconciliación, desarrollo y bien común. La propuesta está conectada con su primera encíclica ‘Lumen fidei’ (en donde también se reconoce mucho del pensamiento del papa emérito Benedicto XVI): La búsqueda de “la verdad grande, la verdad que explica la vida personal y social en su conjunto” es la expresión de la fe que ilumina la historia, la realidad y el futuro.

Y esa verdad es el amor. Mencionada 65 ocasiones en la encíclica, Francisco aporta esta lectura: “El amor al otro por ser quien es, nos mueve a buscar lo mejor para su vida. Sólo en el cultivo de esta forma de relacionarnos haremos posibles la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos”.

El amor para francisco es origen y destino, pero también camino y programa. Y sin esa mirada, todas las interpretaciones políticas sobre la encíclica del pontífice pecan de parcialidad. ‘Fratelli tutti’ es una encíclica orientada radicalmente hacia una conversión política (el Papa enuncia 110 veces la palabra ‘política’) iluminada por el Evangelio. Una conversión para evitar la indiferencia y para recordar que se puede dar buen ejemplo como actor político en un mundo que demanda más fraternidad que ideologías.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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