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Laboratorio de Ideas

¿Cuándo debes cambiar de empresa?

Gerardo Medina Romero

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Hace una semana platicaba con un cliente y me preguntaba la razón por la cual la gente permanece en un trabajo en el que los jefes tienen un estilo digamos “poco amable” para regañar y dar instrucciones a sus subordinados. Mi respuesta fue muy simple, el trabajo es como el matrimonio, no existe el trabajo perfecto con los jefes perfectos por la sencilla razón de que las organizaciones están conformadas por seres humanos que son imperfectos por naturaleza, por lo tanto la permanencia dependerá de la tolerancia que tenga el empleado con base en su nivel de necesidades y de su escala de valores individual.

Al igual que el matrimonio, cuando nos enamoramos lo hacemos de una persona con defectos y virtudes que ponemos en una balanza. Cuando las virtudes pesan más que sus defectos podemos permanecer con esa persona toda la vida, pero en el momento en que alguno de sus defectos pesa más que sus virtudes optamos por alejarnos. Bueno, en las empresas sucede lo mismo, y todo depende del nivel de necesidades que tengamos en ese momento y en nuestra escala de valores; eso es lo que nos hará calibrar nuestra báscula individual para pesar las cosas que la empresa nos ofrece, por lo tanto cada empleado tendrá su propia báscula, con su propia calibración y ninguna será igual que la otra.

Hablemos primero de las necesidades. Hace muchos años, cuenta la leyenda que existió un señor llamado Abraham Maslow que era psicólogo y que desarrollo un postulado que decía que las personas tenemos distintos niveles de necesidades que debemos cubrir antes que otras, y que en función a ellas es cómo establecemos nuestras prioridades en la vida. Pues bien, a casi 50 años de su muerte, su famosa pirámide a la que algunos le han agregado dos niveles de necesidades inferiores (La base ahora es “Batería” y la primera capa es “WiFi”), sigue explicándonos porque para unas personas su prioridad es mantener su trabajo, y para otros lo es el nivel del puesto que ocupa o las posibilidades de crecimiento y desarrollo que la organización le ofrece.

Ahora hablemos de la escala de valores que como individuos traemos resultado de la educación de nuestros padres, de nuestra escuela, de la influencia de nuestros seres cercanos, amigos y comunidad.  Si mi necesidad en este momento es contar con un trabajo para dar de comer a mis hijos y le sumo que en mi escala de valores, las groserías son algo común que no significa una ofensa, entonces en mi báscula individual, el que mi jefe me grite y me diga groserías, no tendrá mucho peso. Por el contrario, si mis necesidades ya no son mantener un trabajo y tienen que ver más por ejemplo con una auto realización, y por otro lado, en mi escala de valores las groserías representan una falta de respeto, seguramente en mi báscula individual, el que mi jefe me grite y me diga groserías tendrá un peso importante que necesitará de muchas cosas positivas para equilibrarse o de lo contrario terminará por pesar tanto, que hará insoportable mi permanencia en este trabajo y decidiré renunciar a él.

Tus necesidades van cambiando a lo largo de la vida al igual que tus valores, eso hace que en un principio puedas tener mayor grado de tolerancia a ciertas cosas y con el tiempo esa tolerancia se reduce. También es un hecho que la empresa y su cultura van evolucionando con el tiempo y las cosas que se colocan en cada extremo de tu balanza también y con ello su equilibrio.

Al igual que en el matrimonio no debes esperar que tu pareja algún día cambie, esperar que con el tiempo la empresa o los jefes cambien, puede ser una apuesta muy frustrante, además tú no tienes la verdad absoluta en cuanto a la correcta calibración que debe existir en una organización, solo puedes saber o sentir, si es la correcta para ti y nada más. No es que estés mal o bien, o que tu organización y sus dueños o jefes estén bien o mal, cada uno es como es y se junta con quién es compatible.

Muchas veces, nuestras necesidades y escala de valores no son tan claras para nosotros y es cuando debemos poner atención a nuestro cuerpo. De pronto ya no nos sentimos cómodos, nos enfermamos con frecuencia, nos enojamos fácilmente y entonces, es momento de tomar decisiones.

En mi opinión, no hay empresas buenas y malas para trabajar, simplemente que no todas las empresas son para ti, ni tú eres para todas las empresas, al menos en determinados momentos de tu vida.  La organización que para ti es la más incómoda, para otros puede ser la empresa ideal.

En el pasado pudo haberlo sido, ya que tu nivel de necesidades y tu escala de valores, daba la calibración exacta para que las cosas buenas y malas que ofrecía la organización en ese momento se mantuvieran en equilibrio. También puede ser que en el futuro esa situación pueda volver a coincidir, sin embargo si ahora la balanza se carga para el lado negativo, será momento de buscar otro camino.   No te preocupes por hacerlo consciente, solo haz caso a tu cuerpo. 

Por otro lado, aún y cuando la lógica te haga preguntarte, ¿por qué aguantas alguna determinada situación?, si tu cuerpo no te lo pide, seguramente en ese momento el nivel de tus necesidades en conjunto con tus valores le dan la calibración a tu balanza para que las cosas buenas tengan mayor peso que las cosas malas y te encuentras en equilibrio.



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¿Por qué un Día del Balance Trabajo-Familia?

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El pasado 26 de marzo de 2019 se aprobó en el Senado de la República la celebración del Día del Balance Trabajo-Familia cada 1 de junio. 

Pero, ¿para qué un día del balance trabajo-familia?

Primero, hay que considerar que el trabajo y la familia son dos realidades distintas que se encuentran en relación constante y que hasta hoy no necesariamente ha sido la más armónica, incluso en algunos casos ese vínculo se encuentra roto. 

Una visión mal entendida de “idolatría al dinero” y de la “cosificación de la persona” ha llevado a la sobre explotación de las personas y por lo tanto de sus vínculos familiares. 

Por otro lado, existe cada vez más una preocupación legítima de las personas por sus carreras profesionales y sus ingresos familiares que se llega a unir en un círculo vicioso con una cultura de altas jornadas y presiones laborales.

Es por eso que es fundamental impulsar una cultura del balance entre el trabajo y familia, reconociendo a estas como realidades distintas pero que deben ser complementarias y recíprocas para lograr una armonización responsable y sostenible, donde la persona pueda ejercer sus roles dentro de su familia, pueda ser productivo y generar los ingresos necesarios para el sustento del hogar y también pueda alcanzar una realización profesional.

Además, lograr que las personas tengan un balance entre familia y trabajo tiene beneficios para la sociedad y la economía.

La ONU y la UNICEF han reportado evidencia de los beneficios que tiene este tema para el cuidado de la infancia, personas con discapacidad y adultos mayores a través del tiempo de calidad de los padres para atender las responsabilidad del hogar, y también para lograr una mayor equidad entre mujeres y hombres a través de la corresponsabilidad en el hogar y el desarrollo profesional tanto de la madre como del padre.

Y, lograr una mayor cohesión familiar disminuye la violencia intrafamiliar y ofrece mejores condiciones de paz y seguridad en la sociedad. 

Por su parte, el balance trabajo-familia también reporta beneficios para la empresa como la reducción de ausencias y rotación, que reduce los costos de capacitación y de curvas de aprendizaje, y un aumento de la fidelidad y compromiso de los colaboradores a la empresa que reporta un incremento de la productividad

Ahora, para poder impulsar una cultura del balance trabajo-familia es importante considerar distintos instrumentos los cuales se podrían clasificar de acuerdo a Guglielmo Faldetta en “Articulaciones temporales/espaciales y servicios”:

  • Articulaciones temporales/espaciales: Home office, permisos parentales, bancos de horas, licencias maternas y paternas, part time, entre otras.
  • Servicios: Servicios para hijos pequeños, centros de lactancia, cunas y guarderías, empresariales, entre otras.

Por último, hay que considerar que hoy los ritmos de vida y de trabajo, el nivel de competitividad laboral y los niveles de ingresos ponen a las nuevas generaciones ante una paradoja al momento de tomar decisiones de vida donde pareciera que tienen que elegir entre un trabajo y hacer familia, inclusive cultural y laboralmente puede llegar a discriminarse a quienes optan por hacer familia… 

Es por eso que es fundamental impulsar una cultura y una agenda de balance trabajo-familia para que cada vez menos personas tengan que elegir entre ambas realidades y quienes ya tienen ambas puedan gestionar mejor sus responsabilidades y roles, además de los beneficios que reporta para la empresa y para la sociedad.

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¿Por qué no eres un niño normal?

Javier Chávez de Icaza

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Para la mayoría de la gente, esta frase se hizo popular por el programa la Familia Peluche, de Eugenio Derbez, (aunque en ese programa se aplicaba a una niña), sin embargo para mis hijos y algunos amigos de mi hija, esta frase es un anécdota de su adolescencia.

Como padres, después del rompimiento de una relación, siempre cargamos un sentimiento de culpa (algunas veces menor, otras mayores) por no poder estar suficientemente con  nuestro(s) hijo(s), incluso en mi caso, que al separarme, mis hijos se quedaron a vivir conmigo.

Yo creo que esto se debe a que, a diferencia de las madres, que de manera natural establecen vínculos individuales con cada hijo, a los padres, aunque lo intentemos, se nos complica más el establecimiento de estos vínculos.

Desde que mi hija mayor estaba pequeña, era yo el que iba a las juntas de la escuela y su mamá asistía cuando por motivos de trabajo no podía hacerlo yo. Pero a las clases abiertas y competencias, íbamos los dos.

Cuando asistes a las junta escolares te das cuenta que generalmente hay un 85% de mamás y solo un 15% de papás, aunque debo reconocer que ya para cuando iba a las últimas juntas escolares de mi hijo el menor, ya el porcentaje de papás había aumentado, pero creo que en ningún caso fue superior al 30% del total.

Sin temor a sonar pretencioso, creo que a las escuelas de mis hijos les hubiera encantado que la que asistiera fuera su mamá y no yo, porque ya que estaba ahí, sí trataba de sacar provecho de la reunión, en lugar de ir a esperar a que acabaran de hablar los diferentes maestros y poder dar la junta por terminada, como sucede normalmente con los asistentes.

En otro escrito, profundizaré más en este tema de las juntas escolares y cursos para padres de las escuelas, pero por ahora solo quería dar como referencia que en nuestra familia, el que iba a las juntas era yo.

Cuando mi hijo llegó a preparatoria, ya estaba claro para él, sus maestros y sus padres, que la escuela tradicional no era algo que funcionara para él, pero era algo necesario para llegar a la universidad a estudiar lo que realmente le apasionaba, que en ese momento ya tenía más que definido.

Entonces el problema surgía cada mes, porque cada mes que entregaban las calificaciones, estas se les entregaban a cada alumno(a) en el salón, pero para lo que reprobaban más de 4 en adelante, tenía que ir uno de sus papás a recogerla y se entregaban en una reunión tripartita entre Coordinador-Alumno-Padre de familia.

Los primeros dos meses libré la cita, pero a partir del tercero, yo tenía una cita mensual en su escuela, para tener la reunión tripartita y en esa quedaba absolutamente claro que para mi hijo todo lo que sucedía en la escuela le daba lo mismo.

Ahora bien, la anécdota a la que hace referencia el título es la siguiente. Después de haber atendido una de estas “juntas tripartitas” en la cual, quedó más que claro, que mi hijo no hacía el menor intento por sacar adelante las materias de su grado, me regresé a la oficina y por la tarde llegué a mi casa directo a hablar con mi hijo.

En la casa estaban unos amigos de mi hija mayor haciendo un trabajo, saludé rápidamente, subí a hablar con mi hijo y a él fue el que le dije: ¿por qué no puedes ser un niño normal… que reprueba 3 materias y entonces recibes tú los comentarios de tus maestros, en lugar de que tenga que ir yo a recibirlos y me traten como si fuera un papá ausente, que no sé qué te pasa en la escuela ni en la vida?

Porque en las escuelas “asumen” que si el alumno va mal en varias materias es porque sus padres no le prestan atención. Pero para ellos es más claro aún que el padre es un padre proveedor que no se involucra con sus hijos y no se toman la molestia de averiguar si esto es así, simplemente lo asumen.

Como lo he comentado en anteriores escritos, yo sí he sido un padre que en todas las etapas de mis dos hijos he estado cercano a cada uno. Por eso mi reclamo, ¿por qué tengo que ser juzgado y condenado por lo que no soy, solo porque a mi hijo, le daba flojera poner algo de empeño en su escuela?

¿Por qué se sigue etiquetando a los padres solo como proveedores y no como partícipes reales en la educación y formación de sus hijos? ¿Por qué los profesores asumen algo que no les consta?

¿Por qué los padres trabajadores (papás y mamás) cargamos un sentimiento de culpa que mantenemos por el resto de nuestra vida, pensando siempre que hacemos menos de lo que podríamos por nuestros hijos? Si bien, no todos los padres cargan con culpas, sí hay un gran número que lo hace.

Retomando el tema, yo sabía perfectamente que mi hijo, no sería un alumno de cuadro de honor y tampoco se lo exigía, porque el problema no era de capacidad, era de esfuerzo y él decidía no hacer ningún esfuerzo.

Yo le expliqué que en la vida no es suficiente con “echarle ganas”, hay que “echarle coco” también, es decir, hay que saber cuáles batallas pelear, simplemente por el hecho de tener una mayor tranquilidad en la vida.  

No crean que fue fácil entender a cada hijo, porque tenían conflictos en la escuela que eran su responsabilidad y en esos casos, yo iba a poner mi cara y que los maestros me reclamaran, prácticamente a mí, por las fallas de uno u otro.

Pero cuando el problema no era alguno de mis hijos, no me quedé callado y los defendí frente a maestros y directores. Eso hizo que ellos se supieran apoyados pero no necesariamente sobreprotegidos.

Hoy, después de verlos ya crecidos, creo que aunque hubo que soportar varias críticas, mis hijos están en buen camino a ser capaces de realizar sus sueños y entender la realidad. Porque no todo en la vida son sueños, la realidad es muy complicada y ellos lo han entendido así y asumen su parte, tanto en soñar como en actuar.

Solo por no dejar la anécdota sin final, les comentaré que los amigos de mi hija que estaban en la casa, cuando escucharon la frase de “¿por qué no eres un niño normal… que reprueba 3 materias y carga con su responsabilidad?”, se quedaron muy sorprendidos, porque sus papás no les habrían dicho nunca algo así. Es más, a ellos, les pareció memorable el comentario y aún al día de hoy se acuerdan de esa historia.

Mucho podrán pensar que ese comentario demuestra que soy un papá consentidor o solapador, pero el tiempo, acabó dándome la razón, cuando después de sangre sudor y lágrimas, mi hijo terminó la prepa, al llegar a la universidad y estudiar una carrera afín a él, las calificaciones dejaron de ser un problema y la escuela dejó de ser una pesadilla, para él y para mí.

Mi filosofía como padre, siempre fue la de permitir que cada uno de mis hijos se desarrollara a su ritmo y con sus afinidades. Por supuesto que esta “libertad excesiva” que les daba a mis hijos me generó muchas críticas, pero a pesar de ella mantuve el “formato” en su educación y hoy puedo decir que estoy plenamente orgulloso de mis hijos.

Entiendo que para muchos padres, el sacar buenas calificaciones en la escuela es una obligación para todos los hijos, sin embargo cuando llegamos a conocer realmente a cada hijo entendemos que esto no necesariamente aplica para todos.

Cada regaño que daba a alguno de mis hijos me incrementaba el sentimiento de culpa, pensando que, tal vez, éramos nosotros (sus padres) en parte responsable de esas acciones que merecían regaño. Sin embargo, al “dejar ser” a mis hijos les permitió a ellos entender su responsabilidad en estas acciones.

Como decía al principio del texto, los padres acumulamos sentimiento de culpa con los hijos y algunas veces sin razón verdadera, pero el simple hecho de sentirnos culpables, no resuelve ninguna situación; esa culpa la tenemos con “los hijos” en plural y deberíamos poder discriminar ese sentimiento por cada hijo.

Si logramos establecer los vínculos individuales con cada hijo, esta culpa será más manejable o incluso con algún hijo(a) ni siquiera estará presente.

No hay familias, ni hijos ni padres perfectos, todos vamos avanzando de acuerdo a lo que vamos viviendo, por lo tanto el comparar nuestra familia con otras es un tanto ocioso. Ningún consejo aplica para todos, pero sí se pueden adecuar a nuestra realidad y bajo nuestro criterio, todos los consejos son útiles.

Twitter: @padreverdad

Facebook: Padre de Verdad

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