Opinión
Solidaridad: fermento del bien común
En medio del dolor y la consternación que ha dejado la explosión del Puente de la Concordia en el oriente de la Ciudad de México el pasado 10 de septiembre -con un saldo trágico de víctimas mortales y heridos con quemaduras graves y familias destrozadas- hemos sido testigos de cómo emerge nuevamente ese milagro social que es la solidaridad humana. Estos gestos gratuitos y comprometidos parten de un principio que trasciende credos, ideologías y posiciones sociales para revelar lo más esencial del alma humana: su capacidad para conmoverse ante el dolor ajeno y su impulso irrefrenable por auxiliar al prójimo.
La solidaridad representa la fuerza invisible que mantiene cohesionadas las sociedades en momentos de crisis. Lejos de ser un simple sentimiento espontáneo, se trata de un mecanismo complejo de respuesta colectiva que activa redes de apoyo, facilita la organización comunitaria y genera capital social en circunstancias donde las instituciones formales muestran sus limitaciones.
¿Qué es lo que motiva y moviliza a la gente sencilla a auxiliar al prójimo incluso en medio de situaciones que le pueden poner en riesgo? ¿Qué percutor emocional de generosidad y servicio se dispara sin hacer consideraciones de identidades, ideologías, partidismos o condiciones sociales? ¿Por qué estos casos nos recuerdan que los actos humanistas son posibles independientemente de lo que opinemos de las opiniones de los demás?
Antropológicamente, la solidaridad se manifiesta como una práctica cultural profundamente arraigada en las comunidades que han desarrollado mecanismos de supervivencia frente a adversidades recurrentes; es un hecho que nuestro país ha sido y sigue siendo víctima de diversos fenómenos destructivos: desde los naturales hasta los políticos y económicos. Por ello, de manera racional y emocional, actuamos en favor de los que pertenecen a nuestra propia identidad patriótica; porque guardan semejanzas con nosotros; sin embargo, en México, la solidaridad se ha refinado a través de experiencias traumáticas colectivas que han forjado una memoria histórica de resiliencia comunitaria.
Y, sin embargo, más allá del instinto humano, la solidaridad puede alcanzar grados de virtud social fundamental. Y por ello, no es solo un sentimiento superficial o pasajero –o no debería serlo–, sino la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común.
Pero ¿hacia dónde debemos encauzar estos sentimientos solidarios? ¿Sólo debemos esperarlos en emergencias o tragedias? ¿O es posible promoverla ante otras crisis menos estruendosas pero más urgentes y profundas? ¿Cómo promover la solidaridad también en situaciones complejas como la defensa de la vida humana en todas sus condiciones y circunstancias; o en la custodia de las estructuras familiares y comunitarias para reconstruir los derechos naturales y las responsabilidades personales y colectivas? ¿Cómo vivir la solidaridad en el llamado a la opción preferencial por los pobres y marginados, por las víctimas de violencia y corrupción; cómo solidarizarnos para ser un pueblo que propugne por la dignidad del trabajo y el cuidado de la creación?
Como nunca antes, hoy las sociedades humanas están interconectadas y relacionadas. Más allá de las notables diferencias gremiales (identidad, raza, etnia, lengua, credo, ideología, etc.) pertenecemos a una sola familia humana; sólo un misántropo no apostaría por una solidaridad extensa, abierta, integradora y fraterna orientada al bien común más que al beneficio propio, el peculio individual o el privilegio exclusivo.
Los actos de solidaridad espontáneos y desinteresados como los que hemos visto de los vecinos y ciudadanos ante la tragedia del 10 de septiembre (aunque también nos recuerdan los gestos de entrega y sacrificio de la gente en otras tragedias como en los sismos de 1985 y 2017, entre otros) evidencian que el concepto del “bien común” aún se encuentra presente en la conciencia y el corazón de las personas, y que es parte de su propia realización humana. O como apuntó el poeta John Donne: “Ningún hombre es una isla”.
Si hay una lección que aprender de estas experiencias trágicas es que la solidaridad natural, reactiva y en ocasiones incluso intempestiva, debe complementarse con una prevención proactiva. Si la experiencia del sismo de 1985 forzó la creación del Sistema Nacional de Protección Civil en el país así como organizar programas para fomentar la cultura de la prevención en escuelas y centros de trabajo; y el terremoto de 2017 volvió a reactivar en varias ciudades protocolos de actuación y alertas tempranas de sismos. Sin embargo, las tragedias recurrentes evidencian que estos esfuerzos siguen siendo insuficientes.
Es imperativo que la ciudadanía y el gobierno trabajen conjuntamente para fortalecer los mecanismos de prevención, actualizar protocolos de actuación y garantizar que los recursos destinados a protección civil no se desvíen hacia otros fines, como lamentablemente ocurrió después del sismo de 2017.
La solidaridad espontánea que emerge en momentos de crisis representa lo más valioso del carácter mexicano: esa capacidad para convertir el dolor en acción colectiva, la tragedia en oportunidad para reconstruir, y la adversidad en ocasión para reafirmar los lazos comunitarios. La solidaridad no es sólo un sentimiento fugaz de compasión, sino una virtud social fundamental que nos impulsa a buscar juntos el bien común, especialmente con los más vulnerables. En un país marcado por divisiones crecientes, este principio civilizatorio se erige como antídoto contra la indiferencia y el egoísmo.
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