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Desde la perspectiva política, los datos nunca han sido tan relevantes como los argumentos

Felipe Monroy

Felipe Monroy

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El dilema radica en qué hacer con las cifras. Los informes del gobierno son voluminosos documentos en cuyas páginas se desglosa el balance del estado general de la administración pública; todo lo puesto allí pretende dar razón de las decisiones tomadas y estamos acostumbrados a privilegiar la acumulación de cifras.

Los datos presentados -y también los ausentes- apoyan o no las interpretaciones del gobernante en turno al presentar los resultados de su gestión.

Si bien los abundantes e incomprensibles datos junto a los malabares interpretativos son los ingredientes que emocionan a las administraciones de corte tecnócrata; las administraciones de carácter político suelen mirar con desconfianza a las cifras. Es más relevante el sentido que los números, el ‘por qué’ justifica las debilidades del ‘cuánto’.

En realidad, desde la perspectiva política, los datos nunca han sido tan relevantes como los argumentos. En un informe político es mucho más importante generar intertextualidad con grupos específicos, con colectivos ciudadanos, que propalar una miscelánea de estadísticas. Y no hay que esperar al primero de septiembre para caer en cuenta que las cifras no serán las protagonistas del Primer Informe del presidente López Obrador, sino la razón de las decisiones tomadas, las resistencias encontradas o los cambios emprendidos. Es decir: la ruta simbólica de la transformación.

En estos días, el presidente de la República ha dicho que trabaja en su primer informe de gobierno; sin embargo, es claro que escribe el discurso que cobija el verdadero informe. Las dependencias presentarán la acumulación de números; pero la línea central de interpretación y validación del ejercicio del gobierno la propondrá Andrés Manuel: ¿Qué relación existe entre este gobierno y las personas en situación de precariedad y pobreza? ¿Qué tipo de concordancias o disonancias ha tenido con empresarios, inversionistas y banqueros? ¿Qué correspondencias son purificadas entre la administración pública con maestros, trabajadores, sindicatos, ONG’s, etcétera? ¿Qué valores han intentado cambiar las dinámicas de corrupción institucionalizada?, etcétera.

López Obrador se ha dado la oportunidad de presentar dos especies de informes, el primero a los 100 días de gobierno y el segundo a un año de su triunfo electoral; y al mismo tiempo ha aprovechado cada jornada de trabajo para dar una especie de reporte cotidiano ante la prensa sobre el estado de las cosas en el gobierno de la Cuarta Transformación. Es decir, si hemos prestado atención, sería prácticamente imposible que el informe nos revele alguna sorpresa.

En sus relatorías, López Obrador se ha refugiado en la trascendencia del triunfo de su movimiento, en la voluntad colectiva a favor de la justicia social y la expresión mayoritaria contra la corrupción y los regímenes del pasado; ha intentado demostrar las resistencias de la cultura política a abandonar sus privilegios o la repulsa a un sistema económico que se niega a perder las garantías de enriquecimiento e influencia desmedidos. El presidente machaca en su opción preferencial por los más vulnerables, por la honestidad antes que por la pragmática eficacia y vaticina la lenta, pero a su decir, imparable disolución del estatus precedente.

Y, sin embargo, al discurso del presidente se le trasmina por el costado las negras manchas sobre la violencia. El dilema radica en qué hacer con las comunidades e historias detrás de las cifras del demencial nivel de criminalidad en México.

Por una parte, el informe sobre la incidencia delictiva del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública muestra una tendencia creciente en el número de presuntos delitos por mes (pasó de 149 mil 285 a 174 mil 452 en los primeros seis meses del sexenio) pero también en números absolutos, los crímenes podrían tener una cifra de vértigo: un millón 178 mil 600 presuntos delitos de enero a julio del 2019.

En el pasado, los malabares estadísticos permitieron informar con finura, timo y cinismo los pírricos resultados de las estrategias de seguridad; pero en esta ocasión no es asunto de prestidigitación con números sino con el sentido de la violencia. Pongamos a un lado los datos, olvidemos las cifras por un momento; pero al presidente le seguirá ensombreciendo su felicidad el porqué de la violencia en el país.

López Obrador tiene el reto de dar nuevos argumentos que intenten dar sentido al fenómeno de la violencia tan inexplicable, que dilucide la naturaleza y proponga la solución a crímenes tan diversos como los feminicidios, las ejecuciones sumarias, el narcotráfico, los secuestros, el asalto a transeúntes o la extorsión. En el fondo no importará si el presidente aduzca porcentajes o cifras sobre el trabajo del gobierno contra la violencia, las víctimas tendrán siempre otros datos. Pero a ellos, ¿qué les podrá decir?

@monroyfelipe

ebv

[La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx]