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Opinión

Cambio paradigmático del Informe

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No. No es un error. Sin duda puede estar en los límites del orden protocolar. Pero llamar “Tercer Informe” al mensaje correspondiente al Primer Informe Oficial de la Administración del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador es quizá el principal fundamento de su ideario. Los últimos llevan mano. Al menos en el discurso.

Lo mandatado por la constitución política de México indica que el informe oficial debe ser entregado por escrito por el titular del ejecutivo al legislativo nacional. Y ese texto, presentado por la administración de López Obrador llevó formalmente el nombre “Primer Informe de Gobierno”; sin embargo, el discurso presidencial paralelo a la entrega del informe (nacido por cierto como respuesta a las críticas y prohibición del estilo propagandístico que solían hacer los mandatarios en el Palacio de San Lázaro) mantiene una informalidad de capacidad plástica.

Estos eventos en los últimos tres sexenios han ocupado diferentes recintos e incluso diferentes fechas. No es un acto obligatorio, es una oportunidad para que la Presidencia se posicione mediáticamente ante la entrega -esa sí obligatoria- de su informe. Y también una oportunidad para verificar la veracidad de los logros y contrastar los discursos triunfalistas con la realidad.

López Obrador decidió nombrar a este acto “Tercer Informe” y pudo llamarlo como mejor le pareciera. La justificación es pobre, pero válida: a los 100 días de gobierno rindió un primer informe; y en el aniversario de su triunfo electoral, emitió el segundo. Sin embargo, puede haber un sentido quizá más radical en la elección de esa provocación.

En el pasado, los personajes invitados a representar a la sociedad mexicana en estos mensajes presidenciales simbolizaban los principales liderazgos políticos, económicos y culturales. Siempre es un privilegio pertenecer a ese pequeño puñado de hombres y mujeres que atestiguan en primera fila el informe presidencial. Por una parte, la presencia de estos actores valida la convocatoria presidencial; y, por la otra, el presidente otorga a un par de centenas de personas la representación simbólica de un pueblo de más de 120 millones de habitantes.

Llamar “Primer Informe” al mensaje de este 1 de septiembre en Palacio Nacional implicaría negar los dos mensajes anteriores, principalmente al segundo: El acto presidencial del aniversario del triunfo electoral, cuando López Obrador rindió el parte de sus actividades ante un populoso Zócalo de la Ciudad de México.

Es cierto que su loable ideario político (“Por el bien de todos, primero los pobres”) se ha convertido en una pesadilla en su traducción administrativa: los gastos son inescrutables; el crecimiento económico, ínfimo; los vacíos de autoridad o recursos, constantes; y la medición, una quimera. Pero López Obrador aprovecha cada oportunidad para comunicar la importancia de su paradigma: las personas tradicionalmente ubicadas en el último sustrato social llevan mano, van primero; otra vez, al menos en el discurso.

Prácticamente toda la información presentada en sus mensajes ya había sido revelada a los medios de comunicación a lo largo de sus conferencias matutinas. Un acto en el que incluso los medios informativos más diminutos (y hasta cuestionables) tienen acceso; el ejercicio de informar al pueblo en la Cuarta Transformación no se limita a intermediarios que cumplan ciertas características de influencia o poder.

Sucede igual con este mensaje presidencial que no refleja sino la oportunidad de exponer los mejores recursos de parafernalia institucional. En esta ocasión, ninguno de los presentes en el selecto grupo escuchó o recibió nada que no se hubiese expresado antes, incluso que el propio presidente no hubiera dicho ante los populares mítines o en sus largas conferencias matutinas.

El discurso presidencial insiste en la abolición simbólica de los privilegios, de eso se trata “moralizar la vida pública”, “la aplicación del principio supremo” o “rechazar el falso brillo de lo material”. López Obrador transfigura la eficiencia administrativa de “crear condiciones” en “garantizar el bienestar del alma” y para ello, debe trastocar el orden tradicional establecido, la danza de las cifras, las inasibles generalizaciones.

El presidente cambia el paradigma narrativo incluso para responder a sus opositores: su mensaje no fue para presentar un informe sino para evidenciar y contraponerse a los que ha llamado ‘reaccionarios’. Por ello aseguró que sus detractores están “moralmente derrotados” porque sus críticas están dirigidas a criterios que el propio Andrés Manuel ha despreciado.

Por supuesto, se puede no coincidir con su planteamiento ideológico e incluso es imprescindible que nos demos a la tarea permanente de dudar y verificar la veracidad de todo lo expresado por el presidente de la República. Y podríamos comenzar con su afirmación sobre que las mediciones de desarrollo no son un fin en sí mismo sino un medio para conseguir el bienestar material y del alma de los mexicanos. Veamos qué opinan los últimos en los próximos meses.

@monroyfelipe

Opinión

Manipulación religiosa en la polarización política

Sólo exprimen los sentimientos más profundos de la identidad de los pueblos

Felipe Monroy

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Manipulación religiosa en la polarización política

Ciudad de México.— No importa si son textos sagrados sobre una bandera nacional, una docena de manos de pastores bendiciendo la cabeza de algún candidato o un militar depositando en Dios su castrense promesa de imponer su ley en el orden público; todos son símbolos de un nuevo lenguaje político que, aparentando convicciones religiosas, sólo exprimen los sentimientos más profundos de la identidad y cultura de sus pueblos.

Los regímenes y sus sistemas opositores (partidistas o no), al menos en América Latina, han encontrado oportunidades de éxito bajo esa narrativa. Al apelar a los símbolos y sentimientos religiosos de sus pueblos parecen legitimar sus intereses, búsquedas y opciones políticas; pero no hay nada más lejano que eso.

En realidad, las tensiones por el control y el poder en las diferentes naciones latinoamericanas en el siglo XXI saben que están obligadas a utilizar recursos emotivos o emocionales de sus potenciales votantes, simpatizantes y adversarios. Lejos del marco racional, las estrategias políticas contemporáneas no hablan de otra cosa sino de emociones. Desde el marketing político emocional hasta la segmentación psicográfica, el juego por la búsqueda, administración y conservación del poder quiere adueñarse de los sentimientos y emociones de las personas.

El documental ‘The Great Hack’ (2019) rasga apenas la superficie de estas estrategias que utilizan todos los recursos disponibles para tocar e intervenir las fibras emocionales de millones de personas; estrategias políticas que logran cambiar la confianza en duda, la duda por miedo y el miedo por odio.

Y hay que ser claros: la religión, la fe o los sentimientos de espiritualidad trascendente son las amplias arterias de la psique humana que conectan con las fibras más profundas de nuestras emociones.

Evidentemente esto no es nuevo; y a lo largo de la historia se han usado estos sentimientos a favor o en contra de proyectos políticos. Sin embargo, en la sociedad postmoderna (el cambio de época) las religiones institucionales han perdido margen de influencia con los grupos de poder, con los precursores de cambios sociales y hasta con el pueblo sencillo; y así, a la deriva de las emociones religiosas de los pueblos, los operadores políticos pescan dinamitando el lecho del mar.

Aunque parezca lejano, esto tiene todo que ver con las tensiones y resoluciones políticas en Nicaragua, Bolivia, Brasil, Chile o México (incluso en los propios Estados Unidos). A pesar de que, en casi todos estos países las instituciones religiosas llaman a la mesura, al diálogo y a la reconciliación; los operadores políticos se zambullen en cruzadas para-religiosas donde las fronteras de su particular búsqueda de poder se difuminan con la voluntad divina, la revelación mística o las promesas sagradas.

Y el peligro de todo esto no sólo es la vuelta al maurrasianismo: el utilitarismo político de los símbolos y de las instituciones religiosas sin que, ni sus afiliados ni sus simpatizantes ideológicos se comprometan a profundidad a ser interpelados por los mínimos morales de la fe que manipulan. Sino que también se acorta la distancia de las violencias político-religiosas.

Charles Maurras, fue un político francés del siglo pasado cuya estrategia para defender sus intereses políticos (la vuelta de la monarquía francesa) fue la instrumentalización de la Iglesia católica, de la que le servía su cuerpo jerárquico institucionalizado, pero no su mensaje evangélico. De hecho, Maurras – agnóstico y positivista contumaz- reconocía el papel histórico e institucional de la Iglesia católica pero sólo porque había superado la oscuridad original de los pasajes Bíblicos y Evangélicos.

Hoy, la pluralidad de nuevos o reinterpretados credos, así como la multiplicación de modernas jerarquías religiosas, vuelve más sencilla la estrategia maurrasiana. Las inmensas e indistinguibles comunidades religiosas crecientes en muchos pueblos de América (principalmente de corte evangélico-cristiano) junto a la pléyade inasible de sus modernos pastores son los nuevos instrumentos de los operadores políticos. Las pequeñas venas por donde se inoculan los catalizadores emocionales de los creyentes son recursos preciosos para el éxito de las estrategias utilitarias de perversos órdenes políticos.

¿Hay vacuna para esto? Quizá. Y es el propio Maurras quien nos ofrece una pista con este silogismo provocador: “Para que funcione la monarquía, sólo un hombre debe ser sabio; pero para que funcione la democracia, la mayoría de la gente debe ser sabia. ¿Cuál es más probable?” Sabemos qué respuesta prefería aquel; pero, por el bien común y la paz, será mejor que hagamos la segunda posible.

@monroyfelipe

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

ebv

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Opinión

La libre determinación de los pueblos

Domingo Días

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Marcelo Ebrard y Evo Morales / EFE

Ciudad de México.— Alguien diría que cada quién interpreta los hechos a su manera y nada más cierto, pero qué podemos decir cuando ante hechos semejantes, la misma persona los interpreta de manera diametralmente opuesta.

Esto solamente se explica cuando existen intereses personales o de plano que ya están más allá de la tercera edad, digamos por la quinta, donde ya se nos olvida lo que decimos y porqué lo decimos, es decir, estamos en plena demencia senil.

En Venezuela las elecciones se realizan cada 6 años, igual que aquí en México, con la diferencia que había la posibilidad de reelegirse, siempre y cuando soltaran la silla por un periodo presidencial, requisito que para su conveniencia eliminó Hugo Chávez, quien estuvo por tres periodos, aunque el último no fue completo ya que falleció y fue sucedido por Nicolás Maduro en medio de una diferencia de interpretación de las leyes, ya que quienes saben de esto dicen que debió haber asumido como presidente encargado Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional.

Maduro ya sobrevivió a un refrendo de mandato, figura jurídica que introdujo Chávez para preguntarle al pueblo bueno a mitad del periodo si quieren que continúe o no, algo parecido a lo que se acaba de aprobar el Congreso mexicano.

Sin embargo, Maduro no la ha tenido tan fácil como Chávez, ya que a pesar de mantener el discurso populista de su antecesor, el pueblo ya no está con él, y desgraciadamente su Comandante Supremo Hugo Chávez que se le aparecía en forma de pajarito y le confiaba los secretos del poder ya no se ha manifestado.

A principios de este año, ya ostentando la Banda Presidencial “Mi Viejito Lindo”, se realizaron elecciones en Venezuela y vaya revuelo que esto causó, se habla de un mega fraude electoral y se armó el jaleo internacional, unos países reconocían a Maduro y otros al proclamado presidente interino Juan Guaido.

De los 14 miembros del llamado Grupo de Lima, 13 se declararon a favor de no reconocer las elecciones por existir fraude electoral, sólo en nombre de México Andrés Manuel y Marcelo Ebrard no tomaron partido ante esto arbolando la libre determinación de los pueblos.

Evo Morales en Bolivia repite la receta de Chávez y modifica la Constitución que permitía una sola reelección después de pasado un periodo electoral de 5 años para poder reelegirse indefinidamente.

Y resulta ser que en la última de estas reelecciones se hace un mega fraude electoral, violando a lo descarado el Copyright de Manuel Bartlett, tiran el sistema electoral y se proclama ganador.

Y al igual que en Venezuela el pueblo bueno se levantó a protestar y a Evo no le quedó más que renunciar, si podemos decir que se renuncia a algo ilegítimamente obtenido, para evitar derramamiento de sangre, supongo que inspirado en “Mi Viejito Lindo” que se cubrió de gloria salvando vidas en Culiacán. Aquí entre nos ya lo quieren lanzar a Premio Nobel de la Paz.

Ya Andrés Manuel y Marcelo, le ofrecieron asilo político junto a sus compinches, de los cuales parece ser que ya hay más de 15 por aquí, evitando que el pueblo boliviano haga justicia al procesarlos por delitos electorales, interfiriendo abiertamente con la libre determinación de los pueblos que tanto defendieron para Venezuela.

Marcelo en la mañanera declara: “México por supuesto no vería con buenos ojos ningún tipo de gobierno que no emane de un proceso electoral legítimo”, dándole el aval de elecciones limpias al cochinero denunciado en Bolivia.

A Evo ya no lo apoya nadie en su país, ni el pueblo, ni la policía, ni los militares y ahora resulta salió volando, en avión cortesía del pueblo de México, renunciando a la presidencia, mientras nuestro multi utilitario canciller Marcelo dice que fue un golpe de Estado.

Ahora quien está en problemas es su camarada Evo en lugar de que al igual que en Venezuela abandere la libre determinación de los pueblos, ya anda convocando a una reunión urgente para pronunciarse al respecto para proteger las libertades y la democracia en los países.

Quién tuviera un amigo así, que ante sus valores, creencias y obligaciones como funcionario público saliendo a la defensa tirara todo esto por la borda.

Claramente la diferencia entre Venezuela y Bolivia es el origen del “presidictador” que las encabeza, en Venezuela es miembro de las fuerzas armadas por lo cual tiene control de estas y la utiliza en beneficio propio y no del pueblo, al igual que Chávez, mientras que en Bolivia el presidictador proviene de la sociedad y no ejerce poder sobre las fuerzas armadas y estas están en libertad de defender al pueblo y así lo hicieron.

Para nuestros gobernantes, la mayor diferencia es que en Venezuela la libre determinación de los pueblos era a favor de Maduro y en Bolivia la misma seria en contra de Evo, así pues, la libre determinación de los pueblos es para los cuates nada más.

La que si merece un aplauso es mi aclamada Claudia Sheinbaum, quien se aventó el mejor comentario en Twitter: “Angela Merkel tiene 14 años en el poder, pero como es Alemania nadie dice nada. Evo Morales tiene 13 años en la presidencia por decisión soberana de su pueblo, pero como es un país en vías de desarrollo, lo acusan de ´dictador´ El conservadurismo y su doble rasero”.

Mi querida científica, Alemania tiene un presidente federal que es Frank-Walter Steinmeier, mientras que Angela Merkel es la canciller, y ella no es elegida por el pueblo en las urnas, la nombra el Bundestag, que es el parlamento nacional de la República Alemana a propuesta del presidente federal y tiene mandatos de 4 años, sin límite; es un sistema parlamentario, en cambio Evo Morales en un sistema presidencialista modificó la Constitución de su país para permanecer en el cargo a través de la reelección y la OEA documento el fraude electoral con el que quiere perpetuarse en el poder. El progresismo popular y su interminable ceguera mental.

Póngase a estudiar un poco, que buena falta le hace, en vez de andar echando chal con Anel y tomándose selfis en el Autódromo.

*” Estamos a 354 días para que esto cambie por completo”: Mi Viejito Lindo.

Domingo Días.
domingo.dias@yahoo.com.mx
@domingodias7

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