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Análisis y Opinión

La percepción de la corrupción

Arturo Moreno

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En estos días cuando se habla de política, inseguridad o bien de los asuntos de orden económico, no existe un concepto más utilizado por las personas que la palabra corrupción. Aunque desde el sentido común, todos coincidimos en cuáles podrían ser sus características y sus causas, no nos es posible encontrar una solución eficaz para neutralizar el fenómeno. No hay duda de que en este país si un tema domina la agenda pública y la narrativa del gobierno es el combate a la corrupción.

México – al menos desde la imaginación – se percibe así mismo como uno de los países más corruptos del mundo; una crítica desproporcionada y con falta de perspectiva. Los habitantes de este país que han comprado esta verdad a medias o bien aceptan la corrupción y participan de los actos que demanda, o bien la aborrecen y simulan evitar su participación directa. La narrativa del combate a la corrupción de este gobierno es inexacta – por no decir falaz y mentirosa – pues se basa en percepciones subjetivas y no toma en cuenta otras variables.

De acuerdo con Transparencia internacional en su Índice de Percepción de la Corrupción 2019 (CPI por sus siglas en inglés) que evalúa a 180 países, nuestro país aparece en el lugar 29, es decir, que México se ubica a 145 lugares de las 6 naciones “menos corruptas” del planeta. Pero no dejo de arquear las cejas cuando se califica mejor a Azerbaiyán, Pakistán o a Sierra Leona (sí, Sierra Leona) que a México, una de las 20 economías más competitivas del planeta. Esta es hasta el día de hoy, la narrativa del gobierno mexicano sobre el pasado y seguirá siendo así durante un par de años más, hasta que le afecte.

Si bien no es mi intención descalificar a Transparencia Internacional por su índice – al menos existe – lo que me provoca desconfianza es leer un estudio en el que Emiratos Árabes Unidos rankee mejor que Estados Unidos o en el que Cuba esté por encima de la mayoría de los países de América Latina (dixit).

El consenso de cada quien

De acuerdo con el Diccionario de la Lengua Española de la RAE, la corrupción se define como aquellos actos que en organizaciones, especialmente en las públicas, en los que se utilizan las funciones y medios de estas en provecho económico o de otra índole de sus gestores. La inteligencia colectiva no se equivoca al percibir la corrupción como un conjunto de actos profundamente relacionados con el poder o con personas que poseen poder y no hay mejor manera de entender la corrupción como un subproducto del mismo.

En Leviatán, el filósofo Thomas Hobbs compara al estado con un “hombre artificial” de inmensa proporción, creado por la sociedad con el único objetivo de protegerla. Este hombre descomunal, al igual que los humanos reales, tiene un alma artificial – la soberanía – que le da vida y movimiento; que está constituido por órganos, músculos y tendones – los tribunales, las instituciones y los funcionarios públicos. ¿Acaso no sería perfectamente racional entender la corrupción como una función fisiológica de este ente descomunal? Sí, aquellos expertos que administran – o viven de – el sistema, saben de sobra que es un hecho indeseable pero inevitable. 

La ineptitud o ineficacia pagada con dinero público es otra forma de corrupción”, esta frase de la escritora Denisse Dresser, es confesional de ello. La corrupción entonces es un asunto de percepción dependiendo del lugar donde se observe o se viva. Los ciudadanos fuera de las estructura del poder, podrían señalar como actos de corrupción bastantes reglas del funcionamiento del estado. ¿Acaso es corrupto que el estado prohíba las aportaciones particulares para los partidos políticos? ¿Si no hay costo entonces a quién responden estos partidos? Los políticos mexicanos opinan lo contrario.

Lo que hace sumamente difícil lograr una nación menos corrupta, no es el consenso, todos coincidimos que es algo nocivo para la sociedad. Las clases acomodadas tienden a percibir la corrupción como algo inmoral y tratan de alejarse de aquellos que la practican, su percepción del daño a su vida es menor – no porque se beneficien de la corrupción – sino porque a mayores ingresos, las personas más adineradas son más cuidadosas de sus relaciones y adquieren mejores redes de protección social. Mientras que para las clases medias, que han accedido a mejores niveles de vida (pero con mayor esfuerzo), es un asunto de preocupación y presuponen que el estado debería reducirlo en la medida de lo posible, ya que les es más costoso vivir con ella.

Las clases populares no perciben la corrupción de la misma forma en que lo hacen las anteriores, ya que su ecosistema está más alejado de los recursos de protección que el estado provee. Pareciera que para las personas menos favorecidas la corrupción está profundamente relacionada con su forma de vida; es un asunto personal, que conecta más con lo emocional que con lo racional. Para la población más pobre lo corrupto no es aquello que le afecta, es lo que representa, lo que le impide progresar; esto explicaría la exigencia de más estado en las zonas marginadas.

Ni el índice de Transparencia internacional que se realiza con sondeos del sector privado y “expertos” en materia de corrupción, ni las evaluaciones de normas administrativas serán suficientes por sí mismas. No incluyen la percepción de los distintos niveles socioeconómicos y tampoco considera análisis de medios digitales. Mientras no exista una conversación seria que tome en cuenta la inteligencia de los expertos, la inteligencia de la sociedad y a la inteligencia proporcionada por la tecnología, seguiremos secuestrados por las creencias y ocurrencias de los políticos.



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Análisis y Opinión

La contrarreforma eléctrica y sus riesgos

Ricardo Homs

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Ni todo es bueno, ni todo malo en la reforma energética aprobada en el sexenio pasado.
Es cierto que ha habido abusos y opacidad en la aplicación de la reforma energética del presidente Peña Nieto y evidentemente los ha habido por parte de muchas empresas concesionadas, así como de funcionarios a cargo de supervisar los proyectos.

Sin embargo, aun reconociendo que pueda haber corrupción, también debemos aceptar que hay muchos aciertos en esa reforma que no debemos destrozar para iniciar de cero y regresar a las limitaciones de antes.

Primeramente, reconozcamos que para regresar a la CFE el monopolio de la generación y distribución de la energía eléctrica se requiere tanto dinero que no es posible que este gobierno lo invierta en este proyecto y descuide otros importantes rubros de alto impacto social.

Juan Pablo Castañón, importante líder empresarial que presidió el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) así como Coparmex, dijo en un tweet: “corregir abusos y distorsiones en el sistema de generación privada de electricidad, ok,…Sí al abasto a precio accesible para todos, pero no derogar los avances ya logrados!!!! Si insisten, habrá escasez. Recordemos el INSABI y el desabasto de medicinas”.

Definitivamente, sin el apoyo de la iniciativa privada en la generación de energía y descansando el mayor peso en el volumen de sus inversiones con el mayor porcentaje, el escenario podrá ser el desabasto de energía eléctrica y con ello, apagones en todo el territorio nacional.

Parece ser que tanto el presidente López Obrador, como el director de la CFE Manuel Bartlett y Rocío Nahle, secretaria de energía, no están enterados del grave problema de desabasto que se vivió durante el invierno pasado en el sur de Estados Unidos, en los estados con los que compartimos frontera, como Texas.

El mayor productor de gas del mundo es nuestro vecino estado de Texas pero aun así no tuvo el suficiente gas para surtir a su propio territorio durante varios días y este importante producto básico para la generación de calor dejó a millones de norteamericanos sin posibilidad de controlar la temperatura de su hogar durante una de las mayores tormentas de nieve de los últimos tiempos.

Además, al tenerlo restringido para el consumo interno en su país, las empresas texanas que eran proveedoras de gas para CFE fueron incapaces de suministrar este importante producto a nuestro país. CFE lo utiliza para generar electricidad y al no recibirlo oportunamente se generaron apagones en Tamaulipas y cortes de luz en Sinaloa, Sonora, Durango y Nuevo León.

Es importante recordar la experiencia del INSABI, pues es fundamental para entender el riesgo de una contrarreforma radical, pues igual que sucedió con la destrucción del sistema de salud que ya tenía experiencia y era eficiente, -aunque haya existido corrupción-, el resultado de empezar de cero con el INSABI fue el desabasto de medicinas.

Igual puede suceder con el abasto de energía eléctrica si el monopolio lo llegase a tener CFE, aunque dejasen un porcentaje minoritario del mercado en manos de la iniciativa privada, pues CFE como actor dominante impondría las reglas, con base en el control de la oferta.

El manejo de las verdades a medias ha sido determinante para cabildear temas de la agenda presidencial como la contrarreforma eléctrica, aunque sean verdades a media.

Utilizar como ejemplos del manejo fraudulento del consumo de luz a varias grandes empresas famosas es un manejo de verdades a medias, pues si bien pagan menos en proporción que otros consumidores particulares, es porque estas compañías invirtieron en su propio equipo de generación de energía eléctrica, para su autoconsumo.

En cuanto al precio de la energía, Carlos Urzúa quien fuera el primer secretario de Hacienda de este gobierno y además lo fue durante la gestión de Andrés Manuel López Obrador como jefe de gobierno de la Ciudad de México explica los parámetros.

Urzúa publicó en El Universal su artículo “Ocurrencias sobre la electricidad”, que desmitifica el tema del precio de consumo de electricidad a partir del kilovatio/hora y lo describe como un sistema dinámico que tiene relación con el volumen de consumo y las variables climatológicas regionales, como siempre ha sido.

Además, explica que el caso de la cadena Oxxo, mencionada como deshonesta por el presidente, su tarifa tiene que ver con el hecho de que produce por medio de energías limpias las dos terceras partes de lo que consume.

Definitivamente, lo que conviene al país no es deshacer y destruir lo que se hizo antes, sino perfeccionarlo a partir de la experiencia cotidiana y castigar a quienes abusaron de las oportunidades de modo doloso, pues no debe existir impunidad.

Sin embargo, la política destructiva representa un grave daño patrimonial para México, pues significa dilapidar grandes inversiones ya realizadas y quizá recibir demandas costosas que tendrán que dirimirse en tribunales internacionales, que seguramente favorecerán a nuestro demandante.

El costo de las demandas internacionales puede ser altísimo.
Además, empezar de cero no garantiza eficiencia ni eficacia y menos aún un ahorro, pues representa un despilfarro injustificable.

¿A usted qué le parece?

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Análisis y Opinión

El Juego del Calamar: La farsa del cristal y el acero

Felipe Monroy

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No es simple coincidencia que la popular serie ‘El Juego del Calamar’ (Hwang Dong Hyuk, 2021) y la multipremiada cinta ‘Parásitos’ (Bong Joon Ho, 2019) provengan del mismo ambiente y entorno: una sociedad asfixiada por las dinámicas del capital, la desigualdad, el utilitarismo y el mercado. Son oscuras representaciones de la comedia humana esclavizada por los imperativos del dinero y la crispación.

Es cierto que ambas producciones (junto al poderoso fenómeno K-Pop) han puesto a Corea del Sur en el radar del mainstream cultural; sin embargo, sus historias no sólo reflejan los perfiles de la nación asiática; por el contrario, con sagacidad, desnudan la naturaleza más oscura del neoliberalismo ideológico sobre la persona humana: las consecuencias de una doctrina de satisfacción y autopreservación sustentada en el deseo individual.

Quizá por ello, ‘El Juego del Calamar’ ha sido tan rápidamente adoptada por la gran audiencia. Es fácil empatizar con todo lo que allí ocurre, el espectador se ha identificado tan rápido que la producción de disfraces y parafernalia de la serie se comercializa prácticamente en cada crucero citadino; niños y adolescentes practican en los patios los juegos de la historia; y, casi todas las culturas han recreado con sátira cómo serían los juegos en su propio contexto. Así, una matrioshka gigante asesina aniquila rusos en el juego ‘luz verde, luz roja’ o un mexicano casi sufre un colapso de ansiedad desenvolviendo un mazapán sin romperlo como en el juego de las galletas de azúcar y los británicos han sugerido que uno de estos juegos mortales podría ser su famoso ‘Bulldog’.

Que tanta gente se sienta identificada sólo puede significar que compartimos las angustias del mismo sistema. Un régimen neoliberal de autoexplotación que el filósofo Byung-Chul Han ha criticado ácidamente: “La explotación a la que uno mismo se somete es mucho peor que la externa, ya que se ayuda del sentimiento de libertad… La gente está volviendo su agresión contra sí misma. Esta autoagresividad hace que los explotados no estén tan inclinados a la revolución como a la depresión”.

En la serie, casi todos los personajes podrían encajar en aquella descripción: La libre elección de cada jugador los conduce una y otra vez a intentar remediar sus singulares conflictos sometiéndose a pruebas autodestructivas cuyo improbable y casi inaccesible escenario final es la cúspide de cierto privilegio que les permiten los dueños del dinero. Nadie los ha obligado, por eso no hay contra qué rebelarse; nadie habrá de morir con virtud o indignación ante el sistema, por el contrario, perecerán sorprendidos por la súbita conciencia de su deprimente existencia. Dice Byung-Chul Han: “Resulta muy difícil rebelarse cuando víctima y verdugo, explotador y explotado, son la misma persona”.

‘El Juego del Calamar’ es una pequeña muestra de lo grave y profundo que la esencia del ser humano puede ser trastocada bajo el neoliberalismo y el sistema tecno-capitalista. La desigualdad se muestra ostentosamente sin que nadie repare en ella; la muerte de uno se reduce a la acumulación de bienes en otro; al nombre lo sustituye el número y el uniforme; el éxito individual conduce inexorablemente a hacerse verdugo del prójimo; la insatisfacción provoca hartazgo en el débil y aburrimiento en el poderoso, al primero lo obliga a sobrevivir mientras el segundo crea distracciones obscenas. En todo caso, nos identificamos en la asfixia que provocan las deudas o la búsqueda de inalcanzables, en la salvaje competencia por la supervivencia, en el inconsciente y anónimo canibalismo con el que nos descuartizamos permanentemente en las redes sociales o en nuestros personales ‘campos de trabajos forzados’.

La reclusión en ‘El Juego del Calamar’ parece una prisión de cristal y acero: sólida y diáfana. Y a lo largo de la serie, estos dos elementos irán mostrándose como sutiles símbolos de este nuevo sistema de opresión. A veces evidentes y otras más figurativas, las características del acero y el cristal (versatilidad y resistencia; transparencia y pureza) irán acompañando el drama pero también revelando su farsa. Acero y cristal se encuentran en la cruel muñeca robótica y su implacable juicio a través de sus prístinas pupilas; en los cristales de azúcar que ceden ante el punzón de la aguja; en los pesados grilletes y la guillotina; en las dramáticas canicas; en el puente de vidrio; en el cuchillo homicida; en el cofre transparente donde se acumula la vida de los perdedores en forma de dinero; en el ventanal voyerista donde se asoman las desgracias ajenas o en la máscara del verdugo mayor.

La cúspide de estos elementos son, sin embargo, las máscaras de impenetrable cristal dorado que sólo los poderosos pueden usar; dueños de la cárcel figurativa, cárcel de metal y cristal donde los miserables persiguen la subsistencia de sus sueños.

Sólo dos personajes evitan casi todo el tiempo ‘jugar ese juego donde todo el mundo hace trampa’, aunque en la frontera del miedo ceden a su posición original de debilidad y de poder. El primero y el último concursantes son quienes, paradójicamente, al final de la travesía se reconocerán como último y primero del juego; reconocerán que ni el cristal es siempre transparente y ni el acero siempre sólido; y eso los conduce a su actitud final: el cinismo o la resiliencia.

La resiliencia conlleva actos heroicos tan sutiles que el héroe casi no se distingue: Un hombre que auxilia y se permite recibir ayuda, que ante la impaciencia no usa el filo del metal sino la más suave de las armas, que protege al anciano y al débil, que que confía en el liderazgo de otro sin dejar de reconocer y cuidarle sus debilidades humanas. Es un hombre que se indigna frente a la injusticia pero se comprende incapaz de ciertas decisiones morales, es un jugador que perdona, que expresa ternura, que sufre por su propia monstruosidad, que recapacita y tiende la mano. Es, será, el único personaje que se sacrificará sin cálculos ni venganzas sino con el honesto deber de ayudar al desconocido.

Frente a la farsa tecno-capitalista, el héroe promueve la colaboración; frente a la sociedad de autoexplotación, se permite la contemplación y la moderación; frente al cristal y el acero, el héroe abraza la lágrima y la piel, la sangre y el sudor; frente al miedo, la esperanza; frente a la autopreservación, el sacrificio; frente al cinismo, la caridad.

Pero, como apuntó Byung-Chul Han “la era de la prisa no tiene acceso a la belleza ni a la verdad. Sólo en una contemplación prolongada, incluso en una moderación ascética, las cosas descubren su belleza, su esencia fragante”. Por ello, el héroe requerirá un año entero para contemplar y privarse de todos los bienes para finalmente sentir el peso de su deber en la realidad que sigue sufriendo injusticias en la jungla de cristal y acero. Su última elección es esa ‘esencia fragante’ que revela el incuestionable camino hacia la ardua virtud.

@monroyfelipe

Director VCNoticias

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