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Opinión

Vientos de venganza

¿Hay alguna institución en el país en la que verdaderamente podamos depositar nuestra confianza?

Felipe Monroy

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La superlativa indignación y el insoportable dolor frente al horror por desgracia suelen sembrar y hacer crecer una idea terrible en el corazón de algunas personas: la venganza. Y existe un altísimo riesgo al fomentar esa peligrosa certeza de que seríamos buenos verdugos disfrazados de servidores de la justicia.

No es noticia para ninguno, vivimos en las horas muy bajas de conciencia social en el país. El crimen se ha tornado casi en presencia omnímoda y, como si habitáramos en las tinieblas de la desgracia, sólo atinamos con torpeza a explicarlo y nombrarlo en códigos de absoluto: es ‘neoliberalismo’, es ‘patriarcado’, es ‘descomposición social’.

Los crímenes contra niños y mujeres nos revelan el grado de horror en el que viven nuestros pueblos y comunidades.

La comprensible rabia ante la monstruosidad de criminales y la inoperancia de las instituciones de seguridad y procuración de justicia comienzan, sin embargo, a despertar la barbárica y decadente idea de venganza, la vanidad de la superioridad moral de algunos que pretenden dormir más tranquilos sólo después de que se ajusticie a los malhechores con la pena de muerte.

Pero ¿quién se haría cargo de la ejecución de esta pena? ¿Hay alguna institución en el país en la que verdaderamente podamos depositar nuestra confianza y fe ciega para que aniquile a un ser humano en aras de la justicia? ¿Quién se puede abrogar el derecho de dejar caer la guillotina de la muerte sobre una persona con la confianza de que se es suficientemente puro y justo como para no sentir vergüenza o remordimiento? ¿Cómo evitar ese círculo vicioso de que otro sienta más blancura en su alma como para juzgarnos en nuestras propias faltas?

Las voces que piden revivir la pena de muerte en México como una solución de justicia son la más volátil expresión de nuestras incendiadas vísceras exigiendo alguna satisfacción de orden, de ley; pero en conciencia sabemos que deshumanizar al prójimo (culpable o no), minimizar su dignidad humana y relativizar los derechos fundamentales de la naturaleza del ser ha sido justo lo que nos ha traído a este infierno de violencia y a esta indolencia ante la atrocidad.

Hay una peligrosa incongruencia entre el desprecio a las palabras del presidente López Obrador sobre “moralizar la vida pública de la nación” y el sueño de la vuelta de la pena de muerte. La ley de pena de muerte es la cúspide de la moralización de las instituciones; es la peligrosa frontera legaloide para eliminar, en nombre de la ley y de lo abstracto, la vida humana, para borrarle todo rasgo de dignidad y conferir al poder en turno el inestable e incierto pulgar de los tiranos.

*Director de VCNoticias

@monroyfelipe



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Análisis y Opinión

Del memorial en la tragedia

Felipe Monroy

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Dice un proverbio tibetano que las tragedias son un percutor de la fortaleza del alma. Desde la perspectiva de los monjes budistas no hay adversidad de la que no se pueda aprender o asimilar algo positivo. Y así dicho parece simple; sin embargo, para el que siente dolor y no para el que filosofa al respecto, la tragedia suele ser una insoportable carga en el corazón que exige expresiones de luto y lamento, que requiere abrazos de compasión y consuelo. Y cuya existencia es más importante de lo que creemos.

La misma noche de la tragedia en la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México, el sacerdote católico, Juan Ortíz Magos, salía de una tienda a algunos metros del accidente. Cuando el ministro se acercó al epicentro de la desgracia no dudó un segundo en que habría personas muertas o que estaban a segundos de hacerlo, hizo entonces lo que su fe y caridad le exigían: impartir la absolución a las personas afectadas, hoy 26 fallecidos. Para aquellos creyentes que perdieron la vida y para sus familias, el sacerdote prodigó, a través suyo, la gracia del perdón de los pecados que hubieren tenido aquellas víctimas para que sus fallas no fuesen obstáculo ante el tribunal del Cielo y fuesen recibidos por el Justo Juez.

Esta dimensión espiritual, tan invisibilizada, suele demostrar una sana resistencia ante la comedia de la vida, ante el absurdo de la burocracia o la pérdida del sentido. Para los deudos y para quienes aún elevan plegarias porque sus familiares heridos salgan en una pieza de la tragedia, no hay discurso político, responsabilidad administrativa ni justicia terrenal que les llene el alma.

Ese enorme abismo de ausencia o de miedo apenas se ilumina con los actos como el realizado por el sacerdote o con las veladoras del memorial erigido al costado del accidente, en la estación Olivos de la Línea 12. Ese memorial, que comenzó minutos después de la catástrofe con una sencilla imagen de la Virgen de Guadalupe atada a un arbolito, una docena de veladoras disparejas, dos ramos de flores y -colgada al rojo listón policial perimetral del accidente- una interpelante cartulina con la leyenda ‘Ni perdón ni olvido. No fue un accidente, fue negligencia’, hoy es un indomable y extenso mausoleo popular que refleja tanto el amor por los afectados como la indignación de una sociedad herida.

Desde la espiritualidad, el memorial no sólo es el conjunto de ornatos, flores, mensajes, veladoras y fotografías de las víctimas, es el reflejo más puro de la memoria que clama por una justicia que no habrá de ser satisfecha del todo en esta vida y cuya existencia no es sino un clavo sobre la espalda de quien ha sido responsable o quien debe asumir la responsabilidad después de tal fatalidad.

A través de este memorial en el que participan los dolientes sin mayor premeditación que la que les impulsa el espíritu, los muertos y las víctimas demandan a los vivos recordar y contarlo todo; para que esos minutos de desesperación y angustia, que esas largas horas de comprensión sobre el terrible sino y que esa eternidad de ausencia por los seres queridos encuentren alguna utilidad, plena justicia y razones para paz.

Bien lo dice el periodista Fredrik Backman: “Todos tenemos mil deseos antes de una tragedia, pero sólo uno después de la desgracia”. En ese memorial y en esas expresiones de espiritualidad tan desdeñadas en nuestro pragmático mundo postmoderno se expresa claramente el personal deseo de cada deudo; pero también ese memorial nos alcanza e interpela a aquellos que, sin sentirlo personalmente, sí tenemos por lo menos un anhelo: que no vuelva a ocurrir si puede ser evitado.

LEE Liderazgos para desafíos ambientales

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Análisis y Opinión

Carta a mis hermanas

Ximena Céspedes

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Hoy hablé con una amiga muy querida que está pasando por un momento difícil, y de lo que más me impactó es que no pueda contar con su hermana como cuento yo con las mías.

Me quedé pensando en qué hemos hecho, como familia, para que las cosas sean diferentes, porque aunque vivimos cada una a miles de kilómetros de distancia, el amor y apoyo incondicional nos caracteriza.

Aquí una pequeña reflexión de lo que creo que ha sido el secreto del éxito:

  1. Siempre nos criaron unidas. Aunque la edad de las tres nos separa, siempre nos trataron igual, nos llevaban a los mismos lugares, nos dieron las mismas oportunidades. Los castigos y los premios eran parejos.
  2. Nos enseñaron a contar las unas con las otras. La típica frase de mamá de “cuando yo me muera solo va a contar con sus hermanas”, caló tanto entre nosotras, que lo tenemos tatuado en la piel.
  3. Somos trabajadoras incansables, buscamos lograr nuestros sueños y eso hace que no haya ninguna mejor que la otra, al contrario, cuando nos ven no saben cuál de las tres ha llegado más lejos.
  4. No existe envidia entre nosotras. Conocemos muy bien las capacidades de cada una, buscamos el consejo basados en ese conocimiento y nos apoyamos en lo que carecemos. Confiamos plenamente en la experiencia de las otras.
  5. No cuestionamos las decisiones, nos apoyamos en los momentos difíciles y sobre todo nos alegramos mutuamente de los triunfos de cada una y de sus familias.
  6. Somos transparentes entre nosotras, tenemos la capacidad de burlarnos de nosotras mismas y del entorno y somos muy sarcásticas.
  7. Sabemos que la distancia física nos marcará toda la vida, pero por lo mismo, tratamos de acortarla con llamadas, chats y uno que otro viaje juntas.
  8. Disfrutamos cada momento que pasamos juntas y tratamos de inventarnos viajes familiares para poder vernos más seguido y que nuestros hijos puedan crecer unidos como lo hicimos nosotras.
  9. Finalmente y creo que es un punto muy importante, nos une el amor incondicional y prioritario a nuestras familias y a nuestros padres.

No sería lo que soy sin mis hermanas, sin su ejemplo y su apoyo. Son de verdad, hermosas por dentro y por fuera.

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