La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) externó su solidaridad con los migrantes y refugiados que han sido maltratados y olvidados por las autoridades.

Ciudad de México.— La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) externó su solidaridad con los migrantes y refugiados que han sido maltratados y olvidados por las autoridades.

En conferencia de medios en el marco de la 103 Asamblea Plenaria, el secretario general de la CEM, Alfonso Miranda y el arzobispo de Yucatán y responsable de justicia y paz, de la Conferencia Episcopal Latinoamericana, Gustavo Rodríguez Vega, destacaron que los más de 130 obispos de todo el país oraron por la paz en México y el mundo.

El también obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Monterrey, Alfonso Miranda, puntualizó que empujados por la pobreza o la violencia, los mexicanos abandonan su hogar para trabajar honradamente y contribuir al desarrollo del país al que han llegado, pero que, desde el camino, y aún en su destino, son obligados a vivir en las sombras, sufriendo soledad, maltrato, racismo y explotación.

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“Ese grito de los que están detenidos y de los que padecen un proceso de deportación. Ese grito dramático de los niños y de sus padres al ver desagarrada su familia por las expulsiones. Ese grito de la inadaptación y la impotencia de los repatriados que tienen que recomenzar sus vidas. Son vidas y sueños truncados. Son traumas y resentimientos que pueden alimentar violencia”, señaló Alfonso Miranda.

Ese grito, dijo, es el de la Iglesia que exige superar la soledad del individualismo que nos hace vulnerables “ser hombres y mujeres honestos, justos, decididos a construir una sociedad dispuesta a quitar de raíz las causas de la exclusión, la inseguridad y la violencia, como nos pidió el Papa Francisco a los mexicanos”.

Por ello, la Iglesia urgió a combatir la corrupción y la impunidad al considerar que destruyen la confianza, limitan el compromiso y frenan el desarrollo.

Además, pidió que los políticos vayan más allá de sus intereses individuales, de grupo o de partido, y tengan un corazón grande, visión amplia y “bolsillo pequeño”.

En ese sentido, se necesita trabajar por una vida digna para todos con oportunidades de un trabajo digno y un salario justo, de modo que nadie se vea obligado a buscar opciones en el crimen o a salir del país para vencer la miseria como migrantes.

“Así se ve en los más de 70 centros de atención humanitaria de la Iglesia para los migrantes que cruzan con tantas penalidades y peligros nuestro país, atendidos con la generosidad silenciosa de personas voluntarias. También nos anima la solidaridad de los obispos y de la Iglesia que peregrina en Norteamérica, que nos demuestra que para el cristiano no hay fronteras”, finalizó.

ebv