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Obispos votan por ajustes para 'no ser Iglesia muda' Obispos votan por ajustes para 'no ser Iglesia muda'

Felipe Monroy

Obispos votan por ajustes para ‘no ser Iglesia muda’

Felipe Monroy

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Felipe de J. Monroy*

Los resultados de las elecciones internas de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) confirman que los pastores católicos han mantenido el rumbo comenzado en 2016: un proyecto global de pastoral que mira hacia el 2031+2033 y un estilo de diálogo e intermediación que evite las polarizaciones políticas e ideológicas en la sociedad.

Durante la pasada Asamblea Electiva, los obispos refrendaron su confianza en el arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, para que lidere desde la presidencia del episcopado dicho proyecto y estilo. Su reelección no es asunto menor; el primer trienio de la presidencia de Cabrera fue traspasado por la inesperada pandemia de COVID-19 (con todos sus efectos sociales y económicos), por el radical cambio administrativo e ideológico en el poder político mexicano y por emergencias que ya se preveían hace un lustro y que se agudizaron sensiblemente como el acompañamiento al fenómeno migratorio, la atención a la juventud y los retos de la formación sacerdotal en medio de una crisis de confianza por los abusos sexuales.

Era previsible que se sostuviera al guanajuatense en esta posición pues, además de contar con una amplia y diversa trayectoria pastoral en el país (este 2021 cumplió 25 años de obispo que ha ejercido en Michoacán, Chiapas, Nuevo León y hasta Tamaulipas), también ha sido destacada su participación proactiva a nivel regional en el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y, no hay que olvidar su diplomático talante ante las autoridades federales mexicanas, una tarea nada sencilla en medio de la extrema polarización política e ideológica contemporánea.

Para muestra, el comentario realizado por el propio Cabrera ante los medios de comunicación sobre la relación que él ha sostenido con López Obrador en nombre del episcopado mexicano:

“Sobre la relación de la CEM con el gobierno federal y de modo específico con el presidente de la República: gracias a Dios siempre hemos tenido la puerta abierta para dialogar. Cuando hemos solicitado alguna entrevista, el presidente siempre nos ha permitido tener diálogo y abordar temas que para nosotros son muy importantes”.


Donde los obispos han decidido ‘apretar un poco más’ es en la vocería del organismo. Tras el estupendo trabajo del obispo Alfonso Miranda Guardiola al frente de dos periodos de la Secretaría General de la CEM (no es sencillo que el titular de esta dependencia cumpla dos trienios al hilo), los obispos han depositado esta grave responsabilidad en el pastor de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, obispo de alta formación diplomática.

Castro ha vivido en carne propia la persecución institucionalizada del gobierno estatal (espionaje, acoso, amenazas y agresiones sufridas durante la administración de Graco Ramírez) y su compromiso social lo conduce una y otra vez a sumarse literalmente a ‘caminar junto’ a la sociedad morelense para construir la paz. Además, Castro se ha destacado por acompañar a las comunidades heridas por el narcotráfico, la violencia, el crimen organizado así como a los pueblos heridos por los fenómenos naturales que han devastado algunas localidades en Morelos.

Entre las muchas funciones del secretario general de la CEM, la relación con los medios y las organizaciones de la sociedad civil es indispensable para hacer presente a la Iglesia católica en el mundo cotidiano. La apuesta es que Castro lleve la voz de la Iglesia mexicana con mayor asertividad y presencia en estos espacios públicos.

Finalmente, el recambio que han hecho los obispos en la vicepresidencia del organismo responde exclusivamente a la condición de salud del arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos. Su labor como enlace entre la CEM y la Presidencia de la República en el proceso de pacificación y reconciliación nacional ha sido ampliamente reconocida; sin embargo, los obispos han aceptado que Garfias dé un paso al lado para cuidar de su salud mientras dejan el testigo al arzobispo de Yucatán, Gustavo Rodríguez Vega.

Este último recambio será sumamente importante para fortalecer la construcción de justicia social y pacificación en México. Y a Rodríguez Vega lo respalda una larga e intensa experiencia nacional e internacional en temas de justicia, solidaridad, responsabilidad social, pacificación y participación ciudadana.

Es así que el renovado Consejo de Presidencia de los obispos mexicanos, por un lado garantiza la continuidad en los trabajos ya comenzados para atender fenómenos globales que van desde la descristianización de la sociedad, los efectos devastadores de los abusos sexuales, los retos del cuidado de la Casa Común y la sinodalidad; y, por otro lado, también contará con nuevas voces que, por experiencia, se intuye refrescarán la participación de la Iglesia católica en el diálogo social contemporáneo.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe



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Felipe Monroy

Verdades exageradas

Felipe Monroy

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FELIPE MONROY

Apuntó el filósofo Schopenhauer que toda verdad pasa por tres momentos: primero es ridiculizada, luego ferozmente combatida y finalmente aceptada como si siempre hubiera estado allí. El extraño ejercicio patrocinado por la Presidencia de la República para ‘evaluar’, ‘criticar’ y ‘vigilar’ las informaciones periodísticas publicadas en México tiene como propósito central -según la institución- el combatir las noticias falsas; y, sin embargo, de vez en vez también arremete contra las verdades.

Desde el máximo podio de divulgación de la República, Ana Elizabeth García Vilchis, funcionaria de la Dirección de Comunicación Social, acusó a un medio de comunicación por publicar informaciones que pretenden “hacer un escándalo con ese dato que no es falso, pero se exagera”.

La frase vertida por la encargada de este este ejercicio desde la cúpula de poder no nos debe sonar meramente anecdótica sino como la sustancial preocupación de la administración lopezobradorista por las verdades que pueden llegar a incomodarle.

No es novedad, ni esta administración la única que muestra recelo a que la verdad llegue a la ciudadanía; es claro que todo gobierno guarda una gran cantidad de escrúpulos para revelar o no las informaciones difíciles, adversas o que demuestran signos de su incapacidad, inexperiencia o franca corrupción.

Si algo ha detenido los procesos judiciales contra los exmandatarios, exfuncionarios y actuales servidores públicos que se han servido del poder a través de ignominiosas operaciones o desvergonzadas corruptelas justamente ha sido la falta de información verídica, comprobable y judicializable que los lleve a enfrentar la ley.

El cuidado que los corruptos tienen contra la filtración de la información que potencialmente los pone en riesgo es mayúsculo; y con razón: la revelación de datos certeros que los incrimine en delitos o acciones deshonestas catapulta a esa ‘verdad’ a ser aceptada como si siempre hubiera estado allí. Y una vez que la ciudadanía incorpora en su conciencia esa verdad, es casi imposible que vuelva a confiar en dicho político, en su grupo o en sus aliados.

Por desgracia, a lo largo de mi experiencia periodística, he constatado que las inmensas instituciones o los grupos poderosos sólo temen a la verdad cuando se muestra con su rostro de escándalo. Hay verdades que pueden ser ridiculizadas y hasta combatidas; pero el escándalo -más que veneno- es como una vacuna que protege a la audiencia de las estratagemas del poder.

En meses pasados, por ejemplo, se tuvo noticia de la denuncia presentada por un medio de comunicación católico contra el secretario general de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos. Para variar, las acusaciones reposaron a la deriva durante varias semanas entre los océanos burocráticos de las instituciones hasta que el escándalo mediático obligó a dar curso y celeridad a las sanciones.

Este caso hace recordar las muchas denuncias que envejecen en medio de los trámites obligatorios que buscan justicia y que no son tomadas en serio sino hasta que rompen la conciencia de la ciudadanía a través de la cruda revelación de su naturaleza.

Es decir, contra la inmovilidad del poder, contra la jactancia de su autosuficiencia e invulnerabilidad, no hay nada como esa verdad que causa escándalo. Las verdades inmoderadas, como demostraron Diógenes y sus discípulos cínicos, pueden ser crueles e inútiles; sin embargo, cuando las verdades se encaminan a mejorar las instituciones o las relaciones que tienen con la ciudadanía, forman parte de un doloroso crecimiento de reconocimiento y responsabilidad.

Lo dijo así Thomas Fuller, capellán del desafortunado Carlos I, rey de Inglaterra: “La mentira no tiene piernas; pero el escándalo tiene alas”. La mentira requiere de muchos súbditos y sirvientes para hacerla llegar hasta allí donde el poder la necesita; como respuesta, la pequeña saeta lanzada desde el pueblo sólo puede llegar al empíreo del poder si el escándalo le coloca remos de aire.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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Felipe Monroy

Quema de templos y efigies: indignación sin respuesta

Felipe Monroy

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Obispos votan por ajustes para 'no ser Iglesia muda'

Felipe de J. Monroy*

Las imágenes y relatos de los acontecimientos que están cimbrando a la sociedad canadiense en estos días dejarían estupefactos a nuestros antecesores: La quema de templos y el derribamiento de efigies de las reinas de Inglaterra en varias localidades de Canadá serían comparables con signos del fin de una época.

Sin embargo, en nuestra vida oceánica de información apenas conviven con algunas noticias cotidianas y varios memes de moda; una mala noticia para aquellos que verdaderamente desean atemperar, comprender y ofrecer una mirada futura de convivencia sin menospreciar la gravedad de los terribles hechos del pasado.

Todo recomenzó en mayo pasado con el descubrimiento 215 cadáveres de niños indígenas en indignas fosas en los patios de antiguas escuelas residenciales para nativos que el gobierno canadiense patrocinó desde 1874 y que varias fueron operadas por instituciones misioneras cristianas. Más tarde se hallarían otros cadáveres en otras de estas instituciones con las que el gobierno buscaba ‘asimilar’ a los niños indígenas en la cultura occidental.

Hay que recordar que la última de estas escuelas cerró apenas en 1996 y, tras varias denuncias de abusos, en 2006 el gobierno canadiense y las iglesias acordaron destinar dos mil millones de dólares a un paquete de medidas orientadas a indemnizar a 8 mil sobrevivientes de estos centros.

Sin embargo, en 2008 se abrió una Comisión de Verdad y Reconciliación para esclarecer los tipos de agresiones que se cometieron contra los niños y contra su cultura. La primera etapa de los trabajos de la Comisión concluyó en 2015 y los trabajos se institucionalizaron en un Centro Nacional para la Verdad y la Reconciliación.

El descubrimiento de los cuerpos de los niños indígenas volvió a abrir la herida y evidenció al menos un par de cosas: Que el gobierno y las iglesias en Canadá aún no han hecho lo suficiente para auxiliar en el esclarecimiento del pasado reciente de la nación; y, que algunos sectores sociales han expresado la justa y comprensible indignación a través de actos de irracionalidad absoluta.

Hasta el momento se tiene registro de una docena de iglesias católicas vandalizadas, varios templos incendiados; también hay reportes de agresiones y el derribamiento de efigies de personajes ligados a la colonización y construcción de las instituciones canadienses. Los actos congregan a varios cientos de personas que arremeten con rabia contra lo que parecen considerarse los ‘símbolos’ de una opresión. Tras la furia, sólo destrozos. ¿Es esa la respuesta que busca la sociedad canadiense hacia su reconciliación?

En ‘El hombre en busca de sentido’ el psicólogo Víctor Frankl hace una declaración temeraria: “Cada época tiene su propia neurosis colectiva”. A mediados del siglo XX, después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, Frankl aseguraba que la neurosis de su época era provocada por el ‘vacío existencial’. Ya bien adentrados en este siglo transcultural, transmoderno y transcendente, nuestra neurosis colectiva parece ser una verdadera lucha por la identidad: la nuestra y la de nuestro pasado.

Algo es claro, las fosas clandestinas en colegios cristianos de niños indígenas que fueron arrebatados a sus familias y arrancados de su cultura son uno de los muchos ejemplos de los horrores de los que la humanidad es capaz por defender ciertas ideologías políticamente correctas de cada época. La casi siempre perversa alianza de las iglesias y las religiones al poder temporal ha sido despreciable desde -literalmente- tiempos bíblicos y, sin embargo, siempre habrá grupos que busquen la comodidad de sermonear, disciplinar y dogmáticamente, desde el palacio del rey en lugar de andar descalzo en los abismos escarpados de la creación proclamando con voz y vida el amor a la fe.

La pasmosa inacción de las autoridades civiles y religiosas ante el iracundo clamor de la sociedad sólo refleja el frío cálculo político de sus ministros; gobierno e iglesias están urgidas a tomar decisiones y a asumir, con claridad histórica, los diferentes niveles de responsabilidad. También a señalar aquellas de las que no podrían hoy ser responsables (como el nivel de vida del siglo antepasado, el acceso a medicinas y salud o los sistemas de educación que eran comunes en aquella época). E insisto: están urgidos a tomar decisiones pues es bien sabido que siempre hay al acecho oscuros grupos ideológicos que buscan capitalizar a su favor la indignación social.

“En última instancia -recordaba el mismo Frankl-, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la vida plantea, cumpliendo la obligación que nos asigna”.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe

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