Para esta segunda mitad del 2017, el papa Francisco parece ya no ser la figura mediática revolucionaria que en el 2013 poblaba las portadas de revistas

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Para esta segunda mitad del 2017, el papa Francisco parece ya no ser la figura mediática revolucionaria que en el 2013 poblaba las portadas de revistas y a quien le dedicaban largos reportajes sobre su avasalladora imagen y su poderoso discurso de transformación de la Iglesia católica. Por el contrario, ahora ha tomado escena una extensa y sombría disidencia religiosa con dejos de puritanismo disciplinar que ya no solo cuestiona con ‘dudas doctrinales’ al pontífice argentino sino que llama abiertamente “propagación herética” a algunas de sus ideas o planteamientos magisteriales.

Sin embargo, es precisamente la Iglesia católica local,  que está diseminada en el mundo, la que ha tomado la velocidad de crucero bajo el ejemplo del actual obispo de Roma. Tal como Francisco intuyó y autorizó –y hasta cierto punto animó-, los católicos que viven su experiencia de fe a ras de suelo y en las más complejas realidades sociales se han aventurado a salir del rigor estructural y, aun con el riesgo de herirse en el trayecto, prefieren ser esa Iglesia-enfermería en medio de las batallas a una Iglesia-bunker que sólo después del holocausto y el tierra yerma celebra junto a los vencedores y preside exequias sobre las víctimas.

Esta Iglesia se personifica en aquellos fieles que han decidido renunciar a las oficinas vaticanas porque algunos funcionarios no se comprometen lo suficiente en el combate al abuso sexual perpetrado por clérigos, en las universidades pontificias que han comenzado a incluir en su debate académico a francos opositores de la fe cristiana, en los cardenales y obispos que desean escuchar qué opinan los jóvenes ateos sobre su contexto y su futuro o en los actos interreligiosos que borran las fronteras de los fueros históricos.

La reacción a esta ruta que la Iglesia católica está tomando comienza a ser tan visible y retumbante que los ‘guardianes’ han pasado a ser ‘disidentes’; los informales custodios de la disciplina se han quedado sin esa ‘sacrificada tarea’ de vigilar o amonestar a nadie y ante ese despojo que les han hecho deciden poner en la misma oración ‘corrección fraterna’ y ‘propagación herética’ para reconvenir al propio pontífice.

Esta porción católica, fuertemente asida a una lectura milenarista de la tradición y el magisterio, se ha valido de figuras doctrinales remotas, incluso se afirma que la correctio filialis no se había ejercido desde el siglo XIV; sin embargo, los académicos afirman que no es la primera vez que esto le ocurre a un pontífice; ya antes cuestionaron a Paulo VI tanto como a Juan Pablo II y ahora hacen lo mismo con Francisco.

Con todo, sólo hay un escenario en el que estos hombres y mujeres de enorme fe podrían tener razón en su visión casi apocalíptica: Si la Iglesia que ha tomado la actitud franciscana no los considera como otros de los muchos heridos de la historia, si no los atiende y escucha con caridad y ternura, o si no perciben el tono de desesperación en ese llamado que aquellos hacen al juicio final, entonces sí: la Iglesia no estaría yendo por los heridos espirituales y sólo habría sustituido a los puros y custodios de una especie de ‘patente de corso’ para llevar un particular modelo de Iglesia por los océanos del siglo XXI.

En el pasado la frase: ‘más papista que el Papa’, describía a los rigoristas que en la frontera farisea deseaban imponer su visión a punta de su dedo acusador; en un lustro de pontificado Francisco no sólo ha desmontado esa costumbre que invariablemente decantaba en ‘papalotría’ o ‘papafobia’ sino que ha insistido en que el centro de la actividad, pensamiento y trascendencia de la Iglesia debe estar la actividad, pensamiento y trascendencia de Jesús. Lo demás, aunque importante, es secundario.

@monroyfelipe

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