Opinión
La crisis de salud que no se quiere ver
Doña María Rodríguez (60 años) despierta cada día a las 4:30 de la madrugada en su casa de Ecatepec. Su mañana no comienza con un café o con el morning routine que han popularizado influencers en Internet, sino con la meticulosa revisión de los medicamentos que su esposo, Don José Pérez (62 años), necesita para sobrevivir.
Él padece diabetes e hipertensión desde hace ocho años, pero también enfrenta el desafío de un cáncer de estómago detectado tardíamente. Mientras prepara el desayuno, María calcula mentalmente los gastos del mes: 9 mil 200 pesos mensuales en medicamentos, más los costos de estudios clínicos que el Seguro Social sí cubre, pero cuyas citas serán hasta el 2026. Su familia es uno de los millones de hogares que, entre 2018 y 2024, incrementaron su gasto en salud en 41.4%, a pesar de que las estadísticas oficiales celebran una reducción en la pobreza.
El caso de los Rodríguez no es aislado. Es el reflejo de una crisis estructural que obliga a las familias a convertirse en enfermeras, financieras y gestoras de su propia salud, mientras el Estado se limita a discursos y programas insuficientes. En México, aunque se niegue permanentemente a través de la propaganda oficial, se observan los efectos de unas políticas públicas fallidas en materia de salud, especialmente por el desabasto y la necesidad de acudir a la medicación privada y, casi siempre, marginal e insuficiente.
Los datos del panorama son estremecedores: el gasto en medicamentos se duplicó en seis años, (según los datos de México Evalúa). Este incremento del 116% no es resultado de una mayor conciencia sanitaria, sino del desabasto crónico en clínicas y hospitales públicos. Los fallidos proyectos como la Megafarmacia del Bienestar (durante el sexenio pasado) o Salud Casa por Casa (de esta administración federal), ha provocado que las familias tengan que pagar de sus ingresos precios cantidades considerables por fármacos que, en un Estado que cuentan con un sistema de seguridad social y de atención a población abierta que se financia por los impuestos de todos los contribuyentes, deberían estar disponibles sin costo adicional y al alcance de las personas que los requieran.
El problema es que, ante el colapso de los servicios de salud públicos por la reducción del presupuesto, y la falta de una distribución correcta de medicamentos, los mexicanos han cedido a la automedicación o a atención médica desestructurada, sin seguimiento y comercial. Se trata de una acción desesperada, pero es lo que la mayoría de la población tiene al alcance, debido a la proliferación de farmacias populares, muchas veces operadas por personas sin la adecuada formación farmacológica o por personal médico que es empleado en un modelo rotatorio y con el interés de vender medicinas más que atender a la salud integral y preventiva de la comunidad. Nuevamente los datos son abrumadores: 16 millones de personas se auto prescribieron algún tipo de medicamento en 2024, frente a 9.6 millones que lo hicieron en 2018. Esto ocurre porque los tiempos de espera en clínicas públicas son interminables, no hay unidades médicas cercanas o, simplemente, porque la calidad de la atención esperada deja mucho que desear.
Las familias mexicanas están pagando dos o más veces por los mismos servicios. Primero, a través de impuestos que financian instituciones como el Seguro Social o el ISSSTE, y luego, con sus propios ahorros, cuando el sistema les falla e incluso se busca algún tipo de cobertura de servicios básicos de salud en clínicas privadas mediante “membresías”. Los hogares afiliados al IMSS gastan 365 pesos trimestrales en medicamentos (98% más que en 2018), mientras los del ISSSTE destinan 607 pesos (80% más). Pero quienes más sufren son los que carecen de seguridad social: 554 pesos trimestrales, un aumento del 141%.
Frente a esta realidad, las familias siempre han respondido con una red propia de cuidados que el Estado nunca podrá emular. La señora María baña a su esposo, le administra sus medicamentos, le prepara alimentos especiales y vela por sus noches difíciles. Una de sus hijas que vive con ellos, madre soltera con un trabajo en una tienda de conveniencia, aprendió a aplicar inyecciones y monitorear signos vitales en videos de YouTube. Esto sin contar historias que desgraciadamente truncan el sueño o aspiraciones de alguien de la familia: la mujer que quería terminar la preparatoria y estudiar contabilidad, pero entre el cuidado a su padre, a su hijo de tres años y también a su madre que requiere una operación de rodilla por osteoartritis, sólo le permite aspirar a un trabajo donde la paga es inferior al salario mínimo. Son estas dos mujeres las que dedican largas horas a mantener de pie la casa familiar, con una paciencia y un tesón que no tiene precio.
Entre 2020 y 2025, las movilizaciones por el derecho a la salud han sido una constante en el panorama social mexicano. Desde la gestión de la pandemia de COVID-19 hasta la falta de medicamentos en clínicas y hospitales, los colectivos han reclamado esencialmente la indolencia de las autoridades civiles. En 2022, grupos de familiares de pacientes como Justicia Saludable organizaron plantones frente al Hospital General de México para exigir medicamentos para tratamientos de cáncer y en 2024, la Marcha Nacional por la Dignidad de la Salud reunió a miles de personas en la capital de la República, luego de que se reportara el desabasto de insulina en 14 estados.
Y, a pesar de todo, el presupuesto en salud para 2025 ha sido el más bajo desde 2022, y programas clave como el FASSA (Fondo de Aportaciones para los Servicios de Salud) sufrieron recortes del 42% en el primer trimestre del año. En la última década, el Estado mexicano ha fallado en garantizar el derecho a la salud; en consecuencia, las familias se endeudan y sacrifican, sobreviven y sobrellevan con estoicismo graves padecimientos. Sin duda, los gestos invisibles de ternura, sacrificio y compasión dentro de la familia son actos de resistencia no sólo ante la enfermedad sino ante la inoperancia de las políticas públicas.
Esperemos que en las autoridades se encuentre la disposición para el análisis de fondo y la voluntad de atender integralmente las necesidades más sentidas de la población, como es la atención a la salud. Menos números alegres y más solidaridad con quienes requieren políticas que promuevan y respeten la dignidad humana.
Felipe Monroy
La fábula venezolana: ‘Cabeza de rata, cuello de buey’
A pesar de lo espectacular de las imágenes y de la virulencia de los discursos, en realidad no era difícil imaginar cómo se desarrollaría el curso de los acontecimientos entre los Estados Unidos y Venezuela desde la manifestación de las intenciones de sus respectivos líderes. Durante semanas, Trump y Maduro desplegaron sus propias estrategias de fanfarronería, autocomplacencia y extralimitaciones ilegales: frases incendiarias propagandísticas con las que buscaron redefinir realidades y conceptos, mientras organizaban en el ego de su fantasía los recursos militares a su alcance.
Los déspotas están incapacitados para imaginar fuera de sus obsesiones, su mundo es estrecho y simple. Y, como en este caso, ambos se miraron de frente y a los ojos pensando que su respectiva individualidad era el todo. Es un problema común que un tête-à-tête entre líderes políticos se confunda con un conflicto social o nacional a gran escala; pero la realidad está allí, terca y masiva, para humillar a quien se ensalza más.
El éxito operativo de Trump para tomar por prisionero a Maduro y derrumbar los símbolos del liderazgo de la revolución bolivariana es innegable: una noche de bombardeos para llegar al líder de un régimen nacional y secuestrarle para tratarlo como a cualquier criminal de poca monta se dice fácil y quizá el ejército norteamericano lo tuvo relativamente sencillo; pero fuera de las pantallas la historia suele ser mucho más compleja. Será el tiempo el que revele los detalles que favorecieron este resultado y que aún permanecen ocultos en las sombras de esa madrugada del 3 de enero.
Sin embargo, son las consecuencias de estos actos centrados en las bravuconadas de dos cabecillas enquistados en sus respectivos tronos de vanidad las que preocupan ahora; porque, tal como advirtió Miyamoto Musashi en ‘El libro de los Cinco Anillos’, cuando las confrontaciones entre los duelistas se enfrascan en los pequeños detalles se suele olvidar el gran panorama. A esto le llamó el problema de la ‘cabeza de rata y el cuello de buey’.
Desde la perspectiva de la ‘cabeza de rata’, el triunfo de Trump y la derrota de Maduro resuelve el conflicto o por lo menos lo desvela. Y la propaganda suele vender esto de formas muy creativas, especialmente para seducir a las poblaciones y a las audiencias de tomar algún bando ideológico.
El duelo reducido a una estrategia entre las cabezas implicaría que, cuando cae una de ellas, la guerra ha concluido; pero Musashi nos advierte, detrás de cada ‘cabeza de rata’ suele haber un ‘cuello de buey’ que implica un desafío mayor.
En este caso, el grueso cuello con el que se debe lidiar tanto al interno de Venezuela como en el marco internacional contempla varios aspectos: el control militar y económico de la región, la reconfiguración del régimen chavista, los procesos decisionales y democráticos en Venezuela y en varios países americanos, el retorno de la doctrina Monroe en el continente, el papel de los organismos internacionales (si es que sobreviven), la reacción defensiva de las naciones frente al intervencionismo, el renovado tráfico de armas ‘para la resistencia’, el reajuste político al mercado petrolero, la recalibración de los CEO’s de la droga –porque los EU la seguirán consumiendo y traficando masivamente–, la recomposición de acuerdos comerciales entre países sudamericanos, el militarismo cultural, la validación explícita a las invasiones y ataques unilaterales sustentados en la fuerza armada, etcétera.
Es difícil prever hasta dónde llegará la amplitud de la onda de choque que ha producido el ataque norteamericano a Caracas en el arranque de este 2026; pero si hacemos caso al estratega Musashi, después de vencer el ‘cuello de buey’ seguirá otro duelo entre ‘cabezas de ratas’ sólo que, como en el ajedrez, es claro que los reyes están limitados por su alcance, no por su versatilidad.
*Director VCNoticias.com @monroyfelipe
Columna Invitada
Los Reyes Magos: la primera gran red global
Vivimos en la era de TikTok, de los virales y de los mensajes breves. Nos cuesta imaginar un tiempo sin redes, sin satélites o sin imprenta. Y sin embargo, la humanidad siempre ha tenido formas de transmitir ideas poderosas. Una de las más antiguas y eficaces es la historia de los Reyes Magos.
Cada año repetimos la escena: tres hombres, un niño, una estrella, regalos. La postal es tan conocida que olvidamos lo que realmente es: uno de los relatos más profundos de la historia. Los Reyes Magos no son un adorno del nacimiento de Cristo: son un símbolo del ser humano en camino hacia una verdad.
Si somos intelectualmente honestos, hay que empezar por lo básico. El Evangelio de Mateo solo dice que “unos magos de Oriente llegaron a Jerusalén”. No dice cuántos eran, ni que fueran reyes, ni sus nombres o su origen. La palabra magoi designaba a sabios y astrónomos orientales, sobre todo de Persia y Babilonia. Heródoto, Estrabón y Plinio el Viejo usan ese término para esa casta intelectual-religiosa. Eran, literalmente, parte de una red internacional de conocimiento: observaban los astros, interpretaban signos y compartían saber entre regiones lejanas.
Estos hombres no pertenecían al mundo judío ni esperaban al Mesías de Israel. Y sin embargo, interpretan un signo en el cielo y emprenden un viaje larguísimo. Antes de que existieran internet o las redes sociales, ya había una red invisible: la de las ideas que cambian la historia. Un rumor en Oriente, una señal en el cielo, un viaje, un mensaje que se expande por todo el mundo conocido.
Con el paso de los siglos, la Iglesia leyó este episodio a la luz del Antiguo Testamento: Isaías habla de pueblos que traerán oro e incienso, y el Salmo 72 de reyes de tierras lejanas que ofrecerán dones. Así, teológicamente, los sabios se convierten en reyes. No por historia, sino por mensaje: no solo los sabios, también el poder y las naciones se postran ante algo que los supera. Es catequesis simbólica.

En la Edad Media, el mundo conocido tenía tres continentes: Europa, Asia y África. Y el cristianismo, consciente del poder de la imagen, construyó una gran narrativa visual: un rey europeo, uno asiático y uno africano; uno joven, uno adulto y uno anciano. Luego vinieron los símbolos: camello, caballo y elefante. Nada de esto viene de la Biblia, sino del arte medieval. Como la mayoría no sabía leer, la imagen comunicaba más rápido que el texto. El mensaje era claro: Cristo es reconocido por toda la humanidad.
En el relato aparece Herodes, el político que teme perder el poder. Frente a él están los Reyes, que teniendo poder y prestigio reconocen algo superior. Ahí está un conflicto eterno: el poder que quiere controlarlo todo y la verdad que solo puede ser reconocida. Hoy seguimos viendo sistemas que temen a la verdad, y personas que, aun a costo personal, la siguen.
En un mundo donde el poder suele imponerse por la fuerza, los Reyes llegan con regalos. No conquistan: reconocen. Y no eran ingenuos: eran sabios, analistas del universo de su tiempo. Como hoy con el James Webb o la inteligencia artificial, buscaban comprender. Pero nos dejaron una lección vigente: usaron el conocimiento no para dominar, sino para arrodillarse ante la verdad.
Hoy hablamos de globalización como si fuera algo nuevo, pero el cristianismo entendió antes que nadie que un mensaje universal debe contarse de modo que todos se sientan dentro. Los Reyes Magos no son un dato histórico exacto, sino una construcción teológica genial para decir una verdad mayor: Cristo no nace para un pueblo, sino para todo el mundo.
Hoy las ideas viajan por redes y medios, pero hay una diferencia esencial: ellos no compartían entretenimiento, compartían una verdad que transformaba la vida. No necesitó likes, pauta ni algoritmo. Cuando un mensaje tiene sustancia, encuentra su camino.
Quizá el verdadero milagro no fue la estrella. Quizá fue esto: que en un mundo sin redes ni tecnología, se creó el mensaje más persistente de la historia.
Tal vez por eso su historia sigue viva. Porque no habla del pasado. Habla de nosotros.
Mtro. Guillermo Moreno Ríos
Ingeniero civil, académico, editor y especialista en Gestión Integral de Riesgos y Seguros. Creador de Memovember, Cubo de la Resiliencia y Promotor del Bambú.
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La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx
Felipe Monroy
Un mundo nuevo: de la psicosis por chatbot a los sicofantes digitales
El mundo nuevo ya vive, por desgracia, los efectos de la ‘psicosis por chatbot’
Frente a las esperanzas del reinicio del año civil, es común la expresión ‘Año nuevo, vida nueva’ pero quizá como nunca antes, los escenarios esperados para los próximos meses nos hablan de un auténtico mundo nuevo al que estaremos obligados a mirar tal como los exploradores y navegantes de hace algunos siglos hicieron: con ilusión, sin mapas cartográficos y con un auténtico temor ante lo desconocido.
Por supuesto es ya sabido que cada vez con mayor frecuencia deberemos acostumbrarnos a interactuar en el espacio público y privado con réplicas conversacionales o visuales de personas (incluso de nuestros más íntimos conocidos) mediante modelos de lenguaje masivo y deepfakes. Los avances tecnológicos son ya muy precisos en la imitación a través de síntesis de voz hiperrealista y videos generativos en tiempo real. Los riesgos son evidentes: Fraude y suplantación de identidad (mediante el phishing o a través de ingeniería social), manipulación del comportamiento de los interactuantes, erosión de la confianza en cualquier interacción digital e incluso una profunda anomia conductual.
Por otro lado, la utilización comercial o política de los datos, metadatos y códigos digitales que cada usuario va alojando en el océano informativo para entrenar modelos de patrones de pensamiento y discurso representa una atractiva frontera no sólo para los mercados de productos o de ideas sino también para la reestructuración o redefinición de las más complejas dinámicas de interacción humana y que han configurado el propio principio civilizatorio. Así, por ejemplo, el aprendizaje, el trabajo, los cuidados, el placer y hasta la espiritualidad están ya traspasados por esta nueva mediación tecnológica de la memoria y la imaginación; lo que supondrá una nueva relación no sólo con el progreso sino también con la historia.
Si nos colocamos más de lado de los integrados que de los apocalípticos en este nuevo mundo cultural (bajo los conceptos clásicos de Umberto Eco) podríamos ver no sólo con benevolencia sino con auténtico interés utilitario el cómo beneficiarnos de las superinteligencias digitales para mejorar nuestra productividad, para otorgarnos más tiempo libre (que después esté secuestrado por medios digitales ya es otra cosa) y para auxiliarnos a mejorar nuestra calidad de vida. Para los entusiastas del vibe coding, por ejemplo, la posibilidad de crear todo el software personalizado y necesario para la vida cotidiana sin contar con los más mínimos conocimientos en programación, básicamente nos pone al mando del sueño idealizado de construir un espacio social donde todos puedan participar y se les tome en cuenta en sus necesidades, donde se cree un mercado de intercambio de beneficios (y no de esfuerzos o trabajos) y en el que sean los agentes de inteligencia artificial con autonomía creciente los encargados de tomar decisiones y ejecutar acciones complejas bajo nuestra complaciente y esporádica supervisión.
Pero, para no perder los pies de la tierra hay que atender las inquietudes de los apocalípticos (pues “la mera idea de una cultura compartida por todos, producida de modo que se adapte a todos, y elaborada a medida de todos, es un contrasentido monstruoso”, diría Eco); pues la inteligencia agéntica no solo será responsable de crear acciones dañinas inmediatas como el desplazamiento laboral o la dependencia digital sino de reformular valores culturales y objetivos globales que muy probablemente no coincidan con el bienestar humano (en lo individual, colectivo, político, ecológico, económico, etcétera). Porque ¿a dónde van las interfaces cerebro-computadora o los dispositivos de la neurotecnología? ¿Cuál será el alcance de estas herramientas capaces de “leer la mente” o de estimular virtualmente la actividad cerebral de los usuarios? ¿Qué tipo de cultura de masas podría homogeneizar la realidad social desde esta privacidad mental última, con mecanismos capaces de manipular los pensamientos y los recuerdos, con algoritmos totalizantes que sentencien la realidad y amplifiquen tanto las desigualdades físicas como las cognitivas?
El mundo nuevo ya vive, por desgracia, los efectos de la ‘psicosis por chatbot’ (dependencia emocional, confusión depresiva y hasta suicidio); y el análisis social y cultural se alimenta hoy de sicofantes digitales, es decir, de sistemas que buscan obtener estatus de veracidad mediante la adulación hacia los usuarios (aún hay ingenuos que piensan que ‘vencieron a la IA’ porque alguno de los chatbots “les dio la razón”).
Pensemos en solo uno de los muchos usos de estas tecnologías. En los últimos días ha crecido la reflexión sobre si debemos enfrentarnos o adaptarnos a los griefbots (también llamados deathbots) que no son sino muy audaces simulaciones de la personalidad de una persona que ha fallecido. Con las herramientas de IA correctas y mediante modelos de simulación de lenguaje, machine learning y reproducción iterada de análisis discursivos de la ‘huella digital’ (es decir la data personal almacenada en la red) es posible crear una personalidad virtual capaz de interactuar en tiempo real y con cierta complejidad de razonamiento que, en principio, imite la voz y los gestos, las actitudes y las palabras que una persona fallecida hacía en vida. Actualmente empresas como HereAfter AI, Re-memory y Project December ya ofrecen este servicio.
Esto ya ha sido usado con especial frivolidad, utilitarismo y superficialidad por el marketing político para ‘crear emociones’ y ‘legitimar’ discursos ideológicos, plataformas o personajes políticos al “regresar de la tumba” a líderes históricos o personalidades públicas. Sin embargo, aún hay muchas lagunas de reflexión (legal, ética y moral) respecto al necesario consentimiento póstumo del uso de nuestra ‘huella digital’, sobre el impacto psicológico en el duelo que esto puede provocar, sobre los derechos de la identidad digital o el uso comercial de identidades finadas.
Por ello, antes de que este gran salto tecnológico genere su propio ‘tecnocidio’ habrá que ponderar si la muerte y la identidad deben o no ser negociables; si la privacidad debe limitarse a los datos o la ‘esencia’ de la persona; y si debemos soltar o no responsabilidades sociales ante la complejidad de los sistemas que ya recrean el mundo que estamos por vivir. Esas serán nuestras ataduras al mástil de la cordura para que, como hiciera Odiseo, naveguemos sobre las olas dominadas por el canto de las sirenas digitales sin caer en el hechizo de su algorítmica voz.
*Director VCNoticias.com @monroyfelipe
Columna Invitada
Construyendo la Paz
En esta época festiva, donde todos estamos pensando en los regalos que daremos y los que nos gustaría recibir, ¿cuál es el regalo que más nos gustaría, como sociedad civil? Si se hiciera una encuesta imparcial, seguramente el resultado sería que la población quisiera tener el regalo de la Paz. Una paz completa, confiable, duradera y que alcance a toda la población, a todos los niveles sociales.
Valdría la pena preguntarnos qué es lo que puede hacer la sociedad civil, de qué manera podría estar contribuyendo, probablemente de un modo decisivo, a que se reduzca el nivel de violencia que estamos sufriendo en este momento. Cosa que, por otro lado, también ya había sido advertida: que las soluciones que se proponen como las más efectivas son, precisamente, las de largo plazo. Las soluciones de corto plazo, siendo importantes, no dan soluciones completas. Sí, se requiere una reforma de fondo de la Sociedad, de nuestra cultura. Lo cual es algo verdaderamente lento y particularmente difícil.
La renovación debe ser de la Sociedad y también en la persona, porque al final de cuentas los cambios en la Sociedad son el resumen de los cambios en las personas. A nivel privado, valdría la pena cuestionarnos: ¿qué tanto tengo una actitud violenta en mi vida diaria? ¿Cuáles son los cambios que requiero en lo personal? ¿Soy realmente alguien que promueve la Paz? ¿Cómo es mi manera de ver la vida, es verdaderamente pacífica? ¿O soy de los que ataco a otros que no piensan lo mismo que yo?
También necesitamos un cambio en el trato. En la vida diaria, donde también puede haber conflictos y recriminaciones. Cuando tenemos alguna diferencia, ¿podemos decir que somos constructores de la Paz? Porque al final del día, cualquier conflicto humano es porque alguno quiere imponer a otro su voluntad y convencer o hacer creer que sus principios y sus valores son los que verdaderamente valen.
Tenemos que encontrar medios para lograr una conversión, un cambio de valor; un cambio de corazón si queremos construir realmente la Paz. Ya sé que seguramente a más de uno le molesta este tipo de afirmación. La conversión del país no se va a lograr únicamente por medios violentos. Hay que respondernos en silencio para nosotros mismos: ¿qué tanto la violencia que estamos padeciendo solo es la exageración de nuestras costumbres familiares y sociales? Me temo que si hacemos esta pregunta y la tratamos de contestar honestamente, podremos encontrar muchas semillas de la violencia en nuestro trato diario, que no escala, que no llega a las alturas de lo que estamos viviendo. Pero, finalmente, es el mismo concepto: imponer mi voluntad a la voluntad del otro, sin respetar sus propias necesidades y sus propios derechos.
Es algo que valdría la pena estar meditando en esta época de fin de año, donde se habla de paz y armonía con una frecuencia mayor; recordamos canciones donde habla de la noche de paz y temas parecidos. Podría ser un asunto interesante de reflexión personal. Empezar a decir dónde puedo transformar mi actitud, mi manera de ver las cosas, precisamente en esta época donde le cantamos a la Paz, pero no necesariamente la estamos construyendo.

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx


