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Felipe Monroy

Claridad, ante la complejidad

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El debate sobre el papel de los obispos de México ante los múltiples desafíos nacionales se ha intensificado en recientes días tras la divulgación de una “Carta abierta a la Conferencia del Episcopado Mexicano”, firmada por el grupo denominado ‘Teología Latinoamericana: Volviendo al Evangelio’. Esta misiva, publicada en la icónica e histórica revista eclesial Christus, no es una crítica marginal, sino un espejo de las profundas tensiones que recorren el catolicismo mexicano ante una realidad nacional marcada por la violencia, la polarización política y el vertiginoso cambio cultural.

Entre varios asuntos, el documento cuestiona si el liderazgo eclesiástico ha caído en un “discurso confrontativo y politizado” que se aleja de la misión profética de analizar la realidad no sólo con rigor sino en clave evangélica o que impide la promoción de una pastoral creativa de encuentro, desprovista de sesgos nostálgicos. Este cuestionamiento toca un nervio sensible de la actitud católica contemporánea pues algunos movimientos religiosos y políticos continúan fomentando doctrinas de pretendida ‘restauración’ histórica o de supuestos estados previos idealizados; mientras se desprecian o subestiman los nuevos contextos sociales y los cambios culturales irreversibles. Es decir: lo que ya ha cambiado debido al famoso ‘cambio de época’.

La carta, por ejemplo, aborda directamente el delicado manejo de la memoria histórica en el mensaje de noviembre pasado de los obispos. Señala que, al conmemorar el centenario de la Guerra Cristera, existe el riesgo de establecer una “equivalencia indebida” entre la persecución religiosa de los años 20 y el contexto actual, donde —según los firmantes— no existe persecución por creencias.

En efecto, el mensaje episcopal mencionado parece ser intencionalmente ambiguo respecto a la “causa sagrada” de “dar la vida” contra “el Estado totalitario… opresor… del dictador en turno” que sucedió durante la persecución religiosa del siglo pasado. Aunque hay que mencionar que dicho mensaje y su jiribilla retórica sin duda estuvo motivado por los recientes abusos discursivos y legislativos de no pocos liderazgos políticos (siempre amparados por el partido en el poder) que legitiman aquella rancia alergia a la libertad religiosa que, paradójicamente, institucionalizaron los fundadores del partido hegemónico del siglo pasado al que enfrentaron hasta arrancarle el poder.

La carta, sin embargo, sostiene que los argumentos episcopales podrían incurrir en “falacias” al apelar más a la emoción que al análisis objetivo. Y por ello, la pregunta crucial que subyace es si el episcopado está construyendo un relato emocional de confrontación con la autoridad civil electa y si, involuntariamente está procurando la exaltación de las identidades religiosas sacrificando el diálogo y la precisión fáctica.

Contra lo que el episcopado afirmó en su mensaje, la carta sí reconoce los avances sociales que las autoridades federales han divulgado en los últimos años y que los obispos consideran parte de una retórica propagandística falaz: la reducción de la pobreza, el aumento del salario mínimo y algunas políticas de nivelación a través de la justicia social. Y aunque, al igual que el episcopado nacional, los firmantes advierten una crisis profunda en seguridad ciudadana, la carta pide a los obispos que las críticas a la violencia sean claras y específicas, y eviten generalizaciones sobre “discursos” o “narrativas” cuyo origen no fueron capaces de identificar.

Este llamado al rigor tiene una dimensión pastoral profunda. La realidad mexicana, con casi el 70% de la población que aún percibe sus localidades como inseguras, exige un análisis que debe ir más allá de la mera confrontación política. Por lo cual, la denuncia concreta de las “estructuras del pecado” que someten a la población al miedo y a la incertidumbre, a juicio de los firmantes, deben hacerse con nombre y apellido, y no sólo sembrar con guiños sutiles los destinatarios de una crítica velada. 

Sin duda, lo que revela esta singular y espontánea carta abierta para la comunidad católica mexicana es que hay una alta exigencia para los fieles ante la compleja realidad nacional. Urge abordar con profundidad analítica y sin simplificaciones las causas estructurales del dolor nacional; se requiere expresar con valor profético la denuncia del mal dondequiera que se encuentre; es necesario sostener un diálogo auténtico con toda la sociedad, incluyendo a quienes piensan distinto; y se debe mostrar una actitud sinodal para escuchar, respetar y valorar la reflexión que surge desde desde las comunidades religiosas, los laicos, las comunidades de base y los marginados. En concreto, se necesita una Iglesia que, lejos de encerrarse en la queja, salga a encarnar la esperanza en las fronteras y periferias existenciales. 

*Director VCNoticias.com  @monroyfelipe 

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Felipe Monroy

Los límites del poder

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“¿Qué es lo que desprecias? Por ello serás conocido”, dice una de las muchas sentencias de la novela de ciencia ficción Dune de Frank Herbert. Como se sabe, se trata de una historia política más que galáctica sobre el control de un recurso escaso pero indispensable para el propio sentido intercomunitario y del surgimiento de un mesías en cuya persona se hibridan milenios de artes humanas, de ciencia pura y de mística religiosa. Sin embargo, la frase se utiliza en el relato como una advertencia a los poderosos pues las cosas que son rechazadas o menospreciadas son aquellas que, paradójicamente, terminan definiendo el carácter y reputación de quien las desprecia en primera instancia. En estos días, me ha resonado esa frase ante las muy diversas expresiones y acciones de los líderes políticos contemporáneos. 

Ante todo hay que decir que el insulto y la descalificación son las armas discursivas más recurrentes en la política; se utilizan esencialmente para destruir reputaciones y ridiculizar a los adversarios, pero de lo que hablamos aquí no es esto, es más profundo. El desprecio no se trata sólo de una estrategia discursiva para ganar partidarios y azuzar sus motivaciones mientras se caricaturiza a los oponentes; sino de la manifestación de un sentimiento de superioridad, de una certeza de fantasía egocéntrica que observa al prójimo como indigno e inferior (casi como un ser humano de ‘segunda clase’) sobre el cual son posibles los actos de exclusión, ridiculización, discriminación o negación de cualquier estatus de justicia.

Los problemas que esta actitud desde el poder puede causar al equilibrio social son evidentes: las personas que carecen de voz en el espacio público son ignoradas, las que no cuentan con un ‘estatus’ suficientemente digno para participar del debate social son excluidas; y las que por cualquier categorización de su identidad son menospreciadas en la esfera de participación democrática corren el riesgo de ser eliminadas progresivamente. Claramente, la normalización del desprecio en el ámbito público conduce a escenarios sociales complejos como el racismo, el clasismo, la misantropía y la indiferencia generalizada ante la muerte provocada. 

En las últimas décadas, no habíamos asistido a tantas adjetivaciones despectivas y despreciativas desde el poder como ahora; de hecho, el desprecio se ha convertido casi en el casus belli de no pocas acciones militares; pero también en la falaz justificación para tomar o constreñir la vida de un ser humano sin consecuencias. El cálculo de las invasiones o intervenciones de guerra unilaterales sobre pueblos inocentes para expoliar sus recursos no se pondera sino por dos notables desprecios: desprecio al pueblo sometido y desprecio a las instituciones de regulación internacional. 

Pero también, la promoción de leyes que literalmente están orientadas a la terminación de la vida humana se realiza desde una superioridad (moral, física, legal, existencial) que se considera facultada para determinar qué o quién debe vivir; e incluso se definen las categorías humanas que son legítimamente descartables, a las que les hemos quitado todo valor. Y esa es una tentación recurrente de los poderosos en momentos de crisis.

Por eso, el mismo Herbert recomienda que la ley no debe convertirse en rehén de los poderosos ni en una fortificación de los encumbrados para ser usada contra “los mártires que ha creado” pues “uno no puede amenazar a una individualidad y escapar de las consecuencias”. Y ahí es donde entra su advertencia inicial: Los poderosos serán reconocidos por aquello que desprecian.

Pues quizá, en medio de sus certezas y seguridades sobre sus propias fortalezas, consideren que el lenguaje agresivo y peyorativo sea indispensable dentro de su estrategia de presión política y presencia mediática en estos tiempos de alta competitividad por dominar las pantallas y la cultura digital; sin embargo, el desprecio que reluce detrás de esa agresividad no sólo los pinta hoy de cuerpo entero sino que la historia los habrá de recordar invariablemente junto a aquello que han desdeñado; y que, al no ponderar los límites de la propia fuerza para ejercer el poder sobre los débiles, toda memoria de sus actos de dominación será infamia.

En síntesis, para documentar nuestro optimismo, nos viene bien recordar que existe un límite a la fuerza que ni siquiera los más poderosos pueden aplicar sin destruirse a sí mismos.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

La sucesión primada en juego

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El 9 de enero pasado, el cardenal Carlos Aguiar Retes cumplió 76 años de edad; hace justo un año presentó su renuncia al papa Francisco para cumplir con el mandato canónico de retiro: poner a disposición del pontífice su relevo al frente del gobierno pastoral de la Arquidiócesis de México, la iglesia primada del país y, por lejos, un referente eclesiástico imponderable no sólo para la nación sino para el continente mismo. 

Aunque no está estipulado en ninguna norma y debido a que los procesos de retiro, selección y renovación de liderazgos episcopales suelen conllevar cierta complejidad analítica y burocrática, el gobierno de los obispos –y especialmente de los cardenales– puede extenderse un par de años más (en ocasiones, hasta casi un lustro) después de alcanzar la edad canónica de retiro. Esta extensión depende de muchos factores. 

En buena medida se toma en cuenta la salud física y la estabilidad mental del obispo en cuestión; se analiza el estado de la administración y gobierno pastoral de la diócesis; se consideran las problemáticas más o menos evidentes, no atendidas o a veces provocadas por el líder y su entourage de gobierno en la Iglesia local; y, finalmente no menos importante, se analiza el ‘bullpen’ de obispos relevistas en la propia conferencia nacional episcopal.

En todo este proceso participa de manera importante la Nunciatura apostólica local porque, en el fondo, el representante pontificio en la región hace de ojos y oídos del propio Papa para conocer de primera mano las oportunidades y los desafíos de las Iglesias locales, las personalidades de los obispos residenciales, así como las características generales del pueblo creyente que hace vida en una nación. En el caso de la Iglesia en México, todo este proceso se mantiene activo permanentemente para resolver retiros, nombramientos, relevos, traslados, promociones y demás situaciones que involucran el liderazgo episcopal en el segundo país con más católicos en el mundo. Y, sin embargo, hay momentos donde toda esta maquinaria se tensa e inquieta debido a que las definiciones impactan más allá de las fronteras diocesanas. Y el caso de la sucesión episcopal en la Arquidiócesis Primada de México es uno de esos momentos.

En el último siglo, la Arquidiócesis de México ha experimentado casi todos los escenarios en la sucesión episcopal: Pascual Díaz Barreto y Luis María Martínez fallecieron en el cargo y el nombramiento de su sucesor fue casi inmediato; Miguel Darío Miranda (el primer cardenal capitalino) recibió el retiro a seis meses de cumplir 82 años y su sucesor, Ernesto Corripio Ahumada, fue relevado apenas tres meses después de cumplir los 75. Norberto Rivera Carrera también recibió aceptación de su renuncia a los seis meses de la edad de retiro; y ahora Carlos Aguiar Retes ha cumplido 76 mientras el episcopado mexicano aguanta la respiración en espera de las noticias de Roma. 

A finales del año pasado, el papa León XIV convocó a los cardenales a un consistorio extraordinario para la primera semana de enero y aunque los purpurados mexicanos no fueron protagónicos del encuentro en Roma, trascendió que el arzobispo de México sostendrá una audiencia privada con el pontífice en estos días seguramente para dialogar sobre las muchas inquietudes que ha generado la arquidiócesis primada en los últimos meses –especialmente lo referente a los escándalos en torno a la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe y las investigaciones sobre el proceder de sus administradores– y probablemente sobre la inminente sucesión al frente de esta importante capital. Porque no todo se reduce a la salida del arzobispo sino esencialmente a la promoción del sucesor; y eso no necesariamente es sencillo.

A lo largo de su gestión arquidiocesana, Aguiar Retes tomó decisiones que transformaron radicalmente a la Iglesia capitalina: La división territorial de la diócesis que recibió (cuyas fronteras coincidían hasta hace poco con las de la Ciudad de México) ha roto la jerarquía tradicional de interlocución directa con el poder político y ha propiciado una multilateralidad con las autoridades civiles y las cuatro diócesis dentro del Gobierno capitalino; los polémicos reordenamientos económicos y el aglutinamiento de gestión pastoral (debido a una crisis vocacional y un modelo parroquial transterritorial) parece que no pudieron responder a las muchas necesidades materiales y de servicio espiritual de una Iglesia tan monumental; el gentil paso de costado en el liderazgo nacional e internacional de la sede primada y de los reflectores del cardenalato no logró hacer brillar al resto de la conferencia episcopal o al colegio de obispos (un reclamo que Rivera Carrera recibió permanentemente de parte de sus hermanos) y, finalmente, su servicio de ‘custodia y cuidado’ de la inmarcesible imagen de Guadalupe –el símbolo más importante de la catolicidad mexicana y de buena parte de América– ha despertado mucha incertidumbre sobre los márgenes de su aprovechamiento rumbo a los 500 años de las Apariciones en 2031.

La conferencia episcopal, el nuncio Joseph Spiteri y Roma claramente ya han ponderado a los candidatos a la sucesión en la Arquidiócesis de México. En los corrillos se nombran a tres o cuatro candidatos que cumplen con los requisitos burocráticos mínimos: experiencia episcopal probada de por lo menos una década, templanza emocional ante las turbulencias de la realidad mexicana y de su complejidad política y económica, una salud estable y una edad que no rebase los setenta o sesenta y cinco años. Pero hay un factor que el papa León no quiere dejar de mirar en los obispos y que podría romper las quinielas: encontrar a quien “sirva a la fe del pueblo” y que corrobore una auténtica “cercanía al pueblo”, no como una estrategia oportunista, sino porque esa es la condición esencial del pastor. 

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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Felipe Monroy

La fábula venezolana: ‘Cabeza de rata, cuello de buey’

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A pesar de lo espectacular de las imágenes y de la virulencia de los discursos, en realidad no era difícil imaginar cómo se desarrollaría el curso de los acontecimientos entre los Estados Unidos y Venezuela desde la manifestación de las intenciones de sus respectivos líderes. Durante semanas, Trump y Maduro desplegaron sus propias estrategias de fanfarronería, autocomplacencia y extralimitaciones ilegales: frases incendiarias propagandísticas con las que buscaron redefinir realidades y conceptos, mientras organizaban en el ego de su fantasía los recursos militares a su alcance.

Los déspotas están incapacitados para imaginar fuera de sus obsesiones, su mundo es estrecho y simple. Y, como en este caso, ambos se miraron de frente y a los ojos pensando que su respectiva individualidad era el todo. Es un problema común que un tête-à-tête entre líderes políticos se confunda con un conflicto social o nacional a gran escala; pero la realidad está allí, terca y masiva, para humillar a quien se ensalza más. 

El éxito operativo de Trump para tomar por prisionero a Maduro y derrumbar los símbolos del liderazgo de la revolución bolivariana es innegable: una noche de bombardeos para llegar al líder de un régimen nacional y secuestrarle para tratarlo como a cualquier criminal de poca monta se dice fácil y quizá el ejército norteamericano lo tuvo relativamente sencillo; pero fuera de las pantallas la historia suele ser mucho más compleja. Será el tiempo el que revele los detalles que favorecieron este resultado y que aún permanecen ocultos en las sombras de esa madrugada del 3 de enero.

Sin embargo, son las consecuencias de estos actos centrados en las bravuconadas de dos cabecillas enquistados en sus respectivos tronos de vanidad las que preocupan ahora; porque, tal como advirtió Miyamoto Musashi en ‘El libro de los Cinco Anillos’, cuando las confrontaciones entre los duelistas se enfrascan en los pequeños detalles se suele olvidar el gran panorama. A esto le llamó el problema de la ‘cabeza de rata y el cuello de buey’.

Desde la perspectiva de la ‘cabeza de rata’, el triunfo de Trump y la derrota de Maduro resuelve el conflicto o por lo menos lo desvela. Y la propaganda suele vender esto de formas muy creativas, especialmente para seducir a las poblaciones y a las audiencias de tomar algún bando ideológico. 

El duelo reducido a una estrategia entre las cabezas implicaría que, cuando cae una de ellas, la guerra ha concluido; pero Musashi nos advierte, detrás de cada ‘cabeza de rata’ suele haber un ‘cuello de buey’ que implica un desafío mayor.

En este caso, el grueso cuello con el que se debe lidiar tanto al interno de Venezuela como en el marco internacional contempla varios aspectos: el control militar y económico de la región, la reconfiguración del régimen chavista, los procesos decisionales y democráticos en Venezuela y en varios países americanos, el retorno de la doctrina Monroe en el continente, el papel de los organismos internacionales (si es que sobreviven), la reacción defensiva de las naciones frente al intervencionismo, el renovado tráfico de armas ‘para la resistencia’, el reajuste político al mercado petrolero, la recalibración de los CEO’s de la droga –porque los EU la seguirán consumiendo y traficando masivamente–, la recomposición de acuerdos comerciales entre países sudamericanos, el militarismo cultural, la validación explícita a las invasiones y ataques unilaterales sustentados en la fuerza armada, etcétera.

Es difícil prever hasta dónde llegará la amplitud de la onda de choque que ha producido el ataque norteamericano a Caracas en el arranque de este 2026; pero si hacemos caso al estratega Musashi, después de vencer el ‘cuello de buey’ seguirá otro duelo entre ‘cabezas de ratas’ sólo que, como en el ajedrez, es claro que los reyes están limitados por su alcance, no por su versatilidad.

*Director VCNoticias.com  @monroyfelipe

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Felipe Monroy

Un mundo nuevo: de la psicosis por chatbot a los sicofantes digitales

El mundo nuevo ya vive, por desgracia, los efectos de la ‘psicosis por chatbot’

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Frente a las esperanzas del reinicio del año civil, es común la expresión ‘Año nuevo, vida nueva’ pero quizá como nunca antes, los escenarios esperados para los próximos meses nos hablan de un auténtico mundo nuevo al que estaremos obligados a mirar tal como los exploradores y navegantes de hace algunos siglos hicieron: con ilusión, sin mapas cartográficos y con un auténtico temor ante lo desconocido.

Por supuesto es ya sabido que cada vez con mayor frecuencia deberemos acostumbrarnos a interactuar en el espacio público y privado con réplicas conversacionales o visuales de personas (incluso de nuestros más íntimos conocidos) mediante modelos de lenguaje masivo y deepfakes. Los avances tecnológicos son ya muy precisos en la imitación a través de síntesis de voz hiperrealista y videos generativos en tiempo real. Los riesgos son evidentes: Fraude y suplantación de identidad (mediante el phishing o a través de ingeniería social), manipulación del comportamiento de los interactuantes, erosión de la confianza en cualquier interacción digital e incluso una profunda anomia conductual.

Por otro lado, la utilización comercial o política de los datos, metadatos y códigos digitales que cada usuario va alojando en el océano informativo para entrenar modelos de patrones de pensamiento y discurso representa una atractiva frontera no sólo para los mercados de productos o de ideas sino también para la reestructuración o redefinición de las más complejas dinámicas de interacción humana y que han configurado el propio principio civilizatorio. Así, por ejemplo, el aprendizaje, el trabajo, los cuidados, el placer y hasta la espiritualidad están ya traspasados por esta nueva mediación tecnológica de la memoria y la imaginación; lo que supondrá una nueva relación no sólo con el progreso sino también con la historia.

Si nos colocamos más de lado de los integrados que de los apocalípticos en este nuevo mundo cultural (bajo los conceptos clásicos de Umberto Eco) podríamos ver no sólo con benevolencia sino con auténtico interés utilitario el cómo beneficiarnos de las superinteligencias digitales para mejorar nuestra productividad, para otorgarnos más tiempo libre (que después esté secuestrado por medios digitales ya es otra cosa) y para auxiliarnos a mejorar nuestra calidad de vida. Para los entusiastas del vibe coding, por ejemplo, la posibilidad de crear todo el software personalizado y necesario para la vida cotidiana sin contar con los más mínimos conocimientos en programación, básicamente nos pone al mando del sueño idealizado de construir un espacio social donde todos puedan participar y se les tome en cuenta en sus necesidades, donde se cree un mercado de intercambio de beneficios (y no de esfuerzos o trabajos) y en el que sean los agentes de inteligencia artificial con autonomía creciente los encargados de tomar decisiones y ejecutar acciones complejas bajo nuestra complaciente y esporádica supervisión.

Pero, para no perder los pies de la tierra hay que atender las inquietudes de los apocalípticos (pues “la mera idea de una cultura compartida por todos, producida de modo que se adapte a todos, y elaborada a medida de todos, es un contrasentido monstruoso”, diría Eco); pues la inteligencia agéntica no solo será responsable de crear acciones dañinas inmediatas como el desplazamiento laboral o la dependencia digital sino de reformular valores culturales y objetivos globales que muy probablemente no coincidan con el bienestar humano (en lo individual, colectivo, político, ecológico, económico, etcétera). Porque ¿a dónde van las interfaces cerebro-computadora o los dispositivos de la neurotecnología? ¿Cuál será el alcance de estas herramientas capaces de “leer la mente” o de estimular virtualmente la actividad cerebral de los usuarios? ¿Qué tipo de cultura de masas podría homogeneizar la realidad social desde esta privacidad mental última, con mecanismos capaces de manipular los pensamientos y los recuerdos, con algoritmos totalizantes que sentencien la realidad y amplifiquen tanto las desigualdades físicas como las cognitivas?

El mundo nuevo ya vive, por desgracia, los efectos de la ‘psicosis por chatbot’ (dependencia emocional, confusión depresiva y hasta suicidio); y el análisis social y cultural se alimenta hoy de sicofantes digitales, es decir, de sistemas que buscan obtener estatus de veracidad mediante la adulación hacia los usuarios (aún hay ingenuos que piensan que ‘vencieron a la IA’ porque alguno de los chatbots “les dio la razón”).

Pensemos en solo uno de los muchos usos de estas tecnologías. En los últimos días ha crecido la reflexión sobre si debemos enfrentarnos o adaptarnos a los griefbots (también llamados deathbots) que no son sino muy audaces simulaciones de la personalidad de una persona que ha fallecido. Con las herramientas de IA correctas y mediante modelos de simulación de lenguaje, machine learning y reproducción iterada de análisis discursivos de la ‘huella digital’ (es decir la data personal almacenada en la red) es posible crear una personalidad virtual capaz de interactuar en tiempo real y con cierta complejidad de razonamiento que, en principio, imite la voz y los gestos, las actitudes y las palabras que una persona fallecida hacía en vida. Actualmente empresas como HereAfter AI, Re-memory y Project December ya ofrecen este servicio.

Esto ya ha sido usado con especial frivolidad, utilitarismo y superficialidad por el marketing político para ‘crear emociones’ y ‘legitimar’ discursos ideológicos, plataformas o personajes políticos al “regresar de la tumba” a líderes históricos o personalidades públicas. Sin embargo, aún hay muchas lagunas de reflexión (legal, ética y moral) respecto al necesario consentimiento póstumo del uso de nuestra ‘huella digital’, sobre el impacto psicológico en el duelo que esto puede provocar, sobre los derechos de la identidad digital o el uso comercial de identidades finadas.

Por ello, antes de que este gran salto tecnológico genere su propio ‘tecnocidio’ habrá que ponderar si la muerte y la identidad deben o no ser negociables; si la privacidad debe limitarse a los datos o la ‘esencia’ de la persona; y si debemos soltar o no responsabilidades sociales ante la complejidad de los sistemas que ya recrean el mundo que estamos por vivir. Esas serán nuestras ataduras al mástil de la cordura para que, como hiciera Odiseo, naveguemos sobre las olas dominadas por el canto de las sirenas digitales sin caer en el hechizo de su algorítmica voz.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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