Venezolanos intentando aniquilar a venezolanos mientras pasan por encima de sus compatriotas

Felipe Monroy

Felipe Monroy

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Ante todo hay que señalar que la búsqueda de cambio de régimen -en cualquier lugar del mundo y cuantas veces sean necesarias- es una actitud social sumamente respetable, además de profundamente legítima cuando sus protagonistas constatan y sufren la precariedad de la vida, la impotencia ante el abuso de las autoridades y las necesidades insatisfechas de sí mismos y de sus congéneres.
Sin embargo, cualquier lucha política donde la eficacia de los objetivos ensombrezca la virtud de las acciones tendrá el grave problema de responder tarde o temprano el juicio moral de sus actos y, en su caso, la fragilidad histórica de su posible victoria. Y eso es justo lo que sucede en Venezuela.
Desde tiempos inmemoriales se relatan historias de líderes que, al mirar las calles viejas, los edificios pobres y su ciudad cayéndose literalmente a pedazos, piensan que da igual prenderle fuego a todo y comenzar de nuevo. Siempre se juzga a aquellos como dementes, irracionales y despiadados por una razón: porque en ellos vence la causa imprescindible, la cual les exige abandonar a seres humanos, eliminar conciudadanos e, incluso, sacrificar al prójimo anónimo.
La crisis en Venezuela ha llegado a este punto. Las imágenes de venezolanos intentando aniquilar a venezolanos mientras pasan sus tanquetas por encima de sus compatriotas, además de horribles, provocan un terrible desaliento. En el colmo de la indolencia, los líderes de ambos bandos publican sus fotografías en actitud épica frente a las oscuras horas de su nación donde los ciudadanos a los que desean servir yacen bajo la maquinaria de la confrontación.
No pretendo comprender toda la ruta de intereses y descomposición que ha llevado a la crisis social y política del país bolivariano; las confrontaciones internas de los países también responden a deseos de apropiación de bienes, de ejercicio de poder y autoprotección ante amenazas reales o imaginarias. No hay conflicto social donde exclusivamente estén en juego principios y valores (democracia, autonomía, libertad, etcétera); los conceptos y las ideologías son elementos importantes para mantener la tensión aunque, en el fondo no constituyan el verdadero precursor de las detonaciones.
Es por ello que, a lo largo de este triste episodio, hay que señalar que no hay inocentes en los gobiernos extranjeros o los liderazgos internacionales. Más allá del utilitarismo o de las teorías de beneficio que les deja la crisis venezolana; las autoridades de otros pueblos u organismos han fomentado una provocación figurativa que mantiene la hoguera y el cadalso: mientras se empuja a un puñado de venezolanos a la idea del poder o de las nuevas posesiones, se margina al resto (a los neutrales, los pacifistas) de su posibilidad dialogante, creativa o constructora.
El resultado es una profunda impotencia y envida como fermento de la agitación social. Y, como he insistido, es evidente que esos sentimientos se han acrecentado tanto en los simpatizantes del gobierno chavista como en los opositores. Desposeídos e impotentes frente a sus oponentes; los venezolanos convierten la frustración en fidelidad: Fidelidad a una causa, a una ideología o una misión que olvida la humanidad del adversario. Todo acto se vuelve heroico por la causa pero no por el auxilio o servicio al prójimo.
Esa es la tragedia del pueblo venezolano, desde dentro y fuera se les ha orillado a anteponer la causa a su semejantes. Es cierto que parece sencillo llamar bestias asesinas e irracionales a quienes son capaces de ver el éxito de su causa en los caídos tras el combate (para unos se aniquiló a los traidores, para otros se evidenció la monstruosidad del poder); pero es mucho más difícil pensar que aquellos no están tan radicalmente ajenos a nuestras propias convicciones. Si algo se puede hacer para favorecer la pacificación de un pueblo es no renunciar a la comprensión de las motivaciones de los propios tanto como de los extraños, a no permitir que una idea nos sustituya la razón que comanda preservar la dignidad y vida de nuestro prójimo, aun de nuestros adversarios.

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@monroyfelipe

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