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Es simple: El trato que las sociedades dan a las personas fallecidas y sus restos mortales refleja todos los matices en la valoración que damos a la vida propia y a la del prójimo. Por ello no hay otra manera de decirlo, el pésimo manejo que las autoridades han dado a las fosas clandestinas, anfiteatros desbordados y tráileres de cadáveres tiene implicaciones no sólo en el presente administrativo sino con el futuro antropológico de la misma sociedad mexicana.

Por ello es preocupante la aparente normalización administrativa ante la indiferente acumulación en morgues y anfiteatros de cientos de personas en diferentes zonas del país; y aun peor, inquietan las “soluciones” que algunas autoridades han deslizado. El gobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval, por ejemplo, anunció la construcción de una cámara frigorífica más grande para que quepan los cadáveres que hoy reposan en la caja de un tráiler. O en Guerrero, el gobernador Héctor Astudillo puso en marcha el Plan Guerrero 751 (el número corresponde a los cadáveres no identificados acumulados en los Servicios Médicos Forenses del estado) para recolectar datos genéticos de cada cuerpo antes de ser enviados al llamado “Panteón forense”; el proyecto ha sido criticado porque la administración estatal instauró la fosa en los terrenos privados de un correligionario político del gobernador y porque, detrás de la adquisición de equipo y material de resguardo de datos genéticos, habría un interés económico más que humanitario.

Por más secularizada en la inmanencia filosófica, la sociedad mexicana sigue escandalizándose ante el drama del mal tratamiento de los restos humanos. Pongo un ejemplo: Ante la progresiva moda de esparcir las cenizas de un ser querido al viento o el mar, de dividir entre los familiares el contenido de las urnas mortuorias o crear un diamante con 600 de los 1200 gramos de cenizas humanas producto de la cremación (el deshumanizado y escabroso dato exacto lo da el director de una famosa funeraria mexicana), en 2016, el Vaticano publicó una breve instrucción pontificia sobre el trato correcto de los muertos y sus cenizas, y el mundo se volvió loco. Aseguraron que el catolicismo ‘exageraba’, que sus planteamientos eran anacrónicos para el contexto moderno.

Sin embargo, el tiempo (y las dramáticas expresiones del fenómeno) ha terminado por darles la razón: nos preocupa el correcto tratamiento a las personas fallecidas y a sus restos mortales; nos preguntamos qué tanto impacta en la psique de los deudos el conocer no sólo el destino de su ser querido sino cómo fueron tratados sus restos por las autoridades sanitarias y periciales; nos conmueve el sentimiento de aquella persona que se llena lo mismo de esperanza como de terror al saber que uno de esos cadáveres apilados en tráileres u oficinas forenses podría ser quien el familiar desaparecido que busca.

Por supuesto, hay protocolos de actuación cuando el volumen de cadáveres supera el trabajo de las instituciones -por ejemplo, tras los desastres naturales que dejan cientos de miles de muertes-; y en varios puntos de esos protocolos se insiste en no deshumanizar los restos mortales y proveer todos los medios posibles para que los familiares puedan identificar a su ser querido. Incluso, para que la misma sociedad e instituciones, tengan registro claro de las víctimas.

Los gestos y los rituales alrededor del tratamiento a las personas fallecidas tienen un significado profundo y revelan el grado de respeto que se le da a la vida humana misma. La sociedad mexicana aún guarda varios grados de escrúpulo ante la muerte y, por tanto, de la vida; aún no se ha caído del todo en el cinismo amoral, de lo contrario no nos provocarían tanta repulsión algunos procedimientos de disposición de restos mortales humanos que se popularizan en otras latitudes: Canadá tiene un proceso de hidrólisis alcalina que disuelve un cuerpo en cuatro horas para ser desechado en el desagüe, en Estados Unidos se mezclan las cenizas con fuegos de artificio, en Reino Unido se hacen discos de vinilo, en Italia se hacen cápsulas ecológica cuya degradación alimenta el retoño de un árbol o en los Himalayas se dispone el cuerpo al aire libre para carroña de las aves.

Es claro que la naturaleza y sus leyes desafían las susceptibilidades de las culturas humanas, la muerte biológica es absoluta y rápida pero la muerte social es mucho más compleja: ¿Cuándo deja de doler la pérdida de un ser amado? ¿Cuánto tiempo tarda en descomponerse la memoria de nuestros muertos o nuestros ausentes? ¿Cómo se burocratiza la angustia de buscar a un desaparecido? ¿Cuántos trámites hay que concluir para olvidar un recuerdo?

Queda claro que las respuestas meramente técnicas y administrativas no atienden el drama profundo que trastoca la conciencia humana sobre el tratamiento y disposición de las personas muertas a toda la sociedad mexicana. Comprender que el problema de los cadáveres sin paz en México no es sólo técnico sino ético, moral, cultural y antropológico es parte de la ruta de la respuesta. Ya lo dijo Lord Byron: “La adversidad es el primer camino hacia la verdad”.

@monroyfelipe