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Opinión

¿Por qué incomoda tanto la objeción de conciencia?

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Siete24

La objeción de conciencia siempre incomoda al poder. No hay forma más simple de decirlo. Pero las implicaciones que tiene el libre ejercicio de este derecho en el mundo contemporáneo son mucho más complejas. Por una parte, porque vivimos en un mundo que privilegia la eficiencia sobre la ética, y también porque los protocolos de uniformidad siempre serán predilectos por las estructuras de orden más que las convicciones personales. Visto de este modo, la objeción de conciencia puede ser tomada como una “opción personal o egoísta” y no como un acto total de responsabilidad cívica, política, ética y moral.

Para entender a la objeción de conciencia hay que desmarcarla de cualquier caricatura de sí misma: no se trata de un simple capricho o una resistencia pasiva; es la expresión profunda de un derecho humano fundamental que revela la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. En esencia, se trata del derecho fundante que tiene cada ser humano a decir “no” cuando la ley o una instrucción choca frontalmente con los principios morales más íntimos y arraigados de una persona.

La objeción de conciencia ha sido un tema de debate en varios ámbitos de la vida social. Por ejemplo, la negativa a la participación del servicio militar obligatorio, fundada en el pacifismo y en convicciones éticas o religiosas de los objetores, ha motivado a las naciones a proporcionar opciones de servicio civil sustitutorio. 

En el espectro jurídico, una persona puede objetar ante una autoridad si una ley le exige algo que su conciencia considera incorrecto o no ético (siempre que se respeten los derechos fundamentales de otras personas y la ley lo permita). En el periodismo, los profesionales pueden convocar a una cláusula de conciencia para evitar ser obligados a participar en informaciones o enfoques que violen sus principios éticos. Incluso en el ámbito de la recaudación fiscal, hay posibilidades de negarse a pagar impuestos que se destinan a financiar actividades consideradas inmorales por la persona.

Con todo, es en el tema de la salud donde más se ha buscado limitar el derecho a la objeción de conciencia tanto de los pacientes como del personal sanitario y autoridades médicas. Es cierto que la objeción de conciencia no es absoluta y sus límites están fundados en otros bienes jurídicos tutelados como los derechos de terceros, la salubridad pública y la no discriminación; sin embargo, estos otros bienes jurídicos deben estar satisfactoriamente explicitados y fundamentados como superiores a la ética y la moral personal individual del objetor.

Por ejemplo, recientes debates bioéticos muestran la complejidad de este derecho: algunos investigadores y filósofos analizan ahora los márgenes de libertad en temas del trastorno de la conciencia derivado de alguna condición médica difícil. ¿Cómo lidiar familiar y socialmente con el derecho a la objeción de conciencia del personal sanitario para no proporcionar un tratamiento que prolongue la vida de un paciente en estado de vigilia sin respuesta o a través de prácticas descarnadas de obstinación terapéutica? ¿O cómo garantizar el derecho a la objeción de conciencia del personal médico ante la solicitud unilateral de un aborto procurado? ¿Dónde reside ese desacuerdo razonable que debe poner claridad entre decisiones bien intencionadas o cómo evitar la deshumanización de la vida humana al limitar la objeción de conciencia a discusiones en ocasiones aberrantes sobre los márgenes del derecho humano y de los marcos legales alcanzados por acuerdos políticos?

Por tanto, es claro que no toda objeción es válida; de hecho, el límite parece encontrase en donde el consenso moral es absoluto: como la injusticia de la esclavitud, la deshumanización del ser humano o la discriminación por cualquier condición de vida (etapa de desarrollo o crecimiento, cualidades genéticas y de fenotipo, condiciones económicas o culturales, etcétera). La objeción de conciencia debe estar siempre basada en convicciones que apelan a la dignidad humana fundamental y, por lo tanto, no es permisible el limitarlas por determinaciones legislativas, políticas, económicas o de cualquier otra naturaleza contingente.

De hecho, según un estudio en clínicas y hospitales del Reino Unido, el personal sanitario que en razón de conciencia ha objetado en participar de la realización de abortos procurados e innecesarios expone razones sustentadas en evidencia; a menudo se forjan en la experiencia directa, en reflexiones morales profundas y en la lucha por conciliar el deber profesional con la conciencia personal. Sin embargo, quienes buscan limitar el derecho a la objeción de conciencia de ese personal buscan deslegitimarlos por condición religiosa.

La objeción de conciencia no es un cheque en blanco que pueda utilizarse para la discriminación, el descarte del ser humano o su invisibilización, sino un paraguas de protección justamente para la integridad moral del individuo en medio de dilemas colectivos.

En lo político, la objeción de conciencia motiva a la persona a exculparse de participar de la implementación de políticas injustas incluso si estas fueran legales o legítimamente alcanzadas en consenso; de hecho, hay innumerables testimonios de funcionarios públicos que, siguiendo su conciencia, salvaron vidas o frustraron designios autoritarios. 

Por ello, proteger la objeción de conciencia es, en última instancia, reconocer que la humanidad no es un recurso o un algoritmo. Que detrás de cada ley, cada protocolo y cada uniforme, hay una persona con una brújula moral interna. Desoír o desconocer esa brújula de forma sistemática no nos hará más eficientes; sólo nos hará más pobres de espíritu. En un mundo que a menudo pide obediencia, el valor de una conciencia incómoda es, quizás, uno de los últimos bastiones de nuestra humanidad compartida.

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Análisis y Opinión

Reforma electoral

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En este movido y muy noticioso inicio del año de 2026, se ha pasado un tanto de noche el asunto de la reforma electoral. Aparentemente, el objeto de esta propuesta es reducir los costos de una democracia que nos resulta costosa, considerando qué tan efectiva es para nosotros. Nuestra manera de elegir representa el balance de fuerzas entre la clase política y no necesariamente las necesidades de la mayoría, los que somos ciudadanos sin partido.

Hay quien dice que no tendremos una democracia viable mientras en las boletas electorales no haya la posibilidad de votar por “ninguno de los nominados”. Si triunfara esa opción, los partidos estarían obligados a presentar nuevos candidatos. Ahí está el fondo del asunto. Los candidatos de los partidos políticos no necesariamente representan las necesidades de la población y muchas veces se vota por el menos malo, por el que consideramos el mal menor. 

El costo de elegir representantes es alto. Esto se hizo a sabiendas de que hay poderes fácticos que tienen la capacidad de influir en el gobierno. Supuestamente, también se buscaba evitar la intervención del crimen organizado en la política.

Lo que ha demostrado que fue bastante inútil. Al quitar los llamados representantes plurinominales, que son representantes de las minorías, se le da una ventaja injusta al partido en el poder. ¿Cómo reducir los costos y lograr un pluralismo que permita que todas las voces sean escuchadas? Uno de los problemas no resueltos de la democracia es el tema de la tiranía de las mayorías. Estas, cuando llegan al gobierno, tienen muchas posibilidades de gobernar simplemente por la fuerza del número, sin obligación de convencer ni de demostrar. Tenemos un sistema con pocos balances y contrapesos. Una auténtica democracia tiene que dar cabida a otros modos de pensar. Gobernar para todos, dicen.

Tenemos una cantidad muy importante de representantes espléndidamente pagados y que responden poco a las necesidades de la población. Si la única solución a esto es reducir el número de los representantes plurinominales, se habrá logrado un fortalecimiento de la clase política tradicional. En realidad, si se desea reducir los costos de la representación ciudadana, esa reducción debe ser pareja. Un ejemplo: ¿tenemos, realmente, necesidad de 400 diputados federales? ¿No sería suficiente para un buen debate tener 200 de ellos? Nos hace falta, además de la oposición política, una oposición ciudadana no partidizada. 

La reacción ha venido de los partidos satélites de la 4T: el Partido Verde Ecologista y el Partido del Trabajo, quienes resienten la reducción de financiamiento a los partidos, por un lado, y la reducción de los representantes plurinominales. La votación de esos partidos satélites les es imprescindible para la 4T para poder aprobar esta reforma. Por eso, se ha pospuesto su presentación a febrero.

Tenemos un tiempo valioso para estudiar la situación y presentar propuestas alternativas. Es un momento importante para hacer oír nuestra voz. No tenemos que esperar a que se presente esta propuesta en un momento en que la atención ciudadana esté ocupada en otros temas aparentemente más urgentes. Porque de esto depende que nuestra democracia siga perfeccionándose. No hay que dejar esta modificación a los políticos. La clase política buscará, por razón natural, su beneficio. Su supervivencia es su valor supremo. Y como ciudadanos sin partido, tenemos que ver más allá de las propuestas de esa clase política.

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

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Análisis y Opinión

El tan codiciado Nobel

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POR IGNACIO ANAYA

Hace unos meses, cuando trascendió que Donald Trump se consideraba realmente merecedor del Premio Nobel de la Paz la reacción pública fue similar a la que provoca un chiste: no se le tomó en serio. Sin embargo, lo que antes eran disparates anecdóticos, ahora representan amenazas directas a la estabilidad de la OTAN.

Su ambición por llegar a ser un símbolo de paz no era nueva. De hecho, fue una promesa recurrente en sus discursos de campaña. Tanto sus críticos como sus defensores han utilizado el término “el presidente de la paz”, ya sea con ironía o por una convicción real. Es posible retroceder aún más. Durante su primer mandato, Trump buscó restablecer relaciones con Kim Jong-un de Corea del Norte, que culminó en una histórica reunión en junio de 2018. Aunque este acercamiento no fructificó, permitió al mandatario presumir en 2019 que el entonces primer ministro de Japón, Shinzo Abe, lo había felicitado por su labor e incluso nominado al galardón. Según afirmó Trump: “Me entregó la copia más hermosa de una carta que envió a quienes otorgan el Premio Nobel”. Luego añadió: “Probablemente nunca me lo den, pero está bien […] Se lo dieron a Obama y él ni siquiera sabe por qué”. No obstante, hoy queda claro que aquello no estaba tan bien.

La búsqueda del reconocimiento no terminó ahí. Meses después, en una entrevista, el presidente predecía que recibiría el Nobel “por muchas cosas” en referencia a su trabajo en medio oriente y a la mencionada reunión con el mandatario norcoreano. Entre 2019 y 2021, recibió algunas nominaciones de simpatizantes en distintas partes del mundo. En un video de campaña de 2020, donde se autoproclamaba pacificador, Trump superpuso la imagen de una medalla Nobel. El problema fue que no utilizó la de la Paz, sino la diseñada para Física, Química o Medicina. Para él, el rigor histórico era irrelevante; lo único que importaba era el oro y la validación de la victoria.

No está de más decir que el presidente de Estados Unidos tiene una espina clavada con este premio. Existen muchas hipótesis sobre el porqué, pero el personaje raya tanto en lo absurdo que es posible creer que lo desea por el simple hecho de que Barack Obama lo obtuvo en 2009. Para la mentalidad transaccional de Trump, aquello fue una estafa; una consagración sin conquista. En su cosmovisión, donde el éxito se mide en rascacielos o en victorias aplastantes, el premio carece de lógica si no se otorga a quien haya “ganado” algo, sea o no la paz.

En última instancia, nadie sabe qué ocurre en la mente del mandatario. Es probable que desee el galardón porque representaría el máximo triunfo de su narrativa del “presidente de la paz”. Tal vez sea su forma de legitimarse ante sus votantes para decirles: “¿Ya vieron? Me dieron el Premio Nobel; tal como prometí, traje la paz a todas partes”. Incluso podría responder a una personalidad habituada a la adoración, como demuestra el premio especial que le creó la FIFA, o tratarse de una maniobra de distracción frente al caso Epstein. Las interpretaciones, en todo caso, son diversas.

Sin embargo, la comedia se transformó en crisis diplomática durante el último mes. Le molestó, ciertamente, que el premio de este 2025 se otorgara a la opositora venezolana María Corina Machado quien, pese a la buena relación que mantenían, quedó fuera de sus planes cuando el mandatario prefirió pactar con el régimen chavista. En enero de 2026, Machado, buscando el favor de la Casa Blanca, le entregó su medalla a Trump en el Despacho Oval. Él la aceptó como un pago debido y publicó que la recibía “por el trabajo hecho”. La Fundación Nobel, por su parte, aclaró que el título de laureado es intransferible.

Así llegamos al presente, a la infame carta que Trump escribió al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Støre. Este documento marca el punto donde el narcisismo del mandatario se convierte en doctrina geopolítica. “Considerando que su país decidió no darme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido 8 Guerras PLUS, ya no siento la obligación de pensar puramente en la Paz”, escribió.

La frase revela que, para Trump, la paz no es un fin en sí mismo ni un deber moral, sino una moneda de cambio o un servicio prestado a cambio de adulación. El mandatario no abandona la paz, la degrada, pues la transforma en una transacción donde, si el mundo no le aplaude, deja de merecer su contención. De este modo, suma una justificación a sus ambiciones sobre Groenlandia, territorio que acecha desde hace tiempo. Esto obliga a diversos observadores cuestionar el valor real que tiene hoy el concepto de paz en el discurso político contemporáneo.

Autor Ignacio Anaya

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

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Análisis y Opinión

Cuando la ingeniería se convierte en conciencia

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Presentación del Cubo de la Resiliencia en el Senado de la República

El 15 de enero de 2026 en el Senado de la República, durante el Encuentro Binacional de Ingenierías México–Portugal, organizado por la Unión Mexicana de Asociaciones de Ingenieros (UMAI), bajo el liderazgo de su presidente, el Ing. Marco Antonio Méndez Cuevas, a quien agradezco profundamente la invitación y la generosidad de abrir este espacio para discutir lo que realmente importa: el futuro, la ética y la responsabilidad social de la ingeniería.

El acto inaugural fue, en sí mismo, un mensaje potente de cooperación internacional y visión institucional. Además del mensaje de bienvenida del propio presidente de UMAI, participaron el Ing. Fernando de Almeida Santos, Bastonário da Ordem dos Engenheiros de Portugal, y el Excelentísimo Embajador de Portugal en México, Don Manuel Carvalho, subrayando la importancia de construir puentes técnicos, profesionales y humanos entre ambas naciones.

El encuentro fue formalmente inaugurado por la Senadora Lorenia Iveth Valles Sampedro, Presidenta de la Comisión de Minería, quien en su mensaje destacó la necesidad de que el desarrollo, la infraestructura y la ingeniería estén guiados no solo por criterios técnicos, sino por una profunda responsabilidad social y ética. En ese mismo marco, tuvo la gentileza de reconocer el trabajo de INCIDE y de su presidente, subrayando la importancia de impulsar una visión de ingeniería centrada en la persona y en la protección de la vida.

El programa del día versó en mesas sobre construcción, movilidad profesional, gestión de riesgos naturales y antropogénicos, y administración territorial y urbana, con especialistas de México, Portugal y América Latina. En particular, la Mesa de Gestión de Riesgos colocó en el centro una pregunta incómoda pero urgente: ¿por qué seguimos llamando “naturales” a desastres que, en realidad, son consecuencia directa de nuestras decisiones?

Tuve el honor de compartir esta mesa con perfiles de gran nivel y compromiso público: Fernando Santo, ex Bastonário da Ordem dos Engenheiros de Portugal (2004–2010), Elías Joel Morales Ache, ex Coordinador Nacional del Programa Escuelas Dignas del INIFED, Arturo Palencia, Consultor en Ingeniería Geoespacial. Director de Operaciones de Nous Projects. Académico del IPN, Zulma Pardo, Presidenta del Comité Técnico Panamericano de Gestión de Riesgos de UPADI.

La pluralidad de visiones enriqueció una conversación que fue tan técnica como profundamente humana.

Fue en ese contexto donde se presentó El Cubo de la Resiliencia. No como un libro más, sino como una propuesta para repensar cómo analizamos y enfrentamos los problemas públicos y privados. Partimos de una idea sencilla pero contundente: el riesgo no es solo peligro; es peligro multiplicado por vulnerabilidad y exposición, dividido entre nuestra capacidad de respuesta. Y cuando esa capacidad se erosiona por negligencia o corrupción, la tragedia deja de ser accidente y se convierte en responsabilidad.

Se explicó con claridad que los desastres no son naturales: son socialmente construidos, y que detrás de cada colapso, incendio o tragedia hay una cadena de decisiones mal tomadas, pospuestas o francamente corrompidas. La resiliencia, entonces, no es un eslogan: es la capacidad de resistir, adaptarse y transformarse, pero también —y sobre todo— de prevenir, corregir y decidir mejor.

Uno de los momentos más simbólicos fue cuando el Cubo de Rubik apareció como metáfora central: la vida, las instituciones y los gobiernos son sistemas complejos donde cada movimiento afecta al todo. Resolver no es buscar perfección, sino equilibrio entre emociones, decisiones y consecuencias. De ahí nace el modelo del Cubo de la Resiliencia: un método de diagnóstico integral, priorización, implementación empática y reflexión, que transforma la técnica en humanidad y el caos en aprendizaje.

La referencia al portugués José de Carvalho e Mello (Marqués de Pombal) y la reconstrucción de Lisboa tras el terremoto de 1755 sirvió para recordar que la ingeniería, cuando es guiada por visión y ética, no solo reconstruye ciudades: reconstruye civilizaciones. Incluso en medio de la peor catástrofe, hay decisiones que separan el colapso del renacimiento. Con ese mismo espíritu remembramos el Premio Internacional Ramazzini–Carvalho, que tuvimos el honor de obtener en 2018, instituido por la Asociación de Seguridad, Higiene y Protección Civil (ASEHPROC), como el máximo reconocimiento a quienes entienden que proteger la vida, gestionar el riesgo y anticiparse al desastre es también una forma superior de construir futuro.

El cierre conceptual fue la propuesta de que la Gestión del Riesgo y la Ética se conviertan en materias obligatorias en todas las carreras de ingeniería, no desde un enfoque abstracto y filosófico, sino desde la perspectiva consecuencial de la mala praxxis de la ingeniería: entender que cada firma, cada cálculo y cada omisión puede traducirse en vidas humanas en riesgo. Porque el primer derecho humano que un ingeniero debe proteger es, simple y llanamente, la vida.

Presentar El Cubo de la Resiliencia en el Senado de la República, en un foro binacional y en un espacio de diálogo institucional de este nivel, no fue un acto académico más. Fue un acto profundamente político en el mejor sentido de la palabra: poner sobre la mesa pública la discusión sobre cómo decidimos, cómo construimos y para quién construimos.

En tiempos donde muchos siguen creyendo que los desastres “simplemente pasan”, este encuentro dejó sembrada una idea que no deberíamos olvidar: no son los fenómenos los que nos destruyen, son nuestras decisiones. Y si eso es así, entonces también está en nuestras manos decidir construir un país más seguro, más ético y verdaderamente más resiliente.

Mtro. Guillermo Moreno Ríos
Ingeniero civil, académico, editor y especialista en Gestión Integral de Riesgos y Seguros. Creador de Memovember, Cubo de la Resiliencia y Promotor del Bambú.
[email protected]

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx

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Felipe Monroy

Los límites del poder

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“¿Qué es lo que desprecias? Por ello serás conocido”, dice una de las muchas sentencias de la novela de ciencia ficción Dune de Frank Herbert. Como se sabe, se trata de una historia política más que galáctica sobre el control de un recurso escaso pero indispensable para el propio sentido intercomunitario y del surgimiento de un mesías en cuya persona se hibridan milenios de artes humanas, de ciencia pura y de mística religiosa. Sin embargo, la frase se utiliza en el relato como una advertencia a los poderosos pues las cosas que son rechazadas o menospreciadas son aquellas que, paradójicamente, terminan definiendo el carácter y reputación de quien las desprecia en primera instancia. En estos días, me ha resonado esa frase ante las muy diversas expresiones y acciones de los líderes políticos contemporáneos. 

Ante todo hay que decir que el insulto y la descalificación son las armas discursivas más recurrentes en la política; se utilizan esencialmente para destruir reputaciones y ridiculizar a los adversarios, pero de lo que hablamos aquí no es esto, es más profundo. El desprecio no se trata sólo de una estrategia discursiva para ganar partidarios y azuzar sus motivaciones mientras se caricaturiza a los oponentes; sino de la manifestación de un sentimiento de superioridad, de una certeza de fantasía egocéntrica que observa al prójimo como indigno e inferior (casi como un ser humano de ‘segunda clase’) sobre el cual son posibles los actos de exclusión, ridiculización, discriminación o negación de cualquier estatus de justicia.

Los problemas que esta actitud desde el poder puede causar al equilibrio social son evidentes: las personas que carecen de voz en el espacio público son ignoradas, las que no cuentan con un ‘estatus’ suficientemente digno para participar del debate social son excluidas; y las que por cualquier categorización de su identidad son menospreciadas en la esfera de participación democrática corren el riesgo de ser eliminadas progresivamente. Claramente, la normalización del desprecio en el ámbito público conduce a escenarios sociales complejos como el racismo, el clasismo, la misantropía y la indiferencia generalizada ante la muerte provocada. 

En las últimas décadas, no habíamos asistido a tantas adjetivaciones despectivas y despreciativas desde el poder como ahora; de hecho, el desprecio se ha convertido casi en el casus belli de no pocas acciones militares; pero también en la falaz justificación para tomar o constreñir la vida de un ser humano sin consecuencias. El cálculo de las invasiones o intervenciones de guerra unilaterales sobre pueblos inocentes para expoliar sus recursos no se pondera sino por dos notables desprecios: desprecio al pueblo sometido y desprecio a las instituciones de regulación internacional. 

Pero también, la promoción de leyes que literalmente están orientadas a la terminación de la vida humana se realiza desde una superioridad (moral, física, legal, existencial) que se considera facultada para determinar qué o quién debe vivir; e incluso se definen las categorías humanas que son legítimamente descartables, a las que les hemos quitado todo valor. Y esa es una tentación recurrente de los poderosos en momentos de crisis.

Por eso, el mismo Herbert recomienda que la ley no debe convertirse en rehén de los poderosos ni en una fortificación de los encumbrados para ser usada contra “los mártires que ha creado” pues “uno no puede amenazar a una individualidad y escapar de las consecuencias”. Y ahí es donde entra su advertencia inicial: Los poderosos serán reconocidos por aquello que desprecian.

Pues quizá, en medio de sus certezas y seguridades sobre sus propias fortalezas, consideren que el lenguaje agresivo y peyorativo sea indispensable dentro de su estrategia de presión política y presencia mediática en estos tiempos de alta competitividad por dominar las pantallas y la cultura digital; sin embargo, el desprecio que reluce detrás de esa agresividad no sólo los pinta hoy de cuerpo entero sino que la historia los habrá de recordar invariablemente junto a aquello que han desdeñado; y que, al no ponderar los límites de la propia fuerza para ejercer el poder sobre los débiles, toda memoria de sus actos de dominación será infamia.

En síntesis, para documentar nuestro optimismo, nos viene bien recordar que existe un límite a la fuerza que ni siquiera los más poderosos pueden aplicar sin destruirse a sí mismos.

*Director VCNoticias.com @monroyfelipe

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