Papa Francisco y Benedicto XVI

“Quiero ayudar en esta hora difícil” escribe el papa emérito sobre abusos sexuales, pero principalmente para denunciar el colapso de la teología moral de la Iglesia

Felipe Monroy

Felipe Monroy

Ciudad del Vaticano.- El colapso de la teología moral, el desdén de la personalidad jurídica de la fe y la politización de la Iglesia son apenas un esbozo del sorpresivo texto autocrítico del papa emérito Benedicto XVI tras siete años de su retiro debido a la ‘falta de fuerzas’.

En el umbral de esta Semana Santa, quien fuera pontífice católico entre 2005 y 2013, además de haber llevado la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe por casi tres décadas presentó una extensa colaboración sobre los abusos sexuales en la Iglesia católica originalmente destinada al clero de Baviera (su localidad natal) pero que ha sido divulgada este 10 de abril.

Las declaraciones del pontífice en retiro han cimbrado al mundo católico. En primer lugar, Ratzinger apoya y agradece al papa Francisco por “mostrarnos siempre la luz de Dios” y por sus esfuerzos en la cumbre mundial antipederastia realizado en febrero pasado como “un nuevo comienzo para hacer que la Iglesia sea nuevamente creíble como luz entre los pueblos y como una fuerza que sirve contra los poderes de la destrucción”. Y afirma que, aunque ya no es directamente responsable por ser emérito, quiere “ayudar en esta hora difícil”.

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El texto comienza con la explicación histórica del colapso de la teología moral católica: “Entre los años 1960 y 1980 los estándares vinculantes hasta entonces respecto a la sexualidad colapsaron completamente, y surgió una nueva normalidad que hasta ahora ha sido sujeta de varios laboriosos intentos de disrupción”. El pontífice en retiro asegura que dicho colapso afectó la formación de los sacerdotes cuya nueva normatividad olvidó la ley natural, que puso en relatividad la idea del bien absoluto y de aquello fundamentalmente malo: “Ya no había bien (absoluto), sino solo lo relativamente mejor o contingente en el momento y en circunstancias”.

Benedicto XVI asegura en su aportación que el magisterio pontificio de Juan Pablo II defendió la determinación católica: “de que había acciones que nunca pueden ser buenas”; por lo tanto: “Valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor, e incluso sobrepasar la preservación de la vida física”.

“Existe el martirio”, reclama el papa emérito ante los problemas de confusión en el mundo actual.

“El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana. El hecho que ya no sea moralmente necesario demuestra que la misma esencia del cristianismo está en juego aquí”.

Para el pontífice alemán es una pena que la autoridad de la Iglesia en asuntos de moralidad esté tan cuestionada en occidente porque esa debilidad parece obligarle “a permanecer en silencio precisamente allí donde el límite entre la verdad y la mentira está en juego”.

Ratzinger acusa que ese contexto diluyó la moralidad dentro de la Iglesia, que en varios seminarios se establecieron grupos homosexuales y que, frente a la pedofilia, la ley canónica se interpretó bajo la garantía del acusado, pero no bajo la garantía de la fe como bien legal.

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El pontífice emérito explicó que, por esa razón se reformó la ley para que los delitos de abuso sexual no los atendiera la Congregación para el Clero sino la Congregación para la Doctrina de la Fe: “Esto hizo posible imponer la pena máxima, es decir la expulsión del estado clerical, que no se habría podido imponer bajo otras previsiones legales. Esto no fue un truco para imponer la máxima pena, sino una consecuencia de la importancia de la fe para la Iglesia. De hecho, es importante ver que tal inconducta de los clérigos al final daña la fe”.

Finalmente, el Papa emérito recupera de sus profundas disertaciones cuando fue pontífice reinante el tema del relativismo y de la actitud de las sociedades para olvidar a Dios: “Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado… Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí misma y el poder se convierte en el único principio. La verdad no cuenta, en realidad no existe… Una sociedad sin Dios –una sociedad que no lo conoce y que lo trata como no existente– es una sociedad que pierde su medida. En nuestros días se acuñó la frase de la ‘muerte de Dios’. Cuando Dios muere en una sociedad, se nos dijo, esta se hace libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de la libertad porque lo que muere es el propósito que proporciona orientación, dado que desaparece la brújula que nos dirige en la dirección correcta que nos enseña a distinguir el bien del mal”.

Por ello, desde su retiro en el Monasterio Mater Ecclesiae y a punto de cumplir 92 años el próximo 16 de abril, llama a los sacerdotes católicos a preocuparse por el manejo de la Eucaristía; por la reverencia ante la pasión, muerte y resurrección de Cristo; y por la santificación de la Iglesia porque “la Iglesia está muriendo en las almas”.

Es quizá la autocrítica más dura del pontífice emérito: “Hoy la Iglesia es vista ampliamente solo como una especie de aparato político. Se habla de ella casi exclusivamente en categorías políticas y esto se aplica incluso a obispos que formulan su concepción de la Iglesia del mañana casi exclusivamente en términos políticos”. Y reflexiona que las solas fuerzas de la Iglesia para renovarse a sí misma, para rediseñarse tras la crisis, no tiene futuro, “no puede construir esperanza… La idea de una Iglesia mejor, hecha por nosotros mismos, es de hecho una propuesta del demonio”.

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