Opinión
Sínodo de la Amazonía, riesgos y oportunidades
Ciudad de México.— La Iglesia católica es un cuerpo en constante adaptación, hay que comenzar desde esa convicción. Por supuesto, es principalmente una institución que resguarda bienes espirituales trascendentales y los protege desde el gobierno pastoral, el magisterio de la fe y la disciplina de los sacramentos.
Hay una fisonomía esencial pero la institución eclesial se renueva y adapta por fidelidad a Cristo, incluso acondicionándose a los más profundos cambios civilizatorios que la humanidad ha experimentado en los últimos dos milenios.
Todo parece indicar que la institución católica está frente a uno de esos complejos procesos; no por sí misma o por su voluntad, sino porque la realidad cultural, tecnológica y ambiental se lo exige. Del 6 al 27 de octubre próximos, se realizará la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región Panamazónica y se espera que se pongan en el debate algunas ideas que hoy podrían ser controversiales pero que probablemente se inserten en el magisterio contemporáneo y, con el tiempo, hallen un lugar en la cotidianidad de una Iglesia universal.
Por supuesto, este tremor profundo despierta dos reacciones naturales al interior de la Iglesia: de quienes desean empujar todos los cambios sin reflexionarlos mucho y de aquellos que ni siquiera desean la reflexión para que nada cambie. Como ya se ha vuelto una costumbre en el pontificado de Francisco, ciertas voces han manifestado sus preocupaciones sobre el Sínodo de la Amazonía: han llamado herético al Instrumentum laboris y al documento preparatorio del sínodo, han cuestionado la inexplicable ausencia de los misterios de la fe cristiana en la ruta del trabajo sinodal y, por tanto, han alimentado el seductor relato sobre la validez del pontificado reinante en una enfebrecida caterva de antibergoglianos. ¿Cuáles son los riesgos que este sector advierte del Sínodo?
Empecemos por el principio: El sínodo de la amazonía lleva desde su convocatoria parte de su intención: “encontrar nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral”. Está orientado a atender una porción específica -hasta pequeña podríamos decir- del orbe terrestre pero cuya relevancia simbólica adquiere una importancia vital para el resto del planeta y, quizá, para el destino mismo de la humanidad.
El documento preparatorio para el sínodo adelanta que este evento busca “redefinir las líneas pastorales, adaptándolas a la actualidad”. Por su parte, el Instrumentum laboris del sínodo insiste en la necesidad de escuchar y reconocer la pluralidad de las culturas y de las diferentes formas de vida. En los textos que alimentarán la reflexión del sínodo se reconoce que la naturaleza no es homogénea, que la diversidad es riqueza en los grupos humanos que requieren adaptarse a diferentes realidades y puntualiza una autocrítica mayúscula: “repensar la presencia limitada de la Iglesia católica en relación de la inmensidad del territorio y sus diversidades culturales”. En síntesis, que la Iglesia debe encontrar un nuevo camino hacia la armonía pluriforme.
El instrumento de trabajo adelanta que se podrían recoger pareceres entorno a nuevos ministerios dentro de la Iglesia católica para los pueblos insertos en la amazonía. Los más controversiales: “La posibilidad de ordenación presbiteral para ancianos, preferentemente indígenas, respetados y aceptados por la comunidad, incluso si tienen una familia estable” e “identificar la clase de ministerio oficial que puede ser conferido a las mujeres, reconociendo el papel central que estas tienen actualmente en la Iglesia del Amazonas”.
Pero no sólo. El sínodo del amazonas -acusan sus detractores- también niega posiciones irrenunciables de la misión de la Iglesia. Según apuntan los cardenales Burke y Brandmüller, el instrumento de trabajo del Sínodo subordina la bíblica responsabilidad de evangelizar en los pueblos a lo que denomina una oportunidad de un enriquecimiento recíproco de culturas en diálogo. “Es decir -se aventura a escribir el cardenal Burke- que la cultura condiciona la verdad revelada, en vez de ser la verdad revelada la que purifica y eleva toda cultura”.
En efecto, podríamos estar frente a un salto sumamente importante en la estructura y la misión de la Iglesia católica. Una audacia ante circunstancias y tiempos muy complejos pero que no convence a los que sistemáticamente han criticado el estilo, la teología y el magisterio cotidiano del papa Bergoglio y que nuevamente han sugerido que el pontífice argentino promueve desde la cátedra de san Pedro la herejía y la apostasía.
Se comprende su temor. El largo, inmutable e inmenso depósito de la fe no puede compararse con una tendencia de hacer original lo que siempre es nuevo. Pero hay una aún más escalofriante perspectiva que quizá no alcanzan a ver desde la posición (ciertamente privilegiada) donde se encuentran: ¿Qué si el futuro de la Iglesia universal se puede atisbar en la realidad amazónica actual?
Esto lo explica el obispo Azcona, un verdadero conocedor de la región amazónica: “El Amazonas ya no es católico… en algunas de sus regiones las confesiones pentecostales superan el 80% de la población… hay fundamentalismo y proselitismo… no se vive la fe ni en la sociedad ni en la historia”. El obispo Azcona además acusa que en el Amazonas hay una prevalencia de esclavitud sexual y un verdadero “abismo” entre la fe, la celebración y la realidad social. Y, finalmente, que el Amazonas es una región de gran riqueza natural, pero cuyo equilibrio natural y humano se encuentra asediado permanentemente por intereses económicos y políticos.
¿Y si ese escenario es el diminuto espejo en el que se podría reflejar la Iglesia católica, al menos en el continente americano? Una Iglesia que ha intentado convertir y evangelizar, purificar culturas y cristianizar, pero que ha entrado en una acelerada pérdida de fieles o, peor, en la indiferencia formal y práctica de quienes se identifican como bautizados católicos.
Es evidente que la Iglesia cada vez encuentra más dificultades para realizar su misión formativa o ejercer la disciplina y el gobierno apostólico (en varios países latinoamericanos, por ejemplo, se ha intentado hacer una más prolongada formación catequética en infantes, pero son los propios párrocos quienes desconfían del proceso y simplifican el camino sacramental).
También es manifiesto que la fe católica debe convivir cada vez más con una extensa pluralidad de religiones de inspiración cristiana, pentecostal, evangélica o espiritualidades panteístas, naturalistas, espiritistas, etc. Expresiones que toman protagonismo tal que, como sucede en México, son ahora los propios obispos católicos quienes abogan por un “Estado laico”, como una llamada al equilibrio ante la desbordada influencia e injerencia de grupos religiosos no católicos en los poderes de la nación.
Y finalmente, siguiendo la reflexión del obispo Azcona, en lo que alguna vez se llamó “el continente de la esperanza” ni siquiera la abundante presencia de la Iglesia católica en las comunidades latinoamericanas ha logrado revertir procesos de violencia, pobreza, corrupción, injusticia, abuso y depredación ya fuertemente enquistados en las culturas de estos países.
Benedicto XVI lo confirmó en el Documento de Aparecida del 2007: “Vivimos un cambio de época, cuyo nivel más profundo es el cultural”. Ahora estamos frente a un sínodo que en principio habla específicamente de la región panamazónica, pero no se puede evitar ver esos guiños hacia una civilización que se advierte como una inexpugnable tierra enmarañada de identidades multiculturales donde las distancias humanas no son físicas sino simbólicas, de lenguaje, de valores, de historia.
En conclusión y para calmar los nervios: es improbable que se esté frente a un cisma de la Iglesia católica; y la principal razón es que es más probable que nos llegue antes una ruptura planetaria y civilizatoria. La buena noticia: la fisonomía de la Iglesia, si es verdadera y esencial, se renovará porque es buena y nueva.
@monroyfelipe
ebv
Análisis y Opinión
Estemos pendientes de la reforma electoral
Por Alejandra Yáñez Rubio
Pronto conoceremos el proyecto elaborado por la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral, presidida por el político de izquierda Pablo Gómez. La Comisión organizó durante los meses de octubre, noviembre y los primeros días de diciembre foros y mesas de discusión para escuchar a representantes de organizaciones civiles, asociaciones políticas y a la ciudadanía en general. Ya hemos visto en otras ocasiones (recordemos las reformas educativas y judicial) que el gobierno organiza foros para dotar de legitimidad los proyectos que ya tiene previamente confeccionados. Los consejeros y la Secretaria Ejecutiva del Instituto Nacional Electoral (INE) se reunieron el 12 de enero del presente año con el señor Gómez para presentar 241 propuestas de reforma electoral, para fortalecer al INE.
Las propuestas técnicas de los funcionarios del INE se ordenaron en 10 ejes temáticos y quisiera destacar algunos de ellos:
- 1.- Que el presupuesto del INE se designe conforme al crecimiento del PIB del país. El mismo Pablo Gómez señaló el riesgo que implica dicha propuesta, ya que, en caso de decrecimiento económico del país, el presupuesto se vería disminuido.
- 2.- Separar las elecciones intermedias de la elección judicial, para lo cual se mencionó que no se podría modificar la constitución para cambiar el año electoral, pero que se podrían realizar ambas elecciones en periodos distintos del mismo año electoral.
- 3.- Preservar el servicio profesional del Instituto. Esta propuesta ces difícil de garantizar, sobre todo porque el gobierno tiene como objetivo principal reducir el gasto público. Además, ni siquiera se respetaron las garantías laborales de quienes conformaron el Poder Judicial de la Federación. Difícilmente se aceptará la permanencia del personal “técnico” del INE.
- 4.- Modalidad mixta de votación: voto electrónico/ voto presencial en casillas. Sinceramente, con el voto electrónico le será más fácil a las autoridades manipular los resultados de las elecciones, sin que exista un respaldo físico que permita constatar el sentido del voto de la ciudadanía.
- 5.- Credencial de elector permanente para mexicanos residentes en el extranjero, cuyo voto sería ejercido de manera electrónica.
- 6.- Fiscalización de plataformas, redes sociales e influencers (política que mal diseñada e implementada podría implicar serias vulneraciones a la libertad de expresión).
- 7.- Tipificación de violencia “digital” a las mujeres. El mal diseño de la propuesta podría incrementar el acoso y la censura a los ciudadanos y periodistas que hacen críticas a las mujeres de la política que forman parte del partido hegemónico, ya que se utilizan términos ambiguos para tachar de violencia cualquier mensaje.
- 8.- Voto para las personas recluidas en prisiones. Esta propuesta es lamentable, ya que se supone que las personas privadas de la libertad por haber cometido delitos pierden temporalmente el acceso a determinados “derechos” precisamente por haber incurrido en una conducta dañina. Conociendo los niveles de corrupción, me imagino a bandas criminales controlando el voto de los reclusos a favor de sus socios políticos.
Son preocupantes las propuestas técnicas del INE así como la postura hegemónica de Pablo Gómez, quien no parece conocer el significado de la palabra “autonomía”. Dotar de autonomía a una institución, no es permitir que ésta haga su propio gobierno ni sus propias leyes. Por favor demos seguimiento a este grave asunto porque México requiere de un INE independiente, pero con claros límites para salvaguardar los derechos humanos de los ciudadanos. El INE hoy es una agencia ideologizada que vela más por la implementación de la ideología de género que por la democracia.
La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx
Felipe Monroy
La sucesión primada en juego
El 9 de enero pasado, el cardenal Carlos Aguiar Retes cumplió 76 años de edad; hace justo un año presentó su renuncia al papa Francisco para cumplir con el mandato canónico de retiro: poner a disposición del pontífice su relevo al frente del gobierno pastoral de la Arquidiócesis de México, la iglesia primada del país y, por lejos, un referente eclesiástico imponderable no sólo para la nación sino para el continente mismo.
Aunque no está estipulado en ninguna norma y debido a que los procesos de retiro, selección y renovación de liderazgos episcopales suelen conllevar cierta complejidad analítica y burocrática, el gobierno de los obispos –y especialmente de los cardenales– puede extenderse un par de años más (en ocasiones, hasta casi un lustro) después de alcanzar la edad canónica de retiro. Esta extensión depende de muchos factores.
En buena medida se toma en cuenta la salud física y la estabilidad mental del obispo en cuestión; se analiza el estado de la administración y gobierno pastoral de la diócesis; se consideran las problemáticas más o menos evidentes, no atendidas o a veces provocadas por el líder y su entourage de gobierno en la Iglesia local; y, finalmente no menos importante, se analiza el ‘bullpen’ de obispos relevistas en la propia conferencia nacional episcopal.
En todo este proceso participa de manera importante la Nunciatura apostólica local porque, en el fondo, el representante pontificio en la región hace de ojos y oídos del propio Papa para conocer de primera mano las oportunidades y los desafíos de las Iglesias locales, las personalidades de los obispos residenciales, así como las características generales del pueblo creyente que hace vida en una nación. En el caso de la Iglesia en México, todo este proceso se mantiene activo permanentemente para resolver retiros, nombramientos, relevos, traslados, promociones y demás situaciones que involucran el liderazgo episcopal en el segundo país con más católicos en el mundo. Y, sin embargo, hay momentos donde toda esta maquinaria se tensa e inquieta debido a que las definiciones impactan más allá de las fronteras diocesanas. Y el caso de la sucesión episcopal en la Arquidiócesis Primada de México es uno de esos momentos.
En el último siglo, la Arquidiócesis de México ha experimentado casi todos los escenarios en la sucesión episcopal: Pascual Díaz Barreto y Luis María Martínez fallecieron en el cargo y el nombramiento de su sucesor fue casi inmediato; Miguel Darío Miranda (el primer cardenal capitalino) recibió el retiro a seis meses de cumplir 82 años y su sucesor, Ernesto Corripio Ahumada, fue relevado apenas tres meses después de cumplir los 75. Norberto Rivera Carrera también recibió aceptación de su renuncia a los seis meses de la edad de retiro; y ahora Carlos Aguiar Retes ha cumplido 76 mientras el episcopado mexicano aguanta la respiración en espera de las noticias de Roma.
A finales del año pasado, el papa León XIV convocó a los cardenales a un consistorio extraordinario para la primera semana de enero y aunque los purpurados mexicanos no fueron protagónicos del encuentro en Roma, trascendió que el arzobispo de México sostendrá una audiencia privada con el pontífice en estos días seguramente para dialogar sobre las muchas inquietudes que ha generado la arquidiócesis primada en los últimos meses –especialmente lo referente a los escándalos en torno a la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe y las investigaciones sobre el proceder de sus administradores– y probablemente sobre la inminente sucesión al frente de esta importante capital. Porque no todo se reduce a la salida del arzobispo sino esencialmente a la promoción del sucesor; y eso no necesariamente es sencillo.
A lo largo de su gestión arquidiocesana, Aguiar Retes tomó decisiones que transformaron radicalmente a la Iglesia capitalina: La división territorial de la diócesis que recibió (cuyas fronteras coincidían hasta hace poco con las de la Ciudad de México) ha roto la jerarquía tradicional de interlocución directa con el poder político y ha propiciado una multilateralidad con las autoridades civiles y las cuatro diócesis dentro del Gobierno capitalino; los polémicos reordenamientos económicos y el aglutinamiento de gestión pastoral (debido a una crisis vocacional y un modelo parroquial transterritorial) parece que no pudieron responder a las muchas necesidades materiales y de servicio espiritual de una Iglesia tan monumental; el gentil paso de costado en el liderazgo nacional e internacional de la sede primada y de los reflectores del cardenalato no logró hacer brillar al resto de la conferencia episcopal o al colegio de obispos (un reclamo que Rivera Carrera recibió permanentemente de parte de sus hermanos) y, finalmente, su servicio de ‘custodia y cuidado’ de la inmarcesible imagen de Guadalupe –el símbolo más importante de la catolicidad mexicana y de buena parte de América– ha despertado mucha incertidumbre sobre los márgenes de su aprovechamiento rumbo a los 500 años de las Apariciones en 2031.
La conferencia episcopal, el nuncio Joseph Spiteri y Roma claramente ya han ponderado a los candidatos a la sucesión en la Arquidiócesis de México. En los corrillos se nombran a tres o cuatro candidatos que cumplen con los requisitos burocráticos mínimos: experiencia episcopal probada de por lo menos una década, templanza emocional ante las turbulencias de la realidad mexicana y de su complejidad política y económica, una salud estable y una edad que no rebase los setenta o sesenta y cinco años. Pero hay un factor que el papa León no quiere dejar de mirar en los obispos y que podría romper las quinielas: encontrar a quien “sirva a la fe del pueblo” y que corrobore una auténtica “cercanía al pueblo”, no como una estrategia oportunista, sino porque esa es la condición esencial del pastor.
*Director VCNoticias.com @monroyfelipe
Análisis y Opinión
Venezuela, a una patada de conquistar Estados Unidos
A veces la vida —y el deporte— nos regala espejos imposibles de ignorar.
Si alguien hubiera encendido la televisión el domingo pasado solo esperando otro juego más de playoffs, pudo haberse perdido dos historias enormes: el avance de un equipo rumbo a la gloria… y, casi entre líneas, la de un joven cuya vida es, en sí misma, un puente entre dos mundos.
En los libros de historia del deporte, el football americano es probablemente el ícono más “norteamericano” que existe: tradición, ritual, banderas, himnos, millones de espectadores concentrados como si cada jugada fuera un referéndum nacional. Es la vitrina del orgullo, de la identidad, del espectáculo colectivo.
Y no es menor el detalle: el equipo se llama Patriots. Patriotas. Más simbólico, imposible.
Y sin embargo, justo ahí —en el campo, entre el snap y la patada— surgió una historia que, de otra manera, hubiera pasado desapercibida si el destino y la competencia no la hubieran puesto bajo los reflectores.
Se llama Andrés “Andy” Borregales. Nació en Caracas, Venezuela, y emigró con su familia a Estados Unidos cuando era apenas un niño. Creció entre dos culturas, hablando español, comiendo arepas, viendo fútbol —sí, el deporte global— y poco a poco aprendiendo a dominar ese balón ovalado que define como pocos la cultura deportiva estadounidense.

No creció en la solemnidad de New England. Creció en Miami. Y desde ahí fue construyendo, con paciencia y obsesión por la precisión, una carrera improbable: convertirse en pateador de la NFL.
En 2025 fue elegido por los Patriots en la sexta ronda del draft —sí, la sexta, como quien dice “no era favorito”— pero ahí estaba el pie, la cabeza fría y la calma de quien pone cada intento como si fuera el único de su vida.
Y en un partido que pudo haber sido solo otro número en la tabla de resultados, fue su pierna la que decidió el destino, acercando a New England al campeonato.
Es aquí donde la historia se vuelve más grande que el deporte.
Mientras en la historia reciente Estados Unidos desplegó fuerzas, sanciones y discursos para ir por Maduro y tratar de “arreglar” la compleja realidad venezolana, hubo un chico que buscaba un mejor porvenir y salió de su país, pero sin olvidar sus raíces y que con una simple patada, está a punto de conquistar el deporte más norteamericano que existe.
Es una ironía, Porque Borregales no llegó con portaaviones, Llegó con disciplina, horas de práctica, foco mental y una pierna que tiene poder de decisión… pero sin odio.
En un estadio lleno de banderas y de himnos, mientras millones celebran con cerveza en mano, hay algo más que un marcador: un símbolo latino en el corazón del símbolo deportivo estadounidense, y además, jugando para un equipo llamado Patriots.
No todo es blanco y negro.
Porque al mismo tiempo que Washington opta por la fuerza dura para lidiar con Venezuela, un venezolano demuestra con cada patada que el sueño americano no tiene una sola forma ni un solo dueño.
Y vale decirlo claro: No es que Borregales represente un programa ideológico, no viene a validar ninguna narrativa política y no es un mensaje en pancartas ni en discursos de la ONU.
Es simplemente un joven con talento, enfoque y respeto por su propia identidad.
Y aquí está una de las paradojas más finas de nuestra época: la misma nación que desata sanciones puede celebrar con orgullo a un venezolano que la hace ganar puntos con una patada precisa.
Eso, más que una buena actuación deportiva, es una metáfora del mundo en el que vivimos: la contradicción de una política que divide, frente a una vida cotidiana que mezcla, integra y sorprende.
Yo mismo lo confieso: no apoyo a Maduro y sus políticas, obvio desde mi perspectiva, pero tampoco me convence la lógica de resolverlo todo a fuerza de imposiciones. Y esa ambivalencia —incómoda, pero honesta— es más común de lo que muchos admiten. No todo cabe en bandos simples.
Borregales está haciendo su trabajo con excelencia, honrando su país de nacimiento y la oportunidad que la vida le dio al otro lado del continente.
El sueño americano no borró sus orígenes. Su respeto por Venezuela no lo inmovilizó.
Y su paso por el fútbol americano no se entiende sin recordar de dónde viene.
Quizá esa es la verdadera lección de esta temporada:
Mientras los poderosos discuten en otros campos, una patada puede decir más que mil discursos, mostrando que los sueños migran, se transforman y, cuando encuentran su espacio, no necesitan derribar muros… solo atravesarlos con dignidad.
Al final, quizá no es solo un juego.
Quizá es un espejo.
Mtro. Guillermo Moreno Ríos
Ingeniero civil, académico, editor y especialista en Gestión Integral de Riesgos y Seguros. Creador de Memovember, Cubo de la Resiliencia y Promotor del Bambú.
[email protected]

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx
Felipe Monroy
La fábula venezolana: ‘Cabeza de rata, cuello de buey’
A pesar de lo espectacular de las imágenes y de la virulencia de los discursos, en realidad no era difícil imaginar cómo se desarrollaría el curso de los acontecimientos entre los Estados Unidos y Venezuela desde la manifestación de las intenciones de sus respectivos líderes. Durante semanas, Trump y Maduro desplegaron sus propias estrategias de fanfarronería, autocomplacencia y extralimitaciones ilegales: frases incendiarias propagandísticas con las que buscaron redefinir realidades y conceptos, mientras organizaban en el ego de su fantasía los recursos militares a su alcance.
Los déspotas están incapacitados para imaginar fuera de sus obsesiones, su mundo es estrecho y simple. Y, como en este caso, ambos se miraron de frente y a los ojos pensando que su respectiva individualidad era el todo. Es un problema común que un tête-à-tête entre líderes políticos se confunda con un conflicto social o nacional a gran escala; pero la realidad está allí, terca y masiva, para humillar a quien se ensalza más.
El éxito operativo de Trump para tomar por prisionero a Maduro y derrumbar los símbolos del liderazgo de la revolución bolivariana es innegable: una noche de bombardeos para llegar al líder de un régimen nacional y secuestrarle para tratarlo como a cualquier criminal de poca monta se dice fácil y quizá el ejército norteamericano lo tuvo relativamente sencillo; pero fuera de las pantallas la historia suele ser mucho más compleja. Será el tiempo el que revele los detalles que favorecieron este resultado y que aún permanecen ocultos en las sombras de esa madrugada del 3 de enero.
Sin embargo, son las consecuencias de estos actos centrados en las bravuconadas de dos cabecillas enquistados en sus respectivos tronos de vanidad las que preocupan ahora; porque, tal como advirtió Miyamoto Musashi en ‘El libro de los Cinco Anillos’, cuando las confrontaciones entre los duelistas se enfrascan en los pequeños detalles se suele olvidar el gran panorama. A esto le llamó el problema de la ‘cabeza de rata y el cuello de buey’.
Desde la perspectiva de la ‘cabeza de rata’, el triunfo de Trump y la derrota de Maduro resuelve el conflicto o por lo menos lo desvela. Y la propaganda suele vender esto de formas muy creativas, especialmente para seducir a las poblaciones y a las audiencias de tomar algún bando ideológico.
El duelo reducido a una estrategia entre las cabezas implicaría que, cuando cae una de ellas, la guerra ha concluido; pero Musashi nos advierte, detrás de cada ‘cabeza de rata’ suele haber un ‘cuello de buey’ que implica un desafío mayor.
En este caso, el grueso cuello con el que se debe lidiar tanto al interno de Venezuela como en el marco internacional contempla varios aspectos: el control militar y económico de la región, la reconfiguración del régimen chavista, los procesos decisionales y democráticos en Venezuela y en varios países americanos, el retorno de la doctrina Monroe en el continente, el papel de los organismos internacionales (si es que sobreviven), la reacción defensiva de las naciones frente al intervencionismo, el renovado tráfico de armas ‘para la resistencia’, el reajuste político al mercado petrolero, la recalibración de los CEO’s de la droga –porque los EU la seguirán consumiendo y traficando masivamente–, la recomposición de acuerdos comerciales entre países sudamericanos, el militarismo cultural, la validación explícita a las invasiones y ataques unilaterales sustentados en la fuerza armada, etcétera.
Es difícil prever hasta dónde llegará la amplitud de la onda de choque que ha producido el ataque norteamericano a Caracas en el arranque de este 2026; pero si hacemos caso al estratega Musashi, después de vencer el ‘cuello de buey’ seguirá otro duelo entre ‘cabezas de ratas’ sólo que, como en el ajedrez, es claro que los reyes están limitados por su alcance, no por su versatilidad.
*Director VCNoticias.com @monroyfelipe
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