Opinión
El cine del eclipse de 1979
Contraluz
Era un lunes de febrero 26 de 1979, cuando la luna se alineó frente al sol para proyectar su sombra en la Tierra. La película que dominaba la taquilla internacional era ‘Superman’, estrenada apenas en diciembre de 1978 y con un Christopher Reeve que su última toma fue terminarnos de convencer que un hombre podía volar, sobrevolando precisamente nuestra esfera azul, con un astro rey frente a él.
Ese 1979, revelándose la ansiedad de fin de la década, se estrenó ‘Alien: el octavo pasajero’ con Ridley Scott como director, abriendo el telón a su casa embrujada espacial con un objeto celeste que eclipsa una luz brillante de la que desconocemos su procedencia. Antes y después, el negro del espacio y sus estrellas solitarias, estaban puestas para invocar la inmensidad y soledad de lo que existe fuera de nuestra atmósfera.
La misma posibilidad de viajar a las estrellas fue aprovechada por el creador y productor Gene Rodenberry, cuando catapultó a su nave Enterprise a una nueva misión en ‘Star Trek: the motion picture’, demostrando que había miles de aficionados de la serie de televisión de finales de los años 60, que querían seguir las aventuras del Capitán Kirk y el vulcano Spock.
Y sin quererse perder la fiesta espacial, el mismo James Bond, tuvo su odisea en ‘Moonraker’, historia que autor Ian Fleming desde que escribía la novela del mismo nombre en 1954 ya ambicionaba como un filme de ciencia ficción. De ahí surgió ver al 007 de Roger Moore, como el agente del MI6, quien termina desafiando al villano Drax y su aliado Jaws en gravedad cero.
Y mientras la modelo Lois Chiles era la chica Bond, allá abajo, corriendo en la playa Dudley Moore se fascinaba contemplando en cámara lenta a Bo Derek en ’10: la mujer perfecta’, volviéndose la escultural rubia californiana el estándar inalcanzable de belleza.
Del otro lado del océano, las costas de Vietnam eran bombardeadas con helicópteros de guerra estadounidense que se volvían las Valkirias en ‘Apocalipsis Ahora’, estrenada en mayo del 79 y ganando la Palma de Oro, mientras su director Francis Ford Coppola anunciaba: “mi película no es sobre Vietnam, es Vietnam”. En abril, se premiaron con el Oscar de la Academia, dos filmes más sobre Vietnam: ‘El francotirador’ y ‘Regreso sin gloria’, ambos entre lo mejor de 1978.
La realidad también azotó ese fin de década a la psique del mundo, cuando ‘Kramer vs Kramer’ con Dustin Hoffman y Meryl Streep reveló los estragos de un matrimonio recién divorciado y los retos de la emancipación de la mujer con su búsqueda de hacerse valer a sí misma más allá del rol de esposa y madre.
‘Rocky II’, secuela de la ganadora del Oscar que puso a Sylvester Stallone en el mapa del mundo, trajo el optimismo al calendario de 1979, dándole la revancha al héroe que había perdido en ‘Rocky’ (1976). Aún faltaban dos años para que Ronald Reagan tomara la presidencia y que el último zarpazo a la guerra fría se diera, pero la música de Bill Conti y el héroe de boxeo de Sly estaban ahí para invitarnos a creer que todo sería distinto.
Casi 4 décadas después, los astros siguen girando, el cine evolucionando y la sociedad aún prendida de la pantalla, que aunque es digital, sigue alimentándose de la luz que pongamos en ella.
Porque el cine es para siempre…
Análisis y Opinión
De la indiferencia a la acción: el poder de la participación ciudadana
Imagina esta escena: vas caminando por una calle en tu ciudad, y te das cuenta de que es una zona sumamente limpia y arreglada. Hay áreas verdes y se notan cuidadas (sin maleza y regadas) las calles están limpias y no hay baches. De pronto, a unos metros de donde caminas ves una botella de refresco vacía tirada en la banqueta. Las personas que pasan por allí solo le sacan la vuelta, alguien incluso la patea pero nadie se acomide a recogerla y tirarla a la basura, aún y cuando hay botes en toda la zona. Si esta escena fuera real y te tocara pasar por donde está la botella tirada, ¿qué harías?
Probablemente pensarás que una botella de refresco vacía en la banqueta donde transitas no importa tanto y no te afecta. Pero ¿qué pasaría si no solo fuera una, sino treinta? Caminar ya se dificulta, además de afear lo bonito de la zona que te describimos. Ahora imagina un problema más grave, como robos muy frecuentes en tu vecindario. Quizá no harías nada si a tu vecino le roban, ¿pero y si un mal día roban en tu casa?
Tal vez ya intuyes por dónde va nuestro punto: llega un momento en que una situación o problema puede escalar y llegar a afectarnos. En ConParticipación proponemos ser ciudadanos proactivos, preocupados no solo de los propios intereses, sino personas que buscan el bien común. Esto nos conviene a todos: si cada uno busca el bien de todos poco a poco podremos ir construyendo un México en el que todos gocemos de prosperidad en los distintos aspectos de la vida privada y pública.
Ya hemos hablado en blogs anteriores sobre la participación ciudadana y en esta ocasión abordaremos nuevamente el tema enfocándolo en tres puntos: a) el estado de la participación en México, b) la ciudadanía y la importancia de participar y c) una forma concreta en que se puede ejercer la participación y un ejemplo de su aplicación.
Si eres de los que piensan que nada puede cambiar con respecto a las distintas problemáticas que atraviesa México, sigue leyendo esta columna y date la oportunidad de reflexionar un poco más allá.
Antecedentes: ¿cómo es la participación ciudadana en México?
Una de las formas de participación ciudadana por excelencia es el voto. ¿Qué tanto han participado los mexicanos en las elecciones de los últimos años? El porcentaje de participación más alto en las elecciones entre 1991 y 2024 (12 procesos electorales, que incluyen tanto elecciones para presidente como para diputados), fue en la elección presidencial de 1994, con una participación del 77.16% de la lista nominal. En treinta años no nos hemos acercado a ese nivel de participación. El segundo porcentaje más alto de participación ocurrió en 1991, con un 65.97% (elección de diputados). Siguiendo este orden, el proceso electoral 2024 ocupa el sexto lugar —dentro del periodo citado— con un 59.7% de participación. En la elección presidencial inmediata anterior, que se realizó en 2018, la participación fue de 62.4%, es decir, 2.7 puntos porcentuales más que en la de 2024.
Hay muchas razones por las cuales las personas no acuden a las urnas, sin embargo, viendo las estadísticas valdría la pena reflexionar que no participar es en realidad tomar la decisión de dejar a otros decidir el futuro del país. Si no nos gustan ciertas decisiones del gobierno o el estado de los grandes temas del país, pensemos que, lamentablemente, un gran porcentaje de la población ha dejado de ejercer su derecho y deber de votar y esto ha ocasionado que hayan llegado al poder personas que muchos mexicanos no eligieron. Por tanto, no votar sí tiene un impacto en la democracia y en la legitimidad del sistema político.
Pero la participación ciudadana no implica solamente votar. Es también involucrarse en causas sociales, ayudar a resolver problemáticas o asuntos en la comunidad, estado o país. ¿Qué tanto participamos los mexicanos en este tipo de asuntos? El INEGI realiza cada cierto tiempo la Encuesta Nacional de Cultura Cívica (ENCUCI), que se aplica a personas de 15 años y más. La última fue llevada a cabo en 2020. Son interesantes algunos de los resultados. Por ejemplo, el 55.8% de la población de 15 años y más dijo estar muy interesada o preocupada por los asuntos del país. Sin embargo, otra de las preguntas se relacionaba con la participación en asuntos públicos. Algunos de los resultados son:
| Encuesta Nacional de Cultura Cívica (ENCUCI) 2020 Participación ciudadana Población de 18 años y más según actividades relacionadas con asuntos públicos | ||
| Reactivo | En los últimos 12 meses | Alguna vez en la vida |
| Firmado alguna petición para solicitar algún servicio o la solución de algún problema | 10.9 | 27.4 |
| Trabajar con otras personas para resolver problemas de la comunidad | 10.5 | 22.1 |
| Reunirse con autoridades | 6.2 | 18.5 |
| Participado en una protesta | 2.7 | 9.3 |
Fuente: https://www.inegi.org.mx/contenidos/programas/encuci/2020/doc/ENCUCI_2020_Presentacion_Ejecutiva.pdf
Como podemos observar, a pesar de que un poco más de la mitad de los encuestados manifiestan estar muy interesados o preocupados en los asuntos del país, la participación en actividades relacionadas con asuntos públicos nos parece pobre. La preocupación se queda en preocupación y no se transforma en acción.
La ciudadanía y la importancia de participar
¿Alguna vez has pensado en lo que significa ser ciudadano? No es solamente un “título” que te otorga una nacionalidad, va mucho más allá de eso. El gran filósofo Aristóteles dijo que un ciudadano “se define mejor por su participación en la justicia y en el gobierno”. Ya desde esta definición vemos que el concepto mismo de ciudadano está ligado a participar. Hoy se considera que ser ciudadano “significa ser miembro pleno de una comunidad, tener los mismos derechos que los demás y las mismas oportunidades de influir en el destino de la comunidad, asimismo supone obligaciones que es lo que hace posible el ejercicio de los derechos”.
Entonces, el que verdaderamente es ciudadano se involucra. Quizá haya quienes piensan que eso no es para ellos, que apenas si les da la vida para ver por las necesidades de su familia y propias. Sin embargo, solo votar no asegura que los asuntos que nos preocupan a todos se resuelvan a nuestro favor, es decir, a favor de los ciudadanos. El politólogo Mauricio Merino señala que la participación empieza con el voto pero que después “atraviesa también por las instituciones, las organizaciones políticas y sociales, y los ciudadanos que están dispuestos a defender sus intereses frente a los demás”. Para este autor, la participación es “una forma de controlar y moderar el poder inevitablemente otorgado a los representantes políticos”. Es decir, votar es apenas el inicio de nuestra participación, nuestro deber es dar seguimiento al desempeño de nuestros gobernantes y asegurar que trabajan por nuestros intereses.
Sin participación no hay una verdadera democracia: “El funcionamiento óptimo de la democracia requiere de una ciudadanía involucrada, informada, participativa y vigilante de la actuación de sus autoridades”, señala Rosa María Mirón Lince, politóloga y profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Una necesidad que mueve a la acción: la iniciativa ciudadana
Existen algunas leyes que se han aprobado en nuestro país gracias a iniciativas de ciudadanos, sea porque les tocó vivir en carne propia un problema que no encontraba suficiente eco o solución en la ley, o bien, porque se identificó una necesidad o vacío en la legislación, hubo ciudadanos que tomaron conciencia de dicha situación, y emprendieron el camino para que se legislara y/o hiciera algo al respecto.
Un ejemplo a nivel federal es la Ley Olimpia. En noviembre de 2020 el Senado de la República aprobó un paquete de reformas llamadas “Ley Olimpia” que incluye modificaciones a la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y al Código Penal Federal. Estas reformas sancionan el acoso, hostigamiento y difusión de contenido sexual en plataformas de internet o redes sociales, así como agresiones en contra de las mujeres en medios de comunicación.
Esta ley surgió con motivo del caso de Olimpia Coral Melo, después de que en 2014 su ex pareja compartiera imágenes íntimas de ella sin su consentimiento en redes sociales. Olimpia empezó un movimiento para que se tipificara el delito de “violencia digital” en los congresos estatales. Su esfuerzo tuvo los primeros frutos en 2018, año en que los congresos de Puebla, Nuevo León y Yucatán aprobaran la llamada Ley Olimpia. Posteriormente logró que se incluyera el término en la legislación federal.
La iniciativa ciudadana es un mecanismo de participación al alcance de todos. Tiene sus condiciones y requisitos para activarse, los cuales han sido establecidos en la Constitución Mexicana (artículo 71 fracción IV y artículo 73, fracción XXIX-Q) y en las legislaciones estatales. En las fuentes de este blog encontrarás el enlace al libro “Elecciones, justicia y democracia en México. Fortalezas y debilidades del sistema electoral, 1990-2020” que tiene un apartado sobre la iniciativa ciudadana.
Reflexiones finales
Seguramente en tu día a día eres testigo o padeces en carne propia necesidades o problemáticas que te gustaría que se solucionaran. Desde el bache en tu colonia que ocasiona ponchaduras, pasando por las pintas en las bardas, hasta la falta de servicios médicos de calidad, la violencia en las calles o el deficiente nivel educativo en las escuelas. Normalmente nos quejamos pero no hacemos nada más. Queremos que todo esté bien en nuestra comunidad, nuestro estado o en el país, pero pocas veces nos movilizamos a hacer algo. Pensamos que el gobierno debe resolver todo, pero estamos equivocados. Ya explicamos que la democracia verdadera necesita de nuestra participación.
Pasa también que a veces vemos las problemáticas o estamos inconformes con alguna situación pero no sabemos cómo participar. Aquí te compartimos una guía que te puede servir de reflexión y para impulsarte a participar ante alguna necesidad o problema:
1. ¿Qué está pasando (investigar)
2. ¿Es justo o no? (pros y contras)
3. ¿A quién beneficia, a quién afecta, cómo me afecta?
4. ¿Cómo voy a expresarlo y a quién? (formas, organizaciones, gobierno, participar)
5. ¿Qué puedo hacer?
Análisis y Opinión
Reforma electoral
En este movido y muy noticioso inicio del año de 2026, se ha pasado un tanto de noche el asunto de la reforma electoral. Aparentemente, el objeto de esta propuesta es reducir los costos de una democracia que nos resulta costosa, considerando qué tan efectiva es para nosotros. Nuestra manera de elegir representa el balance de fuerzas entre la clase política y no necesariamente las necesidades de la mayoría, los que somos ciudadanos sin partido.
Hay quien dice que no tendremos una democracia viable mientras en las boletas electorales no haya la posibilidad de votar por “ninguno de los nominados”. Si triunfara esa opción, los partidos estarían obligados a presentar nuevos candidatos. Ahí está el fondo del asunto. Los candidatos de los partidos políticos no necesariamente representan las necesidades de la población y muchas veces se vota por el menos malo, por el que consideramos el mal menor.
El costo de elegir representantes es alto. Esto se hizo a sabiendas de que hay poderes fácticos que tienen la capacidad de influir en el gobierno. Supuestamente, también se buscaba evitar la intervención del crimen organizado en la política.
Lo que ha demostrado que fue bastante inútil. Al quitar los llamados representantes plurinominales, que son representantes de las minorías, se le da una ventaja injusta al partido en el poder. ¿Cómo reducir los costos y lograr un pluralismo que permita que todas las voces sean escuchadas? Uno de los problemas no resueltos de la democracia es el tema de la tiranía de las mayorías. Estas, cuando llegan al gobierno, tienen muchas posibilidades de gobernar simplemente por la fuerza del número, sin obligación de convencer ni de demostrar. Tenemos un sistema con pocos balances y contrapesos. Una auténtica democracia tiene que dar cabida a otros modos de pensar. Gobernar para todos, dicen.
Tenemos una cantidad muy importante de representantes espléndidamente pagados y que responden poco a las necesidades de la población. Si la única solución a esto es reducir el número de los representantes plurinominales, se habrá logrado un fortalecimiento de la clase política tradicional. En realidad, si se desea reducir los costos de la representación ciudadana, esa reducción debe ser pareja. Un ejemplo: ¿tenemos, realmente, necesidad de 400 diputados federales? ¿No sería suficiente para un buen debate tener 200 de ellos? Nos hace falta, además de la oposición política, una oposición ciudadana no partidizada.
La reacción ha venido de los partidos satélites de la 4T: el Partido Verde Ecologista y el Partido del Trabajo, quienes resienten la reducción de financiamiento a los partidos, por un lado, y la reducción de los representantes plurinominales. La votación de esos partidos satélites les es imprescindible para la 4T para poder aprobar esta reforma. Por eso, se ha pospuesto su presentación a febrero.
Tenemos un tiempo valioso para estudiar la situación y presentar propuestas alternativas. Es un momento importante para hacer oír nuestra voz. No tenemos que esperar a que se presente esta propuesta en un momento en que la atención ciudadana esté ocupada en otros temas aparentemente más urgentes. Porque de esto depende que nuestra democracia siga perfeccionándose. No hay que dejar esta modificación a los políticos. La clase política buscará, por razón natural, su beneficio. Su supervivencia es su valor supremo. Y como ciudadanos sin partido, tenemos que ver más allá de las propuestas de esa clase política.

La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx
Análisis y Opinión
El tan codiciado Nobel
POR IGNACIO ANAYA
Hace unos meses, cuando trascendió que Donald Trump se consideraba realmente merecedor del Premio Nobel de la Paz la reacción pública fue similar a la que provoca un chiste: no se le tomó en serio. Sin embargo, lo que antes eran disparates anecdóticos, ahora representan amenazas directas a la estabilidad de la OTAN.
Su ambición por llegar a ser un símbolo de paz no era nueva. De hecho, fue una promesa recurrente en sus discursos de campaña. Tanto sus críticos como sus defensores han utilizado el término “el presidente de la paz”, ya sea con ironía o por una convicción real. Es posible retroceder aún más. Durante su primer mandato, Trump buscó restablecer relaciones con Kim Jong-un de Corea del Norte, que culminó en una histórica reunión en junio de 2018. Aunque este acercamiento no fructificó, permitió al mandatario presumir en 2019 que el entonces primer ministro de Japón, Shinzo Abe, lo había felicitado por su labor e incluso nominado al galardón. Según afirmó Trump: “Me entregó la copia más hermosa de una carta que envió a quienes otorgan el Premio Nobel”. Luego añadió: “Probablemente nunca me lo den, pero está bien […] Se lo dieron a Obama y él ni siquiera sabe por qué”. No obstante, hoy queda claro que aquello no estaba tan bien.
La búsqueda del reconocimiento no terminó ahí. Meses después, en una entrevista, el presidente predecía que recibiría el Nobel “por muchas cosas” en referencia a su trabajo en medio oriente y a la mencionada reunión con el mandatario norcoreano. Entre 2019 y 2021, recibió algunas nominaciones de simpatizantes en distintas partes del mundo. En un video de campaña de 2020, donde se autoproclamaba pacificador, Trump superpuso la imagen de una medalla Nobel. El problema fue que no utilizó la de la Paz, sino la diseñada para Física, Química o Medicina. Para él, el rigor histórico era irrelevante; lo único que importaba era el oro y la validación de la victoria.
No está de más decir que el presidente de Estados Unidos tiene una espina clavada con este premio. Existen muchas hipótesis sobre el porqué, pero el personaje raya tanto en lo absurdo que es posible creer que lo desea por el simple hecho de que Barack Obama lo obtuvo en 2009. Para la mentalidad transaccional de Trump, aquello fue una estafa; una consagración sin conquista. En su cosmovisión, donde el éxito se mide en rascacielos o en victorias aplastantes, el premio carece de lógica si no se otorga a quien haya “ganado” algo, sea o no la paz.
En última instancia, nadie sabe qué ocurre en la mente del mandatario. Es probable que desee el galardón porque representaría el máximo triunfo de su narrativa del “presidente de la paz”. Tal vez sea su forma de legitimarse ante sus votantes para decirles: “¿Ya vieron? Me dieron el Premio Nobel; tal como prometí, traje la paz a todas partes”. Incluso podría responder a una personalidad habituada a la adoración, como demuestra el premio especial que le creó la FIFA, o tratarse de una maniobra de distracción frente al caso Epstein. Las interpretaciones, en todo caso, son diversas.
Sin embargo, la comedia se transformó en crisis diplomática durante el último mes. Le molestó, ciertamente, que el premio de este 2025 se otorgara a la opositora venezolana María Corina Machado quien, pese a la buena relación que mantenían, quedó fuera de sus planes cuando el mandatario prefirió pactar con el régimen chavista. En enero de 2026, Machado, buscando el favor de la Casa Blanca, le entregó su medalla a Trump en el Despacho Oval. Él la aceptó como un pago debido y publicó que la recibía “por el trabajo hecho”. La Fundación Nobel, por su parte, aclaró que el título de laureado es intransferible.
Así llegamos al presente, a la infame carta que Trump escribió al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Støre. Este documento marca el punto donde el narcisismo del mandatario se convierte en doctrina geopolítica. “Considerando que su país decidió no darme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido 8 Guerras PLUS, ya no siento la obligación de pensar puramente en la Paz”, escribió.
La frase revela que, para Trump, la paz no es un fin en sí mismo ni un deber moral, sino una moneda de cambio o un servicio prestado a cambio de adulación. El mandatario no abandona la paz, la degrada, pues la transforma en una transacción donde, si el mundo no le aplaude, deja de merecer su contención. De este modo, suma una justificación a sus ambiciones sobre Groenlandia, territorio que acecha desde hace tiempo. Esto obliga a diversos observadores cuestionar el valor real que tiene hoy el concepto de paz en el discurso político contemporáneo.

Autor Ignacio Anaya
La opinión emitida en este artículo es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la postura de Siete24.mx
Análisis y Opinión
Cuando la ingeniería se convierte en conciencia
Presentación del Cubo de la Resiliencia en el Senado de la República
El 15 de enero de 2026 en el Senado de la República, durante el Encuentro Binacional de Ingenierías México–Portugal, organizado por la Unión Mexicana de Asociaciones de Ingenieros (UMAI), bajo el liderazgo de su presidente, el Ing. Marco Antonio Méndez Cuevas, a quien agradezco profundamente la invitación y la generosidad de abrir este espacio para discutir lo que realmente importa: el futuro, la ética y la responsabilidad social de la ingeniería.
El acto inaugural fue, en sí mismo, un mensaje potente de cooperación internacional y visión institucional. Además del mensaje de bienvenida del propio presidente de UMAI, participaron el Ing. Fernando de Almeida Santos, Bastonário da Ordem dos Engenheiros de Portugal, y el Excelentísimo Embajador de Portugal en México, Don Manuel Carvalho, subrayando la importancia de construir puentes técnicos, profesionales y humanos entre ambas naciones.
El encuentro fue formalmente inaugurado por la Senadora Lorenia Iveth Valles Sampedro, Presidenta de la Comisión de Minería, quien en su mensaje destacó la necesidad de que el desarrollo, la infraestructura y la ingeniería estén guiados no solo por criterios técnicos, sino por una profunda responsabilidad social y ética. En ese mismo marco, tuvo la gentileza de reconocer el trabajo de INCIDE y de su presidente, subrayando la importancia de impulsar una visión de ingeniería centrada en la persona y en la protección de la vida.
El programa del día versó en mesas sobre construcción, movilidad profesional, gestión de riesgos naturales y antropogénicos, y administración territorial y urbana, con especialistas de México, Portugal y América Latina. En particular, la Mesa de Gestión de Riesgos colocó en el centro una pregunta incómoda pero urgente: ¿por qué seguimos llamando “naturales” a desastres que, en realidad, son consecuencia directa de nuestras decisiones?
Tuve el honor de compartir esta mesa con perfiles de gran nivel y compromiso público: Fernando Santo, ex Bastonário da Ordem dos Engenheiros de Portugal (2004–2010), Elías Joel Morales Ache, ex Coordinador Nacional del Programa Escuelas Dignas del INIFED, Arturo Palencia, Consultor en Ingeniería Geoespacial. Director de Operaciones de Nous Projects. Académico del IPN, Zulma Pardo, Presidenta del Comité Técnico Panamericano de Gestión de Riesgos de UPADI.

La pluralidad de visiones enriqueció una conversación que fue tan técnica como profundamente humana.
Fue en ese contexto donde se presentó El Cubo de la Resiliencia. No como un libro más, sino como una propuesta para repensar cómo analizamos y enfrentamos los problemas públicos y privados. Partimos de una idea sencilla pero contundente: el riesgo no es solo peligro; es peligro multiplicado por vulnerabilidad y exposición, dividido entre nuestra capacidad de respuesta. Y cuando esa capacidad se erosiona por negligencia o corrupción, la tragedia deja de ser accidente y se convierte en responsabilidad.
Se explicó con claridad que los desastres no son naturales: son socialmente construidos, y que detrás de cada colapso, incendio o tragedia hay una cadena de decisiones mal tomadas, pospuestas o francamente corrompidas. La resiliencia, entonces, no es un eslogan: es la capacidad de resistir, adaptarse y transformarse, pero también —y sobre todo— de prevenir, corregir y decidir mejor.
Uno de los momentos más simbólicos fue cuando el Cubo de Rubik apareció como metáfora central: la vida, las instituciones y los gobiernos son sistemas complejos donde cada movimiento afecta al todo. Resolver no es buscar perfección, sino equilibrio entre emociones, decisiones y consecuencias. De ahí nace el modelo del Cubo de la Resiliencia: un método de diagnóstico integral, priorización, implementación empática y reflexión, que transforma la técnica en humanidad y el caos en aprendizaje.
La referencia al portugués José de Carvalho e Mello (Marqués de Pombal) y la reconstrucción de Lisboa tras el terremoto de 1755 sirvió para recordar que la ingeniería, cuando es guiada por visión y ética, no solo reconstruye ciudades: reconstruye civilizaciones. Incluso en medio de la peor catástrofe, hay decisiones que separan el colapso del renacimiento. Con ese mismo espíritu remembramos el Premio Internacional Ramazzini–Carvalho, que tuvimos el honor de obtener en 2018, instituido por la Asociación de Seguridad, Higiene y Protección Civil (ASEHPROC), como el máximo reconocimiento a quienes entienden que proteger la vida, gestionar el riesgo y anticiparse al desastre es también una forma superior de construir futuro.
El cierre conceptual fue la propuesta de que la Gestión del Riesgo y la Ética se conviertan en materias obligatorias en todas las carreras de ingeniería, no desde un enfoque abstracto y filosófico, sino desde la perspectiva consecuencial de la mala praxxis de la ingeniería: entender que cada firma, cada cálculo y cada omisión puede traducirse en vidas humanas en riesgo. Porque el primer derecho humano que un ingeniero debe proteger es, simple y llanamente, la vida.
Presentar El Cubo de la Resiliencia en el Senado de la República, en un foro binacional y en un espacio de diálogo institucional de este nivel, no fue un acto académico más. Fue un acto profundamente político en el mejor sentido de la palabra: poner sobre la mesa pública la discusión sobre cómo decidimos, cómo construimos y para quién construimos.
En tiempos donde muchos siguen creyendo que los desastres “simplemente pasan”, este encuentro dejó sembrada una idea que no deberíamos olvidar: no son los fenómenos los que nos destruyen, son nuestras decisiones. Y si eso es así, entonces también está en nuestras manos decidir construir un país más seguro, más ético y verdaderamente más resiliente.
Mtro. Guillermo Moreno Ríos
Ingeniero civil, académico, editor y especialista en Gestión Integral de Riesgos y Seguros. Creador de Memovember, Cubo de la Resiliencia y Promotor del Bambú.
[email protected]

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